La pena del agricultor | Carlos Enrique Saldívar

Por Carlos Enrique Saldívar

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria desde Perú)

Cuando se labra la tierra, solo se piensa en la vida. Brasas queman y una sensación parecida a un desangramiento mental golpea al agricultor.

Él trabaja la piel verdosa del suelo nutrido para extraer su esencia mientras este le mira contento, con gran cariño.

Nace la simbiosis que une al hombre con la naturaleza, un fenómeno gratificante, tan corporal como abstracto.

«Si me quieres, hazlo», dice la Tierra. «Pelea, cree, sé una verdadera escultura de hielo con alma de fuego; sé sólido, pero a la vez risueño, no dejes que el relámpago asuste a los niños ni que la roca aplaste a la flor».

Un movimiento, jadeos, sudor. Otro movimiento, pena, angustia. De pronto el terreno se entristece y su rostro hace una mueca de melancolía, observa lloroso a aquel labrador cuyo azadón lo apuñala sin energía. El labrador no puede creer lo que sus ojos visionan, su corazón empieza a latir tan fuerte que de las sacudidas se le ha salido del pecho y como una flecha se clava en un manzano, muy lejos de donde él se encuentra.

Cosa fascinante, nuestro personaje no murió, no sintió nada aún, pero dejó el mecánico movimiento de labrado y permaneció estático como una planta arrancada y abandonada en un lugar árido, sin viento. Una planta sin hojas ni flores.

El agricultor no estaba solo, sus compañeros de trabajo se hallaban alrededor. Ninguno de ellos se dio cuenta del peculiar tormento del sujeto y, de pronto, ocurrió otro evento asombroso: uno por uno se hundió bajo la tierra como si fuesen vegetales jalados desde la raíz por algún animalejo extraordinario.

El labrador se quedó solo, aunque todavía estaba acompañado por el suelo que cambiaba su expresión triste por otra diabólica. La sangre del hombre salió de sus poros y se puso a fluir de todo su cuerpo a gran velocidad, no había corazón que la bombeara y a raudales toda la sanguinolencia se vertió en el terreno como una catarata de aguas rojas. Aquel líquido descendía a un hoyo negro que se reía a carcajadas del trabajador. Un mar donde todos los peces han muerto y que la sangré humana tiñó de rojo.

El agricultor estaba vivo, no se podía mover por más que lo deseaba y su pellejo terminó de desgarrarse debido a una brisa hirviente que le dejó solo los huesos.

De repente se vio a sí mismo, como si un espejo lo reflejara, estaba casi entero, solo le faltaba su corazón, el cual ya se había derretido muy lejos de él. Todavía no se podía mover y sentía grandes dolores en el resto del cuerpo. Olió un aroma de rosas sin que por lo menos una se visualizara en el horizonte. Escuchó carcajadas de nuevo. No había ningún otro ser humano por ahí. Se hallaba acompañado, lo sabía; las risas venían del aire, del calor y del ambiente, los cuales lo lastimaban despiadadamente en cada célula hiriéndole el orgullo.

No estaba asustado, pensó que se encontraba dentro de una alucinación. No obstante, el dolor. Cada vez los golpes eran más intensos y amenazaban con destrozarlo. Lo consiguen. Ya no oye las risotadas. Su cuello se le aprieta rápidamente y su cabeza rueda en el suelo…

El agricultor labra la tierra y, mientras el resto de sus compañeros está concentrado en su trabajo, él medita sobre la vida. «La vida es triste». Recién manifiesta sus sentimientos. La labor que realiza no le gusta, lo aburre. Piensa en sus cuatro hijos, dos de los cuales ya son madre y padre respectivamente. El labrador es abuelo y ha realizado esa jornada toda su vida, desde pequeño. Martha, su hija menor, le acaba de dar un nieto; ni siquiera ha llegado a los dieciocho la muy tonta, reflexiona el campesino.

Piensa en su esposa, Marcia, quien atiende la casa y cocina como una diosa. Piensa en su madre, Amanda, una rosa blanca de muchos años, clavada a una silla móvil; una mujer con ojos de saltamontes cuyas piernas no se deslizan porque el vigor murió dentro de estas y se pudrieron, por lo que ya no estaban conectadas a su cuerpo. Piensa en su hija mayor, la cual se había casado, carecía de hijos y vivía en otro pueblo. Las tres mujeres le dijeron que solo un hombre que amaba la tierra merecía trabajarla, sembrarla, ararla, cultivarla. La abuela se lo contó a la nuera y esta a la nieta mayor.

Piensa en su hijo menor, quien no tiene retoños, pues cuenta con quince abriles y, por ahora, se dedica a cuidar a los pequeños animales en los corrales tras la casa.

El campesino piensa en sí mismo. Decide hacer lo de siempre, engañar a sus emociones.

Arará el suelo sonriendo. El calor amainará, llegará la brisa. La Madre Tierra creerá que él la adora y le permitirá seguir modificándola, así como hay quienes construyen sobre ella, que la recorren en sus transportes contaminantes, como hay otros que la habitan. Así aquel preocupado agricultor, que debió jubilarse hace un año, ve cómo sus camaradas retornan al sitio que ocupaban antes. El hombre recibe una palmada en la espalda, un saludo, es hora de ir a almorzar. Su esposa lo espera. La ama. Finge querer a la tierra, solo por un tiempo más. Si no, si ella lo vuelve a descubrir fastidiado, lanzará su ira sobre él, con una nueva pesadilla. El labrador se limpia la escasa sangre que sale de su boca y se marcha a su hogar.


Carlos Enrique Saldívar (Lima, 1982). Estudió Literatura en la UNFV. Es director de la revista impresa Argonautas y del fanzine físico El Horla; es miembro del comité editorial del fanzine virtual Agujero Negro, publicaciones dedicadas a la literatura fantástica. Es director de la revista Minúsculo al Cubo, dedicada a la ficción brevísima. Es administrador de la revista Babeblicus (literatura general). Finalista de los Premios Andrómeda de Ficción Especulativa 2011, en la categoría: relato. Finalista del I Concurso de Microficciones, organizado por el grupo Abducidores de Textos. Finalista del Primer concurso de cuento de terror de la Sociedad Histórica Peruana Lovecraft. Finalista del XIV Certamen Internacional de Microcuento Fantástico miNatura 2016. Finalista del Concurso Guka 2017. Mención honrosa en I Premio Literario Valle del Pillko. Publicó el relato El otro engendro (2012). Publicó los libros de cuentos Historias de ciencia ficción (2008, 2018), Horizontes de fantasía (2010) y El otro engendro y algunos cuentos oscuros (2019). Compiló las selecciones: Nido de cuervos: cuentos peruanos de terror y suspenso (2011), Ciencia Ficción Peruana 2 (2016), Tenebra: muestra de cuentos peruanos de terror (2017, 2018) y Muestra de literatura peruana (2018).


Foto portada tomada de: https://bit.ly/3u9GFz2

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