Hierba | Rubén Darío Buitrón

Por Rubén Darío Buitrón

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria)

En el barrio de San Juan vivía Guillermo, compañero de colegio y uno de los dealers más conocidos de Quito. Mi primo Mario me había encomendado que le comprara dos paquetes de hierba para llevárselos a Moscú, donde viviría ocho años estudiando medicina gracias a una beca de Rusia.

Con Mario éramos como hermanos. Nuestras familias vivían a media cuadra. Jugábamos fútbol, básquet y ajedrez. Nos íbamos al cine a ver películas por las que se pagaba una sola vez y podías quedarte todo el tiempo que quisieras. O nos íbamos al estadio a ver jugar a Liga (el equipo que él amaba) contra el Aucas (el club del cual yo era seguidor).

Aun así, con algunas diferencias, nos queríamos mucho y compartíamos secretos como el de la marihuana. Y cuando nos la metíamos disfrutábamos mucho más de las cosas que hacíamos juntos. Él tenía un año más que yo y se había graduado hacía poquito del colegio, mientras a mí me faltaba un año.

Pero tenía una preocupación: le habían dicho que conseguir hierba en Rusia era muy caro y difícil y él, que sufría de depresión, no quería irse sin una buena cantidad para pasar los días de soledad y el aclimatamiento en la vida cotidiana moscovita.

Así que fui a comprar y lo hice. Guillermo tenía la virtud de un mercadólogo: primero te hacía probar el producto y si te gustaba te lo vendía. Su idea era no estafar a sus clientes. En el mundo de la droga también había una ética, unas normas morales que no podías romper porque perdías tu reputación y tus clientes.

Del barrio de San Juan al mío, en El Dorado, había unas 15 cuadras. Tenía que cruzar el parque de La Alameda, llegar a la iglesia de El Belén y seguir caminando hasta llegar al lugar donde me esperaba Mario, cerca de la Maternidad Isidro Ayora.

Pero había fumado tanto con Guillermo que empecé a sentir taquicardia y, desesperado, entré a la iglesia a pedirle a Dios –aunque tenía mis dudas de que existiera– que me ayudara a tranquilizarme.

De repente, la iglesia comenzó a agitarse, a temblar como un terremoto, y salí corriendo. La taquicardia había aumentando y no sabía qué hacer ni para dónde ir cuando se me acercaron dos policías y me preguntaron que qué me pasaba, que tenía una actitud sospechosa.

Me hicieron un cacheo y en los bolsillos solo encontraron mi navaja suiza, unas monedas y unos cigarrillos. Por fortuna, no se les ocurrió pedirles que me sacara los zapatos porque en cada uno de ellos escondía los paquetes, bajo la planta de los pies.

Me pidieron la cédula y les dije que no tenía porque recién había cumplido los 17 y en ese tiempo se sacaba a partir de que cumplieras 18.

Algo sospechaban, pero no sabían qué. De repente, el policía gordo, alto y dueño de una voz ronca, le dijo a su compañero que llamara a un patrullero para que me llevaran a una cárcel. Yo le dije que no tenía por qué hacer eso, que no había razón.

—Cállate —me dijo—. Nos están engañando porque tú no eres quien dices que eres. Tú eres Raúl Rojas, el que vende marihuana en El Dorado y en La Tola.

El compañero del policía gordo le dijo que no creía necesario llevarme a la cárcel, pero que si me encontraran otra vez sí me detendrían y me investigarían.

Yo sudaba. Era cuestión de que me pidieran que sacase los zapatos y todo estaría consumado. Me iría meses o años a prisión por cargar droga bajo la sospecha de que era un dealer.

Decidí desafiarlos. Ahí, en la calle, frente a la iglesia de El Belén, les dije que pueden buscarme las veces que quisieran y que no encontrarían nada. Y, además, que chequeen bien si yo me parecía siquiera al tal Raúl Rojas.

—Llama al patrullero —ordenó el policía gordo. Su compañero, entre molesto y obediente, cumplió la orden.

Era mi perdición. Si descubrían que cargaba los dos paquetes de hierba me quedaría detenido. No tenía cómo avisar a nadie, pues despertaría más sospechas. Mi primo estaría preocupado de que no apareciera, pero tampoco podía hacer nada.

En el patrullero, los tres policías que me llevaban dieron algunas vueltas por colegios femeninos. Se aproximaba el carnaval y las chicas ya se mojaban. El policía que conducía el vehículo me hacía sentir mal burlándose y provocándome:

—Mira todo lo que te vas a perder. Esas mijitas que se les ve todo cuando se mojan. Y tú preso. Ja, ja, ja.

La idea de que fuera preso me angustiaba cada vez más, hasta que llegamos a la avenida Veinticuatro de Mayo y el auto se detuvo en la comisaría segunda.

Me bajaron a empellones. Cada vez los policías eran más agresivos. Me insultaban. Me ofendían.

La comisaría segunda funcionaba en una casa vetusta de dos pisos, maloliente. En la segunda planta estaba el despacho del comisario: las paredes con la pintura descascarada, dos o tres calendarios con mujeres semidesnudas, tres escritorios atiborrados de papeles, el piso tenía los tablones crujientes y sucios. Al fondo de la oficina una puerta con rejas.

—Enciérralo ahí —dijo un hombre descachalandrado que fungía estar bien vestido, con el cabello sucio y mal peinado y que me recordó al Chulla Romero y Flores.

Yo quise argumentar, reclamar por qué, pero cuando recordé que llevaba en mis pies la mercadería prefería callar.

La dimensión de la celda era de tres metros por dos. El olor era vomitivo. La estrechez del lugar me recordó que sufría de claustrofobia y pedí que me prestaran un baño para orinar, pero también era para acomodarme los paquetes de hierba.

Los hombres rieron.

—¿No quieres que te llevemos a un hotel de lujo para que mees? Orina ahí mismo, hijo de puta.

Me di la vuelta para que no me vieran sacar el pene y oriné en la esquina del calabozo. El olor se volvió más ácido, más asqueroso.

Cuando me puse cerca de la reja de la celda vi que la mayoría de los hombres se iban y se quedaba uno, el del pelo sucio y el terno ajado.

—¿Usted es el comisario?—, le pregunté.

—Sí, abogado César Augusto Naula Quimballa. ¿Necesitas algo?

Yo no le había pedido todos sus nombres, pero intuí en esa actitud que me quería decir era pobre y sería fácil sobornarlo.

—Doctor —le dije—. ¿Qué le parece si hacemos un negocio?

—Habla —respondió.

—Tengo merca de 200 dólares. Yo le doy, usted me deja salir y cada cual a lo suyo. ¿Qué le parece?

El abogado se acercó a la celda, me agarró del cuello, me escupió en la cara y me dijo que qué clase de persona creía yo que era él.

No me sorprendió esa respuesta. Estaba seguro de que sí le interesaba, pero tenía que hacer el show del hombre honesto por si acaso vinieran sus compañeros.

—Le insisto. Es un buen negocio para los dos.

El hombre dio vueltas por la oficina destartalada y cada paso que daba con sus envejecidos zapatos de charol estremecía el piso. Se acercó a una ventana y la abrió. Parecía que necesitaba un poco de aire o que le resultaba familia el ruido y el griterío del mercado cercano.

—Dónde la tienes —preguntó.

—Aquí, conmigo —le contesté.

—Se dirigió a su escritorio, tomó una llave, se acercó a la celda.

Le pedí que, por favor, no viera dónde tengo la hierba.

Accedió. Se dio la vuelta hasta que yo pudiera sacar los paquetes de los zapatos, lo cual, de paso, fue un alivio porque ya no aguantaba la presión entre las suelas internas de los zapatos y las plantas de los pies.

—Aquí están —le dije para que volviera a verme.

Tomó los dos paquetes, en silencio, y se los llevó hasta su escritorio, donde los guardó.

—Debo golpearte —me dijo—. Si mis compañeros suben y te encuentran afuera de la celda tienen que creer que te he sacado la información a la fuerza.

Antes de que yo pudiera replicar algo estaba sangrando por la nariz, sentía golpes en la cabeza, rodillazos en el estómago y un tolete policial con el cual acabó con mis piernas y me dejó en el suelo.

No respondí a los golpes. Era mi libertad o mi encarcelamiento si faltaba a la autoridad. Con los ojos nublados por los golpes con la manopla, y aún en el piso, vi que tomó los paquetes, que se puso uno en el bolsillo de la izquierda y otro en el bolsillo de la derecha, tomó su maletín y, sin decirme nada, salió de la oficina.

Me incorporé, tomé el teléfono del escritorio y marqué a la casa de Mario. Me dijo que estaba preocupado y que no sabía qué hacer. Le dije que luego le contaría, pero que como al día siguiente era su viaje, ese rato tenía algo urgente que hacer.

Salí de la comisaría sin ubicar dónde exactamente me encontraba. Subí por la calle Rocafuerte y llegué a los túneles de San Roque. Tomé un taxi y vi cómo el conductor analizaba mi rostro por el retrovisor. “Tuve una caída y voy para mi casa”, le mentí.

Guillermo me abrió la puerta y le conté todo lo que me había pasado. Me exigió que le prometiera que máximo el fin de semana le pagaría de la nueva merca.

Hice el mismo ritual. Tomé los paquetes y me los puse dentro de uno y otro zapato. Antes de irme, Guillermo me dio alcohol y algodón para que me limpiara algo de la sangre del rostro. Después me dijo con un bareto te vas a sentir más aliviado. Fumamos un porro entre los dos y, sí, la verdad es que me sentí mejor.

Salí, hice el mismo trayecto con la confianza de que no volvieran a aparecer los chapas, subí las cinco cuadras que llevaban a la casa de Mario, la tía me preguntó por los golpes y le dije que me había enfrentado con dos tipos que quisieron asaltarme.

A Mario tampoco le conté lo que había pasado. Lo único que importaba era que viajara tranquilo y que no le faltase la hierba cuando se instalara en Moscú.


Rubén Darío Buitrón (Quito, 1966) es poeta, periodista y escritor. Es director—fundador de www.loscronistas.net


Foto portada tomada de: https://bit.ly/3u7V2nh

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