El pintor | María Dolores Cabrera

Por María Dolores Cabrera

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria)

Un lienzo blanco templado sobre el caballete de madera que se atreve a tentarme, a desafiarme. Yo, Mauro Callejas, pintor aficionado, lo miro mientras sostengo el pincel en la mano. Pienso en aquella laguna del parque a la que tantas veces voy con Margot, mi mujer. A pesar de que está en medio de la ciudad bulliciosa y agitada, la laguna brinda una paz que me apacigua. A ella le gusta sentarse en una banca de hierro barnizada de blanco, casi siempre en la misma. No le importa pasar un par de horas mientras mira el agua o más tiempo si le apetece. Conversamos. Nos reímos. Recordamos. A mí no me molesta en lo absoluto. Hoy sábado por la tarde, estuvimos ahí de nuevo, pero ocurrió algo diferente dentro de mi cabeza. Mientras compartimos, charlamos y tomamos un helado, sentí que debía grabar en mi memoria los detalles del paisaje. Uno a uno, en especial los colores. La tonalidad que tenía el agua a esa hora. Los matices de las plantas y los árboles. Puse atención a las gamas de los cafés, de los azules y de los verdes. Me fijé en la perspectiva que forman las distancias. En la escala del tamaño de las piedras y en el cielo. Cuando nos levantamos, no pude evitar mirar hacia la banca en la que estábamos sentados. Su forma, sus tallados. Por lo general, solemos caminar despacio cuando volvemos. A veces, en la ruta a casa, compramos pan integral o alguna bebida que falta para la cena o para el desayuno del siguiente día. Hoy trajimos un paquete de bocaditos con masa de queso.

Llegamos a casa. En las paredes de la sala hay cuatro cuadros de mi autoría: Una puesta de sol, Agustín sobre el sofá, el rostro de mi mujer y un callejón nocturno. En el comedor hay dos: Un canasto lleno de margaritas y una niña que come una manzana. Este último lo hice después de observar cómo una pequeñita de origen indígena, comía fruta sentada en la vereda junto a la madre que las vendía. Margot se dirigió a la cocina y yo o bajé al sótano que está justo debajo de nuestro dormitorio.

Ahora estoy aquí. Miro el lienzo en blanco que me motiva. Le sonrío. Me dice: “Vamos, aquí me tienes. Vamos con ese paisaje del lago. ¿Qué esperas? Toma el pincel y la paleta. Empieza ya”.

Yo me acobardo porque no sé si es el momento, si estoy preparado para iniciar, pero también pienso que los detalles se pueden esfumar de mi mente y decido comenzar. Me pongo el delantal que algún día fue blanco por completo y que hoy tiene una amplia variedad de manchas coloridas que ya no salen al lavar. Me cubro la cabeza con la boina gris que uso para proteger mi pelo de alguna salpicadura. Enciendo la música que me gusta escuchar cuando pinto, por lo general instrumental de piano. Hoy elijo Tristesse de Chopin.

Hago trazos básicos, gruesos. Son la base para luego extender las gamas con pinceladas más finas. Rasgo esbozos y defino el tono del agua. Margot me llama porque el café está servido. Apago la música. Dejo todo. Me quito el delantal y la boina. Subo. Compartimos un tinto con las masitas de queso. Termino de prisa y le digo que vuelvo al sótano porque ya comencé a pintar. Sonríe al ver mi entusiasmo y aprueba con su cabeza. Yo regreso a mi lienzo.

Dos horas más tarde, estoy en el cuarto dispuesto a descansar. Me agrada el trabajo que hice. Me siento orgulloso. Avancé más de lo que imaginé y eso me satisface. Pintar es mi pasión, mi vida. La única actividad que me hace olvidar la ingratitud, la falta de empatía de la gente con la que nunca he podido congeniar. La crueldad de una sociedad injusta y errada. Margot y yo estamos solos. No tuvimos hijos. Solo nos acompaña Agustín, nuestro gato marrón. Mi paso por este mundo ha sido una experiencia difícil. Dura. El amor de Margot es lo único que sostiene mis ganas de vivir. A los doce años, cuando murió mi madre, empecé a pintar con frenesí, con obsesión. En la noche, dibujaba las cosas que había visto en el día. Sufrí una enfermedad autoinmune que debilitaba mi musculatura, pero la superé con tenacidad. Mi padre se casó por segunda vez y se marchó. Los estudios me agobiaban y en cuanto me gradué con esfuerzo y hastío, entré a un taller de pintura en el centro de la ciudad y perfeccioné mi talento. Trabajé de mensajero en una empresa de publicidad. Con el tiempo, me contrataron como dibujante para ciertas publicidades comerciales. Cuando conocí a Margot en una exposición de cuadros, mi vida afianzó una nueva razón.

Ahora tengo que dormir. Una calle empedrada y casas coloniales con la firma de Mauro Callejas, está sobre nuestra cama. Apago la luz de mi mesa de noche. Mi mujer duerme desde hace rato.

A las tres de la mañana, me despierta un ruido sutil que me inquieta. Me mantengo alerta y los sonidos se vuelven más fuertes. Algo cae con fuerza. Arrastran cosas. Golpean objetos. Prendo mi lámpara y Margot se asusta.

—¿Qué pasa, Mauro?

—No lo sé. Algo suena. Es abajo, en el sótano. Voy a ver.

Me levanto, pero siento temor. Inseguridad. Tener miedo es normal —me digo—. El vencerlo es de valientes.

—Ten cuidado. O mejor no bajes. Llamemos a la policía y mientras tanto esperemos aquí.

—No. Margot, todas mis cosas están ahí.

—Te vas a exponer mucho. No vayas. Quizás solo dejaste la ventana abierta y el viento derribó algunas cosas.

La escucho, pero prefiero arriesgarme y decido bajar. Desciendo por las gradas con sigilo, despacio. El pisar firme sobre cada escalón me da seguridad. Me garantiza estabilidad. Un temblor se apodera de mis piernas y de mis brazos. Siento salivación excesiva y el pánico se presenta como una estela negra que me envuelve. Me cubre la cara, me impide mirar. Avanzo y se me amortiguan las manos. Tengo la sensación de que los pies se paralizan, pero hago un esfuerzo y camino. El temor no es malo —repito— Nos ayuda a protegernos, debo continuar.

Paso por la cocina en penumbra y tomo un cuchillo. Pienso en la muerte. En un final absurdo y trágico. Pienso en Margot. Agustín baja conmigo y maúlla. Abro la puerta de mi sitio de trabajo. Me espeluzna imaginar lo que voy a encontrar. Enciendo la luz con cautela y lo que veo me inmoviliza. Estoy estático y mudo. Sin palabras. No puedo gritar. Tengo taquicardia. Un sudor frío me recorre por el cuerpo. Todo está en el piso. Roto. El caballete despedazado. Los tubos de las pinturas regados por el suelo. Reventados. Pisoteados. La paleta averiada. El lienzo con los colores del lago está retaceado. Apenas veo una parte del agua que parece ondular sobre el suelo. El equipo que utilizo para la música está tirado pero intacto. Mi delantal y la boina es lo único que han dejado en su lugar.

Las puertas del mueble blanco donde guardo mis trabajos aún sin enmarcar están abiertas. Mi esfuerzo de años destruido. Los lienzos ajados. Veo paisajes cortados. La mitad del rosal en medio del campo. Parte del ramillete de flores amarillas. Un trozo del caballo que pasta delante de una cabaña. Mitades de Árboles. Tan solo la esquina del bote atado al muelle. Mariposas con alas trizadas. Aves fragmentadas. Un mirlo en la ventana que está estropeado. Calles divididas en pedazos. Parte de la entrada colorida de una vivienda rural; en fin, tantas y tantas cosas que he atesorado y que no he vendido porque en nuestro medio es difícil pero que con paciencia iban a salir. Todo en hilachas, cortados con cuchillo o tijeras. Cada uno, una ilusión devastada, una alegría anulada, un placer aniquilado. El alma rota. El espíritu quebrado. La saliva atorada en la garganta. Las lágrimas ahogadas en los ojos. El dolor que arde en la mitad del pecho.

Voy hacia un escritorio pequeño de madera que está a un costado del cuarto y noto que están reventadas las bisagras del cajón que ahora está vacío. Se llevaron el dinero que guardaba para comprar los implementos de mi trabajo. Levanto mi mirada y la ventana que da a la calle, está forzada. Rota. Por ahí entraron y salieron, pero si solo querían el dinero, ¿por qué destrozaron mis cosas?

Retrocedo. Salgo y dejo todo como está. Subo. Margot me espera angustiada. Suda por el temor y los nervios. Está pálida y tiembla. —Ahora llama a la policía— le digo.

—¿Qué pasó, Mauro?

—Se llevaron el dinero destinado para las compras de los materiales y lo destrozaron todo.

—¡Dios mío!

—Llama a la policía, por favor.

En veinte minutos hay gente que revisa todo. Toman fotografías, intentan tomar huellas. Todo inútil. No hay evidencia de nada que pudiera llevar a la sospecha de quién lo hizo.

Algún vagabundo que necesitaba el dinero —me dice un oficial— Lo siento. Vamos a intentar encontrar alguna pista, pero es difícil. Este tipo de robo no deja rastro.

Se van.

Regreso al dormitorio. Me recuesto sobre la cama, intento estabilizar mi respiración y espero a que amanezca. Me ducho. Me visto y salgo. Margot desea acompañarme, pero le digo que no, que esta vez voy solo.

Camino abatido rumbo al parque. Siento las piernas débiles y una especie de zumbido en los oídos que obnubila mi consciencia. Paso por la panadería que aún no abren. Llego hasta la laguna. Algunos pájaros trinan sin advertir la miseria humana. Deseo ser un pájaro, pienso. El agua sigue ahí, azul como siempre, pero a esa hora de la mañana, el tono es distinto. Grabo esa tonalidad extraña en la memoria. El cielo despejado, compasivo, celeste. Dejo caer un par de lágrimas. No importa el costo de lo material. Importa el dolor de comprender la habilidad del ser humano de poder romper la esencia misma de un semejante. Una joven trota con traje deportivo y lleva audífonos en sus orejas. Ignora mi realidad y yo la de ella. Recuerdo el lienzo de la laguna sobre el suelo. Muerto. Sin poder hablarme. Sin poder tentarme a que continúe con las pinceladas.

Salgo del parque y camino por la vereda. Pasan los carros veloces, los conductores tocan las bocinas apresurados. Yo sigo sin rumbo. Avanzo e intento llenar mis pulmones con el aire que les falta. Pienso en Margot que a esa hora debe esperarme con otro café sobre la mesa. En Agustín marrón, en mis obras, en mi única pasión. Un torbellino de colores cruza fugaz, gira irreflexivo, casi violento dentro de mi cabeza. Remolinos de matices que mutan. Aprieto los párpados. Camino casi a ciegas. Tengo nauseas. Me detengo para no tropezar. Abro los ojos y veo gente que cruza apurada, quizás entre ellos va el ladrón, quizás no. El cielo ya tiene más nubes y decido volver. Compro el periódico en una esquina y voy en busca de ese café que se enfría y que Margot lo tiene listo para ofrecerme con cariño. Lo bebo. Doy un beso a mi mujer en la frente y bajo al sótano. Encuentro en la estantería, un lienzo en blanco que está nítido. Lo pongo sobre la mesa de escritorio. Recojo lo que queda de las pinturas rotas y un pincel partido. Me coloco el delantal y la boina. Acomodo el equipo en su lugar. Enciendo la música. Sonrío con malicia y trazo, como un desquiciado, los bosquejos de la laguna con su tono matutino.


María Dolores Cabrera (Quito, 1962). Estudia en su ciudad natal y en 1984, egresa de la carrera de Psicología Clínica. Posteriormente, ingresa como miembro del Taller Literario conducido por Abdón Ubidia, destacado escritor ecuatoriano. Luego, años más tarde en 1998, publica su primer libro de 12 cuentos titulado: Mas allá de la piel. En el año 2010, un segundo libro, también de 12 cuentos: De nuevo tus ojos. En 2012, presenta su primera novela: Te regalo mi cordura. En el año 2016, una nueva novela con el título: Cuando duermen los Jilgueros, y su más reciente libro, en el año 2018, la novela: Pinceladas (Bosquejo de un trastorno).


Foto portada tomada de: https://bit.ly/3wd9xrR

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