El “Angelote, amor mío” ilustrado de Vásconez | Iván Rodrigo Mendizábal

Por Iván Rodrigo Mendizábal

Portada de “Angelote, amor mío” de Javier Vásconez, con ilustraciones de Patricio Palomeque.

El premiado y clásico cuento de Javier Vásconez, Angelote, amor mío ahora aparece en una nueva versión ilustrada bajo el sello de la editorial española Pre-textos. Se trata de un volumen en formato apaisado de este 2021, con portada a color y páginas con dibujos de Patricio Palomeque, diseñado para ser leído y visto con la pretensión de contrastar o de seguir el sentido expresionista del cuento.

Angelote, amor mío en su origen forma parte del libro de cuentos Ciudad lejana (El Conejo, 1982) por el cual Vásconez fue finalista para el Premio Casa de las Américas. En el año 2019, la editorial quiteña Doble Rostro, presentó el cuento como libro de formato grande, con ilustraciones de Ana Fernández. Desde Ciudad lejana, el cuento ha formato parte de otros libros antológicos, siendo el más reciente Casi de noche (Pre-textos, 2020) del propio Vásconez. El cuento, por otro lado, recibió la Mención de Honor del concurso de la revista mexicana Plural en 1983. Fuera de estos datos, el cuento se ha convertido en un referente de la literatura sobre temática homosexual en Ecuador y en Hispanoamérica.

¿Cuál es la particularidad del cuento de Vásconez? Una historia contada en primera persona, el monólogo de un narrador, el amante del homosexual que vela su cadáver. Como todo proceso en el que cuesta trabajo desprenderse de la imagen y la memoria del ser querido, Vásconez nos pone en la piel del amante que ha perdido lo más preciado de su vida, todavía haciéndolo real, como un ser cuya presencia y su dignidad son incólumes. El texto, de este modo, es poético, es evocativo, tiene un color que no muestra a la misma muerte, sino más bien a un ser con luz, pese al contexto, a las determinaciones sociales que el escritor trata de evidenciar y denunciar.

Angelote, amor mío tiene un epígrafe del Marqués de Sade que enuncia precisamente el tema de la memoria, objeto que está presente a lo largo del cuento. Tal epígrafe dice: “Me satisface que mi memoria desaparezca de la memoria de los hombres”. En Sade la idea es desaparecer por completo. Georges Bataille, en La literatura y el mal (1957) alude a esta frase además porque en el sentir de Sade está el hecho de que se ha perdido la novela cumbre por él escrita, Los 120 días de Sodoma, durante la toma de La Bastilla, en esos lejanos días de la Revolución Francesa: si se ha perdido algo valioso, ¿para qué ser recordado si no hay huella inestimable que a uno le represente? En cierto sentido, este es el mismo pretexto que está detrás de la obra de Vásconez, pero con la paradoja que es el amante que rememora su eximio amor y nos trae a la memoria a ese ser cumbre que ha amado y que no se equipara con ningún otro hombre, con otro ser humano por el cual se nunca se podría derramar una lágrima. Hay una expresión trágica, pero a la vez gloriosa, que tensa el cuento y que nos obliga a que no renunciemos a evocar la imagen y la presencia del homosexual. Claro está que Vásconez toma otra vía respecto al clásico cuento de Pablo Palacio, “Un hombre muerto a puntapiés” (1927) –de hecho, lo cita entrelíneas– donde el homosexual, al ser criminalizado, es ocultado por determinación social y policial. En Angelote, amor mío, pese a la supuesta vergüenza social y familiar, a que el homosexual tenga la carga de algún pecaminoso destino o a la insidiosa segregación a la que están sujetos, lo que percibimos es otro tratamiento: Vásconez opta por personificarlo como un ser humano como cualquier otro, con sus valores, con sus sueños e ideales, con sus miedos y sus lances. Gracias a esta representación, eso sí, el autor confronta a la sociedad quiteña y ecuatoriana, a esa que en la década de 1980 –cuando fue escrito el cuento– aún era prejuiciada, al punto que la propia legislación obligaba a encarcelar a quien se declaraba o se mostraba como homosexual o lesbiana.

El mismo título es significativo: Angelote, amor mío, es el apelativo cariñoso y hasta grandilocuente de quien es un “ángel de luz”, pero también un “ángel de tercera”, según el texto. Nótese la inversión grandiosa: ángel de luz a la vez sugiere a Lucifer, a la par que, evocado como un ser luminoso, es un “angelón de retablo”; sin embargo, este ángel, este angelote, no perdona que los seres humanos tengan como algo máximo a Dios, cuando en realidad son estos mismos seres humanos son los que en sí tienen lo divino, aunque son “desplumados”. Y lo divino, en términos de lo humano, en términos simbólicos, además está emparentado con el falo. Si es que hay que encontrar significado al título, hay que decir que Vásconez en realidad estaría mostrando que el poder de lo divino, el sexo, es a lo que se desea y evoca, es lo que se encomia en su cuento.

Y frente a tal imagen del ser humano, el ser-potencia por su sexo, lo que se pierde por la muerte, no es lo material, sino al ser que lo tiene, que es al mismo tiempo potencia –valga la redundancia–. A ese ser, a su potencia, parece tenerle miedo la sociedad. Como Bataille analiza sobre la obra de Sade, Vásconez entonces deconstruye al contexto que prohíbe tal potencia. Al respecto, veamos algunas marcas en el cuento:

  1. La hipocresía social: “Una vez más aparecía la mentira, el engaño, la hipocresía de todos ellos limpiando sus lágrimas con pañuelitos de seda”; los allegados al homosexual, Jacinto, son de un sector social acomodado, acaso los que hacían le vista gorda o directamente hacían alguna mueca y se alejaban cuando en vida el occiso se les presentaba; pero para guardar las apariencias se llora el fallecimiento y quizá con ello se olvida lo que sí debe olvidarse: ¿vuelven a resonar irónicamente las palabras de Sade? Una respuesta va en forma de pregunta en el mismo cuento: “¿Por qué disimular, si toda tu vida no has sido más que un motivo de escándalo para ellos?”
  2. La ciudad conventual: “Has sido la Diabla en los abismos de la Alameda en esas noches donde aparece un hombre muerto a puntapiés, en el infierno de esta ciudad conventual”. Quito, en efecto, es esa ciudad: una cuya característica, independientemente de los conventos e iglesias que amenazan por desterrar las casas coloniales y republicanas del centro de la ciudad, casi siempre es pintada, no solo en cierta literatura, además en el habla popular, como una urbe cuyos habitantes cumplen con los oficios y los mandatos religiosos. En algún periodo la ciudad se vaciaba terriblemente por esa presunción de que luego de las 18 horas había que estar ya merendando y pronto acostarse, no sin antes santiguarse. El paseo de la Alameda, bordeando la ciudad conventual, pudo ser en su momento, por el contrario, el paseo del desborde social, donde claramente el personaje del cuento iba a encontrar placer munido de su traje celestial de ángel caído. No es casual, insisto, la referencia a Palacio en la frase citada y, con ello, que la ciudad conventual ya tenía su propio “infierno” con las nuevas identidades, con esas identidades “otras”, que recorrían de noche las calles, sujetos al desenfreno o al escarnio.
  3. Las apariencias: “Pues así te querían ver tus parientes. Reducido a ser el mascarón seráfico de un catafalco. Por fin respirarán esos diplomáticos panzones que frecuentaban tu casa, esos ministros enloquecidos por la alquimia del poder, esos señorones de blasón y brillantina que tú tanto abominabas. Respirarán satisfechos los periodistas”. ¿Hay que ponerle una época al cuento? Las referencias son de la primera mitad del siglo XX, pero habrá que decir que el cuento es más bien atemporal. No importa la datación en el relato, ni nos dejemos llevar por el año de publicación del cuento: la singularidad del cuento es su tiempo cualquiera, su tiempo que puede ser cualquier tiempo. Cuando se lee el cuento se tiene la impresión de un flujo de pensamiento –muy al tono de William Faulkner–, recurso estético que pone en suspenso al tiempo real por otro tiempo, el de la impresión de la vida que queda o que se ha vivido y se recuerda. En este contexto, el narrador le dice al Jacinto difunto que así lo querían ver los deudos; pero no solo ello, además, con la misma suspensión de la muerte, se presiente que el deseo de la gente, de la sociedad burguesa a la que pertenecía el finado, sociedad que le repelía, era tener ante sí al “mascarón seráfico”, es decir, era hacerlo aparecer como una persona –¡máscara tiene que ver con persona!– angelical, acaso traviesa, acaso “desviada”, al que siempre se le debía ocultar, al que siempre debía obligársele a ocultarse, más aún cuando habían individuos, gentes de un círculo social también de apariencias –los “señorones de blasón y brillantina”– rondaban la casa y el entorno familiar. Una realidad cierta aún hoy es tratar de guardar las fachas cuando en la familia alguien se declara homosexual. Leemos, más adelante en el cuento, algo así, para reafirmar lo que subrayo: “Disfrazado durante toda tu infancia, a causa de una hermanita muerta, tú pronto habrás de entender que detrás de todo rostro hay una máscara”.
  4. La institucionalidad “sacra”: “Aborrezco los prostíbulos con olor a sacristía, las iglesias con ambiente a prostíbulo”. El narrador, el amante, es un médico; por su modo de contar nos percatamos su método como buen examinador, como quien capta los síntomas del latir de la vida. Con su modo de observar Vásconez efectúa lo que Bataille dice de Sade: su afán destructor de todo, incluidos los personajes con los que interactúa. Lo primero: destruir las instituciones escondite de los amoríos furtivos, asemejándolos a las iglesias, a la misma religión, cuyos predios también huelen, dice, a prostíbulo. Lo segundo: el mismo narrador, como cualquier otro que tocó el angelote Jacinto, evidencia que quedó destruido por su portentosa voluntad y potencia sexual. Se trataría de aborrecer la institucionalidad que hace avergonzar o que obliga a que se oculte terriblemente el Ser.
  5. La mojigatería: “Aborrezco a todas esas vírgenes que recorren la ciudad como fantasmas, exhibiendo impudicias, disimulando en pan de oro su conducta madre”. No se quedan incólumes las vírgenes, ni las religiosas ni las citadinas, las señoritas mundanas. Eso lo leemos líneas previas en el cuento, y sobre las citadinas, ellas incluso cargan el peso del puritanismo, imitando la conducta madre de la que son producto. Interesante, en cierta medida, que el cuento también devele una especie de conducta matriarcal que, contra toda presunción machista, también es parte de la naturaleza de los quiteños.

Jacinto, el personaje evocado, se mueve dentro de ese entorno, dentro de la familia, dentro de la sociedad conventual no con cuidado, sino con actitud desafiante: “Desafiar al bien fue siempre tu billar, tu ruleta rusa, tu rey de oros”. Vásconez, en fin, nos hace conocer a un individuo que, como Sade, ama el mal. Bataille en el referido libro La literatura y el mal anota: “La literatura es lo esencial o no es nada. El mal –una forma aguda del mal– que la literatura expresa, posee para nosotros, por lo menos yo así lo pienso, un valor soberano. Pero esta concepción no supone una ausencia de moral, sino que en realidad exige una ‘hipermoral’”. Jacinto, aunque personaje literario, representa ese valor soberano señalado por Bataille: es un personaje esencial como la misma pieza literaria, el cuento, esencial y ahora clásico en la literatura ecuatoriana. El narrador nos lo muestra vivo, ardiente, dinámico, diablo. Bataille luego señala que este tipo de literatura, la del mal, es comunicación, porque nos implica, porque nos hace cómplice. Por dicho narrador conocemos el mal que Jacinto opera, porque no se sitúa en el terreno acomodaticio, mojigato del bien. Él juega con la vida.

Las ilustraciones de Patricio Palomeque, distribuidas entre las páginas de Angelote, amor mío amplifican el flujo de pensamiento con estilo expresionista. Por ejemplo, la tapa del libro, sobre fondo blanco, presenta dos hombres, el uno mirándonos, el otro avistando hacia un lado; los colores son el azul, el celestre y el púrpura. Las imágenes son como oníricas, gracias a la mancha del pincel de acuarela; presumimos a Jacinto, el que nos observa, con una sonrisa, con los cabellos al aire, vital. Pero hay algo que nos confronta, que nos desafía, que nos pone en ese fino hilo que podemos romper para abrazar el mal, es decir, una hipermoral: es un cáliz, emborronado con una mancha caprichosa, fluyente, en tono rojo, rojo sangre. La pieza se llama “El cáliz del fin” –que además la podemos contemplar sin el anclaje del título en la página 17–. Palomeque, figurando a Jacinto, nos invita a tomar ese cáliz para lograr la comunicación, esa que se refiere Bataille.

Un cierto tono similar tiene la ilustración “Portal mayor” de la pág. 19. Similar en sentido que dos personajes, hombre y mujer, desnudos, escapan del portal de una iglesia. Pero si la mujer tiene unas manchas rojizas en el borde de su tenue cuerpo, un dibujo acaso semiestilizado, el del hombre, el del angelote, emerge acuarelado, con color púrpura-azul, con sonrisa, con una fuerza ruptural. La iglesia como el cuerpo de la mujer –recordemos a las vírgenes con conducta de madre en el cuento– son oscuras, grises. Un gran contraste es el logrado: el homosexual se ríe de la institucionalidad social; es el “fantasma” que aterroriza, y como asoma, parece disfrutarlo.

En la ilustración “El ramo de violetas”, de la pág. 11, el color va desapareciendo para dar lugar a los grises. Es la representación del velorio de Jacinto. Lo que importa de esta ilustración es el ataúd, cabeza abajo –con relación al horizonte de la página–, abierto, en el que está el difunto, tieso, pero con el pene erecto y, lo que podría decirse, es el disfraz, la máscara impuesta por la sociedad. A sus pies, en realidad, un objeto que asemeja a un florero, también se simboliza la flama, el fuego. Una primera significación: aún muerto, es llama pura, incluso con el falo que sigue presente. De los fantasmagóricos presentes que otean la escena –algunos nos miran– está el amante, también desdibujado, descolorido, cubriéndose el sexo y llevando en la mano el ramo de violetas. Contrasta y a la vez sugiere: ¿Por qué el pene erecto? ¿Por qué el amante con la mano cubriendo su sexo? Ambos personajes están contrapuestos. Una segunda significación: el acto amoroso, como acto de muerte si ha sido posible, ahora no lo es, porque está el mundillo de los perversos deudos que observan, que nos observan. La ilustración es simbólica.

“Las señales”, ilustración de Patricio Palomeque.

Las otras ilustraciones son en blanco y negro o en tonos grises; comento algunas. No existe color alguno que los diferencie. Pero sí el trazo grueso, vivaz, como el de un grafiti en “Las señales”. En este Jacinto, el angelote, el ángel de luz, tiene sus alas, su cabeza como si fuera a la vez el del ano. Nos saluda, nos invita, nos mira, nos sonríe despreocupadamente. Es como un niño travieso, un diablo con mucha luz, si nos percatamos de los trazos espesos que le rodean. Igual tono, aunque más como dibujo a mano alzada es el de “Doblemente tuyo”. El trazo grueso en negro contrasta con los tonos acualerados en gris del fondo donde resurgen rostros, simbolizando el amor prohibido vigilado, acaso castigado por la policía o por la misma sociedad. En “El soplo de amor”, el homosexual es como una deidad: su figura en perfil es alegre, exhala vida. Vásconez, como el mismo Palomeque nos dejan con la impresión de que hay que recordar al ser vivo, antes que lamentarse del que ha muerto.


Iván Fernando Rodrigo Mendizábal. Doctor en Literatura Latinoamericana por la UASB-Ec. Magíster en Estudios de la Cultura por la UASB-Ec. Licenciado en Ciencias de la Comunicación Social por la Universidad Católica Boliviana San Pablo. Profesor contratado de la UASB-Ec. Escritor de artículos científicos en diversas revistas ecuatorianas e internacionales. Columnista de El Telégrafo (Ecuador), Suridea (Ecuador) y Amazing Stories (EE.UU.). Autor (entre otros) de: Análisis del discurso social y político (junto con Teun van Dijk, 2000); Cartografías de la comunicación (2002); Máquinas de pensar: videojuegos, representaciones y simulaciones del poder (2004); Imaginando a Verne (2018); Imágenes de nómadas transnacionales: análisis crítico del discurso del cine ecuatoriano (2018) e Imaginaciones científico-tecnológico letradas (2019). Capítulos de libros, entre otros: “El monstruo es del sur: más allá de la biopolítica” en Marginalia III, relecturas del canon literario (Carlos Alberto Castrillón y Juan Manuel Acevedo, comps., 2013); “YouTube y el documentalismo global: ecuatorianos en el proyecto Life in a Day” en El documental en la era de la complejidad (Christian León, ed., 2014); “Ciencia ficción ecuatoriana: las exploraciones del futuro de las nuevas generaciones” en El pez solo puede salvarse en el relámpago (Augusto Rodríguez, comp., 2020); “Análisis del discurso de lo político: notas para una metodología aplicada a Twitter” en Comunicación Política: Debates, estrategias y modelos emergentes (Sergio Rivera Magos y Bruno Carriço Reis, eds., México, 2020); “La ciencia ficción ecuatoriana (1839-1948)” en Historia de la ciencia ficción latinoamericana I. Desde los orígenes hasta la modernidad (Teresa López-Pellisa y Silvia G. Kurlat Ares, eds., España, 2020).

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