Con piel de oveja | Mariana Falconí Samaniego

Por Mariana Falconí Samaniego

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria)

Era fornido aquel hombre, alto y atlético, de tez morena donde se destacaba la mirada penetrante de sus ojos verdes. Bajo la raída camiseta se notaba el pecho musculoso. Era casi un criado en la casona de abuela, en la ciudad provinciana donde nací y crecí.

Hacía de todo, desde la limpieza de la casa, hasta la comida de los cerdos que se criaban al fondo del viejo patio. De sobrenombre le decían “El Pirata”.

Me acostumbré a verlo ejecutar tareas que comúnmente hacían las mujeres. Pero, no se amilanaba, las hacía mientras una sonrisa de burla tensaba sus gruesos labios.

Llegó a casa de abuela cuando yo acababa de cumplir 17 años.

Mis hermanas menores le tenían miedo, corrían a esconderse cada vez que lo veían cerca. Mi madre, desconfiada como pocas, nos había prohibido conversar con él.

—Es un animal —solía decir— tiene el diablo metido en el cuerpo. —Yo no comprendía porqué le había cogido tanta ojeriza.

Además, no era tan fácil dejar de verlo, nuestra casa colindaba con la de abuela, existía una puerta interior que comunicaba las dos viviendas.

Aquella puerta era para mí como la entrada al jardín del paraíso.

Mi curiosidad por saberlo todo era enorme. No sé si ello era bueno o malo.

Mi madre opinaba que a la larga me acarrearía dificultades, lo que la tranquilizaba era la certeza de mi sensatez.

De tal modo que no se oponía a que atravesara aquella puerta varias veces al día con el pretexto de distraerme.

Me convertí, para asombro de todos, en compañera inseparable de abuela.

Todas las tardes, en el corredor lleno de macetas de toronjil y yerbabuena, me sentaba en un banco de madera muy junto a ella y tomando un viejo costal de cabuya, empezaba a desgranar lentamente las mazorcas de maíz que casi siempre estaban apiladas sobre el suelo. Y pasaba desgrana que desgrana mientras los últimos rayos solares hacían piruetas sobre el tejado.

Era entonces el momento propicio para entablar plática, pero casi nunca estábamos a solas, constantemente llegaban parientes a saludarla y de paso llevarse el dorado grano y a veces víveres que ella generosamente les obsequiaba. Era un desfile de sobrinos, primos y comadres en espera de conseguir algo.

Y siempre, mirando con sus ojos burlones, estaba él. Parecía disfrutar con la procesión de parientes pobres y con la confusión que yo sentía.

Pero con cualquier persona presente, no suspendía la labor que estaba realizando en tal momento, constantemente hacía gala de su fuerza física y sobre todo de su desdén.

La gente solía mirarlo con recelo y él correspondía con indiferencia, solamente al mirarme a mí, notaba que cierta luz lo suavizaba, despertando mi curiosidad por saber qué había en el fondo del alma de este hombre tan extraño.

Una tarde, que no teníamos visita, aproveché para preguntar a abuela sobre “El Pirata”.

Ella que conocía de mi exagerada curiosidad no se inquietó por mis preguntas, allí supe la razón por la que estaba viviendo en casa y el porqué de su sobrenombre.

Abuela empezó a confiarme que una vez había tenido una prima lejana quien vivía en el campo con su único hijo, un mocetón que a duras penas había terminado la primaria y que constituía una constante preocupación por su carácter indomable.

Desde niño hacía su voluntad, vagabundeando por el pueblo, no había árbol frutal que no lo hubiera saqueado, los campesinos cuidaban sus gallinas pues al rato menos pensado desaparecían cada vez que el muchacho merodeaba cerca, pero jamás nadie lo cogió con las manos en la masa.

Desde entonces se quedó con aquel apodo, aparentemente era un joven vivaz e inquieto, pero en realidad —decía abuela— “siempre fue un diablo con piel de oveja”.

Esta prima a la que se refería abuela había perdido su casa y tierras en pagar deudas de juego de su difunto marido, pero no pudo pagarlo todo, debía una fuerte cantidad al banco agrario. Abuela generosamente pagó aquella deuda tratando de así calmar y tranquilizar a la pobre mujer que estaba gravemente enferma, la prima en su lecho de muerte le entregó a su hijo para que desquitara la deuda trabajando para ella.

Abuela no quiso aceptarlo, pero el muchacho que en ese entonces tenía veinte años y era orgulloso como nadie, a la muerte de su madre se presentó con sus pocas pertenencias a casa de abuela a pagar deudas ajenas.

Todo aquello que escuchaba lo agrandaba a mis ojos. Empezó a perturbar mis sueños de muchacha, había algo que me atraía irremisiblemente hacía él y que al mismo tiempo me asustaba y repelía.

Por ese entonces yo estudiaba la secundaria en un colegio de monjas y tenía arraigados los principios morales que me inculcaban, pero no era una mojigata. Mi gran afición a la lectura me permitió conocer y saber en teoría sobre el amor físico, el deseo, la pasión etc. más de lo que podía saber cualquiera de mis condiscípulas.

Además, ya había tenido un noviecillo a escondidas de mi madre; aunque ella al enterarse redobló su vigilancia encargándose de alejar a cualquier amigo o pretendiente que se acercara, quería tenerme dentro de una urna de cristal y realmente el ambiente de la ciudad provinciana donde vivíamos era propicio a ello.

Mi único escape, entonces, constituía traspasar la puerta hacía casa de abuela, encontrarlo allí y sentirme observada por aquellos ojos cínicos, y empezar a soñar que “El Pirata” era solo un muchacho descarriado necesitado de mucha ternura, la cual ilusamente deseaba brindarle.

Abuela tenía muchas criadas que trabajaban en la cocina y otros menesteres, entre las más jóvenes empecé a notar ciertos cuchicheos cuando él pasaba ante ellas, reían entrecortadamente.

Un día, movida por la curiosidad pregunté a Dolores, la vieja sirvienta con la que tenía confianza, porqué reían y murmuraban cuando él pasaba.

—Ay, niña Anita —me contestó— usted no debería preocuparse de esto, es demasiado chica. “El Pirata” es como un perro en celo, anda tras la pobre Inés para desflorarla. Pero para qué le cuento, usted es una niñita que no sabe de cosas malas. Diciendo esto, me dejó con la palabra en la boca y con mayor curiosidad por saber lo que allí pasaba.

Mi obsesión hacía él aumentó, no había día que no dejara de mirarlo tratando de adivinar qué se escondía en el fondo de su ser.

Mi sensatez me decía que no debía acercármele mucho, que tenía algo en su forma de comportarse que no era correcto.

Me limité entonces a seguirlo dentro de la casa disimuladamente. Cuando él iba a la parte posterior, yo también me dirigía hacía allá. Si subía a los altillos yo iba tras, como quien no quiere la cosa. Sé que él estaba al tanto de lo que yo hacía y riéndose para sus adentros seguramente se burlaba de mí.

De tanto espiarlo acabé descubriendo sus correrías tras Inés, la joven criada.

Una tarde, que desapareció tras el recodo plomizo del patio, abruptamente, lo caché manoseando a la criada.

Aquella noche no pude dormir de tan perturbada como estaba. Sus manos se presentaban en mi memoria como dos palomas que aleteaban ansiosamente mientras recorrían todo el cuerpo de la sirvienta.

Parecía oír todavía su burlona carcajada cuando me miró aparecer de improviso. Y cómo olvidar su mirada cargada de bestialidad y deseo, creo que esta escena me marcó de alguna manera.

La vieja Dolores, sin adivinar lo que en mi interior pasaba, empezó a hacerme confidencias.

—Ay, niña Anita —murmuraba santiguándose— “El Pirata” es una bestia, va a acabar con la pobre Inés. Aunque su merced es niñita que no debe saber de estas cosas, pero fíjese que el muy bruto anda sobre ella día y noche ¡Jesús, María y José! es el mismito diablo quien vive en esta casa.

Algo se rompió en mi interior y desde entonces empecé a evitarlo, pero él se daba cuenta y los papeles se invirtieron.

Empezó a acecharme. Una noche que trataba de cruzar la puerta para regresar a casa lo vi allí parado, echando fuego por los ojos.

Sin decir palabra me alzó en vilo, restregándome contra su ancho cuerpo. Sentí su virilidad incrustarse contra mí y sus manos, ¡Oh! Sus malditas manos recorrieron brutalmente mis formas de adolescente. No sé cómo no grité.

Cuando cerca de mi cara sentí la densidad de su aliento, volví en mí, de un golpe, que lo cogió por sorpresa, lo obligué a soltarme.

Corrí como loca hasta llegar al baño, el corazón me palpitaba aceleradamente, un temblor de furia acometió mi cuerpo, me sentí sucia por dentro y fuera, lavé varias veces mi rostro y seguía sintiendo el vapor de su sucio aliento.

No sabía cómo quitarme la sensación de su cuerpo pegado al mío. Si es posible ultrajar el alma, aquella noche mi alma fue ultrajada.

Aquel hombre no era el ser ávido de ternura que, al principio, en mis fantasías de muchacha había imaginado, no, el solo sabía de instintos.

«Tal vez no es su culpa —pensé ingenuamente— acaso fue el medio donde creció».

Y callé. Guardando aquel episodio en el fondo de mi conciencia.

Dejé entonces de trasponer la puerta del paraíso. Mi madre extrañada quería saber el motivo de mi cambio, yo aducía que tenía que estudiar para los exámenes de grado de bachiller que estaban a tan solo un mes de aquel suceso.

Me gradué e inmediatamente empecé los preparativos para ir a estudiar medicina en la capital.

No volví a ver al animal, como lo llamaba para mis adentros. Por Dolores supe que andaba con toda mujer que se cruzaba en su camino, que luego de utilizarlas las arrojaba como cáscaras secas.

—¡Jesús, María y José! —comentaba— Este hombre es el mismo diablo.

Pasaron los meses y aquel tenebroso recuerdo que perturbaba mis sueños fue desvaneciéndose lentamente con las novedades que mi nueva vida de estudiante universitaria me ofrecía.

Terminé el primer año de medicina y retorné a mi casa provinciana, con locos deseos de abrazar a mis padres, hermanas y sobre todo a la abuela.

Temblaba como hoja al viento cuando traspuse el umbral de la puerta que comunicaba las dos casas. Todo estaba igual, el tiempo parecía haberse detenido en el viejo corredor lleno de macetas.

Abuela me recibió con júbilo ponderándome lo guapa y delgada que me encontraba. Me senté en el banco de madera junto a ella y acercando un costal de cabuya empecé a desgranar lentamente las mazorcas de maíz. No lo vi y me sentí aliviada.

Dolores empezó a contarme atropelladamente todas las novedades. Persignándose, relató que dos meses antes, “El Pirata” sacó las uñas. Una tarde en que todos fueron al campo, desde su propio cuarto había escalado la pared hasta un orificio en el cielo raso y desembocando en el tejado se había introducido en el cuarto de abuela, saqueándolo, apropiándose de todo el dinero y joyas guardadas en un baúl de doble llave. Desde entonces se había hecho humo. Se dio aviso a la policía, pero no pudieron encontrarlo.

—Ay niña —añadía Dolores—, con toda esa plata debe estar dándose la gran vida. Segurito que anda de cabaré en cabaré. Era como el mismo diablo, nunca se saciaba ¡Dios nos ampare! —susurraba persignándose.

Escuchando a la vieja, me estremecí de horror al recordar que hubo un tiempo en que me sentí atraída por él, con la fascinación de la mariposa alrededor de la llama; y lo cerca que estuve de caer en sus garras.

Volví a Quito a continuar mis estudios. Pasaron algunos años desde entonces, pero en lo recóndito de mi conciencia permanecía agazapado el terror de aquella noche en que me ensuciaron sus manos y sus perversas intenciones.

Una mañana, caminaba por la 24 de mayo, tratando de tomar un autobús, cuando de pronto sentí una mano que atenazaba mi brazo, al volverme sorprendida me topé con un tipo con facha de pordiosero.

—Hola Anita, ¿te acuerdas de mi? —dijo con acento burlón— mientras sonreía dejando al descubierto sus dientes amarillentos.

¡Era él! ¡”El Pirata”! Su mirada me desvestía con la misma bestialidad de antes, en la fracción de segundos que pude mirarlo observé cómo había envejecido, en su rostro estaba escrita la vida de vicio y disipación que seguramente habría llevado.

Olía a alcohol, el cabello sucio y desordenado y un viejo costal a sus espaldas. Tenía las trazas de ser ropavejero.

Me solté violentamente, retrocediendo como cuando se tiene una mala visión, tomé el bus que ese momento pasaba, deseando perderlo de vista lo más pronto posible.

Sin embargo, no habría de ser la última vez que lo vería.

No sé cuanto pasó desde este mal encuentro.

Cierta mañana que me dirigía al anfiteatro de la facultad para ver si podía adelantar alguna práctica de anatomía me topé con el encargado de la morgue, un viejito amable con quien había simpatizado. Aquella ocasión parecía que me buscaba.

—Señorita Ana —exclamó al verme— le tengo un fiambre en la mesa del anfiteatro, listito para estudiarlo, es un buen ejemplar, aunque bastante estropeado. La morgue de la policía lo mandó en la mañana, no había quien lo reclame, era un vagabundo, asesinado la semana pasada por otro igual en la 24 de mayo, dizque se agarraron a puñaladas disputándose una vieja prostituta. Venga a verlo Srta. Ana —insistió— antes de que sus compañeros lleguen y no dejen nada.

Agradecida con el viejito, caminé presurosa al anfiteatro, al llegar, me acerqué a la mesa donde un gran bulto se advertía bajo la sábana.

Al levantar la misma lo vi. ¡Era “El Pirata”!

Lo contemplé largo rato a solas, porque el viejito salió inmediatamente a sus diligencias. Y en ese sitio donde todo olía a muerte, extrañamente me alegré de estar viva.

¡Sí! Mirándolo muerto era como ver morir mi pesadilla.

Sentí alivio de empezar a vivir sin sombras, de observar la paz en su rostro inerte, con la mirada bestial ya apagada, cerré piadosamente sus párpados y me alejé mientras pensaba que acaso “El Pirata” vivió siempre buscando encontrar la muerte, la única que calmaría su incansable búsqueda de placer y sus insanos instintos.

«Por fin llegó al final de su camino —me dije— ¡Descanse en paz!»

Al salir al exterior, el sol radiante llenaba de vivacidad las calles de la ciudad, jugando a proyectarse en los incontables cristales, arrancando destellos platinados.

Dejé que sus rayos lavaran mi cara. Me sentí limpia y en paz.

Eché a caminar mientras pensaba con deleite en el muchacho con el cual estaba citada aquella noche…


Mariana Falconí Samaniego, Poeta y Narradora Ecuatoriana, escribe desde los 20 años en que descubrió la magia de la palabra. Tiene publicados 9 libros en poesía y 41 libros en cuento y novela infantil y juvenil. Su poesía ha sido traducida al portugués y francés y uno de sus cuentos infantiles fue traducido al chino mandarín. Pertenece a la Sociedad Ecuatoriana de Escritores y otros grupos culturales. Obtuvo el premio Nacional de Poesía Gabriela Mistral 2001.


Foto portada tomada de: https://bit.ly/3sDyhY8

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