Brand Agard y su insólita historia | José A. García

Por José A. García

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria desde Argentina)

Cuento publicado originalmente en: Fábulas del cuaderno verde (2014), Buenos Aires: Editorial Textos Intrusos.

 

Como es sabido por todos, al Valle del Árbol Seco nunca llega el sol. Es cierto, aunque cueste creerlo. Las altas montañas que rodean esa húmeda y fría tierra mantienen alejado al sol, día tras día, año tras año. Al este las montañas ocultan el amanecer, y las viejas colinas del oeste lo devoran antes del atardecer.

El Valle del Árbol Seco corre del sur al norte, sobre el viejo cause de un río que nadie conoció. Y cuanto más al norte, más estéril la tierra. El sol es un recuerdo que algunos días se ve brillar en las rocas más altas de las montañas; pero, la mayor parte del tiempo se oculta entre las nubes y la niebla de la humedad.

A pesar de todo lo malo que aquel paraje posee, porque ni plantas ni animales crecen en él, allí viven personas, como ustedes y como yo. Si, así como lo oyen y no lo creen, en el valle hay una aldea. Diminuta y vieja, con escasos hogares con sus techos a dos aguas, porque es tanta la humedad que allí reina que el agua nunca falta, aún cuando la misma no sirva para beber ni para regar los más raquíticos tallos.

Pálidos y escuálidos, pequeños y huidizos, son los habitantes del valle. Nadie los visita, nunca; y pocas veces se los ve en las aldeas del sur, donde el sol ilumina los campos y hace medrar las cosechas.

Hay quienes dicen que tienen cabellos blancos, piel grisácea y ojos claros, muy claros, que no aguantan bien el resplandor del sol, y que por eso prefieren ocultarse en el valle. A nadie les importa esas personas, ningún anciano recuerda cuándo aquella aldea se fundó; ni siquiera el nombre que debió de llevar, nada, todo es olvido en aquel lugar. Quizá sea que el Valle del Árbol Seco ha estado poblado desde siempre, aún cuando ello, por supuesto, es imposible.

Nadie tiene parientes allí, nadie conoce a nadie que conozca a alguien que allí viva; y, aunque en los registros del Municipio Regional no se diga nada de ello, allí tienen su propio camposanto. Una simple parcela de tierra cercana al viejo tronco que presta su nombre al valle en el extremo más árido del lugar, donde se encuentra la tierra más muerta de todo el valle.

Si me detengo a explicarles estos detalles de tan sórdido lugar, es porque allí mismo tuvo lugar la historia de Brand Agard. Veo sus caras de sorpresa, señal de que el nombre no les resulta del todo extraño. Pero, ante las dudas que también veo en algunos ojos, voy a confirmar que todo cuanto se cuenta sucedió, realmente, allí, en ese valle.

Quizá la historia no sea verídica en su totalidad, y harán bien en dudar de los diálogos que escuchen esta noche, porque muchos de ellos son inventados. Pero, la situación en las que fueron pronunciados, no lo es. Porque el nacimiento del prodigioso niño y su muy corta vida son la pura verdad, así como la cuento.

Escuchen señores y señoras, miembros de las castas y honrado público. Así sabrán, luego de que mi historia llegue a su final, un poco más acerca del personaje que hoy es leyenda pero que comenzó, como todos los aquí presentes, naciendo un día, hace varios años atrás.

Su madre vivía una oscura y húmeda existencia en el valle. Nunca salía de él, ni para adquirir víveres ni para contemplar, por lo menos una vez, el amanecer. No, nunca abandonaba el valle. Ella era la única solitaria habitante de la última casa al norte del valle, lindera con la aridez y el camposanto.

Su familia moró allí generación tras generación; fueron quienes levantaron la precaria choza de adobe y madera, intentaron infructuosamente cultivar aquella sucia porción de polvo y fracasaron estrepitosamente. Se quedaron en la oscuridad del valle para ver morir los pocos animales que poseían y las raquíticas plantas que habían logrado escapar de la prisión de la semilla. Esa tierra estaba maldita entonces, dicen que lo estuvo antes, y hay quienes dicen que aún hoy lo está.

Cae la ignorancia sobre la idea de quién pudo haber sido su padre. Aunque sabido es que no fue hombre alguno de aquella comarca, es falso creer que la solitaria mujer diera forma al cuerpo del chico con musgo y barro, y que lo envolviera en el pellejo de un ternero joven y fuerte para insuflarle la vida, como se cuenta en otra parte. Porque ni los más robustos terneros sobreviven mucho tiempo en el valle sin sol.

Es falso también, noble público, que la mujer, de quien ni el nombre se conserva en esta historia, haya tenido negocios con algún ser de más allá de la vida, o con alguna espantosa criatura que habitara en la oscuridad de las grutas del valle junto al camposanto. Es falso creerlo porque nada, por más pestilente, húmeda y oscura que su naturaleza resulte, sobrevive allí. Nada, notable audiencia. Solo las mentiras y las falsas historias imposibles de comprobar.

Pero sí podemos creer que un hombre, solo, fuerte, bien formado y educado, de las lejanas tierras del norte haya cruzado por el valle años atrás. Y que la humilde y núbil mujer solamente haya podido ofrecer su cuerpo como paliativo para el hambre, la sed y el cansancio del viajero, que golpeara su puerta por ser la suya la primera de las casas de la mísera aldea.

Y nació entonces, bregando por su vida, arrancado del seno materno en medio de grandes dolores; la misma forma en que, según se dice, nacemos todos, pero, por la gracia de nuestra frágil memoria, no podemos recordar. Un frío y húmedo día, como lo son todos en el valle, Brand Agard vio por vez primera el mundo en que le tocara en suerte vivir.

Dicen que creció rápido, fuerte y jovial, como nadie en la oscura comarca; dicen que desde el mismo momento en que aprendió a hablar molestó a su madre con insidiosas preguntas, como todo niño hace alguna vez.

—¿Por qué vivimos en la oscuridad, madre? —preguntó un día.

—¿Por qué nuestra piel es tan pálida? —preguntó al día siguiente.

—¿Por qué vivimos junto a un cementerio que nadie visita ni recuerda, madre? —preguntó otro día.

La pobre mujer respondía como podía con su escaso conocimiento, y las pocas luces que poseen las personas del valle, aquellas preguntas. Mientras que el portentoso niño dejaba atrás su infancia con la misma rapidez con que una ráfaga de viento cruza, llevando su carga de tristeza y soledad, por medio del Valle del Árbol Seco hacia otras lejanas tierras y que muchos reconocen por el aroma que trae mezclado con el polen y el polvo.

Su destino se selló, inexorablemente, el día en que le preguntó a su desesperada madre:

—Madre, ¿qué es lo que brilla en las alturas?

La mujer, ocupada seguramente en algún quehacer doméstico, como buena mujer que era, respondió, sin darse cuenta de lo que decía, con la simple verdad:

—Es el amanecer —dijo—, que habita al otro lado de las montañas.

—¿Cómo? —habrá dicho el sorprendido niño—. ¿Hay algo del otro lado de las montañas?

—No lo sé, Brand. No lo sé —sé que respondió la mujer.

—Pues yo lo descubriré —dicen que dijo el niño, y sabemos que así fue. Porque desde ese mismo día se avocó tanto a cumplir con su palabra que su cuerpo comenzó a crecer.

Claro, escucho comentar a los más alejados del público, comenzó a crecer porque era un niño, y los niños tienen que crecer. Pero no es a tal crecimiento a lo que me refiero; sino a un crecimiento que poco tenía que ver con el de un niño. Escuchen mi relato y verán a lo que me refiero.

Al cabo de un mes de haber prometido ver lo que yacía oculto al otro lado de las montañas, había crecido cuatro palmos; su ropa le quedaba pequeña, viéndose su abnegada madre en la obligación de remendarla una y otra vez hasta al hartazgo. Tan grande se había vuelto que se vio en la necesidad de dormir sobre los mohosos listones de madera del suelo, porque ya no cabía en su cama de niño.

Y no se detuvo allí, sino que su crecimiento continuó. Si, aunque es difícil de creer para las personas que no llegaron a conocerlo. Brand Agard no dejó de estirarse y crecer. Hasta que llegó el día en que, no habiendo cumplido aún los seis años de una vida rutinaria como la del resto de las personas, superó en altura a un hombre fuerte, bien formado y alto como lo soy yo mismo.

Varias veces encontré al niño en el Valle del Árbol Seco, pero fue el primer encuentro el que ha quedado más firmemente grabado en mi recuerdo.

Lo confundí con un hombre desarrollado y maduro al verlo de espaldas, el día en que me acerqué a su casa buscando indicaciones para huir del desolado páramo. Lo creí el hombre de la casa con sus casi dos metros de altura. Pero, al hablarle, contemplé el miedo reflejado en su expresión y sus movimientos atolondrados ante un desconocido.

—¡Mamá! —gritó lleno de consternación al descubrirme a su espalda.

Esperaba que aquella fuera solo una expresión, pero, cuando la puerta de madera vieja, y reverdecida por el moho, de la choza se abrió dejando salir del interior a una mujer, no supe cómo reaccionar. Porque, aunque demacrada en sus facciones, no era una anciana, ni siquiera podría decir que hubiera llegado a la plenitud de su edad, ni mucho menos.

Luego de contener al asustado niño atendiendo a sus lágrimas, se volvió hacia mí reprochándome el haberlo maltratado. Le expliqué cómo se había presentado la situación, el haberme acercado a la casa sin hacer el menor ruido, mientras el hombre se mantenía de espaldas, y la mujer cambió su expresión ablandando su postura. Tal vez no creyera del todo en mis palabras, pero la desesperación por lograr un entendimiento que me permitiera una rápida huída de aquel sitio, debió jugar a mi favor, porque los reproches se alejaron de sus labios.

Le sonreí antes de que la curiosidad me venciera y mis insistentes preguntas, a medida que pasaba la tarde, lograron hacer que la mujer me contara la historia de Brand Agard, tal y como yo se las he contado hasta este momento. Y si me permito esta digresión es para aclararles a los señores escépticos de la octava y novena fila, así como al grupo de señoritas del pasillo; que mi historia no es inventada como las versiones de otros rapsodas, sino que se limita a la verdad de los acontecimientos, aún de aquellos que desconozco en su totalidad. Puedo asegurarles muchas cosas, para demostrar todo cuanto sé; pero no es mi intensión apabullarlos con mis palabras, sino solo entretenerlos en esta noche de tormenta y miedo, de falta de sueño y necesidad de compañía. Duden de mí cuanto desee, pero nunca duden de mis palabras.

Volví a visitar al niño, y a su madre, varias veces ese año. Sorprendiéndome más y más por el abrumador crecimiento del muchacho, que superó los cuatro metros de altura antes de cumplir los ocho años de edad. Su cuerpo ya era el de un gigante, y el rumor de su existencia se entendía por las comarcas vecinas. Pero su mente aún era la de un niño encaprichado por saber qué se encontraba del otro lado de las Montañas del Este.

Jugaba todo el día, y dormía en el patio de la casa, enroscado como un ovillo y cubierto en parte por una manta a la que su madre añadía metro tras metro de género cada día, con el fin único de que el niño no pasara frío en las desoladas noches del valle.

Cuando su altura superó los diez metros, dejó de usar ropa, la misma que cada noche se desgarraba una y otra vez; porque solo parecía aumentar de tamaño mientras dormía y no todo el tiempo, como bien podría creerse. Crecía cuando nadie estaba allí para verlo, como si la sorpresa se encaprichara con el secreto.

Este acontecimiento, el que un hombre gigantesco se moviera desnudo por el valle, hizo que el lugar se llenara de mujeres que se acercaban a admirar el torneado y pálido cuerpo del extraño portento. Boquiabiertas y con tortícolis regresaban a sus hogares al atardecer. Como recordarán, también, ese año se vivió el record de divorcios y separaciones de hecho, momento histórico, por supuesto, en toda la región, que pronto pasó al olvido junto con recuerdos similares.

Le tomó otros dos años alcanzar los cincuenta metros de altura. Era monstruoso de ver. Sus proporciones ya no eran las de un gigante, sino que las sobrepasaban ampliamente. No había forma de mantenerlo alimentado, ni de lograr que entrara en calor, aunque fuese mínimamente. Su piel se cubrió de sabañones y de manchas rosáceas, tanto es así que su cuerpo parecía lacerado en su totalidad.

Al momento de dormir se acomodaba sobre el descampado más allá del viejo camposanto y reposaba durante las horas en las que su abnegada madre aprovechaba para curarle las heridas, aplicarle calor en las entumecidas articulaciones e intentaba mantenerle lo más limpio y presentable posible; pensando siempre en los innumerables curiosos que se presentarían al día siguiente.

Era poco lo que podía hacer allí. No tenía espacio por dónde moverse ya que, como dije al comenzar mi narración, el valle es estrecho y húmedo, pequeño y pestilente como ninguno, aunque sus habitantes no quieran notarlo.

Como dije, nada podía hacer allí.

Fue el día en que cumplió los doce años, cuando la decisión terminó de formarse en su cabeza. Le comentó a su madre, con un hilo de voz que podía escucharse claramente en todo el valle, lo que haría. Y aunque ella no podría haber hecho nada para retenerlo allí, junto a su hogar, tampoco se opuso a la decisión del niño.

Brand quería ver la tierra del amanecer. Pero no tenía espacio allí donde vivía para crecer indefinidamente hasta sobrepasar en altura a las mismas montañas, como había pretendido. Y debemos de creer que, de haber tenido el espacio suficiente, lo hubiera podido hacer, sin dudarlo ni preocuparse por los alimentos que necesitaría para subsistir un solo día.

Las montañas, escarpadas y altas hasta los cielos, se elevaban al este del Valle, y, de tanto mirarlas, conocía cada milímetro de ellas, cada saliente, cada roca, cada seto que crecía allí donde el sol llegaba a golpear. Tanto conocía aquella ladera que estaba seguro de poder escalarla, y salvar su cima, al primer intento.

Porque a tanto llegaba su orgullo, a pesar de ser tan corta su edad, que se creía capaz de lograr lo que se proponía sin esfuerzo, utilizando su ingenio y su aguda vista para encontrar los sitios ideales sobre los que apoyar sus gruesos pies y sus fuertes manos.

Entonces, ese mismo día…

Si, así es. Veo que parte del público conoce este tramo de la historia, por lo que podré saltar algunos detalles y llegar, más deprisa, a su desenlace. Porque si es cierto que logró escalar y cruzar al otro lado de la montaña ese mismo día. Pero no fue su orgullo lo que le ayudó, sino la suerte. Porque varias veces los asideros a los que se aferrara con todo su peso se desprendían y caían, como grandes aludes, hacia el valle. Así fue como el viejo camposanto desapareció por completo, comido por las rocas que caían desde las alturas, y el paso hacia las tierras del norte se cerró, paso por el que ya nadie vendría nunca. Algo por lo que debemos agradecerle, porque nos evitó posibles guerras, enfermedades y cosas que nunca imaginaríamos. En cierta forma, el dicho de que nada bueno llega desde el norte siempre fue cierto.

Así fue que escaló metro a metro la alta montaña cantando una vieja canción de cuna a media voz, la misma que su madre le cantara; y que la madre de su madre cantara, una generación antes, también. Porque no le resultó más que un paseo que se extendió por toda una mañana el subir por la interminable ladera.

Al atardecer, cuando el sol caía sobre las mismas rocas que tocaba, pudo sentirlo por primera vez sobre su pálida piel, sobre sus fuertes hombros, sobre su espalda perlada de sudor, comparando el calor del astro con el del seno materno una y otra vez. Sus gritos de alegría semejaban truenos que anuncian terribles tormentas en medio del soleado día. Pero, por suerte, ese día no cayó gota alguna; solo el miedo de quienes creían peligrar sus cosechas inundó la comarca.

Tal vez recordando que, si el atardecer terminaba de caer, no podría ver nada hasta el amanecer siguiente, y sintiendo la aguja de la curiosidad clavándosele en lo más profundo de su ser; el chico hizo a un lado la sensación de bienestar que bajo el sol cubría su cuerpo, para continuar su ascenso interminable.

Su callosa mano izquierda se elevó por enésima vez, sus piernas lo impulsaron nuevamente y su cabeza superó la altura que aún hoy nos parece infranqueable. Esa montaña que nadie luego de Brand Agar se ha a atrevido a mirar de frente.

Allí de detuvo, contemplando el otro lado que nunca nadie había visto. Sonrió antes de mirar por última vez hacia abajo, hacia la oscuridad, hacia el valle, donde se encontraba su madre, que se había vestido de blanco para que le fuera posible al niño distinguirla en medio de tanta negrura.

Miró hacia abajo, pero no dijo nada.

Al momento de coronar la montaña, Brand Agard, el muchacho gigante, el monstruo del Valle del Árbol Seco, no dijo nada. Y es por esto que los cantos de los otros rapsodas, excepto el mío, por supuesto, faltan a la verdad.

Su último mensaje fue una sonrisa, dirigida hacia lo que creía era su madre, y un salto hacia el otro lado de la Montaña del Amanecer que, hasta ese día, nadie se había atrevido a cruzar.

 


José A. García (1983, Buenos Aires, Argentina), escritor, guionista de historietas, blogger, profesor de historia. Participa en diferentes publicaciones independientes de Argentina, Costa Rica, Cuba, Ecuador, España, México, Venezuela, con cuentos, artículos e historietas realizadas con diferentes dibujantes. Publicó el libro de cuentos Fábulas del cuaderno verde (2014) con Textosintrusos. Cree fervientemente que el conocimiento se demuestra haciendo y no acumulando diplomas, premios y menciones como si fueran condecoraciones o títulos de nobleza. Página web personal: http://www.proyectoazucar.com.ar

 


Foto portada tomada de: https://bit.ly/2PmFEEL

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