Aquel fuerte cervántico | L. Miguel Aucatoma

Por L. Miguel Aucatoma

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria)

La gran épica que define el período clásico recae en un enigma. Pues más de un especialista indica que aquella magnánima obra la debemos a un autor o posible grupo de autores que han dado en denominar Homero, un escritor tan fantástico como los seres que aparecen en su obra, un personaje que le hemos dado la figura de ser ciego y con forma física de sabio con su poblada barba y efigie que se ha vuelto familiar. Pero esa forma es un supuesto que esos mismos estudiosos no apoyan porque sus representaciones están ubicadas en desplazamientos de tiempo a partir de la tampoco precisa aparición de su contribución literaria. Este hecho se entiende porque pertenece a ese período en que el conocimiento humano se forjaba con nuevos tintes y los límites de ficción y realidad eran difusos marcados por la cultura reinante, el elevado componente de oralidad y el costo considerable de propagar los escritos.

Pero aun en la época post-Gutenberg esos casos se han repetido en muchas ocasiones y ese tan prolijo autor (o autora) denominado anónimo se ha hecho de gran reputación, privándonos de un rostro al que añadirle esos sucesos que aún nos sorprenden, posiblemente porque el resultado, como así se sospecha de Homero, no es un esfuerzo individual sino la ejecución mental y práctica de un grupo que refinando técnicas de cadáveres exquisitos pulieron obras memorables, o tal vez usaron esa duda de identidad para protegerse en épocas convulsas, o de otros que muy seguramente atentarían contra su integridad si llegasen a ser develados los actos de narrar contra el orden establecido, o posiblemente sintieron que el escondite de no colocar su nombre protegería esos mismos escritos como si fuese un ritual profundizando su misticismo. Finalmente, la dudosa procedencia de obras puede deberse a que deliberadamente se eliminaron los vestigios de autoría por hechos de envidia, proscripción, por apostasía o como forma de castigo y bastante cruel, por cierto, dado que, así como extraer mediante lectura eleva a mito a su autor si su escrito se acurruca en el alma universal, así mismo el peor castigo sería disfrutar esas sensaciones y nunca atarlas a un personaje, Tántalo nos llega a la mente necesariamente.

Es conocido también que el borrón histórico que se hace sobre las autorías causa con el tiempo búsquedas y justificaciones que más tarde llevan a generar nuevos heroísmos que pueden ser motivos de reclamos o controversias, porque todos exigirán para sí esos mejores tiempos pasados y la participación de figuras que eleven el espíritu de un pueblo o nación.

Así fue como aprendiendo del oxímoron que resulta ser la novela histórica, he dado con hallar un título por el que más de uno, y cabe decir que uno más sobresaliente que otro, se ha proclamado como autor y tal libro curiosamente resulta ser poco conocido, bueno al menos en el acervo general en el que la novela histórica desea tener su nicho. Recordemos pues que la novela histórica pretende actuar como ese instrumento de divulgación del que los profesionales de la historia muchas veces, sino siempre, reniegan como un subproducto impreciso y de poca fiabilidad, pero que termina siendo el medio con el que se logra acercar a los hechos del pasado de forma más amena al común de los mortales, posición que ocupo al hacer este breve mensaje. Entonces, no es despreciable que apoye refrescar la existencia de ese documento que resulta harto interesante y del que como se ha mencionado ha sido atribuido como obra de más de un personaje, con una particularidad, aquí pasa lo contrario de la figura homérica en la que tal vez varios pretenden ser uno; sino que uno, como se ha estudiado, pueden ser algunos.

El libro en mención aparece en una imprenta de Filadelfia en 1826, y hasta ahí no suscita nada interesante, pero el hecho es que es el primer libro de ficción histórica de lengua castellana dando el primer paso en ese misterio al ser producido en un entorno de lengua inglesa, es como aquella primera versión de un Ulises, cumbre de la literatura inglesa, siendo impreso en Francia, pensando así esos caminos no se nos hacen tan patituertos.

Las disertaciones y los análisis de ese evento son amplios y han movido varios círculos intelectuales en varios centros de conocimiento e invitan a aderezar esta obra que ya se cuenta como ficción con un componente externo de mayor especulación, una capa añadida que no solo se da por su procedencia en esa imprenta de Filadelfia, sitio que nos trae a la memoria el movimiento independentista de los Estados Unidos, y que hace eco en la época, 1826, donde las guerras de emancipación del control monárquico español casi se han consumado, hechos que desde luego partieron por esas proclamas escritas en ese sitio de Pensilvania 50 años antes, y que en ese año regresan a un punto de reflexión, donde ya se está preparando o aparecen las primeras repúblicas latinoamericanas. Todo vuelve a su origen o hace tributo al mismo.

El siguiente componente que mitifica más esta novela, es el que hace la conexión de su contenido ambientado en la conquista de México y que se apoya en una fuente de un autor español Antonio de Solís y Rivadeneyra quien a criterio de ese anónimo del que estamos discutiendo “es el escritor más entusiasta de las prendas y méritos de Hernán Cortés” (Tomo I, pág. 14), y termina haciendo reflexiones que bien pueden servir de modo aleccionador en esa época convulsa de transición, es decir recrea el pasado de conquista y barbarie para justificar ese presente de revolución y cambio en los 1826 que se publica y lo deja claro al lector en el libro tercero donde indica “TODAS las naciones han tenido épocas de gloria y de envilecimiento, y algunas veces han pasado de uno a otro de estos extremos con tanta rapidez que al volver una página de su historia le parece al lector que se le habla de otro siglo y de otro pueblo.” Y continúa: “El filósofo que examina con imparcialidad estos grandes sucesos encuentra su causa en el influjo que ejercen sobre los pueblos las virtudes o los vicios” (Tomo I, pág. 155), entonces no se queda únicamente en el plano narrativo ficcional histórico, sino que pasa a la enseñanza.

Y escoger ese pasaje lleva consigo añadir los personajes que dan vida a esa historia, y es así como la novela gana su título: Jicoténcal que se extrae de un guerrero nacido en Tizatlán, estado de Tlaxcala en la región este de México, cuyo nombre original es Xīcoténcatl Āxāyacatzin, también Xicohténcatl el joven según la lengua de ese pueblo, adecuado porque también puede añadir ambigüedad para que los distraídos de otros siglos pierdan pistas o confundan más su enredado legado, un personaje ambivalente que se resistió, traicionó y fue traicionado, procesos que engendran más reflexión aún y que dan germen a interpretaciones que eran necesarias en el ambiente y que posiblemente se censurarían, pero al no hablar directamente por un ser definido y nombrado podían permitir la circulación/generación de ideas.

Y los personajes reales se contrastan con sus ficcionales, y el particular de Teutila, “hija de Ocambo, que fue cacique de Zocothlán y de Ozimba” que sirve de alegoría mediante un amor truncado por la conquista, en ese ciclo de traición que ronda toda en todo el escrito y que sin duda concluye en muerte.

Pues por todo lo expuesto es muy posible que debía ser preparado para que nos mantenga ocupados y por eso supongo debía ser preparado en una imprenta de un sitio que permita acrecentar el simbolismo. Asimismo, todos estos actos evocan erudición que es reclamada por investigadores para sus propios pueblos, indicando claramente la escritura de un autor mexicano o migrantes de México que llegaron a esa ciudad y mantenían reuniones intelectuales y revolucionarias, eso apoyado por los hechos que cuenta en la novela, su componente indigenista y ambientación, sin embargo las imprecisiones en distancias topográficas o costumbres que solo se pueden atribuir a un foráneo, hizo que se dude de esas primeras hipótesis y pase a otros autores la posta de ejecución.

Pasa así a ser atribuida a algunos de los latinoamericanos que pasaron por esa ciudad en ese año y que recorre a un variado grupo que venían desde sitios como Colombia, Perú, Venezuela, Argentina, Ecuador y Cuba, naciones algunas que en ese tiempo aun no existían o que apenas se estaban consolidando. Hay sitios que se vuelven puntos de encuentro en episodios intelectuales y que germinan algo impertérrito, invaluable y se antoja creer que aquello sucedió en ese punto y lugar del siglo XIX, también dejando libre el pensamiento y creyendo que ese se aproximarían con su particular modo como la Viena o Paris en Europa, pero que lastimosamente, así como la novela parece no trascender en la mentalidad del ser latinoamericano, esa época se va perdiendo mientras nos distraemos por sobrevivir.

Y me detengo en un autor de Ecuador, quien ya había hecho ese juego de despiste al crear escritos en una imprenta supuesta de Filadelfia, la Imprenta de Teracrouef y Na-roajeb, que en realidad estaba en la Habana, un anagrama que dejaba pistas que alimentan conexiones interesantes, donde alimentó varias asociaciones que debían mantenerse secretas dado su carácter subversivo y que fortalecieron el espíritu libertario en la isla, en los años de 1820, como lo recoge muy adecuadamente Neptalí Zúñiga en el prólogo de Vicente Rocafuerte, Tomo X – “Rocafuerte y la República de Cuba de Mayo de 1947” de donde parte y regresando a lo expresado por Zúñiga “…toma el camino de Estados Unidos, agita el ambiente de Nueva York, Washington, Boston, Filadelfia; conmueve el espíritu da ·cubanos y .suramericanos revolucionarios; se pone al frente del club violento emigrado”; y no se detiene ahí sino que “llegó a representar a México, en calidad de enviado diplomático ante el Reino Unido en 1824” como indica Galo Galarza Dávila en “Las relaciones diplomáticas entre Ecuador y México. Desde su constitución como repúblicas hasta nuestros días”, ese verdadero americano como se presentaba y como sentía, lo reflejaba en varios de sus escritos y su pensamiento ilustrado, y de cuyo trayecto e intensa experiencia bien podía recoger todas las referencias que podía plasmar en una obra como Jicoténcal. Más tarde llegaría a ser el segundo presidente de la novel república de Ecuador y primero nacido en ese territorio, el anterior, por cierto, procedía de Puerto Cabello; y que asumía su cargo de mandatario apenas 8 años después de la aparición de la novela que estamos recordando. Con amplia formación europea, es conocido por su interés en el proceso de la independencia hispanoamericana como varias fuentes lo demuestran y contribuyó con aquel enseñando francés basado en textos revolucionarios como el Contrato Social, de Rousseau, mismo del que según otros tantos investigadores bebe el Jicoténcal.

Carezco en este punto de esa erudición que esos estudiosos, propios de estas disciplinas y que he leído para hacer esta breve reflexión, y llevan hacia los caminos de la autoría del Jicoténcal a manos de lúcidos escritores cubanos que disponen de su amplia cuota de leyenda, que se refuerza por los vínculos de Rocafuerte en esa ubicación del Caribe, pero recaen luego en eventos demostrables nada desdeñables a modo de evidencias que han hecho que las ediciones de ese escrito ya lleven impresos nombres como José María Heredia o Félix Varela, que de hecho son incluidos por Rocafuerte en sus memorias, Un americano libre de 1843, por lo que nunca le fueron desconocidos sino partidarios, socios intelectuales y contemporáneos, y aun en mi limitado conocimiento invito a un nuevo debate que amplíe más la figura de Vicente Rocafuerte, eminente erudito, revolucionario en Cuba y México, migrante a Estados Unidos y posiblemente participe de esas reuniones republicanas, con una larga trayectoria que incluye estadías en cada una de esas patrias que se disputan la autoría de esa primerísima novela histórica en castellano y que como se ha contado dejaba pistas interesantes en su trayectoria de escritor. Parte de esos juegos doctos que muy probablemente tejió en su amplia educación y viajes.

Al final, es posible que la obra sea posiblemente un esfuerzo colaborativo, fruto de ese aire que propició la ciudad estadounidense, las ubicaciones variadas hispanoamericanas, las siempre subestimadas coincidencias y haciendo uso de ese espíritu ilustrado que florecía en esas primeras décadas de 1800, y todos los implicados tengan su cuota de participación, creando un libro de tamañas referencias e implicaciones, y que necesita ser recuperado, releído y sometido a ejercicios de discusión, porque las ediciones disponibles no se cuentan como un tema que nosotros los aprendices de estos asuntos recibamos como un caso introductorio sino más bien como ejemplar extraño u olvidado, me atrevo a remarcar mi arribo al tema llegó por referencias inglesas y no castellanas al asunto.

Aun así y tal como muchos lugares de la clásica Grecia se disputan la patria de Homero, ciudades estado que también en épocas clásicas pretendían unirse como parte naciente de ideales, pongo al Jicoténcal para que también nos una como alguna vez el pensamiento libertario o ilustrado lo hizo, y generó esas deliciosas suspicacias que no dejarán que se imprima el nombre definitivo sobre la tapa del texto, o al menos para que ese componente nos haga sentir parte de algo que siempre estamos empeñados en buscar y no abrazarlo, el eterno empezar y nunca terminar del ser latinoamericano, y desde luego también clamo esa porción del misterio de su autoría desde este lugar que se llama Ecuador tan necesitado de leyendas y tan corto de memoria con sus héroes.


L. Miguel Aucatoma (Quito, 31 de octubre de 1982). Ingeniero, inquieto lector que en escapes de su cotidianidad técnica busca sin hallar, ventajosamente, y en el camino medita y a veces termina colocando escritos esporádicos de sus reflexiones, su falta de rigurosidad en esos campos pueden condenarlo o convertirlo en otro anónimo, sin embargo, aprende crudamente a no desfallecer y hacerse con servilletas que conserven la tinta bajo la lluvia.

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