Tres en uno | Andrés de Müller

Por Andrés de Müller

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria)

 

Cuando Donald finalmente abandonó Estados Unidos, la tierra que le vio nacer y en la que se negaba a morir, a Barack Obama aún le quedaban dos años de mandato.

—Este maldito negro nos ha arruinado la vida.

Llevaba con el mismo mantra desde la era Kennedy:

—Este maldito católico nos ha arruinado la vida.

Fiel a sí mismo en la indigencia desoladora de una mente diseñada para el odio presidencial, se permitía la licencia de adaptar sus malos agüeros al perfil de cada nuevo candidato, relamiéndose durante la campaña electoral a la sazón —los únicos períodos excitantes de su tediosa existencia— tratando de adivinar a quién haría blanco de sus inquinas durante los próximos cuatro años. El elegido por el pueblo, quienquiera que fuese, devenía automáticamente elegido de su corazón para avivar la hoguera del resentimiento social que le reconcomía por dentro desde que tenía uso de razón.

Su madre, alcohólica, le crió con cupones de beneficencia y una particular ideología política basada en mendigar y morder la mano que te da de comer; a su padre nunca lo conoció. A ambos los detestaba con el mismo fervor. Se prometió a sí mismo, herido del orgullo ligado a la supervivencia física que solo los pobres de los países ricos conocen, que él jamás pediría nada a nadie. Se las ingenió para obtener su título de bachillerato sin un solo suspenso y sin un solo amigo, una sombra entre los pasadizos del high school a la que nadie prestaba atención; su propia insignificancia, de la que siempre tuvo preclara conciencia y que el roce con los demás no hacía sino confirmar dolorosamente, le llenaba de ira contra todo y contra todos. Trabajó, como tantos otros estadounidenses especializados en nada, de camarero, carpintero, mecánico, albañil, cartero, portero, conductor de autobuses, paseador de perros, cocinero, dependiente, oficinista, telefonista, sexador de pollos, recadero, recogepelotas; no duraba demasiado en ningún puesto y cualquiera le parecía igual de anodino que el anterior, de tal modo que desarrolló la rara habilidad de amoldarse a las funciones que le asignaban con análoga eficacia apática. “Lo que sea”, se repetía, “menos caridad”.

El ascenso al poder de Lyndon B. Johnson tras el magnicidio más televisado de la historia, los sesos de John F. Kennedy desparramados por la falda fucsia de Jackie (la única primera dama a la que admiró), le hizo adoptar dos posturas radicales, a su juicio igualmente trascendentes, a las que se propuso no renunciar hasta su último aliento: por un lado, oponerse férreamente a la guerra de Vietnam y a cualquier conflicto bélico y, por el otro, dejarse una coleta que en su juventud resultaba un simpático e inofensivo distintivo hippy y, en su vejez, un extravagante y áspero estropajo adherido a su calva. Los soldados no dejaban de caer en el campo de batalla y Johnson, insaciable, no cejaba en enviar más y más refuerzos, obsesionado con hacer del Sudeste Asiático el mayor cementerio yanqui de la primera generación que había aprendido a aborrecer al Tío Sam y su dedo apuntador encañonándolos.

—Este maldito asesino nos ha arruinado la vida.

Con Richard Nixon lo tuvo más fácil: se limitó a reproducir los titulares de prensa de la época.

—Este maldito mentiroso nos ha arruinado la vida.

Los años iban pasando y todo cambiaba a velocidad vertiginosa –los hogares se llenaron de televisores y de obesos—, excepto la animadversión hacia el poder y la coleta, cada vez más canosa y rala, de Donald. Tras el cobarde indulto a Nixon por el escándalo Watergate, Gerald Ford se reveló tan genuinamente mediocre que no le costó encontrarle un calificativo:

—Este maldito lamebotas nos ha arruinado la vida.

La ambigüedad de Jimmy Carter, que un día firmaba un acuerdo sobre la reducción de armas nucleares y al siguiente un decreto para aumentar drásticamente el presupuesto militar, le exasperaba incluso más que la otrora soberbia de Nixon.

—Este maldito veleta nos ha arruinado la vida.

Luego le llegó el turno a Ronald Reagan y ahí se le complicaron las cosas. Su pasado como galán de Hollywood en westerns de poca monta a los que Donald era adicto –no podía evitar, alineado al legendario maniqueísmo de sus compatriotas, ensalzar al Séptimo Regimiento de Caballería, los buenos, y vituperar a cuantos comanches, sioux y pieles rojas, los malos, se interpusieran en su camino— le hacía, en principio, intocable. Sin embargo, su amistad con Margaret Thatcher (“¿cómo una mujer puede ser primera ministra de un país?”, se pasmaba Donald, “no tendrían que salir de la cocina, dónde vamos a parar”), la no tan extraña pareja, le sacó de quicio:

—Este maldito aficionado nos ha arruinado la vida.

Tanto la guerra del Golfo liderada por George Bush padre como la de Irak fabricada por George Bush hijo –a pesar de que ambos le inspiraban algo parecido al afecto por el absoluto desprecio que, con solidaridad paternofilial, profesaban hacia la cultura, una posición con la que Donald comulgaba plenamente— le retrotrajeron a la de Vietnam y a su militancia pacifista ejercida desde entonces para la galería (de puertas adentro era un hombre permanentemente iracundo), así que, cansado de devanarse la mollera, decidió fusionar al progenitor y a su vástago con el mismo epíteto con que sentenció a Johnson:

—Estos malditos asesinos nos han arruinado la vida.

El intermedio de Bill Clinton, de cuyo desastroso paso por el Despacho Oval solo recordaba el escándalo Lewinsky (de la derogación en 1999 de la Ley Glass-Steagall de 1933 como respuesta al crack de 1929, vigente durante 66 años para evitar la especulación bancaria, sentando así las bases de un liberalismo salvaje que desembocaría en la crisis financiera mundial de 2008, nunca supo nada), le proporcionó la ocasión de afinar su letanía de descalificaciones, pero lo ventiló con indulgencia por un cierto pudor asociativo consigo mismo como putero empedernido:

—Este maldito donjuán nos ha arruinado la vida.

Barack Obama supuso la gota que colmó el vaso:

—Un negro en la Casa Blanca, ¡ja! —se consideraba realmente perspicaz por la simpleza del juego de palabras—, hasta ahí podíamos llegar. Yo me bajo de este barco antes de que se hunda del todo.

Y, dicho y hecho, una jornada soleada se lió la manta a la cabeza, se acercó al Registro Civil y solicitó, por primera vez en su vida, el pasaporte. Como buen habitante de la América profunda, lo único que conocía del extranjero era a través de la televisión (las raras veces en que, zapeando entre reportajes de viajes, variaba su repertorio fijo consistente en fútbol americano y pornografía) y lo más lejos que se había aventurado de su Kentucky natal era el estado vecino de Ohio, ambos enmarcados en el llamado cinturón de la Biblia. Contrario a las convicciones mayoritarias de sus coterráneos, Donald se jactaba de ser ateo. “¿Acaso Dios está entre los cupones de beneficencia?”, se preguntaba rememorando su dura infancia junto a una madre borracha y medio loca, tocado por un metafísico rencor que le hacía sentir grima hacia cualquier imagen religiosa; en su estupidez supina, era un iconoclasta puro. Poco podía imaginar que le aguardaba un destino donde, en cada esquina, se agolpaban representaciones de santos, Inmaculadas Concepciones y Jesucristos, a cada cual más dramática y, en el caso de los martirios y la Pasión, sangrienta.

México constituía para él un lugar remoto y exótico, pero en un arranque de coraje eligió un país de Sudamérica al azar: descender más allá del país azteca era algo así como acceder a la estratosfera y eso era exactamente lo que buscaba. “Cuanto más lejos, mejor”. Y, sin apenas planificación, aterrizó en Ecuador con tanta rabia hacia su país de origen, del que ya no se sentía parte, como total desconocimiento hacia su país de acogida, que en su audacia geográfica –lo único verdaderamente democrático en Estados Unidos es la imbecilidad oficial de su sistema educativo— ubicó inicialmente en África. “De ahí vino el mono de Obama”, masculló con sorna.

Pasaron los años, para su sorpresa, con idéntica monotonía a pesar de que cuanto le rodeaba era nuevo, incluso el idioma, que, naturalmente, rehusó aprender. El tiempo como jubilado le sobraba, pero le faltaba el más mínimo conato de iniciativa para cualquier cosa que no fueran sus propias rumiaciones. Hasta que, de nuevo, la convocatoria de las elecciones presidenciales le insufló oxígeno y, por primera vez desde que tenía memoria, no pudo odiar a uno de los candidatos que, además de resultarle el epítome de la elocuencia y el sentido común, era su tocayo (¡cuánto se habían burlado de él en el colegio por su nombre comparándolo con el pato de Disney!): Donald Trump. Cuando, contra todo pronóstico, ganó y fue investido como el 45º presidente de los Estados Unidos de América, nuestro Donald de Kentucky entró en tal estado de euforia que tomó una decisión radical para celebrar aquella efeméride: a sus setenta años, la misma edad de Trump al jurar el cargo –el presidente más viejo en hacerlo, reserva incombustible de los baby boomers—, contraería matrimonio.

—Este magnífico patriota nos mejorará la vida.

Se estrenaba tanto en la positividad adjetival como en la conjugación en futuro para sus augurios. Nunca antes, desde su etapa hippy, había sentido tanto optimismo sin el concurso de la marihuana, que seguía fumando regularmente mientras se acariciaba su cada vez más nauseabunda coleta: resolvió que lavándose el poco cabello que le quedaba una vez al mes se le caería menos (lo cierto es que únicamente de su nuca nacían aquellos cuatro pelos que tenían más trazas de cola de rata que de guedeja). Ya que Ecuador se le antojaba los confines del mundo conocido, usaba permanentemente un gorro de explorador que le servía, a la vez, para protegerse de los inclementes rayos solares, distinguirse visualmente como colonizador y, sobre todo, ocultar la silueta oval de su testa, confiriéndole el aspecto de un expedicionario decimonónico al que se le había adherido por detrás un gusano velloso.

Aparte de la marihuana, había otro vicio al que no había renunciado: ir de putas. Consideró que las meretrices latinas eran más cariñosas que sus colegas gringas, pero tanto allá como acá no le gustaba gastar ni un centavo más de lo estrictamente acordado y tenía la mala costumbre de regatear incluso en esos menesteres. La personalidad, ciertamente, viaja con uno, y, en su caso, la racanería, además de su desaliño, le hacía especialmente vomitivo entre las mujeres que ofrecían su cuerpo en aquella pequeña ciudad de provincias en la que se instaló. Él, en cambio, ajeno del todo a las emociones del prójimo, estaba convencido de ser el cliente más popular y querido de los sórdidos burdeles que frecuentaba.

Donald era consciente de que la inveterada suciedad del departamento que alquilaba requería, de vez en cuando, de los servicios de una empleada doméstica, pero su naturaleza desconfiada y su aversión al dispendio le alentaron a apañárselas él solo.

Cuando su idolatrado Donald Trump se alzó con la inesperada victoria tuvo una epifanía: como el desengrasante tres en uno que elimina grasa y aceite, seca en el acto y limpia en profundidad, él necesitaba encontrar su particular tres en uno vital. ¡Una esposa! De esta forma, y teniendo en cuenta que la unión conyugal incorpora lógicamente las relaciones sexuales y el cuidado del hogar, casándose, según su primitivo razonamiento, obtendría también —¡y gratis!— una puta y una criada. Justo lo que necesitaba.

Pensó, con mucho esfuerzo, pues nunca había desarrollado ese hábito más allá de inventar improperios para cada presidente electo con la honrosa excepción de Trump, cuál sería la estrategia más conveniente y llegó a la brillante conclusión de que debía recibir clases de español (le habían dicho que lo correcto para referirse a la lengua de Cervantes era castellano, pero a él lo mismo le daba: España debía ser algún país de Latinoamérica). Nada de academias, muy costosas, ni de sesiones online, muy frías: él necesitaba una profesora particular presencial, alguien a quien ir engatusando con el contacto diario y cuanto antes mejor en aras de disminuir costes.

Y así, un buen día, tras laboriosas búsquedas en Internet, apareció Sarita. En cuanto la vio supo que era la indicada. Ni fea ni guapa, ni alta ni baja, aunque demasiado enjuta para su gusto, eso sí (ya se sabe que los norteamericanos, acostumbrados a la gordura, interpretan la delgadez como condición enfermiza), el hecho de no destacar en nada, de proceder de extracción social ostensiblemente baja y de que a los cuarenta y seis años permaneciese soltera y, como averiguaría alucinado en la intimidad, sorprendentemente virgen, la convertía en su alma gemela, si bien no eran asuntos anímicos precisamente los que le motivaban, sino puramente pragmáticos y carnales.

Sarita, la mayor de nueve hermanos de un hogar desestructurado donde la violencia intrafamiliar era el pan nuestro de cada día, no tenía donde caerse muerta. No sabía ni una palabra de inglés y, con la mediación de una asistente social, subió su perfil de voluntaria (no podía apuntarse como maestra, como a ella le hubiera gustado, al no haber ni siquiera finalizado la enseñanza primaria) a una plataforma digital de intercambio conversacional, un absoluto misterio para ella. “Será cosa del diablo”, se persignó al reparar en su demacrada imagen devolviéndole la mirada, triste y amargada, desde la pantalla.

La tarde que Donald la llamó le dio un ataque de pánico.

You[1] Sarita?

Yes[2] –acertó a responder ella, la misma palabra que tanto había ensayado y con la que se sentía más cómoda en su propio idioma, una concatenación de síes para los demás que habían derivado en su completa negación como persona.

—Ven a my home[3] hoy –ordenó Donald, creyéndose un perfecto políglota por entremezclar con tanta soltura vocablos de ambas lenguas.

Sarita apuntó la dirección en la palma de su mano y se personó puntualmente a la cita en el elegante barrio donde residía Donald, una zona de la ciudad vetada para gente como ella. Había oído, como todos, muchas cosas malas de los norteamericanos, cuyo desembarco masivo en hordas de pensionistas, viejos maleducados e incultos, encareció notablemente el precio de la vivienda, pues aceptaban sin chistar la inflada tarifa mensual que los avispados caseros les cobraban, perjudicando colateralmente a la población local (emulando tácticamente las guerras que, alrededor del planeta, provoca con inigualable desparpajo el vecino del norte en su afán de sembrar caos y destrucción en nombre del orden y la libertad). También había oído que eran mugrientos, algo que ella no soportaba –a pesar de la miseria material en que siempre malvivió, su difunta madre le había inculcado con mano de hierro el valor de la pulcritud— y que no tardaría en comprobar. El domicilio de Donald apestaba casi tanto como él.

Su primer encuentro no pudo ser más desastroso. Ella se presentó con un libro raído de expresiones en castellano y su correspondiente traducción en inglés. Él la recibió con su indolencia habitual y su gorro de explorador, que no se quitaba ni dentro de casa. A ella él le repugnó; a él ella casi le fascinó (subsistía, e incluso se exacerbaba en persona, el defecto que captó virtualmente: demasiado flaca). Con el pasar de las semanas, como los sentimientos contrapuestos de ambos eran tan intensos, enigmáticamente surgió un chispazo entre ellos que ella atribuyó a algo requemado que tal vez podía remediar y él a algo cercano al punto de cocción al que aún le faltaba un hervor.

Las clases, por llamarlas de alguna manera, discurrían siempre igual: ella arrancaba una hoja de su gastada libreta y escribía, con mano temblorosa, los sujetos “yo, tú, él o ella, nosotros, ustedes, ellos”, y a continuación un verbo que, invariablemente, conjugaba en presente de indicativo por desconocer el nombre preciso de los otros tiempos; él, por su parte, subrayaba ansiosamente el sujeto “nosotros” y le dedicaba insistentes miradas que pretendían ser seductoras y que, por su extraña capacidad de contener el pestañeo, se asemejaban a las de una víbora a punto de engullir a su presa. Ella soltaba una risita nerviosa y pensaba: “qué asco de tipo”.

En una de aquellas improductivas lecciones, entre las palabras que Sarita buscaba sin orden ni concierto en el diccionario castellano—inglés más económico que Donald consiguió en una librería de segunda mano y que le regaló para congraciarse con ella, apareció por carambola la palabra “animal” y ambos la celebraron profusamente por dos razones principales: se escribía igual y significaba lo mismo en ambos idiomas, un alivio para la ignorancia palmaria de las dos partes, y, sobre todo, denotaba una pasión común. Sin entender nada de lo que cada uno expresaba atropelladamente en su propia lengua, a los dos les quedó claro que compartían un principio vital fundamental: los animales son mejores que las personas.

Esta comunión de ideas animó a Donald a pedir matrimonio a Sarita a los dos meses de haberse conocido. Ella, a su vez, le pidió un día para pensarlo como formalismo a fin de dar la impresión de no estar tan desesperada como realmente estaba: aceptaría a un hombre que le repelía con tal de salir del asentamiento de chabolas donde aún seguía ejerciendo de esclava de algunos de sus hermanos, todos ellos de más de treinta años, un sueño absolutamente irrealizable hasta conocer a Donald. Y alcanzar los sueños supone, reflexionó ella sesudamente, sacrificio. La boda se fijó para la semana entrante:

—¿Por qué tanta prisa? –se arriesgó a inquirir Sarita.

Don’t ask[4] –le respondió Donald, que no tenía ningunas ganas de dar explicaciones a quien ya veía, además de como a su futura esposa (y las esposas, de acuerdo con su filosofía marital, son obedientes y no hacen preguntas), como a su futura puta y criada. Tres en uno.

Sarita, siguiendo el ejemplo de su futuro marido (en su ingenuidad ella no lo veía más que como eso), no dio tampoco ninguna explicación a su parasitaria familia:

—Me largo. No me busquen. Hasta nunca.

El día del enlace fue un preludio de lo que estaba por venir. Ella invirtió todo su capital en un trajecito blanco rebajado que se procuró en un almacén fino de la ciudad en el que nunca antes se había atrevido a poner un pie y compareció a la hora exacta en el juzgado con un ridículo bouquet de flores multicolores. Él recaló media hora más tarde, medio fumado, vestido con la misma dejadez de siempre y su inseparable gorro de explorador, que no se quitó durante toda la ceremonia. El mal gusto de muchos norteamericanos en lo que respecta a indumentaria, y a casi todo, es tan mundialmente famoso como la Estatua de la Libertad (lo extraordinario de que esta vaya bien vestida –una túnica clásica siempre resulta socorrida— es mérito exclusivo de los franceses: se la obsequiaron a Estados Unidos por el centenario de su independencia, quién sabe si con segundas intenciones a modo de lección de moda atemporal).

Si Sarita pensó que se había librado del yugo de la servidumbre, la ilusión le duró poco. En cuanto cruzaron el umbral del departamento de Donald como marido y mujer, la primera palabra que escuchó de él fue un imperativo:

Clean[5].

Limpia. Él se había asegurado semanas atrás de que marcara en el diccionario la traducción de esa palabra y la incorporara definitivamente en su memoria. Y Sarita se puso manos a la obra. Necesitaba productos de limpieza.

No problem[6].

La tacañería de Donald y la pericia ahorrativa de Sarita casaban bien y ella se dejó la piel aseando la vivienda con cloro, quitagrasas, limpiavidrios, desinfectante y una escoba con la que barría cada estancia por lo menos dos veces. Él, mientras tanto, miraba por la televisión partidos de fútbol americano provisto de una cerveza gigante con la que mantener su tripa de hombre embarazado de comida basura. Cuando Sarita terminó, Donald la premió llevándosela a la cama.

Al sentir aquel cuerpo seboso y maloliente encima de ella, estuvo tentada de salir corriendo y no regresar nunca, dormir en las calles, pedir limosna, tirarse de un puente, qué más daba, todos esos pensamientos se cruzaron por su mente mientras él, más que penetrarla, la denigraba con torpes embestidas mientras gruñía como un gorrino, pero contuvo las arcadas y se dejó hacer. De repente, la inmunda coleta cayó sobre su cara y gritó de horror; él, envanecido, creyó haberle provocado un orgasmo. “Al menos”, se consoló a sí misma, “tendré un techo sobre mi cabeza y comeré todos los días”.

Desde la fecha en que contrajeron matrimonio, Donald no quiso volver a saber nada de aprender castellano, de forma que, siendo ambos negligentes acerca del idioma del otro, apenas se comunicaban y, cuando no había más remedio que hacerlo, recurrían a un código de palabras tan reducido que les hacía pasar por un par de cavernícolas más temerosos del vocabulario que del fuego.

La única posesión de Sarita era un juego de tres angelitos de porcelana, herencia de su madre, del que se sentía sumamente orgullosa. Cuando se lo mostró a Donald sin sospechar su aversión hacia las imágenes religiosas, este escupió sobre el tesoro de su mujer y le mandó enfáticamente que, bajo ningún concepto, lo exhibiera en el apartamento.

Compartían una sola actividad: alimentar, dos veces por semana, perros callejeros o encerrados tras verjas de casas solitarias. Creyendo ser altruistas, lo único que lograban era neurotizar a los animales y desquiciar a los vecinos de los desgraciados barrios donde se les ocurría llevar a cabo su samaritana labor, pues en muy poco tiempo habían logrado el prodigio de multiplicar exponencialmente los ladridos, que pasaron de esporádicos a constantes gracias a sus desvelos. A ninguno de los dos se les pasaba por la cabeza el disparate de adoptar un perro: su generosidad se circunscribía a distraerse un rato y distanciarse afectivamente de aquellas bestias de cuatro patas que movían el rabo de impaciencia, no de devoción, como ellos creían, cada vez que aquel par de humanos desgarbados asomaban por sus fueros. Si Jesucristo pasó por la tierra haciendo el bien, ellos pasaban haciendo el mal en la peor de sus manifestaciones: perjudicaban persuadidos de ayudar.

Las humillaciones de Donald hacia Sarita no tardaron en llegar. Donald no tenía nada mejor que hacer y le parecía divertido llamarla con las tres palabras que nunca le había enseñado (incluso había arrancado las páginas del diccionario donde aparecían escritas).

Whore[7].

Maid[8].

Wife[9].

En ese orden: puta, criada, esposa. Donald se sentía satisfecho de tener siempre a mano su tres en uno. Sarita, sin conocer el significado de aquellos vocablos, tuvo el buen juicio de interpretarlos como insultos desde la primera vez que los escuchó, pero un sexto sentido le dijo que era mejor no averiguar su significado. Eligió, como tantas veces antes, permanecer en la inopia como método de supervivencia. No obstante, una madrugada se atrevió a buscar el significado de aquellos tres términos tremebundos a través de una página web; esposa, más que los otros dos, fue el que más la ultrajó.

Si Sarita no limpiaba a fondo o pretextaba jaqueca cuando él la requería en su cama, Donald la amenazaba con el divorcio, perspectiva que la aterrorizaba más que dormir en las calles, pedir limosna o incluso tirarse de un puente. Hasta que un día, sin mediar entre ellos desavenencia de ninguna clase, la pegó. Y la pegó precisamente por eso: desprovisto de altercados, se aburría como una ostra. “Cualquier matrimonio necesita un poco de adrenalina”, infirió Donald, “a ver si así esta se muestra un poco más expresiva”.

Sarita aguantó la primera bofetada con estoicismo. No se quejó. Lo miró a los ojos con encono y se enfrascó en las tareas domésticas como si tal cosa. La mañana siguiente no fue una, sino dos. Y al cabo de unos días ya le propinaba palizas. Ella nunca reclamaba. Tenía un plan. Por primera vez en su vida, intuía una posibilidad de salir bien parada si daba los pasos correctos. Interpuso una demanda por violencia doméstica y tuvo que pincharse discretamente con un alfiler para, entre lágrimas, suplicar a la funcionaria que rellenaba el formulario con indisimulada indiferencia que no interviniesen todavía, que quería dar otra oportunidad a su marido. “Qué ilusa”, musitó la funcionaria, “como si fuéramos a actuar”.

Llegó a casa y lo preparó todo. Los jueves por la tarde Donald acudía a una feria donde compraba alimento para perros a precio de mayorista y, aun así, chalaneaba con descaro cada bolsa que adquiría. Sarita se puso su trajecito blanco de novia, sacó los tres ángeles de porcelana de la caja donde los tenía escondidos y los colocó, en fila india, sobre el escritorio de Donald, su rincón sacrosanto al que tenía prohibido acercarse y donde él pasaba largas horas enganchado a su computadora mirando partidos de fútbol americano y pornografía en dosis variables según el humor con que se levantaba.

Sarita tomó de la cocina el cuchillo jamonero y se sentó en el salón a tejer una bufanda, también blanca, que estaba a punto de terminar. Donald entró, como era uso corriente en él, sin saludar. El rugido que profirió desde su habitación se escuchó en todo el rellano del edificio. Fantástico: los vecinos ya eran testigos auditivos de la furia de su marido. Apareció frente a ella lívido, las facciones desencajadas, incapaz de articular de corrido la palabra que tenía atragantada:

An-gels[10]!!!!

Sarita le miró con una sonrisa ladina que sacó a Donald de sus casillas. En el momento exacto en que él se dispuso a abalanzarse sobre su esposa, ella, rápida de reflejos, le asestó la primera cuchillada en el bajo vientre:

—Esta por puta.

Donald, anonadado, no sabía qué estaba pasando. Acusó la punzada con más desconcierto que cólera, pero cuando al tocarse la herida las manos se le tiñeron de rojo supo que tenía que contraatacar con todas sus fuerzas. Demasiado tarde. Sarita esquivó con agilidad su amago de patada y dirigió su segunda puñalada a esa oronda pierna desmañadamente alzada.

—Esta por criada.

Falto de equilibrio, Donald cayó de bruces sobre su sofá favorito y, presintiendo el final, tuvo una inquietante visión: Donald Trump, rodeado de querubines con cuernos, le saludaba desde el infierno. Sarita le cortó la pútrida coleta antes que el cuello y se aseguró de que él la viese desligada de su nuca, donde había permanecido como un apéndice durante casi medio siglo, antes de verse desligado de la vida.

—Y esta por esposa. Tres en uno, cabrón.

Y lo degolló con la misma frialdad con que finiquitaba las gallinas que criaban sus padres para venderlas en el mercado ya desplumadas. Después, metódicamente, se cambió de ropa, se despeinó, desarregló la casa y llamó a la policía. Cuando los agentes llegaron, Sarita les informó de la denuncia previa por violencia doméstica y nadie le hizo más preguntas.

—Legítima defensa –concluyó, absolviéndola de todos los cargos, el mismo juez que la declaró heredera universal de la pensión y los bienes de Donald.

Sarita se acomodó con entusiasta diligencia a su nuevo estatus de viuda con posibles. Ganó, además de la autonomía que le había sido denegada toda la vida, unos cuantos kilos que le permitieron descubrir las curvas de mujer que su figura esquelética había secuestrado hasta entonces y que le sentaban de maravilla. Así, más rellenita, a Donald le hubiera encantado.

Notas

[1] Tú.

[2] Sí.

[3] Mi casa.

[4] No preguntes.

[5] Limpia.

[6] No hay problema.

[7] Prostituta.

[8] Criada.

[9] Esposa.

[10] Ángeles.

 


Andrés de Müller (Barcelona) es Ph.D. en Educación con especialidad en Mediación Pedagógica (Universidad La Salle de Costa Rica), licenciado en Economía (Universidad de Barcelona y University of Southampton) y mejor graduado del Programa de Gobernabilidad, Gerencia Política y Gestión Pública (The George Washington University, Banco de Desarrollo de América Latina—CAF y Universidad de Cuenca). Asesor literario de los principales grupos editoriales de España, Grupo Planeta (Planeta, Destino, Columna) y Penguin Random House Grupo Editorial (Plaza & Janés, Lumen, Grijalbo); consultor de los premios literarios Planeta, Nadal, Azorín, Fernando Lara y Ramon Llull. Fundador y director del Proyecto Cultural y Literario Ciudad de los Niños Costa Rica (www.proyectoliterariocdn.com), reconocido internacionalmente como “Proyecto Exitoso de Alcance Global” en el XII Congreso Mundial de Mediación y Cultura de Paz (Bogotá, 2016). Docente e investigador de la Universidad Nacional de Educación de Ecuador (UNAE), coordinador del Proyecto de Difusión de la Lectura en la Provincia del Cañar, miembro del consejo editorial, articulista y corrector de estilo de la revista de divulgación de experiencias pedagógicas Mamakuna. Autor del proyecto ECUPAZ sobre la promoción de la cultura de paz en Ecuador para la Universidad de Cuenca. Miembro fundador del colectivo cultural cuencano Casa Tomada y articulista de su revista homónima. Autor del libro de relatos Sótanos a la intemperie (Libros Libres, 2003) —finalista ese mismo año del Premio de Novela Fernando Lara con la obra Vigilancia Nocturna— y de los poemarios Palabra de río (Dirección Municipal de Cultura de Cuenca, 2017) y Gozo por Efraín Jara (Dirección Municipal de Cultura de Cuenca, 2019). Articulista de opinión del principal periódico de Costa Rica, La Nación (2010—2018), jurado literario y voluntario del programa de animación de la lectura “Librotón” del Ministerio de Salud Pública para pacientes de pediatría del Hospital Vicente Corral Moscoso de Cuenca.

 


Foto portada tomada de: https://bit.ly/3qYAz37

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