Paisajes | María Dolores Cabrera

Por María Dolores Cabrera

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria)

 

Después de ducharse, Felipe se viste con ropa deportiva. Es domingo. Renata, su joven pareja que tiene ocho meses y una semana de embarazo, le ayuda a preparar el desayuno y un par de sánduches para su caminata. El hombre toma un café con tostadas. Come un huevo hervido, una manzana y bebe de prisa, algo de jugo. A las seis y veinte de la mañana, el muchacho está listo. La noche anterior lo ha dejado preparado todo. Toma la mochila en la que hay una mudada de ropa, protector solar, una chompa impermeable, una navaja, una linterna, un recipiente grande con agua y un termo que llenará conforme lo vacíe a lo largo del día; guarda los bocadillos recién hechos y la cuelga en su hombro derecho. Se despide de la mujer con un beso. Le dice que se cuide, que intentará regresar antes del anochecer y que mejor hacer esta pequeña excursión ahora que todavía falta un par de semanas para que nazca Raquel, su primera hija.

Felipe toma las llaves de la camioneta y su gorra negra. Sale de la casa. Entra a su vehículo, lo enciende y arranca. Se despide otra vez de Renata con un beso volado. Cruza la ciudad hasta las afueras y toma el camino que lo llevará hasta la montaña que anhela subir. Un propósito personal. Una aventura que quiere disfrutar solo, antes de asumir las nuevas responsabilidades como padre.

Emprende el camino por el bosque hasta el sitio donde deberá dejar la camioneta para iniciar la travesía a pie. Empieza a caminar por un sendero de tierra mezclada con abundante piedrecilla y guijarro. A los costados, piedras más grandes e irregulares entre matorrales enmarañados y hojarasca. Mientras más se adentra en medio de la naturaleza, más deleite encuentra. El paisaje es bellísimo. Las montañas imponentes de la cordillera, el cielo tan azul y la vegetación en gamas de verde, café y marrón, se confabulan para crear un arte natural impresionante. El sonido de los pájaros le transporta hacia un mundo que pasa a ser espiritual. Pone atención a los diferentes tipos de trinos para identificar las distintas especies de aves. Reconoce el canto del mirlo y del jilguero. Se alegra de saber hacerlo.

Continúa y cada vez su comunión con el entorno es mayor. Puede escuchar el ruido monótono y rítmico que hacen sus zapatos al pisar las hojas secas del sendero. Siente un movimiento sobre la rama de un árbol y al mirar hacia arriba distingue a un Tucán Andino. Se maravilla de su plumaje gris azulado. Tiene el pico colorido y un círculo alrededor del ojo que intercala el amarillo, el verde y el celeste. Lo fotografía encantado. El ave lo mira con recelo, pero no se mueve. Felipe continúa el trayecto mientras cientos de pequeñas mariposas blancas pululan como estrellitas a su alrededor. De vez en cuando, libélulas que parecen disfrazadas de hadas, le dan la bienvenida al bosque como si fueran almas que aún no han nacido en este mundo mezcladas con otras viejas que ya han vivido en la tierra y han muerto. Piensa en Raquel y en ese momento tiene la sensación de que esos insectos le invitan a transmutar para ser parte de su realidad. Vive una sensación subjetiva, mística.

Avanza y de pronto, atisba con emoción a un colibrí que bebe agua de una hoja cóncava. El plumaje es de un tono turquesa brillante, tornasol y tiene una franja morada en cada costado de su minúscula cabeza. Está suspendido en el aire y aletea a gran velocidad. Sabe, por sus investigaciones, que existen más de 300 especies de colibríes y que son las aves más pequeñas del mundo. Atrapa todo en imágenes que quedan guardadas en la cámara.

Felipe se detiene a la vez que observa diminutos escarabajos de color rojo con pintas negras que trepan por el tronco de un árbol. Mariquitas las llaman y a los niños les gusta, piensa. Son seres que cautivan por su curioso encanto y en ese instante imagina, en un futuro cercano, a su pequeña que quizás disfrutará con mirarlos, hará preguntas y los intentará tocar.

Descuelga la mochila de su espalda y la abre. Saca el termo con agua y bebe unos sorbos. En ese momento percibe el siseo de un reptil. Se queda estático. Lo escucha más cerca y a dos metros de distancia aparece la cabeza de una culebra boba. La reconoce por su color verdoso y por el tamaño que no pasa de unos sesenta centímetros. Sabe que es inofensiva, pero la deja cruzar sin interrumpirla. Una vez que se pierde entre la maleza, él continúa su camino.

Se adentra más y más en la montaña. Se abre paso en medio de muchas plantas, a algunas las puede identificarlas con un nombre, a otras no. Encuentra matas y arbustos de todo tipo, incluso agrestes y con espinas. Lo alerta el graznido de un pequeño cuervo. El sendero es empinado. Escabroso. Cada vez más estrecho y cerrado, más difícil de avanzar. Hay hormigas enfiladas que trabajan sin pausa, igual las que van por el suelo como las que trepan por las ramas del follaje. Las admira y las respeta. Come uno de los sánduches que le preparó Renata y piensa en ella, en su vientre grande que alberga a la niña, en su entrega, en su amor.

De nuevo, oye un ruido y otra vez decide permanecer inmóvil. Un movimiento sacude las ramas, no identifica de qué animal se trata y decide seguirlo sigiloso, solo con la mirada para no asustarlo. Sin embargo, lo previene sin querer con el sonido de sus zapatos y el animal huye. Felipe quiere saber qué especie está cerca de él. Al atravesar unos troncos, en medio de altas aglomeraciones de bambú gigante, alcanza a divisar que se trata de una Zarigüeya Andina, gris, sin pelo ni cola, Rara pero espectacular. Va detrás de ella hasta que el marsupial se adentra en la maleza y se mete en una cueva pequeñita de la peña. Felipe se sienta en el suelo y espera. No desea hacerle daño, ni atraparla; solo observarla, estudiar su comportamiento silvestre y si es posible, fotografiarla.

Empieza a llover. Saca su poncho de caucho delgado. Hay algo de neblina y decide que debe esperar. Pasa una hora y la bruma aumenta, se vuelve densa. Enciende la linterna, pero su luz solo encandila el espeso celaje. La lluvia es torrencial. No consigue distinguir nada. No ve, solo oye. Escucha el sonido que hacen las lagartijas al deslizarse veloces y el croar de los sapos. El suelo está lodoso. Intentar dar pasos, pero sus pies se hunden. Continúa inmóvil y la desesperación se apodera de él. Piensa en Renata. Saca el móvil del bolsillo de su pantalón, pero por obvias razones no hay señal. Le recorre un sudor frío y siente miedo. Pronto oscurecerá. Sus intestinos se estrujan por la ansiedad y come, con desgano, el segundo sánduche. Otra hora más y llega inevitable la noche. Después de un largo tiempo, la niebla se aclara un poco y deja de llover, pero todo está húmedo. Hay lodo por todos lados. Sin embargo, ahora contempla una danza de luciérnagas como si estuviera frente a un espectáculo teatral que lo obliga a creer en Dios. Sigue muy despacio y divisa un sitio mucho más oscuro, no determina de qué se trata, pero se acerca y se da cuenta de que puede entrar. Está seco y se sienta. De inmediato advierte aleteos, ilumina con su linterna y observa murciélagos asustados. Se acomoda, se arrima a un costado de la pequeña caverna y se queda quieto. Sabe que además, ahí hay otras clases de insectos. Los murciélagos se calman. Debe esperar en aquel lugar hasta que amanezca.

Logra adormecerse un poco y entre sueño y vigilia, empieza a amanecer. De nuevo el trinar de los pájaros, retira a un par de arañas que trepan por su brazo y sale. Esta vez una lechuza lo espera sobre la rama gruesa de un árbol, clava la mirada en Felipe y ulula sin parar. El animal no gira la cabeza, fija sus ojos grandes en los de Felipe como si le advirtiera o le contara algo. Es urgente pues a las lechuzas y a los búhos no les gusta la luz del día, son aves nocturnas, por lo tanto, esta debe dar su mensaje y marcharse. Felipe recuerda que, en sus investigaciones sobre la fauna y el comportamiento de ciertas especies, leyó que muchas culturas consideran a estas aves como mensajeras entre criaturas terrenales y espirituales. Representan la sabiduría y entonces trata de entender lo que va a decirle. En ese momento pasa delante de él, la Zarigüeya Andina de la tarde anterior, esta vez carga a sus crías en la espalda, como si quisiera mostrárselas. Piensa en Renata y en la hija que está por nacer. Tiene un pálpito, un presentimiento. La lechuza levanta un vuelo lento y silencioso y cruza sobre un riachuelo repleto de truchas color naranja que nadan apresurados. A pesar de no haber visto aquel arroyo el día anterior, entiende que ese es el camino de regreso y sigue la dirección de los peces. Camina, camina sin parar entre flores lilas y amarillas. No puede apartar la idea de que quizás Raquel está por nacer. Imagina la voz de su mujer llamándolo, asustada, necesitada de él, de su presencia, de su amor. El momento en que tiene señal para usar su celular, marca a Renata. Ella le contesta con voz cansada pero satisfecha, le dice que su niña acaba de nacer. Que se presentó antes de tiempo pero que todo salió bien. Él, emocionado y ansioso, se disculpa por el percance y la tardanza que tuvo, sin posibilidad de comunicación y le responde que pronto llegará para conocer a su bebé y que le contará una historia muy peculiar que quizás a ella le resulte difícil de creer pero que, a más de su conexión con las libélulas, una lechuza, un marsupial y las truchas de un riachuelo, confabularon para darle la noticia antes de que ella lo hiciera: “Si aprendemos cómo hacerlo, nos enlazamos con ellos, mi amor. El ser humano, los animales y la naturaleza, cuando sincronizamos en la misma vibración, estamos sin duda conectados y te juro que Raquel lo sabrá”.

 


María Dolores Cabrera (Quito, 1962). Estudia en su ciudad natal y en 1984, egresa de la carrera de Psicología Clínica. Posteriormente, ingresa como miembro del Taller Literario conducido por Abdón Ubidia, destacado escritor ecuatoriano. Luego, años más tarde en 1998, publica su primer libro de 12 cuentos titulado: Mas allá de la piel. En el año 2010, un segundo libro, también de 12 cuentos: De nuevo tus ojos. En 2012, presenta su primera novela: Te regalo mi cordura. En el año 2016, una nueva novela con el título: Cuando duermen los Jilgueros, y su más reciente libro, en el año 2018, la novela: Pinceladas (Bosquejo de un trastorno).

 


Foto portada tomada de: https://bit.ly/2O6atwr

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