Los genes de Levi | Nathaniel Dowd Horowitz

Por Nathaniel Dowd Horowitz

(Colaboración especial desde Kansas, Estados Unidos)

 

Una semana después, Joaquín y yo volvimos a preparar yagé.

Un Secoya de unos 20 años estaba de visita desde Perú. No quería beber en la ceremonia. Se había colado por Colombia porque Ecuador y Perú eran enemigos y su frontera había sido una zona militar desde 1941. Su nombre era Reinaldo Levi.

Mi familia, por parte de mi padre, pertenece a la tribu judía de Levi. Me pregunté por la coincidencia. Al anochecer, mientras Joaquín y yo colgábamos hamacas para la ceremonia, le pregunté a Reinaldo:

—Levi, ¿es ese un nombre indígena?

—No —dijo—, viene del antiguo jefe.

—¿Qué antiguo jefe?

—Mauricio Levi. Un peruano.

—Ese es un nombre judío. Está en mi familia. Levi es mi tribu. Todos descendemos de un tipo en la Biblia. Este Mauricio probablemente era un pariente lejano mío. OK, adelante. ¿Cuál es la historia?

—Joaquín debería decírtelo. Él estaba ahí.

Joaquín asintió y habló:

—Primero, los Secoyas trabajando con otro chico, un buen jefe, Paco Carmona. Recolectando caucho. Luego Carmona muriendo, Mauricio convirtiéndose en el jefe. Queriendo demasiado trabajo. Nosotros trabajando para él seis días a la semana. Séptimo día, cacería. Mucha gente trabajando para él. Manteniendo a sus hijos debajo de la casa para que la gente no se pueda ir. Muchos de nosotros mudándonos a Cuyabeno para escapar de él, 1942, época de la guerra entre Ecuador y Perú. Más tarde, la gente de allí matando a Mauricio Levi. Primero golpeándolo en la espalda con un remo de canoa, luego los chamanes brujiendo. Muriendo. La gente tomando su nombre.

Asentí y abrí una vaina de achiote verde, suave y puntiaguda con un pok apenas audible. Me lo llevé a la nariz y olí su pungencia fragante, agridulce como la historia, luego pinté con los dedos manchas de su aceitoso jugo carmesí en mi nariz, mejillas y barbilla. Reinaldo se despidió y se fue a bañar al río antes de irse a dormir a la otra choza.

Cuando empiezo a chumarme, reflexiono, soy pariente lejano de un tipo que una vez esclavizó a mi maestro. Mi gente ha conocido a estas personas antes. Nuestras historias ya se han entrelazado.

De hecho, en todo el mundo, solo hay una historia, intrincadamente entrelazada, con infinitas raíces y ramas.

Solo hay una historia, repito. ¿Qué tan bien conoces la historia?

El yagé suena fuerte. Hóly fúck, me las arreglo para pensar (más allá del hablar). Hago crujir los ojos con frenético asombro. Grito, aúllo, gimo, tartamudeo, rujo y hago cosas con la voz para las que no hay palabras. Joaquín, el mundo y yo estallamos en un tapiz de diez dimensiones de luz y sonido.

Soy un alma inmortal en una oscuridad ingrávida. Trillones de ventanas diminutas me rodean, cada una mirando hacia una de mis vidas materiales.

Me deslizo hacia atrás a través de una de estas ventanas, salgo de ese bardo y me meto en mi hamaca.

Observo las luces de las luciérnagas fuera de la cabaña: fuegos artificiales parpadeantes y danzantes. Comparten conmigo su energía fresca y vibrante.

Para enfrentar mi miedo a la muerte, no necesito ni ser famoso ni reproducirme; cada acción que realizamos es inmortal. Emitimos constantemente nuestra personalidad, que es absorbida por nuestro entorno de tal manera que nuestra energía continúa viviendo sin fin, al igual que llevamos la vitalidad de los muertos dentro de nosotros. Esta es la inmortalidad.

Las luciérnagas brillan intensamente ante ese pensamiento.

Un pensamiento pasa por mi mente: ¡Son espíritus celestiales en forma de insectos!

Parpadean en respuesta: Sí, lo somos.

Susurro de hojas en árboles. Un gallo canta en la oscuridad parpadeante.

La calma antes del amanecer vibra con el canto de los grillos y el canto de las cigarras, el primero melódico y suave, el segundo un zumbido penetrante.

Otro gallo canta. La claridad del sonido resuena en mis pensamientos.

Me pregunto si Reinaldo Levi estará despierto, escudriñando sonidos locales en busca de rumores de caza lejana en el bosque.

Las luciérnagas bailan su fuego frío.

Recuerdo el Levi original del Libro del Génesis. Uno de los doce hijos de Jacob. Un poco terrorista, nuestro antepasado.

Mira, el príncipe de una tribu vecina violó a la hermana de Levi, Dina.

Levi dijo:

—Está bien, tuviste sexo con ella, tienes que casarte con ella.

El príncipe estuvo de acuerdo.

Levi dijo:

—Para casarte con ella, tienes que estar circuncidado.

El príncipe estuvo de acuerdo.

Levi dijo:

—Para satisfacer nuestras tradiciones, todos los demás hombres de su grupo también deben ser circuncidados. Entonces puedes casarte con ella.

El príncipe estuvo de acuerdo.

El príncipe y sus hombres se circuncidaron. Mientras descansaban en su dolor, Levi y su hermano Simeón se acercaron, los mataron y llevaron a Dina a casa.

Ese es mi ancestro machote. El tipo que dio su nombre a mi tribu.

Y Mauricio, otro de los descendientes de Levi, esclavizó a los Secoya hasta que no pudieron más. Luego lo mataron y tomaron su nombre como si fuera un trofeo de guerra.

Tal como lo hubiera hecho el propio Levi.

Al amanecer apareció Reinaldo, con una gorra de béisbol y portando una escopeta. Dijo que iba a cazar y preguntó si podía pintarse la cara con mi vaina de achiote, que todavía estaba tirada en el borde del suelo de la choza. Dije que sí, y él y yo nos miramos y sonreímos, pensando el mismo pensamiento: que el achiote en esa cápsula estaba cargado de poder porque usé algo de él en mi cara durante la intensa ceremonia. Se frotó el pigmento aceitoso rojo sangre en la frente y las mejillas y se alejó por el sendero que se alejaba del río hacia el bosque.

A las cuatro de la tarde, yo estaba llevando una olla de agua de un riachuelo a la cabaña cuando de repente pensé que el visitante acababa de matar a un animal.

Dos horas después, Reinaldo Levi reapareció en el camino con una gran sonrisa en el rostro, cargando un ciervo muerto sobre sus hombros.

 


Nathan D. Horowitz (Michigan, 1968) tiene una licenciatura en inglés y una maestría en lingüística aplicada. Vivió cuatro años en América Latina y quince en Austria antes de regresar a Estados Unidos. Es el traductor al inglés del autor ecuatoriano Abdón Ubidia.

 


Foto portada tomada de: https://bit.ly/3r0Zp2o

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