Led Light Cone (Primera parte) | Adrián Grimm

Por Adrián Grimm

 

 -It is ground control to Major Tom, you’ve really done the grade!

David Bowie

1

“Una nave de la CHOAM dobla el espacio”, recitamos desde pequeños en la escuela feudal sin entenderlo. Nuestro credo, nuestro Más Allá es la Cofradía Espacial. Lo más importante de nuestras vidas (por lo que agradecemos cada día) es que Giedi Phi posea una entrada a la cofradía llamada: La No Torre.

La No Torre es una columna altísima de paredes flotantes. Justo lo contrario que un rascacielos. Al verla no parece un acceso, mucho menos una nave espacial, posee la inutilidad del arte. Circulan costosos rumores de gente que entraba y regresaba con la mirada partida por alguna cosa que vieron allí. Rumores de daños inexplicables, foráneos de huesos flexibles, de locura del espacio, de asfixia, de degeneración neuronal, etc. Y otros rumores (inciertos y mucho más costosos) de artefactos traídos por los cadáveres que escupe cada luna llena la No Torre. En Giedi Phi, a falta de propiedades tangibles, vendemos y compramos información “precisa”; yo poseo ya dos mapas de la No Torre, y aunque no son congruentes entre sí, tengo fe de que su estudio me ayudará a salir del otro lado con bien. El uno se llama artísticamente: Carta Omega, o Libro de los Muertos. El otro, mucho menos detallado se titula: Cuadrante Z 17.2.3.

El hiperespacio requiere mapas para ser comprendido, casi como el analfabeto requiere imágenes para expresar sus creencias.

“Cualquier tecnología lo suficientemente avanzada es indistinguible de la magia.” Era el mantra preferido de mi hermano Tomu. La Carta Omega era suya, la heredé cuando fue absorbido por la No Torre, y sospecho que lo necesita allá, más de lo que yo acá.

El estado de los cadáveres que esputa la construcción revela más y más características del interior de la No Torre, sobrevivir requiere tecnología desconocida, pero tecnología nada más. Tecnología que podríamos aprender a usar o adaptar. Agua, aire, comida, comunicaciones, incorporados ingeniosamente en el destiltraje, nos permiten dar pasos más lejos cada vez.

Mis pasos y ojos lo buscan entre las estrellas o en los calabozos llenos de cocodrilos y chacales que dibuja su querida Carta Omega; no por nostalgia de un hermano, sino por sed de saber, por necesidad de recabar su preciosa información o traer su cuerpo, que es casi lo mismo.

Conocí a Arthur mientras merodeábamos los alrededores de la No Torre, no habla Giedi, pero ni falta que hace, nos entendemos en matemáticas. Tenemos, además, un vínculo mental ixiano casi flamante que debería durar hasta nuestra llegada a Caladán y todavía unos meses después. Me envía todo el tiempo ideo-mensajes y tablas que dicen que arriesgo demasiado nuestra salud, que revise lecturas tres veces, que es hora de comer, que apague mi led, y mil pensamientos atroces de su roja cabeza harkonnen. A veces siento que tenerlo en mi cabeza me hace más inteligente, pero a veces siento que soy un instrumento suyo, unos sensores extra. Prendo mis luces led cada cierto tiempo, solo para recordarme mi posición dentro de la bodega de la nave, y cual de los dos polizones soy yo, y cuál es él.

Arthur es ya maduro, por sus ojos azules, parece haber sido presciente. Conoce en sueños algunas lenguas de distintos planetas, pero prefiere un dialecto extraño, intraducible por mi traje, aunque es obvio que dice que quiere volver a su mundo natal. Por otros sueños supe que Caladán no es el mundo al que desea ir, pero es un mundo amigable donde se puede planear un viaje, o vivir. O salir disfrazado en las fiestas de los duques y ver las corridas de toros, y los pugilatos. Yo voy a Caladán solo por escapar de aquí, los rumores lo dibujan parecido al lugar que prometen los mapas del Hiperespacio. Cielos verdes llenos de luz, mares y lagos. Lluvias no tóxicas, algo llamado música.

Ríos de oxido como sangre, montañas de huesos, pueblos de gente ciega, sequías… son los dones de la civilización Harkkonen. Giedi Phi es una roca llena de pequeños invernaderos para plantas hidropónicas y árboles de Tleilax donde trabajamos y hacemos una vida los esclavos. Las granjas son automatizadas, pero necesitan de trabajadores para supervisarlas desde fuera. Nunca un esclavo debe probar los frutos, para nosotros están los suplementos vitamínicos y las raíces… y los mapas.

Los Harkkonen, según se rumorea, dilapidan todos los recursos de las granjas, pero cuidan más que nada la Melange.

Arthur bombardea mi mente con su derrotismo, ¿de haberlo sabido hubiese venido solo? No lo creo. Pero debemos aprender a actuar y pensar coordinados, de lo contrario habrá pérdida de recursos. Extrañamente, su queja más acentuada es que fue demasiado fácil entrar a la No Torre, su mente dibuja trampas para ratón y matamoscas en la mía.

No quisiera pensarlo, pero tiene razón, entrar fue sospechosamente fácil. La No Torre es una trampa, una boca que extiende sus tentáculos por cada planeta visitado por la CHOAM. Desde fuera, la secrecía se pinta insoportable, pero aquí dentro, el silencio es algo peor. Habíamos pensado encontrar alguna respuesta, o al menos alguna pregunta, pero estos muros lisos y estas estancias, a pesar de su oscuridad, son ruido blanco. Meras acumulaciones de “nada utilizable” sin forma ni contenido.

Tengo buena cantidad de agua y comida, es una suerte. Pero ya deseo agua nueva, mi destiltraje trabaja cada vez peor, o mejor dicho, su trabajo es cada vez menos efectivo debido a la falta de gravedad. Podría mantenerme indefinidamente, el verdadero problema es esta desolación. Esta inmensidad que niega la humanidad que la mano que la hizo. Entrar en el gremio espacial requiere solo eso: entrar.

Pero, una vez dentro, los peligros físicos y psicológicos inherentes al viaje espacial no son los únicos que superar. La nave contiene ocultos sensores de todo tipo, y cada hora sin ser detectados me hace sospechar que cumplimos sin quererlo alguna función de la nave, quizá somos como las lapas limpiando la piel cortante de un tiburón toro de Giedhi.

Arthur escribe sus notas personales con su teclado de nueve caracteres ayudado por su diminuto led, en esos momentos también protesto y la apaga, aunque cuando duermo no puedo estar seguro de su obediencia. Si él duerme, yo entonces me conecto al vínculo con sus notas técnicas y las leo. A más de cifras y algún insulto en giedhi, no entiendo nada. Pero, sus notas personales abundan en textos así:

“Ciberis, la musa de la transmisión domina esta época. Domina es decir poco: gracias a ella superamos la catarsis como fin del arte; en todo sentido el arte es un compendio de cosas que se transmiten.”

“La catarsis ha sido sustituida por la catalepsia informativa. Esta época, en que hasta las enfermedades son híper transmisibles, empezó como una débil pregunta en la mente de un humilde joven de apellido Faraday en la olvidada Terra”

“El reino de Ciberis es justo aquello que los físicos llaman campo, campo electromagnético, campo gravitatorio, campo perfluido. Cada uno de los cotos de caza en Ciberis es por así decirlo, un campo aparte, pero interconectado… por ecuaciones.”

“Lo que sabemos del mundo es un pequeño campo cónico iluminado por un led en la bodega de una nave que va a lo desconocido.”

En mis notas personales no me permito tales desvíos poéticos a planetas desconocidos. Considero que hacer eso sería desperdiciar recursos. En Caladán la cosa será distinta, ahí existe el tiempo, tiempo para pensar y tiempo para trabajar. Crear tiempo no es posible en Giedhi Phi, tan solo es posible robarlo.

Escribo esto, no para recordar cosas, sino para recordarme a mí mismo. No es como si esta pequeña led emane luz hacia el mundo, sino todo lo contrario. Necesito que este mundo vacío emane algo de luz hacia mi mente, o me perderé.

2

Un sistema de stasis tiene que ver mucho que ver con el parasitismo. No es posible mantener una vida en vilo, sin tener un fuerte tronco que le “brinde” soporte vital. Por lo tanto, además de la conexión umbilical se debe cuidar del bienestar del huésped.

Este parasitismo obliga a ser flexible; a pesar de haber planeado nuestra intrusión con todo cuidado, no supimos hasta que fue imposible volver atrás, que nos faltaba cable, mucho cable.

Algunos podrán maldecir, e invocar la transmisión inalámbrica. Arthur maldijo seguramente, pues no encontraríamos cobre u oro para hacer los cables en la oscuridad. a veces, en medio de su respiración, como levantado por un resorte buscaba en lo oscuro, yo lo podía oír manoteando el vacío buscando un cable colgado, olvidado. No lo hallamos nunca.

Impensable tomar el material de la nave, eso nos podría delatar. Buscando un mejor sitio donde conectar nuestra línea umbilical, encontramos en grandes contenedores a las tres Galápagos, su soporte vital nos ayudó un tiempo, pero debimos hacer algunas adaptaciones; había que parasitarlas. Arthur las analizó con leds potentes por horas antes de tocarlas, mientras yo tanteaba los contenedores. Estos galápagos estaban profundamente stásicos y Arthur descubrió reservas de agua en su cuerpo. Con una jeringa extrajo el agua más deliciosa que probé jamás, agua pura, y sangre; pero lo más valioso fueron sus etiquetas de aleación con el símbolo de Caladán grabado a láser y sujetas con 63 cm. de alambre de cobre de diez hebras delgadisímas. en total podía contar con 630 cm de cobre, pero faltaban aún trescientos centímetros para puentear los sensores de los contenedores.

Esa falta de cable nos obligó a turnarnos el soporte vital, el uno duerme mientras el otro flota en busca de recursos. Y mientras yo dormía la nave de la cofradía dobló el espacio y sentí eso que llaman space-lag; desperté con varios ideo-mensajes de Arthur en mi mente: dibujaban un túnel, celdas hexagonales, una esfera hecha de esferas, tortugas sosteniendo un mundo. Pero, de Arthur no supe nada más, seguramente estuvo agonizando por semanas o meses en las inmediaciones de Giedhi Phi.

3

Pasaron seis años y a mi casa en Caladán llegó Tomu. Roto pero Tomu. Lo escupió la No Torre de Caladán una noche de luna llena. Su mente había sido expandida y deformada por la soledad y los saltos de las naves de la cofradía, exigía su Carta Omega llena de cocodrilos y babuinos que nunca logré descifrar como lo que eran realmente: un mapa del hiperespacio.

—¡No puede ser religión, Tom! —le grité furioso sintiendo que el space-lag me devoraba de nuevo.

—No es tan solo religión, es también des-religión. Es un mapa sí, pero de una dimensión superior a la que habíamos pensado. Mira esta inscripción: Solve et coagula. Te une y separa continuamente de los planos superiores.

—¿Pero de qué sirve un mapa de un lugar vedado en una dimensión inalcanzable?

—Sirve para despertar de la muerte, su verdadero nombre no es Carta Omega, ni tampoco Libro de los Muertos, se llama: Camino hacia la Aurora Siguiente. Pero, déjalo así, en esta vida no lo volverás a necesitar.

—Necesito saber cómo funcionó para ti.

—Creo que te equivocas, pero si insistes… te lo descifraré solo para que te calles. Necesito silencio…silencios.

—…

—El “Camino” data de la antigua Terra. Debe ser leído en un sarcófago de las dimensiones que detalla al principio.

—¿Treinta y tres respiraciones?

—Exacto, el primer párrafo son unidades de medida de volumen de una “No Nave” ideada para viajar por todas las dimensiones materiales con la mente.

—Construiré una de esas No Naves. Lo juro.

—Haz como desees, pero no te quejes luego si no regresas a cuidar de tus Galápagos.

Caladán es abundante en todos los recursos. Conseguí varios gramos de Melange a cambio de kilos de polvo de carey y me dispuse a usar el sarcófago que construí según indicaciones de Tomu.

La pesada tapa producía silencio. Dentro, pinté con puntos fosforescentes las constelaciones de este planeta. En las paredes dibujé así mismo cada detalle del mapa a mano. Mi mente se dividía por esa esperanza y duda en su funcionamiento. No podía ser solo religión me repetía. Cuando estuvo listo pedí la aprobación de Tomu, que procedió a grabar en cada esquina un extraño (por familiar) ojo abierto.

—Para despertar deberás dar el salto de fe, Aquí lo dice… luego del hipopótamo, pero lleva una luz, el ojo recuerda mejor que la mente.

Entré resignado a no comprender nada. Cerré mis ojos, respiré profundamente treinta y tres veces y empecé a marearme. Luego silencio, muchos parpadeos, mi sangre fluyendo de un miembro a otro como un viajero en una carretera. “Supe” que había llegado, sentí una montaña artificial de piedra labrada sobre mi cabeza, Tom llamaba Piramidión a la cima de esta montaña. Más que sentirla, supe su peso y su medida.

Mi destiltraje marca minutos de lapso desde el inicio de mi “viaje”. Es tiempo de salir y ver la siguiente aurora. La pesada tapa, ahora lo entiendo, es la religión. Abrirla es renunciar a futuros viajes y olvidar. No quiero olvidar todo esto, prefiero estar aquí en silencio leyendo los dibujos de las paredes de mi sarcófago con mi pequeño cono de luz led.

 


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