Imágenes de la cotidianidad | Iván Rodrigo Mendizábal

Por Iván Rodrigo Mendizábal

Juan Carlos Cabezas Aguilar es el autor del libro de cuentos Formas de incendiar el día (Editorial La Caída, Quito, 2019), un pequeño, pero importante volumen de 16 cuentos que da un nuevo aire a la literatura ecuatoriana contemporánea. Se trata de un trabajo que tiene los aires de la crónica pero que el autor trata de orientarlos a veces al retrato de situaciones y de hechos con tono reflexivo o quizá de evocación personal. En cierto sentido, Cabezas Aguilar parece beber del estilo y del modo de presentar las cosas de ese gran cuentista ruso, Antón Chejov.

¿Qué es lo que leemos en los cuentos de Cabezas Aguilar? Precisamente situaciones que viven o en las que están metidos sus personajes. Hay mucho de cotidianidad, de vivencia urbana y familiar, narrados con una economía de lenguaje, con un lenguaje conciso, con un ritmo pausado que de pronto se rompe con alguna fisura, algún intersticio, que provoca que nos percatemos que tal cotidianidad, con lo más anodino, tenga algo de insólito.

Formas de incendiar el día tiene esa peculiaridad: narra lo que puede acontecer a quien sea, es decir, personas como nosotros, personas que solemos creer que tenemos vidas tranquilas y que pronto tienen un giro, aunque nimio, por alguna circunstancia. Ahí, como un espejo, están retratados, o reflejados, las familias, los hijos, las parejas, los matrimonios, otras personas que nos hacen saltar de nuestra comodidad. Y decía que hay algo de Chejov en los cuentos de Cabezas Aguilar: pues lo que nos encontramos son seres humanos que aparentemente tienen todo o no tienen nada, pero que son eso, gente común, héroes mínimos o antihéroes que han trazado sus destinos que, racional o impensadamente, llevan sobre sus espaldas. Por otro lado, sus vidas y sus decisiones pueden ser planas, pero que, gracias a la forma de escribir de Cabezas Aguilar, se muestran algo porosas. Por ejemplo, pienso en el primer cuento de Formas de incendiar el día: “Leila”. ¿Qué se puede decir de una mujer que creyendo que su marido le es fiel, se topa, gracias a una carrera y un accidente, que la meta que aquel perseguía era siempre otra? El autor nos hace vivir la desesperanza por la pérdida, la cual, al cabo se desnuda con otra circunstancia, acaso insospechada, y que lleva a pensar que no todo debe verse tal como incluso las noticias de periódicos pueden presentar. Los matices cuentan.

Cabezas Aguilar, sabemos, es un comunicador social, y más precisamente un periodista. Ese hecho enriquece su mirada, porque eso de lo cotidiano que es materia del periodismo, es el insumo poético de sus cuentos. Y es allí, como apuntaba, donde sabe manejar con sutileza los matices, esos detalles tan nimios, los problemas que no se ven sino a través de lentes más objetivos o quizá con lentes que tienen el matiz de abrir más los ojos. Por ejemplo, “La infidelidad es un dinosaurio de juguete”, pese a su título algo curioso, nos pone en el intríngulis de eso que hay detrás de una palabra y que al mismo tiempo puede ser también esa que puede ser acusatoria. Un objeto, una cosa, un pinchazo en la cama nos hace saltar de nuestra sensación de vida donde todo es rutinario. Y esa sensación de horror se hace más fuerte en el cuento “La guardita”, sensación incluso más problemática cuando, poniéndonos en la piel de una niña, presentimos que la madre querida tiene sus secretos, sus deslices; olemos la embriaguez acaso inocente de aquella mujer, pero también intuimos que lo que esconde la borrachera es la misma promiscuidad, mundana, sin arrepentimiento, y que nos lleva a preguntarnos en qué momento una vida se desvió de su propósito por más que la familia se haya destrozado. Caso parecido encierra el cuento “El colchón verde” –antes publicado en 2017, en la antología Nadie ve, todos saben: cuentos con enfoque social (Universidad Iberoamericana León)–. Es la historia de un adolescente empobrecido y el deseo de tener sexo con una adolescente. Hay la interposición de otro individuo, frustrando su deseo. Esta vez nos preguntamos sobre la prostitución entre adolescentes, entre gente pobre, siendo un viejo colchón, en algún recoveco de la ciudad, el objeto indeseable, pero a la vez el único para poder unir parejas desamparadas. Y también está el hecho de que en qué punto de la vida de las ciudades niños y adolescentes han sido abandonados y ellos mismos buscan el calor, aunque sea miserable, de alguien más.

Como se constata, Cabezas Aguilar escribe cuentos que quieren traer a la luz ciertas sombras, esas que son imperceptibles. Y lo hace con otra característica en la que probablemente Chejov era un maestro: la intriga que no se siente, la intriga que no se percibe de buenas a primeras. Ricardo Piglia en su “Tesis sobre el cuento” (en Formas breves, 2000), partiendo justamente de comprender la poética de Chejov, señala que “el cuento es un relato que encierra un relato secreto”. Eso es lo que notamos en el trabajo de Cabezas Aguilar, Formas de incendiar el día, título, por lo demás sintomático de ese proceso de narrar la cotidianidad a través de opacidades que sin que sean necesariamente reveladas, aparecen o se presienten. El cuento “El cebo” quizá sea el ejemplo de lo dicho: un perro envenenado, la desesperación por salvarlo, la presunción que detrás del crimen está el ex, la opacidad de la mirada y de la mente, el informe de alguien más… ¿Qué importa de este hecho? ¿La rabia por el envenenamiento? ¿Tener la certeza de quien otrora era el compañero de vida y ahora es el enemigo acérrimo y que supuestamente cumple con la venganza? O quizá el develamiento de la verdad que implica al accidente, a lo más impensado. En realidad, en tono de Piglia, Cabezas Aguilar aguijonea con ese asunto que está latente en su libro: las relaciones de pareja o el matrimonio, vistas desde la ruptura, desde el quiebre, desde el fracaso.

Pero el libro tampoco es un muestrario de desencuentros, sino de los que lo suscitan: la falta de diálogo, la incomprensión entre semejantes, el no haber resuelto viejas rencillas. “Fragmentos” puede ser otro caso: un viejo recuerdo del padre no querido, no deseado, odiado por su aspecto y por su carácter. Cuando se es niño quizá uno se hace una figura, una imagen cotidiana del padre, pero como este no encaja en el imaginario, inmediatamente pesa como una sombra. ¿Qué pasaría si pronto, años después, somos su imagen y semejanza? ¿Y los que nos odian son aquellos con los que trabajamos? Tal como lo cuenta Cabezas Aguilar parece un cuento más, pero vislumbramos algo muy personal, y personal de cualquier individuo a quien los espejos de la semejanza, esos que el psicoanálisis alguna vez estudió, sobre todo con Jacques Lacan, y que no son los mismos con los que idealmente nos formamos. Desencuentro o no, la historia de “Se llamará Lucas”, supone una relación de pareja donde alguien debe madurar, pasar del juego a la realidad; solo la esposa es la que va a poner el punto de giro a algo que se posterga o no se desea. El escritor, en lugar de hacer un drama del asunto, a la par hace un giro magistral, un giro que implica algo de humor.

Y hablando de psicoanálisis, el cuento “Caso pendiente”, que tiene que ver además con un psiquiatra y su relación con un paciente de nombre Juan. Cuando leemos el cuento el escritor claramente nos interpela preguntándonos: ¿Qué pasaría si el paciente nos transfiere o nos contagia su padecimiento, siendo nosotros, cualquiera de nosotros, el médico? Y peor aún: ¿Qué pasaría si nos comportamos como él ante nuestra pareja a la que, además, gracias a este hecho, presentimos que es también una carga? La incomprensión por la rutina hace que las parejas o los matrimonios terminen, o flotando en un mar de cosas no dichas, de acallamientos forzados, o terminen fracasando inmediatamente. Cabezas Aguilar pone el énfasis en la situación suscitadora: ese doble, ese otro que podría ser el complemento, no lo es. Como en el cuento anterior, uno u otro domina sutilmente, domina al otro no por su carácter sino gracias a su capital simbólico atesorado –si se quiere–, enfrentando así con la radicalidad de su conocimiento y también de su silencio. Si no lean a Pierre Bourdieu en su lúcido ensayo: La dominación masculina (1988).

Volvamos a Piglia. Este dice, leyendo a Chejov, que “contra lo previsible y lo convencional […] la intriga se plantea como una paradoja”. He indicado que en Chejov la intriga se diluye o, mejor dicho, la intriga es la misma partícula de la que no nos damos cuenta pero que es la que explosiona lo cotidiano. Si molesta algo y no alcanzamos a definirlo, lo pasamos por alto, hasta que la ruptura de un vaso de cristal hace que saltemos hasta la estratósfera para sonsacar cualquier cosa ensombrecida. Eso es el ser humano. Eso es lo que leemos en Formas de incendiar el día. El cuento “Si me visitaras con frecuencia” que, además, tiene algo de fantástico es suscitador. El cuento es una carta a la amada. Pero también uno se pregunta, si realmente hay una amada o es una carta desesperada a alguien deseada pero perdida ya tiempo atrás. La cuestión paradójica está en un pez en una pecera, un pez que desaparece o que está ahí y que el dueño pronto ni le ve. Nuevamente estamos en el juego de los espejos: ¿A quién se ve? ¿A quién se desea? ¿A quién se quiere recuperar? Pero no es solo eso. Es la misma soledad, una desesperante soledad. Lo propio también está en el escalofriante cuento “Última mudanza” sobre un muchacho que se independiza de su hogar o, en realidad, de estar cuidando a su madre ya avejentada. Es el amigo que se posesiona de la casa antigua coaccionando a esa madre. Pero la cuestión es quien narra la historia y desde qué lugar: si bien es la de un solitario que lo pierde todo, al mismo tiempo es de un ser de quien solo queda una huella imborrable. Y digo que es escalofriante porque tal cuento tiene ese aire fantasmágórico, algo sombrío, donde el horror se siente sin que sea descrito en toda su dimensión. Algo parecido también está en el cuento “El punto muerto”. La voz es la de un comatoso. Y eso es lo más extraño, porque es a través de reconocerse casi con un pie en el otro punto, sabe que él mismo ha hecho su destino, escapando de su pareja.

Una sensación sombría, pero al mismo tiempo paradójica se percibe en el cuento “Niño perdigón”. A veces incluso el tono del cuento implica el humor negro. Toda la cuestión gira alrededor de un juguete, un submarino a pilas, pero también ante la ineluctable presencia de unas armas de perdigón. Cabezas Aguilar nos provoca al pensar que hay la sombra posible de un accidente, de una ráfaga de balas que se dispararían, pero todo el problema se deriva hacia otro asunto, una persona que tiene problemas de corazón. El hecho radica en saber quién es el cazador, qué o quién provoca la muerte. Otro cuento, quizá en la misma línea es “La sociedad de los Mediocres”. La rabia de ser echado del equipo provoca que el personaje funde su propia sociedad que además tendrá sus correligionarios, sus adherentes, entre ellos, ya cuando el fundador es maduro, su propio hijo. Humor negro y crítica social está detrás de este relato. En el primer caso, cuando no se desea ser el mejor, se escapa por la tangente; y en el segundo caso, se va en línea directa por el camino de la mediocridad. Alguna vez presencié en una reunión de padres de familia en un colegio de la ciudad que, ante la pregunta de por qué no ofrecer a los hijos actividades extracolegiales culturales, uno de los presentes apuntó, “para qué sirve eso. Es mejor enseñarles a tomar”. Cabezas Aguilar me da la razón con su relato que muchas veces vivimos en medio de sociedades de mediocres que se pretenden autoridad en todo.

Y retomando la cuestión de la soledad, si no la hay, sino más bien la compañía de alguien que de pronto es prorrumpida por otra entidad, esta sí solitaria, esto lo percibimos en el cuento “Piel de gallina”, escrito igualmente con algo de tono fantástico, que nos pone en el interior de una granja y un depredador. Sin embargo, cuando leemos el cuento intuimos que el monstruo tiene algo que ver con el personaje, con el lector. Es uno de los pocos cuentos de Cabezas Aguilar que eso que planteaba Piglia, en sentido que en el interior de un cuento hay otro relato, se plantea de una manera acaso mágica, acaso maravillosa, cuando se enfrenta a la bestia, al monstruo, entrando a su mundo, a través de un caleidoscopio increíble. Y es ahí donde uno presiente el halo de la muerte. Pero este halo es más evidente en el cuento “Duración de los escombros”. Más que fantástico, este cuento se me antoja cuasi-apocalíptico. La ciudad tiembla repetidamente, es decir, la cotidianidad se ha quebrado con un sismo y las réplicas; el personaje del cuento vive solo, pero sale de su casa en busca de su vieja casa porque le trae recuerdos y quizá el deseo de saber que es mejor morir allá. El relato es la descripción quizá dantesca, a veces dramática de un viaje entre la ciudad que se va cayendo poco a poco. El problema, sin embargo, pronto lo presuponemos, es volver a la casa, al hogar, a algo perdido: el viaje es uno de retorno a la patria pese a que ella se esté desintegrando. Ojo, entiéndase, es un cuento hacia el hogar paterno, hacia el castillo añorado, perdido, pero también deseado, en el tono de los románticos –una interesante tesis sobre el particular cabe leerlo en El principio esperanza (1938-1947) de Ernst Bloch–. El terremoto, como si fuera la metáfora de la conmoción que uno ha vivido por la pérdida de lo más deseado, devuelve la realidad al personaje. Es como encontrar lo perdido, la casa paterna, en medio de la muerte y la desolación. Un perro es como el lazarillo a través del desastre. El cuento tiene algo de simbólico.

Como un sueño fantástico está el cuento de ciencia ficción “El amor titila”. Estamos en un Quito de 2047 donde el clima ha cambiado terriblemente, el paisaje es casi desértico y los bosques, dice el autor, están quemados. No obstante, una pareja de científicos que tienen la misión monitorear el medioambiente, tienen un curioso ritual: ver viejos filmes y series en El Planetario, ese que está en los linderos del centro de la ciudad. La figuración del futuro es fría, aunque Cabezas Aguilar trata de darle un aire cotidiano, además romántico. Pero pronto nos damos cuenta de que si todo ello es soportable. Por lo menos, el personaje que narra la aventura lo sostiene mientras su esposa debe sacrificarse a la luz de una luna también yerma. La clave está en eso que es irrespirable, el cual, aun cuando haya amor, no es llevadero. Como los otros cuentos el autor se decanta por la soledad, por el alejamiento, por retraerse al peligro externo.

Formas de incendiar el día, tal como he ido analizando es un libro sugerente. Cabezas Aguilar nos lleva a disfrutar sus cuentos haciéndonos imaginar las situaciones cotidianas, anodinas, insignificantes. He afirmado que sus personajes son gente común: padres, hijos, parejas, matrimonios. Las situaciones que viven parecen estables y que se quiebran en algún momento. La escritura periodística, el estilo de la crónica es importante. Los cuentos tienen una estructura fácil, pero al mismo tiempo compleja: en esa complejidad prevalece el detalle, el signo, la huella. El autor parece decirnos: no hay que contarlo todo, por lo que es importante que el lector construya el momento. Si bebe de Chejov, con la última constatación, Cabezas Aguilar también hace honor al estilo de los cuentos de Ernest Hemingway. Y eso es clave, porque en su libro prevalece eso que he ido repitiendo constantemente: lograr crear un clima, hacer que la intriga se desvanezca, jugar con los detalles e incluso hacerlos que se desaparezcan, todo para el lector, nosotros, nos hagamos una imagen de la realidad.


Iván Fernando Rodrigo Mendizábal. Doctor en Literatura Latinoamericana por la UASB-Ec. Magíster en Estudios de la Cultura por la UASB-Ec. Licenciado en Ciencias de la Comunicación Social por la Universidad Católica Boliviana San Pablo. Profesor de la UASB-Ec. Escritor de artículos científicos en diversas revistas ecuatorianas e internacionales. Columnista de El Telégrafo (Ecuador), Suridea (Ecuador) y Amazing Stories (EE.UU.). Autor (entre otros) de: Análisis del discurso social y político (junto con Teun van Dijk, 2000); Cartografías de la comunicación (2002); Máquinas de pensar: videojuegos, representaciones y simulaciones del poder (2004); Imaginando a Verne (2018); Imágenes de nómadas transnacionales: análisis crítico del discurso del cine ecuatoriano (2018) e Imaginaciones científico-tecnológico letradas (2019). Capítulos de libros, entre otros: “El monstruo es del sur: más allá de la biopolítica” en Marginalia III, relecturas del canon literario (Carlos Alberto Castrillón y Juan Manuel Acevedo, comps., 2013); “YouTube y el documentalismo global: ecuatorianos en el proyecto Life in a Day” en El documental en la era de la complejidad (Christian León, ed., 2014); “Ciencia ficción ecuatoriana: las exploraciones del futuro de las nuevas generaciones” en El pez solo puede salvarse en el relámpago (Augusto Rodríguez, comp., 2020); “Análisis del discurso de lo político: notas para una metodología aplicada a Twitter” en Comunicación Política: Debates, estrategias y modelos emergentes (Sergio Rivera Magos y Bruno Carriço Reis, eds., México, 2020); “La ciencia ficción ecuatoriana (1839-1948)” en Historia de la ciencia ficción latinoamericana I. Desde los orígenes hasta la modernidad (Teresa López-Pellisa y Silvia G. Kurlat Ares, eds., España, 2020).

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