Eugenia, “La bien nacida” | Malú Suárez

Por Malú Suárez

 

“Toda mi vida soñé con estar muerta, en dejar mi cuerpo y verme como una chica normal, solo normal, y así contemplar mi normalidad hasta despertar y ver que sigo siendo el fenómeno que siempre he sido, pero aprendí que la vida tiene formas retorcidas de cumplir tus sueños.”

La monja guerrera.

Simon Barry

 

Cuántas heridas han caído en desiertos y mares solo para conocer qué hay más allá de los lagos de este mundo. Lo cierto es que la única manera de saber qué hay en el “más allá” es estar más en el “más acá”.

Eugenia amanecía y dormía elucubrando sobre que alguien le había hecho esto y que alguien debía tener las respuestas. Alguien la había colocado en este mundo y alguien le debía una gran respuesta. Temprano sonaban las campanas que la seducían hacia el claustro, soñaba con poder contemplar el mundo desde adentro y contemplarse a sí misma rodando una y otra vez sobre su misma sangre secreta. Un cilicio de púas se hacía imperativo, para refrenar su briosa indagación sobre las pasiones de la piel, que para ella siempre habían sido una miel muy dura de roer, tenía las manos escritas de dolorosos abrojos e invisibles e inaudibles quejas, tal como su madre le había enseñado. Agujas en sus pechos hilvanaban la desbordada desesperación de los días sin respuestas. Se sacudía entre poemas y cánticos, entre rezos y versos, entre blasfemias y alabanzas, quedaba exhausta y a la vez aliviada de haber podido acceder a la catarsis de la voz.

Conservaba aún la abúlica esperanza de unas manos omniscientes resbalándose bajo sus limitados pies. Las nubes que sostenía en el cielo le mostraban el enorme registro de pareidolias “profanas”, repletas de imágenes de los ocultos papiros de Turín, que en su imaginación indiscreta observaba. Pensaba besos caen, besos mueren, besos brotan, besos sobran, besos zozobran, besos se congelan, en su caso, los besos se secan. Su hibris se enorgullecía de haber retado a lo “vil”, sin darse cuenta de que su auto vileza se había vuelto su más inexorable firma.

Atiborrada de desastres internos, intentaba exteriorizar, dar a luz, una sonrisa genuina, por Eugenia jamás conocida. Concentraba sus insondables sentidos en suspiros que agonizaban y estallaban en su boca, sus intangibles labios se volvieron ininteligibles y en sus oídos ya no se veía más al sol.

El dolor, su insuperable ambrosía, encendía sus úlceras de oscuridad y en la penumbra, empezó a buscar la psicosomática de su descuartizado ser, en textos meta corpóreos metió todo su cuerpo. Caricias rotas, carias flagelantes, caricias vacías, caricias sulfurosas, caricias muertas, chirlazos de analgésicos y penicilina para reintegrar sus aún tiernos huesos, que empezaban a morir en sus primeros años de vida, somatizando el desamor de un dios o de dos. Su mirada rota, su mirada fija, su mirada fingida, su mirada foránea, le obligaba a otra hermenéutica de la vida, una dibujada en los mapas trizados de su piel, en los planos fragmentados de su alma. Seguía las pistas de la lluvia sanguinolenta de su cuerpo hacia su híper ser, es decir, sanación por cognición.

Eugenia buscaba rastrear los lazos entre el dolor y su génesis, y en pos de esta conciencia, habría de quemarse el alma para poder salvarla. Dejó de pensar que la vida era un cúmulo de palabras siniestras y de funestas consecuencias hiperbólicas. La empezó a aprehender como mentora y pupila, como lumínica y sombría, como sabia e ignorante. Integró su alma con su cuerpo, y su cuerpo con su vida y a su vida la sintió como sentencia y redención.

 


Foto portada tomada de: https://bit.ly/2Pdk8C9

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