Volar en tiempos distópicos | Mayeli Espinosa Ríos

Por Mayeli Espinosa Ríos

 

Por primera vez viajaré en la víspera de Navidad. Es 24 de diciembre y el aeropuerto está desolado; apenas media docena de vuelos internacionales y los pasillos corren lentos, como abandonados. El lugar es irreconocible porque no se escuchan los murmullos políglotas ni se siente la ansiedad que exhala el viajero con su cuerpo, el afán.

Aquella ansiedad se manifiesta ahora diferente, no parece provocada por la curiosidad sino por el deseo de cambio y de atención. Noto en las miradas de algunas de las personas sentadas en la sala de espera, su deseo por hacer contacto, hablar, preguntar, conocer al desconocido a pesar de ser consciente que hoy más que nunca es un acto osado. Alguien me pregunta algo y noto el nerviosismo en su voz, en sus ojos sobre el tapabocas. Estamos en la sala de abordaje, con un asiento vacío entre nosotros. Es un extranjero y me parece evidente que quiere conversar, encontrar cualquier razón para entablar una charla.

Pero yo también estoy nerviosa. No sé la respuesta a su pregunta, no sé por qué me acaban de llamar al counter, solo que tuve que mostrar un par de formularios y mi pasaporte, pero no sé para qué. Cada vez hay más formularios, tantos que he llegado a confundirme y lo único que puedo responderle es que soy colombiana –mientras me repito en mi mente que tengo derecho a volver a mi país-. Sé que esta vez no necesito pruebas y creo que estoy sana, me siento bien.

¡Qué año extraordinario!

A veces, veces que se hacen más y más recurrentes, es como estar atrapada en una historia de ficción o suspendida en el tiempo, perdida en una realidad que me cuesta reconocer. Todo parece diferente y, sin embargo, lo acepto, me adapto, le sigo el juego a la nueva lógica del mundo.

Por suerte es una lógica que privilegia el orden. Nada transmite más seguridad que el orden. El ingreso al avión se ha sistematizado, evitando al máximo hacer filas innecesarias y por lo cual siento que es mucho más fácil encontrar mi lugar. La intranquilidad prevalece en tanto algunos pasajeros confrontan a otros para que no se lleven las manos a la cara o exigiéndoles que se suban la mascarilla. Si, la mascarilla que ya tengo desde hace al menos cuatro horas y de la que me olvido en muchas de aquellas veces recurrentes.

Empiezan los anuncios del avión: si se siente mal, si tiene dificultad para respirar, si le sube la temperatura, avise inmediatamente a la cabina. Tratan de decirlo con un tono neutro, se ha vuelto un anuncio normal. A fin de cuentas vamos a respirar el mismo aire, a elevarnos sobre los peligros del mundo pero, pese a todos los nuevos ritos, los riesgos seguirán latentes a nuestro alrededor.

Me encanta volar. Siento nostalgia al ver los cambios que han permeado incluso en esas zonas especiales que eran los aeropuertos. Ahora son otro lugar que nos recuerda el presente. Incómodo, incierto y solitario, una institución llena de instituciones que nos señalan con sospecha.

Voy a disfrutar el vuelo aprovechando que en va a atardecer y tengo el puesto al lado de la ventana. Qué mejor lugar y momento para ratificar la certeza que hemos confrontado este año: somos seres insignificantes.

La ansiedad del viajero y la intranquilidad universal, al menos para mí, encuentra la cura al observar las nubes. Me relaja estar dentro de ese paisaje blanco y lleno de sombras que van abrazando al avión mientras se adentra en las alturas. A veces el cielo se despeja, como recordándome que el mundo sigue ahí, y las luces de las ciudades empiezan a aparecer debajo de nosotros, perennes e insensibles al devenir del hombre.

Escucho al extranjero unos asientos más adelante. Ha encontrado una interlocutora dispuesta a correr el riesgo de hablar y conocer a un extraño. Conversan durante todo el vuelo y él se siente feliz, lo puedo sentir.

Yo también me siento feliz cuando Bogotá se dispone a recibirnos e identifico muchas ventanas adornadas con luces de navidad. Qué lindo es esa sensación de volver al pasado conocido y soñar que con la llegada del año nuevo quizá sea posible recuperar la normalidad.

O quizá no, pero ese es un pensamiento que no permitiré esta noche: ¡Feliz Navidad!

 


Foto portada tomada de: https://bit.ly/3ctu2Jq

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