Vaho | Rubén Darío Buitrón

Por Rubén Darío Buitrón

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria)

 

Con los ojos todavía cerrados se despereza. Escucha que la puerta del baño se cierra. Deja a un lado las cobijas y se levanta. Camina despacio, sintiendo bajo sus pies las caricias de la alfombra. Gira. Queda inmóvil frente a la ventana. Afuera la mañana, aún fría, comienza a instalarse en la calle y en los edificios vecinos.

Aparta la cortina mientras bosteza. El vaho cubre enteramente el vidrio. Suspira. El aguacero ha caído toda la noche. Lo percibió casi gota a gota mientras se dormía y despertaba, se dormía y despertaba y se ponía a pensar en ese sueño recurrente de la tormenta y el volcán, ese sueño que ahora impulsa su dedo índice elevándolo hacia la ventana para dibujar sobre el cristal opaco en medio del vapor.

Ahí está la letra. La inicial que desea escribir en todas las superficies hace mucho tiempo para sortear los castillos de papel, para no ser una pieza de museo, para que este laberinto tenga salida.

Desde el fondo de la habitación le llega el sonido del agua que cae sobre el cuerpo desnudo que tanto conoce y que tanto desconoce. Memoriza el cuerpo bajo las sábanas ignorantes. El cuerpo torpe, monótono y repetitivo. El cuerpo silencioso incapaz de producir estremecimientos ni ternura. El cuerpo que ya no, como esa melodía que él silba bajo la ducha sin saber nada, sin sospechar nada, sin imaginar siquiera.

—¿Isabel?

Los automóviles aparecen por un lado de la ventana y desaparecen por el otro. El vaho los vuelve fantasmales. Cruzan a idénticas velocidades como si todos los conductores y pasajeros tuvieran una prisa similar para llegar a ninguna parte.

Él la llama mientras el agua sigue cayendo, despacio, como si el rito de la ducha fuera infinito. Silba, sin ningún apuro, mientras el dedo índice de ella recorre la letra, una letra que nunca debiera borrarse, una letra clandestina que para ella significa tanto.

Los nubarrones empiezan a desplazarse y desaparecer y la ventana se va limpiando por fuera, como si la recorriera una mano invisible e intentara que la letra desapareciera.

Ahora él se dispone a salir de la ducha. Saldrá e Isabel lo esperará con dos toallas grandes, una para que se cubra el pecho y la espalda y otra para secarse.

Isabel lo ha ensayado muchas veces y es ahora cuando le pedirá que la escuche con atención, que la entienda, que acepte la realidad, que le diga que la comprende, que le confiese que siempre pensó que una tormenta caía sobre ellos, que si fuera necesario tomar decisiones lo harían sin drama.

—¿Isabel?

Ella lo escucha y se sobresalta. Rápida, va al clóset en busca de las toallas. Antes de agacharse para abrir el cajón regresa la mirada y vuelve a ver la letra desvaneciéndose en el vidrio por donde empieza a pasar el sol y a entrar en la habitación. Necesita aferrarse a una señal de apoyo y protección para decirle a César lo que quiere decirle.

Hace una pausa cuando toma las dos toallas e imagina que le entrega las dos toallas y cierra, por dentro, la puerta de la ducha mientras él empieza a secarse el cabello con rápidos y vigorosos movimientos.

Ella deambula por sus ideas y supone verlo sorprendido, atónito. Pero también puede pasar, se dice a sí misma, que se ponga tenso, que arroje una de las toallas contra su rostro, que la golpee y le diga puta, malagradecida, hipócrita, que comience a golpearla y…

No, mejor no. Isabel entrega las toallas, se da vuelta en dirección al clóset para tomar su salida de baño y entrar a la ducha luego de que César salga a vestirse, escoja su ropa, la ponga sobre la cama y continúe el ceremonial cotidiano.

Isabel piensa que debe haber otra manera de decírselo sin que la respuesta sea la agresión, la violencia, el insulto, el vejamen.

—¿Te ocurre algo, Isabel?

—No. Todo está bien.

Ella lo mira y mira la letra. Teme que él se dé cuenta de que hay una letra casi imperceptible dibujada en el vidrio de la ventana. Una letra que quizás es la inicial de una nueva vida, de una nueva oportunidad para buscar la felicidad, de una oportunidad de escapar de esta jaula diciéndole a César todo lo que debe decirle.

El sol cuela sus rayos por los edificios de enfrente y llega hasta la alfombra, atravesando el vidrio.

Mientras se viste, César silba la misma canción que entona bajo la ducha todas las mañanas cuando empieza a rasurarse y llena la habitación con las vibraciones de la máquina de afeitar.

Isabel camina de espaldas hacia la ventana y se sienta al borde de la cama. Él no la mira, no le dice nada.

Ella decide que apenas César apague la rasuradora le pedirá que la escuche. Con los dedos se revuelve el cabello y se pone de pie moviendo la cabeza a un lado y al otro.

La letra está a punto de desvanecerse por completo. Isabel decide dirigirse a la ventana y dibujarla de nuevo, aunque el vaho se ha ido casi por completo y ya no es posible escribir la inicial. La inicial, aunque le encantaría poner el nombre, todo el nombre, para que César y todo el mundo sepan lo que está pasando dentro de ella.

Él va hacia el clóset, lo abre con violencia, de un cajón toma un calzoncillo y un par de calcetines para completar la ropa del día.

Ella lo mira dirigirse a la cama y sabe lo que vendrá después: el té para limpiar el estómago y el desayuno.

Entonces toma la decisión. Ahora. Debe ser ahora.

—César, yo necesito…

Él la interrumpe y le pregunta si ya le ha preparado el desayuno. Ella se queda callada. Después de unos segundos de silencio le dice que todavía no.

—Debía estar preparado, Isabel. Sabes muy bien que los lunes debo salir más temprano a la oficina. ¿Qué te ocurre?

Ella gira y queda de espaldas a él. El cristal de la ventana brilla. El vaho se ha esfumado por completo. Recuerda su sueño. La tormenta. Un volcán a punto de estallar.

 

 


Rubén Darío Buitrón (Quito, 1966) es poeta, periodista y escritor. Es director—fundador de www.loscronistas.net

 


Foto portada tomada de: https://bit.ly/3rdHhSu

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