Tienda | Guillermo Gomezjurado Q.

Por Guillermo Gomezjurado Q.

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria)

 

Un ejercicio que le queda de esos días es el de imaginar la vida de los desconocidos y apenas entrevistos libreros, adivinas, jipis y artesanos que tienen una tienda en el sector, o extienden sus pareos a las orillas de las escalinatas. Es algo que le viene desde niño, de los años en que acompañaba a su tía a los café-net del centro a que escribiera sus largas cartas en inglés a un gringo de mostacho y cabellos canos, según las fotos, que se apellidaba McDowell o McAlgo pero que él insistía en llamar McDonald, por las hamburguesas o por el pato de Disney, ya no recuerda.

En su librero, entre otras cosas, su tía tenía un atlas, varios libros de historia de la ciudad y unos cuantos tomos de la Enciclopedia de la mujer, entre los que se acuerda haber visto tantos modelos de faldas y chompas de lana que siempre los imaginó como publicaciones del Watch-Tower. Es más, en esa época, y quizá porque Bernita, el sastre del barrio, era un Testigo de Jehová tan amable como obstinado que, a falta de caramelos, prodigaba Atalayas y Despertad a sus clientes, o porque de las tentativas de visita de esos predicadores lo único que quedaba en la casa eran esas revistas con acartonadas figuritas de suéter y camisa y pantalones de pana, siempre creyó que los Testigos de Jehová eran vendedores de ropa usada por catálogo: algo así, pensó luego, como una empresa concentrada en recolectar y comerciar la vestimenta que había dejado de usarse en los Estados Unidos en los años sesenta para luego venderla en el tercer mundo con la etiqueta falseada del sirope Aunt Jemima.

Ahora que lo piensa, de todos modos, en esos días en que todavía no aprendía a leer, habría sido igualmente justificado ver en las revistas de Yanbal o de Avon de la peluquería el órgano difusor de los evangélicos. O en el Almanaque Bristol que vendía el hombre de la lotería, un informativo con recomendaciones contra el mal de ojo, editado por una red de entendidos y yerbateros locales, cuyos dispensarios de atención proliferaban por la ciudad, en las esquinas de plazas y mercados, a modo de puestitos móviles, supuestamente vendiendo menjurjes de linaza, sábila y aguas de viejas, pero con la premisa secreta de hacer amarres o maleficios.

Novedosos en la estantería de su tía, en todo caso, eran los libros rojos de Salvat para aprender inglés; unos bellísimos tomos de fotografía de los bosques de Colorado y una cajita de semillas para sembrar calabazas y girasoles y robles viejos.

Los libros venían con casetes incluidos y, a veces, cuando él bajaba de su cuarto, escuchaba las voces fingidísimas de los audios, y suponía a su tía aferrándose a esas nuevas estructuras, a una novedosa palabra, preparándose para leer y responder los mensajes que le llegaban el domingo. Así, al tiempo en que su tía aprendía inglés y sus cartas se alargaban en pormenores cotidianos, él empezó a prolongar sus paseos por los alrededores de los café-net. De estos sitios recuerda en especial dos. Uno que quedaba diagonal a la Plaza de Santo Domingo, que era espacioso y claro y tenía salida a un patio central de cuyos pilares colgaban hamacas de un material áspero y rugoso que a él se le ocurrió llamar lino, sin ninguna razón ni motivo, y otro –que prefiguraba ya a los más improvisados cyber que pulularían luego por toda la ciudad– cerca de la Plaza La Merced, que era un sitio más bien lóbrego y sucio, en el que a veces uno se topaba con frasquitos de Tampico o fundas de Doritos o, lo que ya era grotesco, con tarrinas de salchipapas, podridas de mayonesa.

Cerca del segundo, en todo caso, había un hostal que siempre tenía la puerta abierta y al que se entraba por un zaguancito de paredes sin revocar, tan oscuro y alargado y estrecho que parecía más bien el acceso a una gruta antes que a un lugar mínimamente habitable, y sólo a unos cuatro o cinco metros de la entrada, se encontraba una puertita cancel, de cristales esmerilados, que era como una primera señal de presencia o vida, y que también permanecía abierta la mayor parte del tiempo. Sea como sea, solo si él se allegaba hasta allí le era posible entrever el precario mostrador donde un jovencito con gorro de lana se afanaba en alguna tarea de orfebrería interminable; se veía también, esto ya con mayor claridad: una poltrona grande, de paño verde como de mesa de billar, que tenía las costuras rotosas; una mesita con ceniceros de lata y un estante bajito, desbordado de cosas minúsculas que le llamaban la atención.

Varias veces, mientras su tía se afanaba completando sus cartas con la ayuda de un diccionario bilingüe, rondó cerca de la puertita de cristales esmerilados, atento a que se diesen las condiciones para hurgar en el sitio con impunidad. Una y otra vez fisgoneó por el túnel, hasta que encontró la recepción desatendida, y aprovechó para hojear al apuro el mueblecito de adornos diminutos. Lastimosamente, aparte de un nacimiento armado con figurines de llamas, zorros, búhos y ardillas –y que solo luego, en situaciones un poco, curiosas, sabría que eran en realidad llamas, raposos, cuscungos y chucurillos–, le decepcionó el repertorio del estante porque no tenía nada que no hubiese visto antes en los puestitos de San Francisco.

Entonces oyó risitas contenidas, que le llegaban de cerca. De golpe, echó el cuerpo para atrás y ya se volvía por el zaguancito de cemento, cuando vio al tipo de la recepción, acodado en la balaustrada del recibidor de doble altura, diciéndole algo, con el cigarrillo como plantado en la mano, fijado de la misma forma en que lo estaría en un enrollado o en una porra de plastilina. Sin embargo, más llamativo que él, le pareció la chica que fumaba a su lado, sentada tranquilamente en el piso, y de la que apenas se lograba ver uno de los pies descalzos, que caía de entre las barandillas y oscilaba en el aire como un ancla liviana que batía el polvo del domingo.

No recuerda cuántas veces más acompañó a su tía a ese café-net de la Plaza La Merced a que escribiera sus cartas larguísimas, pero le resulta cómodo pensar que fue la última, debido a que el martes o miércoles siguiente, cuando él regresara de la escuela y viera a su tía devastada, se encontraría con la noticia de que el gringo había muerto y que ya no tendrían que volver nunca más a un sitio como ese. Sabe, sin embargo, que no fue así; sabe que salió corriendo del túnel, rodeó la esquina purulenta y se sentó con el aliento contenido en una de las bancas plásticas que apilaban al lado del baño, dispuestos para que la gente tuviese dónde esperar cuando todos los puestos de los módulos estuviesen ocupados.

Y quisiera que hubiera sido la última vez que fueron porque no le gusta pensar en que, después de haber corrido como un tonto esa tarde, siguiera yendo al mismo lugar y, sin despegarse ya para nada de la sombra de su tía, se mantuviera empollando el loco afán de saber quiénes eran los tipos del lado. De hecho, recuerda que mientras estaba sentado, viendo a los cibernautas teclear con laboriosidad, él pensaba en lo que hubiera pasado si se hubiera detenido a escuchar y lo que oía era un mensaje amigable. Quizá, incluso, se decía, habría visto a la chica incorporarse y corregirse la basta del pantalón que la tenía recogida por encima de la rodilla; quizá, incluso, ellos habrían sido aún más amables, y habrían bajado y luego él habría podido contarle a su tía que en uno de sus desplazamientos había hecho amigos al lado, en el hostal, y que de ahora en adelante, mientras ella tecleaba sus correos interminables, él iría allá a aprender cómo se hacían esos extraños nacimientos folclóricos, y quizá su tía habría pensado en lo seguro y desenvuelto que era el niño que tenía por sobrino.

 


Guillermo Gomezjurado Quezada. Nació en Cuenca, en 1993. Estudió Lengua y Literatura en la Universidad de Cuenca y Literatura Comparada en la Universidad Autónoma de Barcelona. Le interesa la crítica literaria.

 


Foto portada tomada de: https://bit.ly/3rgOm4H

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