Presos Oscuros | Adrián Grimm

Por Adrián Grimm

 

Un día, o noche, dos preguntaban en coro:

—¿Por qué nos ordenan saltar en lo oscuro? ¿No se lastiman también sus tobillos? ¿No entienden que es inútil?

El maestro respondió pasando oscura arena entre sus dedos.

—Cierto es que estamos encadenados, nacemos y en lugar de un nombre, nos dan estos grilletes. Nadie recuerda como llegó aquí, pero yo he visto la luz. Por eso saltamos.

—¿No oís el sonido de los tensos eslabones? ¿No saben que están cerradas todas las salidas?

—Aprendemos por si acaso. Ya sea por error o por viejos, un día una parte de los muros caerá. Cuando veamos lo que hay detrás no deberemos agacharnos, sino saltar. Entonces sabremos de qué sirvió saltar, y saltaremos; si por el contrario no saltamos desde ya, cuando llegue el momento no podremos aprender nada útil.

Cada noche, cada frío, cada día, las mismas preguntas en distintas voces y con distintas palabras. Cada noche derrotar las objeciones de los ociosos, los débiles, los cojos y los cansados. Cada noche castigar al rebelde lanzando cosas en silencio y oscuridad. Lanzar guijarros resulta un lujo donde solo abunda el excremento.

Esa noche, otro par de presos castigados entendió que el ruido de los eslabones al golpearse entre sí era el único medio de expresión que les quedaba. Algo invisible a sus captores. Algo que no era la gran cosa.

—Poblar de significados a las cosas de la vida, ya es vivir.

—Vivir “para”… eso, es otra cosa.

Ese par alzó la voz, y los guardias lo resintieron. Gruñeron algo entre ellos y bajaron la temperatura como castigo. Sabían que unos hombres serían lobos para los bulliciosos. Esperaron oír los puños y la carne, y se marcharon.

La luz que el maestro había visto lo privó de la oscuridad como cuando un ave crece en una gruta, pero usa sus alas para reptar sobre abismos, y sus opacos globos oculares mantenían esa luz a salvo de nuevas penumbras.

En vano lo encerraban y aislaban. Su mirada vacía entorpecía a los guardianes, que viéndolo tan frágil lo creían nulo. De ese modo, su mirada traspasaba los barrotes y las tinieblas, invisible. Medio comprendiendo algo de esto, los hombres se excitaban, les explotaban los cuádriceps en un intento de agarrar lo invisible. Algo siempre más allá de sus dedos. Caer, caían hechos polvo entre las risitas de los otros presos, y los espasmos propios. Lo que casi alcanzaban en sus saltos los volvía peligrosos para los guardianes: Los humanos seguían soñando. Eso explicaba su oscuro destino.

Pero el maestro continuaba hablando de un cielo y de una luz, y de un Sol. Tenía una idea de ellos que superaba nuestra penumbra eléctrica. Cuando alguien protestaba o alzaba la voz, los guardianes bajaban la temperatura, pero nada les impedía soñar. Su ceguera, dejaba ver.

Antes, cuando el ciego era niño, muchos se compadecieron de aquel a quien le serían siempre oscuras las tinieblas, alguien roto de fábrica, alguien incompleto; pero, se acostumbró mejor que los demás a esa vida. Creciendo en algún rincón, y cuando se hablaba de oscuridad no le tomaban en cuenta. Se acordaban de él cuando necesitaban de su tonta y dolorosa capacidad de contar lo que nadie vería jamás, y eso les recordaba que para ver necesitaban primero ir, oler, tocar ese mundo apagado: Saltar.

—Ese mundo acostumbrado —les recordaba—, no es el mundo en sí.

En murmullos hablaban, se alegraban, peleaban. Silenciosas humillaciones, silenciosas victorias, ascensos y adoraciones… todo en silencio y oscuridad. Siempre esperando nada y todo, les clavaban sus finos ojos desde los rincones oscuros y los humanos sentían que en el fondo de cada penumbra había un ojo furioso esperando un gesto de alegría, una voz. Pero los murmullos derrotaban siempre la oscuridad porque traían luz, y cuando paraban empezaba, en cambio, el tililililín de las cadenas. Un retintín infinito, adormecedor para los guardianes, victorioso para los presos.

Pero, les advirtió el ciego que también estaban ciegos de los oídos, que el mundo se acercaba a su conclusión, que debían saltar más alto y cada vez con menos cuidado del ruido. Que había encontrado señales en los niños que interpretaba como noticias del mundo: Un nombre, una canción, un sitio… así empezó; entre menos sordos estaban, más dócil les parecía la guardia. Alguien vio una vez a los guardianes dormir y roncar. Entendieron el extraño idioma en que se comunicaban y fueron sabiéndolo todo, pero un todo roto; un rompecabezas de un mundo que no habían visto y cuyas piezas, algunas dentadas, les mordían y confundían. El mundo llegaba y no era para humanos.

Llegó por fin, un día envuelto en una pregunta de uno de los niños:

—¿Quién es Xuag?

Xuag era el último hijo de uno de los guardianes, todos lo sabían. Por Xuag se hicieron bailes y se fingieron combates. Por Xuag se olvidaron de alimentar a los presos oscuros.

—¿Quién te lo ha dicho?

Nadie les había enseñado, los niños descifraban fácilmente ese idioma hecho de gruñidos y silencios, incluso lo soñaban. Todos lo soñaban. En esos sueños sus palabras eran como truenos que los guardianes temían. Sus miradas eran tan altivas que los guardianes forzaban sus cuellos para sostenerlas. Sus manos, no podían despegar los ojos de sus propias manos. Y mientras más soñaban ellos, menos agresivos se volvían los otros, incluso se acercaban a oír las tonterías que se decían.

Cuando fugaron los presos en su lugar fueron castigados los carceleros. La fuga no se podía explicar. Estaban las huellas como rodeando montoncitos de arena y todas las cadenas en un gran montón en un rincón. Estaban los cuencos que usaban para comer. Estaban algunos trapos hediondos. Estaba el olor de sus desperdicios, pero faltaba el ruido de las cadenas… los líderes supieron también que el mundo había llegado a su conclusión. La próxima vez que se acostaron a dormir, fue su última vez como amos.

Pasado un tiempo nadie recuerda los cuentos de los abuelos, mucho menos los de los abuelos ciegos. Bajo el sol no hay memoria que dure ni canción que suene largo tiempo, pero escondidos en las canciones nuevas, aun suenan esos saltos y esos gruñidos. Aún se oye a los captores perdiendo su habilidad para todas las cosas, como aterrados por sus sueños.

En los cuentos nuevos ya no era el ciego quien enseñaba a soñar a los niños y nubla la mente de los guardianes. En esos sueños, cada quien debe enfrentar sus propios demonios, correr perseguido por ellos, a veces ser alcanzado, dentellado y despedazado, pero la antigua voz dicta: Son solo perros, temen la luz.

En los cuentos antiguos de los presos decía el ciego que cada perro conserva en forma de sueños el recuerdo de un hombre que sopla suavemente en uno de sus tres ojos hasta cerrarlo. Por eso cada hombre les atrae poderosamente, pues lo identifican con un divino dador y quitador del espíritu.

Sin embargo, cuando un perro aprende a servir a un ciego, con el tiempo aprende a ver por él y se convierte en el ojo que el otro necesita. Es cuestión de tiempo y suerte que uno de los carceleros logre abrir sus tres ojos y comprenda exactamente qué es lo que hace aquel opaco hombre en sus sueños.

 


Foto portada tomada de: https://bit.ly/2MKzLj8

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