Mi mami | Diego Alejandro Gallegos Rojas

Por Diego Alejandro Gallegos Rojas

 

Mi mami remienda el tiempo con su sabiduría porque conoce de caminos empedrados, del asfalto, de la polvareda, de la brisa mañanera… Sin embargo, ni la más aterradora tempestuosa tempestad ha podido con ella. Así es mi madre, la señora Amadita como le dicen amorosamente sus amigos, los vecinos y vecinas del barrio. Mientras en el hogar, le decimos Mita Amada, o que es lo mismo mamita Amada.

Mi mami peina y despeina los días, las noches con paciente paciencia. Ella pinta a la vida con los colores coloridos del radiante y sonriente arco iris. Porque mi mamá es eso, un arco iris de sonrisas que ilumina el cielo de mi vida, de nuestras vidas, de la vida.

Mi mami se baña con el soleado sol lojano, ecuatoriano. Ella es mi inspiración, mis latidos, mi respiración, mi luz…

Mi mami nació en 1934, en Catacocha, Paltas, provincia de Loja, Ecuador. Ella trabajó con mi papá como secretaria en el consultorio jurídico, allá al final de los años 60. En ese tiempo no era muy común que las esposas trabajen con sus esposos profesionales, específicamente en el ámbito del apasionante Derecho.

Me cuenta mi mamá que hasta la una o dos de la madrugada con máquina de escribir a punta de teclado les llenaba los engorrosos formularios del Impuesto a la Renta a los profesores tanto del cantón como de la provincia de Loja. Lo recuerda esto muy bien, como recuerda también que con una modesta librería jurídica promocionaba para la venta desde diccionarios jurídicos, la gaceta judicial, códigos, leyes actualizadas para los estudiantes y abogados para que actualicen sus conocimientos. En cambio, yo recuerdo muy bien que cuando llegaban clientes al consultorio de mi papá, mi mamá con una sonrisa los recibía cálidamente. Y de vez en cuando les ofrecía una tacita del aromático café lojano, porque mi mamá es cafetera, disfruta de la vida tomando café. Y ella conversaba con ellos, brindándoles confianza. Y siempre les decía que la mejor defensa son los testigos, porque las pruebas salvan o condenan a los clientes. Entonces, así se ganan los juicios. Los clientes entendían. Cuánta razón tenía y la sigue teniendo.

Mi mami reza con el rosario en mano. Y la letanía del ruega por nosotros, o el “ora pro nobis”, lo reza en latín. Ella es muy devota. A las 15:00 hrs. o 3 de la tarde, religiosamente reza la hora de la misericordia. De mi mami aprendí a tener fe, a creer en Dios, en la oración. De ella aprendí también que el amor perfecto sí existe y que es el de una madre que lo entrega todo por sus hijos perfectamente imperfectos… pero así los ama como solo una madre lo hace, deshace y rehace por el bienestar de su familia.

El 23 de diciembre cumplió 86 años. Mi madre es una mujer virtuosa, espiritual, trabajadora, honesta, luchadora, victoriosa, triunfadora de la vida. Y como su nombre es amadamente amada por el amor de su esposo, de sus hijos, de sus nietos, bisnietos, por la vecindad, por los amigos, amigas, por la amistad. Ella es amada por la vida, por el universo, por la Virgen de Lourdes, de la cual es su devota, por El Creador.

Me comenta que una de sus amigas de infancia: Ernestina, y que ahora es su comadre, la bautizó a su primera hija: Amada Victoria como una forma de agradecer, engrandecer e inmortalizar más allá de la vida los nombres de mi mamá.

Mi Amada Victoria me dice: “Hijo mío, léeme lo que escribes”. ¡Así lo hago! Y sus ojos se iluminan de feliz felicidad, de emocionada emoción cuando escucha lo que le escribo en su honor. Y benditamente me bendice. Entonces, entiendo que la bendición de una madre nos salva, nos protege del peligroso peligro, de toda mala maldad… Porque la madre nunca se equivoca. Sabe si las amistades de sus hijos les convienen o no. Por algo, la madre es el ombligo de Dios.

Mi mami es felizmente feliz porque tiene a sus cinco hijos a su costado. “Son benditos hasta la tumba, tienen el cielo abierto, porque los hijos que ayudan a sus padres hasta el final tienen la bendición de Dios”, así nos dice mi Amada Victoria, nuestra Amada Victoria.

Yo vigilo y acaricio sus sueños mientras duerme, aunque de vez en cuando se despierta y me dice: “que me acueste, que vaya a dormir, porque debes estar muy cansado”. Y como hijo obediente, obedientemente le obedezco.

Ella se apoya en mi hombro. Y escucho su respiración, sus latidos que son los latidos de Dios. Mi mami se duerme, mientras la arropo con mis brazos que como cobijas le abrigan el alma, el corazón…

Ahora yo soy su bastón, por eso mi Amada Victoria me dice: “Diego Alejandro, dame la mano y caminemos por la vida”. ¡Así lo hacemos! Seguimos caminando tomados de la mano, que nos sostiene, que es la mano inconfundible e inseparable de Dios.

 


Diego Alejandro Gallegos Rojas (Loja-Ecuador). Ensayista y escritor. Máster en Derechos Fundamentales, Universidad Carlos III Madrid, España. Especialista Superior en Derechos Humanos Instructor de Desarrollo Humano, Mozambique, África. Observador Internacional de Derechos Humanos como Acompañante Ecuménico en Palestina e Israel. Como escritor ha publicado el libro de cuentos La orgía de los gusanos (2017).

 


Foto portada tomada de: https://bit.ly/3oIAgaB

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