“El gran inquisidor” de Fiódor Dostoievski | Fabricio Guerra Salgado

Por Fabricio Guerra Salgado

 

Sevilla, siglo XVI, tiempos inquisitoriales. Las hogueras en las que sucumben los herejes arden por doquier. Entre el aire enturbiado por el olor a carne chamuscada, y después de mil quinientos años, surge el Cristo genuino, curando enfermos y resucitando muertos. Pero el inquisidor en jefe del Santo Oficio local no tarda en reconocerlo y ordenar su detención.

En la mazmorra, el anciano clérigo recrimina al prisionero por la inoportuna visita, decretando su condena a perecer en las brasas, y a continuación expone un sugestivo monólogo en el que recalca, con delirante convicción, los errores cometidos por el nazareno en el pasado, mismos que han debido ser corregidos por la Iglesia Católica.

Su principal yerro fue, según el sacerdote, resistirse a las tres tentaciones de Satanás en el desierto, lo que terminó siendo una lección de arrogancia y un pesado lastre para la humanidad. Al negarse a convertir las piedras en pan, a saltar desde lo más alto del templo y al rechazar el ofrecimiento de reinos y glorias, el supuesto hijo de Dios puso de manifiesto su fe inquebrantable y su espíritu celestial, pero olvidó que los hombres son criaturas débiles, burdas e incapaces de comprender y, peor aún, de emular semejante ejemplo.

Pretendió Cristo que la gente escuchara su mensaje y lo siguiera por libre voluntad antes que, por el deslumbramiento emanado del milagro, el misterio o la autoridad. ¡Menuda ingenuidad! El hombre nunca fue capaz de discernir con lucidez entre el bien y el mal, porque hacerlo implica sopesar complejas causalidades que ni conoce ni entiende. Lejos de liberar, la mentada libertad solo ata y ocasiona intolerables tormentos.

Tan equívoco accionar tuvo que ser rectificado por la iglesia romana, que se apropió del legado de Cristo reinando en su nombre, pero pactando con el Maligno y transigiendo a sus tentaciones para detentar el poder sobre los hombres quienes, agradecidos entregaron su lealtad al clero y se prosternaron gustosos. Finalmente, el cura excarcela al mesías, exigiéndole que no vuelva jamás.

El cuento de “El Gran Inquisidor” es un capítulo de Los Hermanos Karamazov, obra extensa y colosal. Está narrado por Iván, personaje nihilista que intenta socavar la profunda devoción religiosa de su hermano Aliocha, poniendo en evidencia el modo en que la iglesia occidental ha manipulado el ethos cristiano original para hacerlo funcional a sus terrenales intereses.

Emerge inevitable la colisión frontal entre dos versiones del cristianismo: el católico, de corte europeísta, contaminante, oportunista; y el ortodoxo, de base eslavista, conservador, esencial y anclado a las especificidades de una Rusia tan ancestral como misteriosa, de la que Dostoievski es quizás su máximo representante y su mejor cronista.

Sin embargo, el relato no se agota en un mero cuestionamiento a los cánones vaticanistas, como supondría una lectura superficial, ya que constituye también una desalentadora exploración de la naturaleza humana en temas relativos a la búsqueda imperiosa de la creencia, la ineptitud para gestionar el libre albedrío o la necesidad casi dolorosa de sometimiento a algún tipo de opresión. Asuntos que trascienden épocas, culturas o fronteras, y que mantienen la vigencia e impronta del texto dostoievskiano.

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