345 | Mariano Diani

Por Mariano Diani

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria desde Argentina)

 

Despertó sintiendo en su mano la naranja que soñó, deseando saborearla. Empezó a tener con frecuencia estos sueños vívidos, al despertar se le antojaba el objeto, en general algo para comer.

Encendió el velador de la mesa de luz y salió afuera. Oía los grillos en el silencio de la noche, los pinos del bosque, a treinta metros, eran agitados por el viento desganado, que parecía no soplar, ninguna otra cosa se movía. El bosque no dormía; las criaturas que moraban en él despertaban a la vida nocturna. Aunque nunca se aventuró, suponía la diversidad única por la flora que lo rodeaba y los animales interactuando en los lindes de aquel espacio natural diferente a cualquiera que hubiera conocido.

Esa noche tuvo curiosidad, quiso adentrarse.

Lugareños del pueblo apartado pasaban casuales por el camino próximo a su hogar, contaban historias; nadie volvía a ver a los viajeros que penetraban en lo profundo del bosque. Reacio a supersticiones, esto lo incentivaba a investigar ese lugar, sin saber porqué.

Entró en la cabaña y volvió a acostarse, evocando la imagen del cielo estrellado y los pinos meciéndose en la lobreguez, pensando en la vida, lenta durante la noche. Aguardó el sueño imaginando que se introducía en el bosque y encontraba una reliquia enigmática.

«El bosque nunca duerme». Caviló con ojos cerrados, mientras continuó alimentando el movimiento de los pinos en su mente.

Pudo ver, a través de la escotilla de la cápsula, sus ojos moverse tras los párpados cerrados, le preocupó. Recordó a uno de los primeros pacientes. La mente no aceptó esa realidad, no logró adaptarse al proceso, se volvió un riesgo para la empresa.

Si algo ocurría los parientes presentarían una demanda y empezarían las protestas de algunos sectores con la intensión de cerrar el laboratorio, deberían cancelar el proyecto con todo el material descubierto.

El doctor Alexander, a quien todos llamaban Sasha, siempre se mostró más convencido, ese trabajo era su vida, tenía la certeza que abriría nuevas posibilidades a la ciencia. Él evitó lo temido.

Trataba de solucionar el problema oprimiendo los comandos del panel, mostrando un temperamento enérgico, poco común, eran años de investigación en riesgo. Los demás acataban sus órdenes en un momento crítico; mientras revisaron la información de los monitores, Sasha trabajó en la matriz conectada a la cápsula, presionando botones y verificando medidores digitales.

Varias empresas invirtieron cantidades de dinero en el proyecto, esperaban que tuviera mayor alcance para la población. Las personas acudían a ese servicio cansadas del mundo o acarreando con tragedias de la vida. Algunos científicos manifestaron desacuerdo, exponiendo la supresión del aprendizaje que justifica la existencia. Estos eran oposición a los ingresos de la empresa, terminaron siendo despedidos.

—¿Qué haces? —preguntó Lioba sabiendo lo que Sasha hacía.

—Mi trabajo.

—Te puede costar caro.

—Lo hice antes.

—Pero esta vez es diferente.

—Aguarda.

Se quedaron en silencio, esperando, observando el panel de control, todo lo posible estaba hecho. Dependían de la suerte y la fortaleza del paciente.

El momento crítico pasó. Lo hiciste de nuevo, Sasha.

Pudo ver, en milésimas de segundo que parecieron alargarse en el tiempo, luces intensas que lastimaron sus ojos, experimentó frío y dolor en un instante diminuto.

Despertó, ese sueño fue el más real de los últimos que tuvo, como si en verdad hubiera ocurrido.

El día cálido y soleado, algunos jirones de nubes en el cielo. Puso a hervir agua, desde la ventana vio llegar el carro del vendedor de víveres, repondría algunos alimentos y aprovecharía a comprar el periódico.

Desayunó leyendo las noticias, después fue a pescar. Justo cuando la boya tocó el agua recordó que la noche anterior planeó internarse en el bosque. Empezó a experimentar episodios en los que no sabía si estaba soñando o despierto, y a olvidar con facilidad algunas cosas; lo que desayunó o almorzó, qué había hecho después de realizar ciertas tareas. Entonces, recordó el bosque. «Durante la noche el bosque nunca duerme» pensó. Conjeturó que sea lo que fuera podría ser nocivo para su mente. Atribuyó todos los síntomas anteriores al bosque, debía adentrarse en él, descubrir el misterio.

Cierto es que en el bosque los colores de los árboles y el mismo cielo empezaron a verse grises. Quizá todo lo que buscó trabajando como arqueólogo en distintos lugares del mundo, terminó encontrándose a poca distancia de él, en el bosque. Se entusiasmó con esa conclusión, después de toda una vida podría hacer el descubrimiento definitivo.

El bosque emanaba una energía singular, tenía diferentes hipótesis para esta observación; creía en un mausoleo olvidado en la profundidad de su espesura, intervenido por una fuerza que producía las anomalías, como tornar los colores al gris, o cuando los pinos se movían lento a pesar de que el viento fuera impetuoso. Las conjeturas justificaban su espíritu explorador que se mantenía intacto.

Los directivos discutían los posibles problemas y riesgos en una oficina en las instalaciones de la empresa. La mesa rectangular, en las paredes cuadros de fundadores, un proyector mostraba secuencias de células madres.

—Mi deber es informar que las finanzas del paciente 345 se agotaron. No podrá continuar financiando el proyecto —dijo uno de los científicos a la junta directiva.

Sasha miró a Lioba, los dos sabían, no continuarían por un error en la mente del paciente que permanecería en el anonimato, sin contemplar en las cláusulas del contrato. La junta accedería sin indagar y el expediente sería eliminado.

Saboreó las tostadas con mermelada y el café caliente, percibía los sabores oyendo el canto de los pájaros. Ignoró que afinaban sus percepciones.

Terminó el desayuno, juntó el equipo preparado para la exploración, salió de la cabaña en dirección al bosque, internándose en su espesura, aquel misterio se extinguiría con él para siempre.

Una mano presionó un botón y desconectó unos cables.

 


Mariano Diani, 1988, Argentina. Autor. Publicaciones: Características que conforman el estilo anime como recurso en áreas de diseño, 2017; El Umbral, 2018; Realidades ilusorias, 2020. Facebook: @MarianoDianiautor > https://www.facebook.com/MarianoDianiautor. Instagram: marianodiani_autor > https://www.instagram.com/marianodiani_autor/

 


Foto portada tomada de: https://bit.ly/2MGpVyO

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