Una noche sin Dios | Eugenio Moreno Heredia

Por Eugenio Moreno Heredia

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria)

(Cuento fue escrito originalmente en 1964 y publicado en el libro de cuentos El Muro de las Lágrimas (Municipalidad de Cuenca, 2005) de Eugenio Moreno Heredia; compilado por Susana Moreno Ortiz)

 

En los años de la guerra fría, en Cuenca se fomentaba el odio al comunismo, por parte de algunos sacerdotes. Hubo varios crímenes de personas inocentes, en pueblos campesinos: un médico, un maestro y en la Parroquia de Molleturo perteneciente al cantón Cuenca se quemó en la hoguera a una mujer acusada de bruja y comunista por reclamarle al sacerdote del pueblo un terreno que le quitó.

Narro esto para demostrar que es un cuento histórico. Los personajes son ficticios tales como el profesor y el peluquero. María Escandón es un personaje real.

∞∞∞∞

Me gradué y fui designado profesor en la única escuela de ese pueblo abandonado en la Cordillera de Los Andes. Fuera de las horas de clase en que me sentía acompañado de los niños, el resto del tiempo entraba en un estado de angustia y de melancolía.

Yo no sabía beber, pero allí el alcohol fue el refugio para huir de mi soledad y casi todas las noches me embriagaba, unas veces con el teniente político, otras veces con el peluquero y otras con el único policía destacado en ese desamparo.

Todo el poblado constituía una docena de casas ubicadas en forma cuadricular, frente a la espaciosa plaza de tierra, con el convento y la casa del cura al centro. De estas, solo el convento, la escuela y la tenencia política eran de dos plantas, las demás no disponían sino de una planta con dos o tres cuartos y un patio oscuro y húmedo al fondo.

A las cuatro de la tarde bajaba la neblina de los cerros vecinos e inundaba todo el pueblo. Entonces nos recluíamos en nuestras habitaciones, se cerraban puertas y ventanas y comenzaba una noche pesada y lenta que parecía interminable. A las cuatro de la tarde el pueblo moría, yo agonizaba también de tristeza y soledad frente a una botella de alcohol.

Antes de que cayera la neblina me instalaba donde el peluquero o donde el teniente político y con premeditación procuraba hacer amena la charla, tratando algún tema que podría interesarles y luego invitaba una copa. Era mi temor por estar solo, mi aburrimiento o la fuga de mi soledad. Después, ya ebrio, miraba todo sin importancia y dormía hasta el siguiente día, para volver a lo mismo.

Ese día, cosa rara en el pueblo, a eso de la una de la tarde reventaron petardos por los cerros y unos indios extraños que parecían de otras parcialidades, asomaron en la plaza, con un aire de misterio, husmeando, como si algo buscaran, como si estuvieran siguiendo la pista de algún animal perdido. Cruzaron la plaza mirando a todos lados; parece que quisieron dirigirse a la casa conventual pero luego cambiaron de dirección, después ocultándose en una de las esquinas espiaron un rato más y desaparecieron.

Yo percibía algo en el aire denso de aquella tarde. Presentimientos extraños y miedo se apoderaron de mí. Sentí un profundo deseo de abandonar el pueblo y en ese estado de inquietud no pude dar clase.

Antes de la hora de costumbre mandé a los niños a sus casas. Uno de ellos al salir me dijo con cierto tonito de contento:

—Noche de fiesta habrá en el pueblo. Taita quedó limpiando quipa. Trago tan mandó a comprar en la cantina de loma.

Esto me desconcertó más; pues el calendario no traía fecha religiosa ese día.

Entonces me acordé de lo que me contó el peluquero, sobre unos indios que estaban acechando a una mujer del pueblo para matarla, sin esperar más, fui a la peluquería.

Era una tienda pequeña empapelada de periódicos y con profusión de cromos y calendarios. Al centro, clavado en el suelo estaba un sillón para el oficio, comprado de segunda mano, con los brazos forrados de corosil verde. Al frente estaban dos espejos grandes adornados en los bordes con papel brillante y pájaros dorados en la parte superior.

A un costado, a la entrada de la tienda, en una vitrina de madera color azul, el peluquero guardaba con cuidado, jaboncillos, peinillas, frascos de brillantina, almanaques “Bristol”, aspirinas, cigarrillos, fósforos y fulminantes para escopeta.

En el piso de anchas tablas toscas se destacaban, por su blancura, dos escupideras antiguas de fierro enlozado.

El peluquero un chazo de sesenta años, con el cabello negro y lacio partido en la mitad e impecablemente peinado con brillantina, hablaba ceremoniosamente tratando de exhibir en todo momento sus dientes en fundas de oro.

Me recibió con un aire de misterio y llevándome a un lado, como si alguien nos hubiera podido escuchar en esa soledad, me dijo en voz más que baja.

—No sabe esta noche es.

—¿Qué ocurre? —le pregunté.

—¿Ya no se acuerda? —me dijo— eso que le conté la otra noche, de la Escandón y taita cura. Bueno ¿sabe lo que ha pasado?… Pero venga, venga más adentro para contarle todo. Y me condujo a una recámara de la peluquería, donde había tres sillas rústicas y una mesa redonda con un reverbero y una poma con licor.

—Siéntese, tomemos algo. Esto está que revienta maestrito. Dará oyendo. Ha ido la Escandón donde el jefe civil y militar a quejarse que taita cura le ha robado unas tierras y el jefe civil le ha hecho llamar al párroco y le ha dicho en la cara que es un ladrón y que devuelva la propiedad a la perjudicada.

—El cura ha llorado al salir de la gobernación y los indios han jurado que van a matar a la mujer y esta noche dizque puede ser la cosa. ¿Qué le parece?

—¿Y cómo sabe usted, todo esto? —le pregunté.

—Un tal Quintuña, que tiene una pulpería en la quebrada me acaba de ir contando, me dijo que unos indios de apellido Guazhambo que viven en la loma grande, le han ido palabreando a él también.

Quedamos un momento en silencio y bebí el trago que me invitó, con más vehemencia que otras veces. El peluquero se asomó a la puerta, la neblina no bajaba aún y miraba a todo lado sin volverse a mí, dijo:

—Todo está tranquilo. Silencioso está todo.

Seguimos bebiendo y el peluquero volvió sobre el tema.

—El otro día cuando pasó con el agua le dije: “María no demandes a taita cura, no has de sacar también nada, lo perdido, perdido está”.

Pero ella me contestó bien brava:

—Tierrita, herencia de mi mama, por qué pes, tierra para sembrar maicito, por qué pes. Taita cura quiere robar sin motivo. Como he de dejar pes.

Y cuando ha llorado el cura los indios dizque le consolaban diciendo:

—No llores taita amitu. No hagas caer desgracia en pueblo. Ya nos pagará esa bruja. Porque dicen pes, así he oído contar —siguió el peluquero— que la Escandón es compactada con el maligno. Que dizque sabe de las tres magias. De la magia blanca, de la magia negra y de la magia amarilla. No ve que hay las tres magias de acuerdo a los tres reyes magos y según y conforme con la fachada de cada cristiano.

Y algunos cuentan, que vuela algunas noches, en especial los viernes con la luna llena. Dizque pasa bajito por la torre de la iglesia, diay y dizque vira para la quebrada y a las guaguas que le sienten pasar les duele el estómago, como son espíritus puros y solo el canto de los gallos dizque puede ahuyentarla, no ve que el gallo tiene esa potestad que le dio Nuestro Señor, desde que le cantó las verdades a San Pedro en la noche del Rey Herodes.

—¿Y usted cree que esa mujer es bruja? —le interrumpí.

Yo no hago sino conversarle según tal y conforme otros conversan. Diay que mis ojos hayan visto, no han visto, para qué. Ahura lo que, si vide y con estos ojos que se han de hacer polvito, es que un día llegó la Escandón de la feria, amarcada un chivo negro, que después se hizo como toro. Porque cuentan pes que las leyes de la magia negra y de la masonería mandan besar el rabo del chivo en día viernes, pero a la media noche.

Me asomé a la puerta para observar la plaza. La neblina había caído totalmente. Todo no era sino una inmensa masa plúmbea que no permitía ver nada ni a un metro de distancia. Cuando me quedé mirando la plaza con la neblina, sentí como si me faltara la respiración, como si me fuera a ahogar encerrado en un túnel y volví a mi asiento. El peluquero había encendido entre tanto su lámpara Petromax junto a la cual nos amanecimos y seguimos bebiendo.

Yo estaba sirviendo un turno, cuando sentí que los brazos se me paralizaron. Un petardo sonó afuera y luego comenzaron a reventar más cohetes y un bullicio infernal llenó de pronto la plaza como descolgado del cielo.

— Ya ve, no le dije —gritó el peluquero y de un salto fue a cerrar la puerta atrancándola con lo que podía, poniendo todas las seguridades posibles.

—Venga, venga —me dijo y tomándome del brazo me llevó hacia un extremo de la tienda, donde había una ventanucha con rejas de hierro, desde la cual contemplé toda la escena.

La plaza había cambiado de aspecto. Ahora todo era un torbellino de fuego. Un círculo rugiente de llamaradas y maldiciones. Masas compactas de indios afluían al centro por las cuatro esquinas con antorchas y mecheros ardientes. Rugían las quipas y las chirimías en las bocas poderosas de los indios. Cohetes y petardos no dejaban un solo instante de atronar en el espacio.

El repique de las campanas y el alarido de los indios hacía temblar el aire denso de humo y nubarrones negros.

La multitud había copado la plaza. Centenares de indios se movían como en un mar enfurecido.

Rostros de alucinación, muecas de ira, ojos encendidos por el alcohol, bocas espumosas lanzando gritos desarticulados, giraban en un torbellino de humo y fuego.

De pronto pude ver, nítidamente, un grupo de indios que se habrían paso a trompadas arrastrando con sogas a una mujer semidesnuda, con un largo camisón blanco en jirones, que tropezaba a cada paso, gesticulaba enloquecida de angustia, su rostro delgado y anguloso parecía envejecer más a cada paso, a cada tirón de las sogas, a cada caída.

Algo gritaba, quizá clamando misericordia, pero sus alaridos se perdían entre la masa vociferante.

La multitud le increpaba en un coro satánico.

—Ahora demanda a taita curita.

—Ahora di ladrón a taita curita.

—Ahora llama al viejo blanco gobernador a que te defienda.

Y un vocerío poderoso como si naciera de la misma tierra llenaba toda la plaza.

—Muera la comunista.

—Muera la bruja.

—Muera la masona.

—¡Viva taita curita ¡

Algunos indios borrachos y a caballo caían al suelo aparatosamente o atropellaban a las indias que rodaban, borrachas también, con sus criaturas a la espalda.

El relincho de los caballos, los ladridos de los perros, el llanto de los niños asustados, campanas, cohetes, quipas. chirimías, todo en un marco enrojecido por el fuego de las antorchas, me transportó a un mundo que no era el nuestro.

¿Esta era la plaza donde jamás vi ocurrir nada, donde solo las gallinas levantaban pequeñas nubes de polvo durante el día y a la tarde la neblina llenaba todo de un silencio de eternidad?

Aturdido me retiré un momento de la ventana. Los ojos me dolían desde adentro. En un rincón, con el rostro vuelto a la pared, el peluquero lloraba y entre los sollozos parece que le oí algo como:

—Esta noche no hay Dios, Nos ha abandonado. Esto es el infierno.

Resplandores rojizos cruzaban como relámpagos por los espejos de la peluquería y sombras gigantescas danzaban en el tumbado.

Sentí dolor de estómago y de un sorbo me tomé una copa repleta y luego algunas más. Como nunca, hubiera querido caer inconsciente, dormir, desaparecer de aquel escenario. Un momento pensé que debía salir, gritar, condenar el crimen. Pero luego me senté en el suelo desfallecido e impotente.

Después, no sé cómo, ya estaba otra vez con el rostro aplastado junto a las rejas de la pequeña ventana. Sentí vergüenza de mí mismo.

Ya habían amarrado a la mujer a un poste de hierro en el centro de la plaza, ella se retorcía como un arbusto al viento. Abría su boca hasta el desgarramiento. Debía estar lanzando alaridos de angustia.

Una india borracha se acercó al poste y con un garrote grueso golpeó la cara de la víctima. Vi como la sangre inundó su rostro.

—No la maten a golpes —rugió una voz—. Hay que chamuscarla.

Un rumor general se extendió por la plaza, como cuando el viento pasa por la cebada.

—Quemen a la bruja —rugieron todos.

—Llama al blanco panzón del gobernador, gran bruja— vociferó un indio alto y abriéndose camino en el gentío arrojó el contenido de un tarro de hojalata en el cuerpo de la amarrada.

Al instante comprendí que era gasolina por el olor que cundió en la plaza.

Inmediatamente estalló una hoguera alta y crepitante, encandilado, no pude ver sino el cuerpo de la mujer que se estremeció en un sacudimiento espantoso.

Después hubo un silencio impresionante, los indios se habían quedado como idiotizados, mirando la hoguera y en toda la plaza no se oía sino el chisporroteo de las retamas fulgurantes y a trechos el llanto de los niños asustados.

La hoguera ardió un tiempo que no puedo calcular ahora, pero que me parecieron siglos. De pronto una música triste reventó en un rincón. Un grupo de indios tambaleándose por la embriaguez con violines y guitarras avanzaban hacia el poste, seguido por algunas indias cantoras que traían un Cristo en andas. Las indias más bien parecían llorar.

—Perdón oh Dios mío, perdón, indulgencia, perdón y piedad.

—Taita Dios, no castigues al pueblo por culpa de esta bruja —gritó un indio viejo encaramado en una piedra y alzando los brazos al cielo, continuó— ya ha pagado la condenada.

La pequeña procesión se ubicó junto al poste del martirio y allí dejó al Cristo que parecía más lívido en esa noche negra.

Después todo se fue apagando. La multitud se escurrió entre las sombras por las esquinas de la plaza. Las mujeres arrastraban a sus maridos borrachos. Un ruido sordo de retirada se oía en el aire detenido y maloliente, mientras las llamas, ya bajas, agonizaban sin sonido.

En la plaza ya no quedaba nadie. La brasa ardía aún, y al pie del poste solo pude distinguir un pequeño tronco ennegrecido.

Me parecía haber vivido mil años de golpe. Como si hubieran quemado también por dentro todos mis nervios, todas mis entrañas, todas mis venas, me dejé caer desfallecido en una silla.

El peluquero junto a mí lloraba en silencio. Yo creía estar abandonado en el mundo. Bebí de nuevo y bastante y no sé por qué, en ese instante me acordé del Cristo que las indias trajeron en hombros.

Volví a la ventana. Todavía ardían algunos carbones y con su resplandor pude ver claramente los ojos del Cristo. Parecían como con vida. Desorbitados de dolor, miraban la tierra negra y dura. El peluquero volvió a decir algo, como “una noche sin Dios”.

 


Eugenio Moreno Heredia (Cuenca, 1926—1997). Poeta. Narrador. Ensayista. Catedrático universitario y Magistrado de Justicia. Segundo Premio Mundial de poesía sobre el tema de la Paz (Praga 1952), Condecoración Nacional al Mérito Educativo y Cultural de PRIMERA CLASE por el Ministerio de Educación y Cultura. Premio Fray Vicente Solano (1978), Premio Duende Soñador (1996), Poemas traducidos a varios idiomas, consta en distintas antologías. Poesía: Caravana a la noche, (1948), Clamor del polvo herido (1949), La voz del hombre (1950), Poemas de la paz (1953), Baltra (1950—1960), Poemas para niños (1964), Ecuador padre nuestro (1968), Solo el hombre (1972), Antología (1974), Trilogía de la Patria (1978), A tiempo de salvarnos (1981), Poesía (1983), Gallito de barro (1986), Corneta y tambor (1986), Presente vivo (1989), Nueva Antología (1996—1998), Colección Memoria de vida N. 4 (2005). Ensayos: Antología del grupo ELAN (1977), Alfonso Moreno Mora y la Generación Decapitada, coautor con Agustín Cueva Tamariz (1978), Introducción y Selección a la Poesía de Alfonso Moreno Mora (1990). Cuentos: El muro de las lágrimas (2005), Cuentos para niños (2004).

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