Otras inteligencias. Fisuras en los prejuicios sobre las formas de vida y la inteligencia | Mircea Băduț

Por Mircea Băduț

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria desde Rumania)

 

A finales de mayo de 2013, la NASA anunció por primera vez que cabía la posibilidad de perder el telescopio espacial Kepler. Y esto apenas un mes después de que anunciaran el descubrimiento, con la ayuda del mismo Kepler, de otro grupo de planetas similares a la Tierra en la constelación de Lyra, ubicado a 1200 años luz de distancia. ¿Cuál era la causa del problema? Fallo del equipo de reposicionamiento. Desde su órbita heliocéntrica, el telescopio tenía una vista especial de la galaxia, pero, al estar a 64 millones de kilómetros de nosotros, no podía beneficiarse de alguna misión de rescate. Con todo, Kepler hizo completamente su trabajo: más de mil exoplanetas identificados en nueve años de servicio, entre 2009-2018. Equipado con equipo fotométrico de alta precisión, el telescopio espacial envió una cantidad sustancial de información a la Tierra.

Un aspecto particular del telescopio “cosmonauta” fue su misión: descubrir planetas similares a la Tierra. Para ello, Kepler fue diseñado para aprovechar un cierto artificio óptico para señalarnos esos planetas, que consistía en la evaluación de la luz de la estrella central mientras esta estaba siendo eclipsada por el planeta candidato, que a la par estaría orbitando dicha estrella. Más exactamente, medir los planetas que tienen un tamaño apropiado y que están ubicados poco más o menos a la distancia correcta de su estrella sistémica para que puedan acomodar agua líquida. (Véase también el concepto ESI – Earth Similarity Index (Índice de similitud terrestre)).

De la xeno-vida a la meta-vida

Esta fue la intriga o, mejor dicho, la idea que cristalizó una serie de pensamientos fluidos…

De alguna manera, es natural que la humanidad busque otras formas de vida en el espacio/cosmos. En unas pocas décadas, buscaremos allá con la pretensión de encontrar recursos o espacio vital, pero esa es otra historia. En este sentido –xenón biológico, o incluso xenón sociológico– podemos especular bastante… y de manera ilimitada.

A la par, natural y justificable es la suposición de que la vida está relacionada con la presencia de agua. Sí, estamos condicionados por nuestra propia naturaleza, y no nos es fácil pensar fuera de ella. Y cuando –o si– surge la pregunta opuesta: ¿Podría haber una vida “inorgánica”?, necesitamos de un esfuerzo imaginativo adicional para construir ciertas hipótesis. Digamos, en todo caso que ¡la imaginación individual no es imprescindible, porque si tenemos el lenguaje y la comunicación, los investigadores de la “ciencia” y los escritores de “ciencia ficción”, solo siendo muchos, no necesariamente como una multitud sincrónica, sino psicosocialmente concertados, ¡ya constituimos un pensamiento-poder!

De ahí que se podrían construir las hipótesis con otros desafíos. Y, muy probablemente, una de las preguntas emergentes revelará, por sublimación, el concepto de… hiper-vida, o de meta-vida, en otras palabras, sobre la inteligencia: un superproducto de la vida, la máxima expresión de una vida superior organizada. (Vida superior “última”, creemos, en estos siglos …)

Más allá de la inteligencia preconcebida. Inteligencias post-concepto

Es normal, después de pocos milenios de habitación consciente, creer que la inteligencia es prerrogativa exclusiva de la vida orgánica. Y si/cuando surgen preguntas que fuerzan los límites de este hábito reflexivo, entonces, para construir filosóficamente, nos esforzamos por definir qué significa realmente la inteligencia, o cómo se constituye el pensamiento. Y tal vez partiremos del modelo bioelectroquímico: ciertas sustancias orgánicas excitan iónicamente las membranas celulares neuronales concatenadas para transmitir y procesar datos, un proceso diminuto, pero que, mediante acumulaciones y concertaciones casi infinitas, ensambla manifestaciones inteligentes.

Entendemos, en primer lugar, que se trata de una gran cantidad de microprocesos complejos interconectados. Al asimilar epistémicamente este postulado –con los riesgos asumidos a largo plazo–, podemos pensar en la siguiente pregunta de forma lógica: ¿Sería posible que otros materiales, distintos de los biológicos, formaran complejos con una magnitud tan necesaria? Es probable que lo aceptemos, con algún exceso de generosidad, la respuesta, en principio, positiva. Podríamos suponer, por ejemplo, que los minerales llegarán allí en condiciones especiales, constituyendo así un sustrato potencial para la inteligencia.

Entonces, ¿no recaemos al limitarnos al reino material? ¿Qué pasaría si la entidad de apoyo para la inteligencia –o para la vida, para hacer una pequeña pero importante apelación al origen de la historia– no es material, sino más bien de naturaleza energética? En este marco, y después de solo un siglo de intensa explotación energética, tal vez todavía exista espacio para otros descubrimientos o para nuevas ideas. En cierto sentido, estaríamos dispuestos a creer que allí podría existir una inteligencia electromagnética: el mismo siglo de experiencia ya nos confirma que las ondas se pueden modular y componer en formaciones dinámicas y complejas. Sin embargo, sigue siendo desagradable reflexionar –desde la misma perspectiva antropocéntrica– el hecho de que una inteligencia como tal no sería fácilmente compatible con la nuestra.

Ya en el tema, a lo largo de este intento de exo-filosofar sobre la inteligencia, estaríamos tentados a tomar las actuales computadoras electrónicas –a veces incluso constituyendo núcleos de inteligencia artificial– como modelo para definir el concepto de inteligencia. Aunque las analogías parecen funcionar, prefiero evitarlas por ahora…

Aquí, antes de la xeno-inteligencia

Entonces, de alguna manera colocándome en la posición del abogado del diablo en esta mesa virtual de interesantes discusiones especulativas, contraatacaría con una pregunta bastante problemática: dado que todavía aceptamos la idea de una inteligencia diferente a la nuestra –con la que podemos o no coincidir–, ¿por qué no lo buscamos en la Tierra? Ya sea esta orgánica, mineral o energética.

¡Y el asunto aún continúa! De hecho, ¿cómo podríamos revelar (o conocer) la existencia de otra inteligencia conviviente? ¿Qué métodos podríamos utilizar para identificarla, evaluarla o certificarla? –¿No son nuestros criterios limitantes a priori?– ¿Los categorizaríamos como inteligencias solo si vivieran en sociedades muy funcionalmente organizadas como las de las hormigas o de las abejas? ¿O, quizá, atenderíamos a aquellas por el hecho de que tengan un lenguaje articulado? ¿O a través del prisma de alguna potencia psíquica clave, como la empatía o la autoconciencia, tal como se puede ver en elefantes, cetáceos o primates?

Si no han construido ciudades, si no han escrito libros, si no tienen transporte, ¡¿esos seres/entidades, desde ya, no podrían postularse para nuestra etiqueta de inteligencia?!

La inteligencia según los maestros de la ciencia ficción

Por supuesto, se puede especular por más tiempo –constructivamente o no– sobre el tema de la manifestación de otras inteligencias –ya sean intra o extraterrestres–, así como sobre las condiciones necesarias para el surgimiento de vida extraterrestre como soporte para el pensamiento. Pero para no perdernos en las divagaciones capilares, sugiero que consideremos en seguida a aquellos que ya han escrito de manera significativa sobre el tema.

Desde el principio, y sin salir corriendo del planeta madre, me viene a la mente la novela de Karel Čapek, La guerra con las salamandras (1936). Es una especulación admirable –por su idea subliminal y autoirónica, pero también por la veracidad bien simulada– sobre la convivencia y la eventual conciliación de dos inteligencias semejantes que viven en un mismo planeta.

Y también recurriría a la categoría de prosa corta. Aquí, la inmediata referencia es “Hija” (1954), un cuento de Philip José Farmer, donde conocemos formas de vida e inteligencia radicalmente diferentes: madre e hijas son enormes moluscos, con un poco de inteligencia –y que interactúan con el terrícola que se pierde allí–, las cuales tienen un desarrollo biológico único; y también está su enemigo natural que es capaz de encarnar la forma y composición química de las conchas de los moluscos que atacan.

Además, está la cuestión de la inteligencia oceánica en el planeta Solaris (de la clásica novela homónima de 1961 de Stanislaw Lem) que nos perturba de muchas formas, incluso a través de la sugerencia de que no es la razón, sino el amor y el sacrificio lo que puede ayudarnos a cruzar la barrera de incompatibilidad entre nuestra inteligencia y la ajena.

Sin embargo, quizás la referencia más expresiva a nuestro tema y a la pregunta provocativa: “¿cómo diablos definimos realmente la inteligencia?” –abordada aquí alegórica más que científicamente– nos viene de esa historia de Arthur Bertram Chandler en la que un grupo de exploradores terrestres son capturados por los habitantes de un planeta insalubre –biológicamente arraigado como la Tierra (ver el ESI), pero con mucha humedad– y mantenidos durante mucho tiempo en jaulas como si fueran muestras de algún tipo de zoológico; un día los lugareños notan que uno de los terrícolas del grupo captura un animal local y lo pone en una jaula; así reconocemos a la nuestra como una especie inteligente. Si se adivina, fácilmente la historia se llamaba “La jaula” (1957).

No podemos cerrar esta miniexposición sobre la relación con la xeno-inteligencia sin mencionar la bonita historia de Philip K. Dick “Beyond Lies the Wub” (1952). O tal vez esa historia del contacto alienígena controlado por el Ejército de los EE.UU., en el que el mensajero alienígena es inicialmente (o supuestamente) humano, y luego solo vagamente antropomórfico, para finalmente tomar su forma nativa de… burro. ¿Alguien recuerda cómo se tituló esa historia?)

 


Mircea Băduț (nacido el 15 de noviembre de 1967) es un escritor e ingeniero rumano. Se graduó de la Facultad de Ingeniería Eléctrica de la Universidad de Craiova, Romania, en 1992. Escribió once libros técnico-científicos (de informática aplicada) y seis libros de ficción (prosa breve de ficción; prosa ensayística de matices filosóficos, psicológicos y antropológicos). Ha escrito más de cuatrocientos artículos científico-técnicos para revistas de Rumanía y Europa. Parte de su breve prosa ha aparecido en diversas publicaciones y antologías en Rumania. En varias revistas nacionales o mundiales han aparecido ensayos escritos sobre temas sociales, antropológicos o literarios. Libros técnico-científicos: Calculatorul în trei timpi (Editura Polirom, 2017, ediţia a V-a); AutoCAD-ul în trei timpi (Editura Polirom, 2014, ediţia a IV-a); GIS – sisteme informatice geografice (2007/2004); Sisteme geoinformatice pentru electroenergetică (2008); Sisteme geo-informatice pentru administraţie şi interne (2006); Gestión de la informática (2003); Bazele proiectării cu MicroStation (2001); Bazele proiectării cu Solid Edge (2003/2002); Informatica pentru manageri (1999); Calculatorul personal (1995); Bazele utilizării şi programării PC-urilor (1994). Libros de prosa: AntropoLexical DonQuixotisms (EuroPress Bucuresti, 2015, 2017); El retorno perenne (Întoarcerea perenă; EuroPress Bucuresti, 2018, 2020); El regreso del hermano pródigo (Întoarcerea fratelui risipitor; EuroPress Bucuresti, 2014); Segundas ficciones (Fictiuni secunde; EuroPress Bucuresti, 2016, 2020); Ficciones familiares (Fictiuni familiare; coautora Anca Bădut, su hija; 2011); Ficciones primarias (Fictiuni primare; editorial Conphys, 2006). Los libros en prosa han otorgado al autor varios premios literarios en Rumania.

 


Foto portada tomada de: https://pixabay.com/es/illustrations/binaria-c%C3%B3digo-2175285/

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