Lo vislumbrarás | Carlos Enrique Saldívar

Por Carlos Enrique Saldívar

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria desde Perú)

 

Era algo que Mateo trataba de olvidar cuando en los días vespertinos se posicionaba en la ventana e intentaba descubrir grandes promontorios de felicidad, y no había nada en ellos.

Buena parte de su vida la pasó así: perdido en la más adusta oscuridad, no comprendía el mecanismo de alegría que tenían los seres vivos al contemplar el universo celeste y la lindeza total del ser humano. Ya era un hombre casi adulto y aún quería penetrar en un plano de realidad que cada vez se le hacía más esquivo.

Lo logró un día en que sus padres se mudaron desde Lima hasta una región perdida entre las montañas donde los rayos del sol casi nunca se iban y las gentes que trabajaban en el campo estaban siempre interconectadas sonriendo, con una alegría asombrosa.

Al joven, al principio, no le importaba nada de eso.

Nunca tuvo ningún amigo. Nunca tuvo un amor. Desde pequeño siempre mantuvo una tendencia a ensimismarse y a soñar, a observar en lo hondo su alma mundos fantásticos, incomprensibles, llenos de seres fabulosos provenientes de las historias que su querida madre le narraba antes de dormir, luego fue su hermosa hermana quien le contaba los relatos hasta que por fin aprendió a leerlos por sí mismo. Las cosas eran diferentes para él dentro de su imaginación fértil, se agitaban en su mundo deliciosas beldades rescatadas por mancebos que luchaban contra dragones y criaturas aborrecibles, para al final vencer. En su universo había castillos mágicos, espesos bosques, criaturas bellas y fabulosas que lo amaban; mares colmados de bondad, tierras llenas de sabiduría y gentes libres de toda esclavitud. Un mundo de ensueños y placeres, de aventuras apasionantes y amores eternos.

Eso era, de momento, lo único que al joven le interesaba.

Su madre le preguntó cuando estaba en el auto:

—¿Te sientes bien? —con ternura.

—No. No quiero ir allí —respondió el joven mirando hacia la nada con sus lentes oscuros, con su sempiterna expresión seria y melancólica. Después que el mayordomo puso las maletas encima del auto apareció el padre, dijo que el resto de sus bienes se los mandarían al cabo de unas fechas. Podían huir del ruidoso caos del entorno urbano para lograr internarse en la inmensidad del campo y lo mejor era que no tendrían que vivir allí por siempre, solo tenían que centrar sus esperanzas en que todo mejoraría y que el cambio de clima ayudaría a aquel muchacho, casi hombre, a llevar una mejor dirección en su vida.

Partieron. Su hermana se sentó junto a él y quiso hablarle, pero el joven se negó, quería meditar, mirar por la ventana sin ver nada realmente, sino imaginar que atisbaba algo que no estaba ahí, en la existencia, sino en su esencia fantástica y superrealista. Su hermana se sintió mal cuando notó la lejanía de Mateo, se puso a conversar con su madre y lo dejó observando a la nada, como casi siempre lo hacía. La chica pensó que quizá nunca su hermano podría despertar al mundo verdadero, aquel en el cual el resto de su familia vivía. El joven se sintió mal por rechazar a su hermana, tan alegre y núbil como él. Su hermana menor era bella y él lo sabía. Cuántas veces tocó su rostro, sintió sus formas, el cálido abrazo de ella que lo hizo sentir reconfortado.

Algún día quizá, si pudiera caber la intención de amor en su corazón, y si alguien lo aceptaba tal como era, esperaba encontrar a una mujer como Mariana, aunque deducía que en el mundo real era muy difícil encontrar doncellas de ese tipo, que lo amaran sin pedir nada a cambio, sin importarles su condición. Su hermana era especial y él la quería mucho. Adoraba también a su padre y a su madre, quienes nunca perdieron la paciencia con él, ¡y los había tratado tan mal! No obstante, se olvidaba pronto de eso y al final acababa perdiéndose en sus sueños de amor y aventuras. Sabía que si cupiera algún día el amor en su corazón no lo hallaría en ese mundo creado por él, no ubicaría a la mujer perfecta, ya que esa tierra no existía, él lo sabía, mas lo aceptaba como suyo, era suyo y en aquel mundo era rey, y podía lograr los milagros más alucinantes que la mente humana hubiera podido concebir. No habría amor de momento, quizá nunca, y sus padres a veces lloraban en silencio por él.

Cuando era un niño pequeño, no podía caminar bien, recién lo hizo hasta casi los doce años. Durante ese tiempo su vista fue mermando debido a una enfermedad degenerativa. Fue así que tampoco, desde aquella época, podía contemplar a los demás seres humanos y la belleza de las cosas, por eso siempre decidió crear una imagen del mundo (la de sus primeros años) como un lugar inhóspito, que guardara secretos profundos dentro de su seno. Mateo los desentrañaría todos algún día, cuando se recuperase, pero tardó mucho en caminar; cuando transcurrió parte de su adolescencia, lo hizo en muletas. Con el tiempo logró andar sin ayuda, sin embargo, los médicos le dijeron que su otro problema era incurable. Sencillamente le fallaba algo en el globo ocular que sí tenían los privilegiados escrutadores, que a veces usaban su don para poder visionar cosas obscenas presentes en el mundo. No era su culpa, ni la de ellos ni la de nadie; los hombres pueden, en general, ver todo y el joven no se lamentaba por esa injusticia del destino. Lo comprendía, a su modo. Pero no era feliz y siempre hizo lo posible por demostrarlo, por eso tuvo escasa gente cerca de él. Siempre en el colegio le hicieron la vida imposible, lo insultaban y le pateaban las muletas no importaba que estuviera mas desventajado que los demás. El ser humano, sobre todo el adolescente, puede ser muy malo a veces y es quizá por causa de su imperfecta humanidad que poseen un lado cruel. El modo de ser de Mateo, huraño y retraído, no le ayudó demasiado. Empero, después de algunos años de cuantioso sufrimiento para aprender distintos temas como: matemáticas, química, biología y lenguajes, usando un método especial para personas con habilidades diferentes, logró graduarse del colegio y sorprendió a todos, en especial a aquellos que lo amedrentaron durante su larga (más de lo normal) estadía en una casa de aprendizaje.

No alteraría a su familia cuando decidió no seguir con sus estudios, la universidad le parecía una dimensión lejana en la que era mejor no inmiscuirse. Quiso quedarse en su casa y nunca salir, tener contacto cero con el mundo, se recluyó en su habitación; a menudo escribía historias que no compartía con nadie. Algunas veces su hermana encontraba en un cajón, mientras él comía o dormía, aquellas narraciones donde le rendía tributo a la bondad de sus familiares. Había una gran fuerza evocadora ahí, creatividad de ángel, y Mariana no podía dejar de leerlas. Las guardó en el corazón, le reveló a su hermano que las había hallado y disfrutado e intentó disuadirlo para darlas a conocer al mundo, pero él se enojaba, rechazaba tal proposición (nunca supo por qué exactos motivos) y mantuvo durante años aquella posición de monje, desconectado de toda influencia externa.

Muchas cosas pasaron durante aquel aislamiento. Las noticias del planeta seguían su curso inmanente. Mateo trataba de evadirlas a toda costa, pero una vez se enteró de que hubo una serie de desastres naturales en el interior del país; eso lo perturbó, se dijo que tal vez no estaba muy lejos de suceder lo mismo en el sitio donde radicaba él. Luego vinieron las pesadillas, en las cuales era transportado a lugares horrendos donde el miedo lo consumía hasta hacerle aullar como un loco, y en aquellos sueños negros veía, ¡veía!, podía observar la ciudad sin nombre que se orientaba mas allá de valles oscuros donde la luz del sol nunca llegaba. La ciudad que él había creado en su mente representaba la flor de sus deseos y no pudo aquella fantástica ciudad superar a la ciudad tenebrosa, pero él esperaba que algún día la ciudad de Xihuavi, como la llamaba, morada de hermosos dioses, se extendiera sobre la tierra, emergiendo como una promesa de ilusiones desde el centro del globo y acabara con toda la maldad reinante.

En uno de sus viajes hacia los poblados aledaños sus padres pusieron música en el auto, su hermana cantaba algunos pasajes con su melodiosa voz, le habían dicho que podría llegar a ser una cantante, pero a ella dicha opción la intimidaba mucho, quizás algún día se decidiera a seguir aquella ruta sin temor alguno. Los padres observaban a su hijo, su padre lo oteaba por el espejo retrovisor, su madre giraba su cara para mirarlo. Mateo seguía absorto en sus pensamientos que se traducían en imágenes dentro de su mente. Cuando dirigía el rostro hacia el paisaje circundante, ya había salido de terreno urbano y quedaban unas horas por la carretera, hacia el este, el padre pensó en hablarle, aunque desistió de tal decisión, pensó que en aquellos años de desventaja la mejor opción era dejar solo a su hijo, que intimase con su mundo privado. Se dijo que, en algún momento, de tanto soñar, su hijo despertaría tarde o temprano, sobresaltado quizá. Era extraño, parecía que Mateo podía ver los alrededores a través de la ventana del carro, mas todos sabían que no era así. Lo que Mateo miraba nadie lo sabía con exactitud, aunque lo intuían y sabían que eran cosas tanto buenas como malas. Por instantes, Mateo no se mantenía incólume, se ponía ansioso; ya estaban comenzando a despertar las pesadillas, esto era una señal de que había que llevarlo al especialista, pero su padre sabía que era perder el tiempo. Durante esos pocos años ninguno de sus progenitores había podido hacer algo por su hijo. La idea del viaje a esa región había sido muy buena de todas formas. La estadía en un lugar tan tranquilo atenuaba a menudo con rapidez los estados de tensión de Mateo. Sin embargo, sus padres no eran reacios a probar alguna solución inmediata si se daba el caso, no consideraban correcto que la terapia psicológica se hubiera interrumpido tan de pronto. Era más el pensamiento de su madre, la cual, al contrario de su padre, quería solucionar pronto la tristeza de su hijo para que pudiera integrarse al mundo real. Su hermana, por su lado, pensaba que el joven tuvo la mala suerte de toparse en su vida con gente canalla, tal vez si hubiera logrado conocer a alguien de buen corazón en su corto andar por la existencia, su percepción del universo fuera distinta ahora. Toda opción era inútil, la ayuda profesional no progresaría, al menos no por aquella época, de seguro más adelante, en unos meses. El muchacho seguía triste, mirando sin ver por la ventana; una lágrima resbaló por su mejilla, pero nadie lo vio.

Hace dos años llegaron a la casona alta, situada en la cima de un monte. El carro pudo llegar después de tres días de viaje. Se hospedaron en hoteles de paso durante el trayecto. Se detuvieron también para comer en restaurantes del camino. El padre manejó con gran cuidado, descansaba en cierto punto un par de horas, y cedía el volante a la madre y también a la hija. Llegaron casi al amanecer. El paisaje era extraordinario. Había otros montes repletos de verde fulgor, y a lo lejos se percibía la entrada de un bosquecillo. Alrededor había huertas y casas de los campesinos, y más allá se ubicaban haciendas de gente adinerada. La casa de la familia era sencilla al lado de otras mansiones acaparadoras, y estaba alejada lo suficiente como para empezar una nueva vida y respirar otros aires. Una vida en al cual el joven pudiera desenvolverse con más libertad pudiera salir al ambiente natural sin tropezarse y, si se caía, sin lastimarse porque había abundante pasto, las piedras eran escasas en esa zona. Lástima que no pudiera contemplar ese paisaje, las flores tampoco eran muchas, pero eran notorias: tonalidades de rosa, fucsia y amarillo podían contemplarse a los lejos, muy cerca de los sembríos. El clima ahí era cálido y un sol que parecía sonriente podía atisbarse por encima de las montañas en la inmensidad de su lejanía.

Todo lucía perfecto, entraron a la casa, desempacaron; unos días antes el padre había ordenado preparar la casa transportando algunos muebles deseados por la familia. La vivienda ya era habitable, solo tenían que acomodarse, y así lo hicieron.

El joven aún estaba entumecido por la incomodidad de haber dormido en el auto, pero despertó de sus ensueños y un pensamiento cruzó por su mente: ¿cómo haría su hermana para continuar sus estudios si estaban tan alejados de la civilización? Su madre podía quedarse con él, pero ¿cómo haría su papá para trabajar desde esa zona hacia la ciudad? Pronto entendió la razón por la que estaban ahí, en parte era por él, para que aprendiera un nuevo estilo de vida, más sereno y sosegado. Luego supo que a su padre lo habían destinado a ese sitio para poder dirigir la labor de los campesinos contratados en aquella zona; su especialidad eran los árboles frutales, su progenitor era experto en botánica, podría permanecer gran tiempo ahí, era una labor un tanto sacrificada, su papá bien pudo haberse negado y tener un empleo más tranquilo e igual de remunerado en la ciudad, sin embargo, escogió aquel lugar por el bienestar de su familia. El cambio de clima implicaba un cambio de habitación para el espíritu.

Mateo ingresó a su recámara. Su hermana lo condujo ahí, estaba feliz.

—¿Y cuál es tu cuarto? —preguntó el hermano.

—El más cercano al tuyo —respondió con su tono grácil de siempre Mariana.

—Dime, ¿cómo harás para seguir tus estudios en la ciudad?

—Ya me las arreglaré, de momento ayudaré a mi papá con sus labores en esta región, me siento emocionada. Descansa, en la noche hablaremos más, ahora también iré a dormir.

El hermano no insistió, no le gustaba insistir, aunque la duda le pinchara el alma. Sabía que en aquellos casos era mejor no responder a las necesidades inmediatas, por ende, se recostó suavemente en su amplia cama y durmió.

Dos años después, en plena noche, su hermana tocó a la puerta de la habitación de Mateo, entró de golpe, se sentó al borde la cama, junto a él y lo abrazó.

—Perdóname, te mentí —dijo con lágrimas en los ojos. El joven las pudo sentir cuando ella pegó su rostro al de él.

—¿Cómo? ¿En qué me has mentido? Dime —dijo el muchacho sobresaltado.

—No me quedare aquí contigo otro año. Me iré a vivir a la ciudad, debo continuar con mis estudios, es importante para mí. El trabajo aquí ha sido enriquecedor, y me ha servido como prácticas, pero debo ampliar mi futuro y este se halla en la universidad, en Lima.

La hermana estudiaba Biología, solo había cursado un año y lo había suspendido para iniciar aquella aventura junto a su familia. Mateo sabía que era inevitable que terminara por regresar a sus estudios, era un paso muy importante para ella, no obstante, él se sintió mal.

—No puedes hacer eso, quédate un poco más.

—Debo hacerlo, he de irme, pero no te preocupes, mamá y papá cuidarán de ti.

—Dime la verdad, ¿por qué te vas a la ciudad? ¿Con quién vivirás? No creo que ninguno de nuestros familiares te acoja… ¿vivirás sola acaso? No te puedes arriesgar, no tan pronto.

—No viviré sola, por favor, te diré algo y quiero que me entiendas. Me han propuesto matrimonio y he dicho que sí. Me casaré y seguiré a la par con mis estudios, está planeado.

Ella era un año menor que su hermano, sin embargo, casi toda su vida había hecho el papel de estrella protectora por encima de él. Mateo siempre le estuvo agradecido, aunque no sabía cómo demostrar sus sentimientos y en aquel momento de intimidad tampoco supo hacerlo. No explotó, no renegó como su hermana lo esperaba, ni siquiera lloró, solamente se quedó como hipnotizado, mirando sin ver al vacío de la semioscuridad de su cuarto amplio. No dijo absolutamente nada. Después de un instante Mariana se dirigió a él:

—¡Por favor, dime algo, dime algo, hermanito!

—¿Acaso será con el que te viste una vez?

Lo he visto muchas veces, mi papá y mi mamá ya me dieron su bendición, lo conocen, tú también lo conociste, pero estabas desconectado del encuentro, no te entiendo, nunca te comprenderé totalmente, es una lástima, te quiero mucho, mas nunca te has interesado en mis cosas, nuestros padres te lo iban a decir mañana, no obstante, decidí hacerlo esta noche, perdóname, tendremos que despedirnos, aunque no será para siempre, estaré en contacto, vendré seguido, nos volveremos a encontrar los días menos pensados, ya verás.

—¿Nos abandonarás? ¿Así de pronto? ¿Acaso lo has pensado bien? ¿Acaso tú…?

—Sí, sí lo he pensado, he pensado en todo, muy bien, terriblemente bien, estoy muy enamorada, por favor, no quiero que nada cambie entre nosotros. Mañana mismo, en la tarde, me iré, espero que no te sientas mal; hubiera querido que pasara más tiempo, que te integraras al mundo que las cosas fueran distintas, además este lugar es precioso.

—Nunca serán distintas, tú no puedes cambiar el hecho de que yo sea como soy, ni yo puedo remediarlo, a veces desearía lo contrario, pero es imposible, así como es imposible cambiar tu decisión, es algo más fuerte que tú, creo… creo que puedo entenderlo.

—Hermanito…

—Por favor, haz lo que desees, yo me siento mal, es cierto, pero no debes llorar por mí, acepto todo esto y te extrañaré mucho, ahora quisiera dormir, déjame solo, hermanita.

—Te quiero —dijo Mariana, entre lágrimas, abrazándolo.

—Sí, lo sé, yo también te quiero, no sabes cuánto —respondió el joven sin abrazarla.

—Gracias por comprender —dijo la hermana.

Antes de retirarse, ella se limpió las lágrimas con un pañuelo y se fue a su alcoba, la cual al día siguiente quedaría vacía. El joven recostó su cara sobre su almohada recordando las sensaciones que había tenido desde la niñez al lado de su hermana, recuerdos nada más, podía rememorar escenas con claridad, podía sentir su femenina voz que con el tiempo fue madurando hasta convertirse en una melodía bella que lo hacía regocijar a diario, tan bonita como la voz afable de su madre, o la voz clara y limpia de su padre, la gente que lo amaba. Cuando se acostó, estuvo llorando buen rato en silencio hasta que los recuerdos visibles de su infancia le ayudaron a quedarse dormido.

Tuvo un sueño, un sueño que de alguna manera manifestaba un adormilado deseo de goce y bienestar: Xihuavi.

Siguió escribiendo historias acerca de aquel reino mágico que se iniciaba con un paisaje y se extendía hacia un entramado celestial. Su madre y su padre eran quienes ahora leían aquellos relatos, aunque lo hacían a escondidas y no le mencionaban que, a veces, entraban a su habitación en tanto él dormitaba y cogían de entre los cajones, junto a los textos en braille, los manuscritos redactados a mano, con los cuales se solazaban durante un buen rato. Luego conversaban en la sala sobre las aptitudes artísticas de su vástago: un escritor, ¿por qué no? La ceguera no podría ponerle límites para lo que él quisiera, si de verdad ponía corazón en ello. Solo se trataba de que hallara su sitio en el mundo, su vocación y la hiciera estallar de dicha, haciendo lo que más le gustaba.

Un día, su progenitor encontró un breve texto encima de la mesa de noche, como todos los demás estaba escrito a mano. Se trataba de la descripción de un bonito paisaje que era la entrada a la ciudad de Xihuavi, la tierra central donde se desenvolvían las narraciones de Mateo. Se lo leyó a la madre mientras el joven estaba tomando el sol afuera, en el patio. Podía tratarse de uno de sus mejores escritos, aunque solo era un recuadro, no un cuento. A estas alturas sus ficciones estaban tan ligadas entre sí que bien podían convertirse en una novela integrada, la cual podría llevar como título el nombre de la imaginada ciudad. La prosa era soberbia, cada adjetivo, sustantivo, verbo estaba representado con una brillantez propia del talento nato para la literatura. Un par de páginas: un paisaje. Era lo que Mateo veía dentro de sí, en su dimensión privada, algo maravilloso. Los padres no sabían si dejar que continuara escribiendo con recato o si alentarlo, quizá contratar algún literato que se diera el trabajo de ir a esos rincones para guiarlo. Empero, pronto pensaban en el carácter especial de Mateo y se desanimaban. Mejor era dejarlo así. Era un chiquillo aún, veinte años, tenía todo el tiempo del mundo para desarrollar su don. Ya más adelante, quizá, se decidiría enseñar sus fábulas a los demás y a publicarlas. Los lectores, en especial los más jóvenes lo agradecerían. No era mala idea difundir la lectura por aquellos lares donde no era muy común encontrar bibliotecas públicas, aunque sí había algunas en los colegios.

Los padres esperaban que algo increíble sucediera, no un milagro, ya que Mateo iba por buen camino. Nada más tenía que salir de esa etapa de ensimismamiento y batir las alas.

Lo impensable sucedió una mañana, casi al mediodía, a las afueras de la casa, pasando el patio que colindaba con el inicio del bosquecillo.

El muchacho había salido temprano sin decir nada a sus padres. Ellos se preocuparon y salieron a buscarlo. Ese día también llegó Mariana con su prometido. Había pasado dos meses desde que ella se fuera de aquella casona en busca de su destino, no obstante, pudo darse tiempo el fin de semana para venir a la residencia de sus padres, con el fin de visitar a la familia unos días. Todos estaban reunidos cuando Mariana preguntó por su hermano.

Lo encontraron sentado sobre una silla observando el horizonte, sí, observando en cierta manera, porque parecía que estaba viendo algo a la distancia. Se pararon todos detrás de él.

Era algo que Mateo trataba de recordar cuando en los días brillosos se acomodaba al lado de la ventana para dilucidar enormes cotas de fruición, y ahí se hallaba lo que buscaba.

El paisaje redactado en las dos hojas de papel estaba frente a él, frente a todos, el ingreso a la ciudad de Xihuavi. Mariana lo reconocía, sus padres le leyeron el texto por teléfono. Los progenitores, la hermana y su prometido se encontraban anonadados. Todo estaba ahí: las flores multicolores: girasoles y rosas; los árboles frondosos, los insectos: mariposas y cocuyos, recorriendo los alrededores; colibríes y palomas revoloteando; las huertas y las montañas a lo lejos; y más allá el sol, con sus rayos armoniosos. Y antes de ello: un castillo, donde se veía una bandera peruana, aunque con un escudo distinto, que mostraba un único dibujo: un niño y una niña tomados de la mano, sonrientes. Era Xihuavi, la tierra de la felicidad eterna. Ninguno de los presentes daba crédito a lo que estaban contemplando.

Excepto Mateo. Él sabía lo que estaba viendo, porque lo veía, lo vislumbraba en verdad.

Su ceguera había quedado sumida en el olvido durante esos momentos, lo que guardaba dentro de su mente se proyectaba como una imagen, aunque intangible, visible, que podía notarse con los ojos, mas en cualquier momento se difuminaría. Tal vez en poco tiempo, a lo mejor en mucho. Lo importante era que al fin todos conocían el verdadero don de Mateo y era espectacular. Su razón de ser. Para lo que había nacido.

Durante buen tiempo el grupo permaneció allí, apreciando el paisaje; sabían que en cuanto dejaran de ver ello todo desaparecería, no quisieron que eso sucediese y siguieron mirando, hasta que Mateo les dijo que tenía hambre y entraron todos a casa para almorzar.

 


Carlos Enrique Saldívar (Lima, 1982). Estudió Literatura en la UNFV. Es director de la revista impresa Argonautas y del fanzine físico El Horla; es miembro del comité editorial del fanzine virtual Agujero Negro, publicaciones dedicadas a la literatura fantástica. Es director de la revista Minúsculo al Cubo, dedicada a la ficción brevísima. Es administrador de la revista Babeblicus (literatura general). Finalista de los Premios Andrómeda de Ficción Especulativa 2011, en la categoría: relato. Finalista del I Concurso de Microficciones, organizado por el grupo Abducidores de Textos. Finalista del Primer concurso de cuento de terror de la Sociedad Histórica Peruana Lovecraft. Finalista del XIV Certamen Internacional de Microcuento Fantástico miNatura 2016. Finalista del Concurso Guka 2017. Publicó el relato El otro engendro (2012). Publicó los libros de cuentos Historias de ciencia ficción (2008, 2018), Horizontes de fantasía (2010) y El otro engendro y algunos cuentos oscuros (2019). Compiló las selecciones: Nido de cuervos: cuentos peruanos de terror y suspenso (2011), Ciencia Ficción Peruana 2 (2016), Tenebra: muestra de cuentos peruanos de terror (2017, 2018) y Muestra de literatura peruana (2018).

 


Foto portada tomada de: https://www.pexels.com/es-es/foto/actitud-afligido-agua-al-aire-libre-2174623/

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