Gorda soy y no me compadezcan | Aminta Buenaño-Rugel

Por Aminta Buenaño-Rugel

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria)

(Este relato pertenece al libro Mujeres Divinas, disponible en el portal digital Amazon.com)

 

Para todas aquellas que viven derrotadas por la imagen.

 

La primera vez que me vi gorda no fue aquella vez cuando mi marido me quedó mirando con ojos vidriosos, y burlón me pellizcó las “llantitas alrededor de mi cintura”; no fue aquella vez que mirando un vestido stretch me dijo que más fácil era que un camello entrase por el ojo de una aguja que yo por ese traje; ni aquella vez cuando asistimos al desfile de modas al que habíamos sido invitados y a través de sus ojos percibí la admiración que sentía por esas lagartijas vestidas de tules vaporosos y por esos esqueletos que avanzaban cimbreantes y retadores, mientras una voz en off hablaba de trapos y medidas. No, la primera vez que me vi gorda fue cuando me atreví a mirarme desnuda con los ojos desnudos frente al espejo y me atreví a dejar los ojos que tenía para mirar a los demás, ojos defensivos, ojos punzantes, y apañarme con mis verdaderos ojos, ojos tristes, ojos compasivos. Y no pude dejar de llorar al ver que mi cintura se había transformado en un ancho barril, mis senos inflados como dos descomunales toronjas y mis piernas eran dos enormes columnas unidas en su capitel por un triángulo pulposo y gordo como un mango. No pude dejar de llorar al ver en lo que me había convertido y revisar en el álbum de mi mente la imagen de aquella chica adorable cuya cintura medía 55 centímetros y cuyo cuerpo se deslizaba ondulante y gracioso, triunfante por la vida, como un pez. No pude dejar de llorar al ver que hasta mi cuello se lo había tragado una masa fofa de tortuga y que mi rostro se había anchado y desfigurado con la sonrisa dulce pero hermética de las gordas. Aunque yo me empeñaba en sostener que las gordas éramos alegres y teníamos buen carácter, que éramos objeto de inspiración de genios como Botero, la verdad es que en el fondo estaba triste y resentida.

Por entonces mi marido ya se había marchado detrás de una modelito quinceañera que le pasó por los ojos un velo rosa y lo excitó con sus huesos afilados, pero no me importó porque hace mucho que había dejado de importarme, desde que él decidió que debía hacer todas las dietas imaginadas e imaginables para que volviera a recuperar la figura que tuve, (“la gatita que eras”, escupía pérfido) mucho antes de casarnos. Figura que él había convertido en su fetiche, pero que yo abominaba porque hablaba de una mujer que no era yo; sino una niña desconcentrada y consentida, un estúpido florero de mesa. De una mujer que no era madre, ni esposa, sino un remedo de un lorito gracioso que solo repetía lo que decían los demás, un flaco reflejo del espejo de los otros.

Cuando empecé a ser yo misma después de la psicoterapia con Susana y el yoga, cuando empecé a estudiar Filosofía y le conté a mi marido mis sueños y ambiciones; cuando puse patas arriba la casa para demostrarle el nido de libertad que habíamos ganado, empecé a engordar; engordé justo cuando les mostré a mis padres todas mis potencialidades y cuando mis amigos de ayer vinieron a escucharme sobre la nueva filosofía que había descubierto.

Me convertí en una gran predicadora, asolaba a los demás con los mosquitos de mis inquietudes, con insistentes preguntas que iban una tras de otra como los carritos de un ferrocarril. Despertaba a mi marido por las mañanas y lo asediaba con ternuras y asperezas mientras preguntaba y preguntaba. A mis antiguos amigos los dejaba con una sensación de extrañeza y de nostalgia por la persona “divertida y liviana” que fui y ansiaban desesperadamente que volviese, según ellos, a mis cabales.

Solo yo me aceptaba. Yo que me había dado permiso para ser yo misma. Yo y mi soledad. Yo y la comida. Yo y el vacío de mi corazón que lo sentía gemir en el fondo de mi estómago. El refrigerador en cuya puerta había pegado mi marido una modelo cuyo cuerpo casi transparente reflejaban sus afilados huesos, era el solaz y el remordimiento. En sus cavernas heladas encontraba el tocino, el jamón serrano, la deliciosa torta de crema con frutilla y chantillí que me reconfortaba. En las bandejas llenas de cachitos, papas fritas, panecillos, maníes y dulces se deslizaba un dulce sosiego que aquietaba los desbarajustes, los platos fríos de mi soledad.

Fuera de mí iban creciendo las sombras, el desengaño; adentro había calor, refugio y una pena. Afuera había una pared, un canal cerrado, un pozo ciego; adentro, escondido en el bolsillo de mi cartera, había un riente, un divertido bombón de chocolate que me aquietaba como aquieta mirar el cielo en donde las nubes pasan.

Cada ropa, cada trapo que escondía porque ya no cabía en mi cuerpo me hablaban de aquella otra que los demás amaban, pero que yo detestaba como se detesta una vieja foto de un novio que te traicionó. Y en el fondo, escondida, como el gusano dentro de la fruta, la queja, por qué no me aceptan como los acepto yo, por qué no me dejan vivir mi vida, por qué se meten tanto conmigo.

Los antiguos amigos que conocía ya no enarcaban las cejas cuando hablaba de mi nueva filosofía, de mi despertar, sino, incluso antes de escucharme, deslizaban una serpiente que mordía justo mi oreja con

¡Pero, qué gorda estás! ¿Por qué no haces dietas? ¡Dios mío, Santo Dios!, ¿qué te ha pasado? Y enseguida, como si alguien pisara sus talones, empezaban a desgranar en mis oídos, con la energía de una cascada, las múltiples dietas que conocían. La dieta de la lechuga, la dieta de la toronja, la Scardale, la del té, la de las proteínas, la de los carbohidratos, la del Dr. Atkinson, la de las frutas, la del ayuno, la de la clorofila, las relámpagos, las milagrosas y todas las dietas inventadas por las imaginaciones más crueles y por las revistas de huesos de pasarela. Para que no me dejasen de querer, para que me aceptasen, todas las intentaba. Lo juro. Todas. Todas ante los ojos de los demás, porque en la oscuridad había siempre algo tentándome al filo de la cocina, en un rincón del comedor temblaba una pizca de consuelo y mientras más las cejas se enarcaban, el gesto penoso y cruel de medirte con la mirada, la mirada compasiva de alguna amiga incrédula, más me sentía empujada a comer imparablemente, a comer como si fuera mi destino guardar todos los alimentos en la barca profunda de mi cuerpo, protegida para un eminente diluvio, como si tuviera terror de que se acabaran y quisiera acumularlos de una vez por todas, como ansiaba acumular los besos, las caricias y el amor. Después del chapuzón, como la noche al día, el vacío y el remordimiento.

Cuando mi marido se fue después de acusarme y declararme culpable de su desamor y abandono, después de gritarme frente a la niña: cerda, cochina, obesa, vaca y otras lindezas que yo ya no escuchaba porque ocultaban otras razones como el polvo bajo la alfombra; después de que yo observé que abajo, en el taxi, le esperaba una rubia pálida con aspecto de niña, que miraba insistente a mi ventana como si esperara que de ella saliera alguien disparado, cuyos brazos como alambres se extendieron solícitos para consolarlo de las montañas de grasa que lo acosaban, que le hacían la vida desdichada; después de que vi que los ojos tristes, enormes de mi hija, eran espejos de mis desvaríos; después de que telefoneé a mi madre para intentar consolarme y ella, con el libreto de siempre, sin siquiera escucharme, se abalanzó a acusarme de que no había luchado por mi matrimonio, de que no había hecho dieta y procurado seducirlo, sucumbí a mi destino. El refrigerador con sus brazos largos me consoló hasta morir, el chocolate endulzó mi alma y las botellas vacías de coca cola se acumularon una tras otra como las piezas del antiguo dominó de mi adolescencia; mientras las voces de un viejo televisor se iban destartalando, haciéndose poco a poco humo. Cuando desperté estaba en una habitación blanca de blancas paredes, por una ventana blanca entraba un soplo de brisa fresca y se sentía el olor de la hierba húmeda; miré a mi alrededor y vi a unas mujeres con cofia y bata blanca que se movían sigilosas, como reptiles, por la habitación. A un lado estaba mi madre que, con ojos severos de niñera inglesa, me anunció que sufría de hiperglicemia y principio de diabetes y esperó una respuesta, quizá un sobresalto, que nunca llegó. Me habló de que debía cambiar de vida, de alimentación, de dieta, me aseguró que me quería, pero con tono recriminatorio. Hizo una pausa como esperando y solo yo acerté a mirar que un pajarito azul abría las alas por la ventana y las sacudía rápidamente como yo quería sacudir las palabras que se introducían violentas en mis oídos. Es por tu bien, me volvió a decir imperativa. Te estás matando, piensa en tu hija, ¿es que no te quieres?, sollozó, recuerdo que antes de casarte eras una chica ejemplar: obediente, dulce, hermosa. Nunca discutías, eras el orgullo de tu padre. Y ahora, ¡mírate en lo que te has convertido! (y ella quería decir: una ballena, una obesa, pero no lo dijo). Antes eras, volvía con el estribillo, una chica ejemplar, dócil, una buena chica. ¡Dios!, ¿qué hice para merecer esto…? Y yo le quise decir, pero nunca le dije que esa chica ejemplar no era yo, sino otra, porque cuando quise ser yo, no pude serlo, pero las palabras se estrangularon en mi garganta y solo alcancé a vomitar. Mamá calló y me miró como diciendo que no tenía remedio mientras me acercaba un bidel a la boca. Ese día sentí que la soledad era mi destino.

Había un pastor de una iglesia cercana que visitaba la clínica, que se inclinaba ante cada cama con su palabra orante, que recitaba inflamados versículos de la Biblia y que prometía el cielo y una delgadez perfecta a cambio de aceptar la Palabra; pedía obediencia y disciplina como mamá, era una transacción: yo pagaba obediencia en su caja registradora y él me daba a cambio atención y amor. También había un médico, muy joven, con cara de extraviado que miraba insistentemente a sus pacientes como si quisiera adivinar sus secretos, cogía la muñeca de las internas, miraba el reloj y suspiraba. Otro médico mayor que aparecía como una exhalación con un séquito de nuevos médicos como un cometa con su cola, que se inclinaba ante cada cama y dejaba que cada uno de los bisoños aspirantes emitiera un diagnóstico. A este médico lo detestaba. También había una chica a mi lado, en la otra cama con tubos en un brazo. Chica es un decir, porque era una mujer como yo, pero de una delgadez tan extrema, tan reveladora que se podían contar los huesos en su piel y dibujar las venas de su cuello. Ella me miraba y era como si me mirase a mí misma y yo le devolvía la mirada sabiendo exactamente lo que sentía. Había una dieta blanda insípida para mí y una dieta abundosa para ella que cuando las enfermeras descubrieron que no la ingería optaron por alimentarla con esos tubos y era de ver la insistencia de ella por arrancárselos y la energía increíble dentro de esa delgadez de Auschwitz que ponía en el intento.

Había una enfermera mayor de interminables arrugas en su rostro, pero que tenía unos ojos profundos y tranquilos como un lago transparente, con ella charlaba y le contaba mi nueva filosofía y advertía sorprendida que sus pupilas que refulgían como peces no se extrañaban, ni me aconsejaban que cambiase, no le parecían absurdos mis sueños y deseos; más bien reía, reía con una boca abierta de dientes perfectos, como si encontrara gracioso y divertido lo que yo contaba y a veces hasta afirmaba que si en el mundo existieran más personas como yo, otra cosa sería. Había un chico de limpieza que era alegre y silbaba canciones de moda mientras limpiaba cajones o trapeaba el piso y una vez acercándome una toalla me llamó: guapa, y esa palabra me resultó tan extraña como si me dijeran que estaba frente al mar, pero que cuando la repitió me empezó a gustar. Guapa aunque nadara en una ola de grasa, guapa aunque no pudiera tocar los dedos de los pies con mis manos, guapa aunque mi entrepierna escociera cada vez que caminaba. Guapa, guapa, guapa. La enfermera me dijo que la belleza no tenía nada que ver con mi físico, que yo era bella porque era bella, como las flores que son bellas porque sí.

Cuando salí de la clínica y busqué empleo y no me lo dieron, cuando revisé avisos clasificados, amigos y llevé mi hoja de vida en que exhibía dos diplomados y varios premios; cuando una y otra vez me lo negaron, por increíble que pareciera no pensaba en mi gordura, más bien sentía que el mundo conspiraba en mi contra, como si yo fuera un insecto atrapado en una enorme telaraña. No quería cambiar, no debía, no podía. Me moría de hambre, de sed, de amor. Mi peso no era el problema, el mundo era el problema, el mundo injusto en donde los gordos, los negros, los diferentes no tenemos cabida, donde somos aislados en la humillante penumbra del desprecio. Yo estaba allí para dar guerra, para no dejarme y por increíble que pareciera, íntima y profundamente, allí donde yo era yo, no veía mi gordura, hasta que un hecho irrisorio, simple, estúpido, me aturdió.

Me había invitado a una fiesta una vieja amiga de la escuela. Yo solía no acudir a fiestas para evitar preguntas, consejos inútiles, ceños fruncidos, miradas incrédulas. También para evitar la furia de ver a modelitos de mi edad y cómo muy juiciosas se negaban a probar bocaditos o pasteles que los meseros servían haciendo alardes en público de entereza, y también porque no encontraba entre ellas y yo ningún nexo que nos uniera. Pero acepté porque me lo rogó mamá y porque mi hija quería que volviera a ser la misma.

La fiesta era en un antiguo local de una escuela y las sillas estaban dispuestas en círculo en donde las mujeres nos sentamos a charlar. Los hombres estaban cerca del bar y reían, bromeaban, hablaban de fútbol y nos miraban de soslayo de cuando en cuando como estudiándonos. Yo tenía en la mano un vodka y mi compañera de escuela me estaba dando la receta de no sé qué última dieta milagrosa que me haría bajar en tres días de peso. Como de costumbre, yo estaba desconectada, había desenchufado mi atención, aunque mis labios asentían. De repente sonó un merengue, siempre me ha gustado bailar, aunque hace mucho que no lo hago y mi pierna derecha comenzó a moverse ajena a mi voluntad. La verdad, quería bailar y si hubiera conocido a alguno de los varones que nos miraban como preguntando me hubiera acercado para invitarlo. Era una vieja canción de Juan Luis Guerra, La bilirrubina, y yo seguía el compás mientras la ronda de mujeres conversaba y se animaba. Uno a uno de los hombres se fue acercando al círculo, uno a uno alargaba la mano e invitaba a una chica. El círculo se fue quedando vacío y en el desierto de sillas la mía era la única ocupada. Había un señor de edad que me miraba con insistencia y yo me sentía perdida y dispuesta a cualquier cosa con tal de bailar cuando la multitud se agitaba. Vi que se acercaba y rápida me incorporé para acompañarlo al baile, con un gesto de coquetería me comencé a mover rítmicamente, y justo cuando se acercaba a mi silla, pasó de largo hacia la puerta. Me quedé hecha una pieza y me obligué a seguir bailando con una pareja invisible mientras mis ojos se ahogaban.

Después de eso volví a la casa y me miré brutal al espejo con los ojos desnudos y pensé, claro, quién quiere bailar con una elefanta, con un cachalote con patas, con una tortuga gigante y por primera vez miré con rencor, con odio, con furia, mi cuerpo. Me dije hasta aquí. Me dividí en dos, yo y mi cuerpo, yo y mi enemigo. A mi enemigo debía ponerlo a dieta, llevarlo al gimnasio, negarle el agua, el alimento, la comida. A mi enemigo debía de exigirle lo imposible, trepar las cuestas, caminar cientos de kilómetros, trotar como si fuera un conscripto o un ladrón perseguido por la policía, extenuarlo hasta que la grasa, la manteca, el sebo huyeran derrotados de mi vida. A mi enemigo no debía concederle nada, ni un respiro.

Y me puse en manos de un médico, luego de otro, después de otro. Y cada día acudía al gimnasio en donde un instructor me ponía por horas a hacer ejercicios cardiovasculares, caminar hasta que las piernas me temblaran, hacer spinning y bailar. A mi enemigo no debía darle tregua ni descanso y me convertí en una asidua del gimnasio en donde me enamoraba platónicamente de cada instructor que odiaba mi cuerpo, tanto o más que yo, que aún bailaba en grasas y la manera pastosa como se acumulaban los rollos en mi cintura. Mi cuerpo era el océano adonde iban a parar los galones de agua que el médico me exigía, la botica en que se almacenaban los cientos de pastillas y diuréticos para adelgazar, la gruesa pizza en donde la masajista amasaba y boleaba intentando conseguir el molde perfecto.

Sobre cientos de revistas de dietas y deportes dormía mi cabeza que soñaba en una mujer más ligera y alada mientras mi madre, mi hija, mis conocidos sonreían aliviados, mirando con ternura mis esfuerzos, aplaudiendo esa disciplina inesperada, esa voluntad de hierro que había extraído de un lugar desconocido. Cada vez que subía a la balanza y esta bajaba y bajaba, yo subía y subía a la gloria y entonces como recompensa, como premio, como estímulo: no comía.

Quería seguir bajando de peso hasta convertirme en una de esas modelitos a las que cualquier trapo les cabe y el ombligo es un ojo sensual. Entonces debía batallar con mi enemigo, con sus aullidos que me impedían dormir, sofocar sus llamadas de auxilio, ignorar el fuego en el estómago, los mareos continuos y sus locos anhelos cuando pasaba cerca de la cocina y de allí salía un aroma que me embotaba hasta el alma.

Hice a un lado la dieta y decidí alimentarme solo de agua la tarde gloriosa, mágica, en que por fin pude ponerme un vestido apretado y lucir mis piernas que se movieron fresquitas con la minifalda y paseé triunfante por aquel centro comercial en donde algunos hombres se voltearon a mirarme y hasta un dependiente me miró con aquel acento mudo que ponen algunos hombres cuando una mujer les atrae. Ese día vine volando como una mariposa, sintiendo que mi corazón era un latido con el universo y pensando que era la más flaca del planeta. Para allí, me dijo mi madre. Pero qué iba a parar si estaba bella; además, quizá me tenía envidia porque la pobre siempre fue un poco gorda, ancha de caderas hasta de jovencita y ahora que era vieja se había convertido en una mujer encogida de voluminosos senos y barriga apuntada. Para allí, me dijeron algunas amigas y yo supe que detrás de sus miradas suspicaces había una voluminosa envidia por la mujer esbelta en que me había convertido y porque ellas a pesar de ser delgadas nunca habían llegado al peso perfecto, al peso ideal al que yo estaba llegando. Y no les hice caso. Mi instructor aquel que me sometía a muchas horas de entrenamiento me dijo que conocía los ejercicios perfectos para un buen mantenimiento, pero yo me quedé observando sus brazos de donde salían unos bíceps redondos y perfectos, sus piernas plantadas como duros árboles y su vientre planísimo en donde no se reflejaba ni un gramo de grasa y le dije tajante: No. Era inconcebible que aun de esos pepudos, de esos Charles Atlas que exhibían músculos como quien exhibe una cuenta de banco o un lujoso carro, yo debía cuidarme; porque ninguno de ellos había alcanzado el peso ideal que estaba alcanzando yo; porque ninguno de ellos se había atrevido a tener la fuerza de voluntad, la tenacidad que mostraba yo; porque aunque ellos pujaran y levantaran cien libras, yo era capaz de dejar de comer una semana y alimentarme tan solo con líquidos.

Estaba orgullosa de mí. Cuando alguno de ellos después de haber realizado una agotadora jornada de varias horas se me plantaba delante con esa jactancia de piernas abiertas y brazos cruzados, cuando me miraban burlones calculando el peso justo que me haría desfallecer, yo les devolvía la más inocente, la más tierna de las sonrisas, aunque por dentro me caía a pedacitos fulminada por el cansancio y ensayaba a comenzar de nuevo, aunque ellos protestaran y dijeran que ya era suficiente.

El gimnasio era mi segunda casa, las series de máquinas, el olor agridulce del sudor, el trajín de los esfuerzos de mujeres y hombres con las pesas, las poleas y los ejercicios me aturdían hasta llenarme de un suavísimo vigor que iba creciendo en la medida en que se cansaba mi cuerpo; cuando más mi cuerpo fatigado pedía una tregua, más contento, más feliz, reía mi otro yo; porque sabía que le estaba ganando la batalla a mi enemigo, a ese enemigo que se las había cobrado caro por mucho tiempo, que se había acostumbrado a pasar de largo por la percha de los biquinis, de los trajes de baño, de la ropa stretch y los vestiditos ajustados; a ese grosero enemigo que solo anhelaba sabores, olores, texturas, que ansiaba hartarse hasta morir; que era enemigo de mi alma, de mi espíritu de flaca que era alado y omnipotente como yo, al que poco a poco había conseguido derrotar con el poder de mi mente.

Estaba triunfante y solo me inquieté cuando una tarde en que caminaba alrededor de mi casa, en las cien vueltas que daba por las noches, mi exesposo pasó de largo y no me reconoció. Él había envejecido y yo era otra, una mujer bella, delgada y atlética, la mujer que él se estaba perdiendo, por eso cuando lo detuve para comunicarle que la niña aún no llegaba y él gritó asombrado qué era lo que me pasaba, qué ocurría con mi abundante cabello que estaba ralo y sin brillo, con mi tez ajada y con mi cuerpo; yo lo corté en seco, no faltaba más, no iba a tolerar que otra vez me insultara, que me humillase con sus críticas y su envidia y lo dejé plantado mirando cómo me alejaba con trote rítmico y garboso aunque las piernas y la cadera me dolieran, pero ese dolor no era mío sino de mi enemigo, así que ¡hurra!, estaba triunfando. Además, recordé cómo los ojos se le iban tras ese sinfín de secretarias y oficinistas delgadas y patéticas, cómo vi pasar estoicamente, como si fuera un desfile, mujeres por su vida; mujeres de todas las razas y edades, pero todas delgadas y esbeltas; cómo agaché los ojos y viré la cabeza solo por sostener un matrimonio que se apagaba frente a los vientos de sus desvaríos, aunque yo me esforzaba por mantenerlo prendido, aunque solo fuera por nuestra hija. Cómo era posible, pensaba, que ahora que era bella y escultural se atreviera a criticarme, él que toda una vida la vivió criticándome y un humo negro fue llenando mi pecho y asentando cada pisada como si mis piernas fueran lingotes de plomo.

Cuando mamá llegó a la casa para atenderme fue por un malestar raro que me atenazaba cada vez que me ponía de pie, quería incorporarme y salir de la cama y era que me caía; mi cuerpo no respondía como si fuera el de otra. Mis pupilas cansadas, quizá de tanta lectura, se abatían y me sentía sin fuerza, sin vida, pero estaba segura que esto no tenía nada que ver con mi dieta. Es más, yo no llamé a mi madre, no tenía por qué hacerlo, fue mi hija que vino a levantarme de la alfombra en donde nadaba con mi bata de noche y que gritó como loca al ver que no podía incorporarme. Otra vez mamá me examinó y volvió a increparme mucho antes de que yo hablara, que por qué le hacía esto, que por qué no me alimentaba bien, que si es que quería morirme y se quedó varios días en la cocina preparándome potajes, cremas y estofados, tentándome con dulces y pasteles y todas las exquisiteces que yo antes adoraba. A veces me miraba y había como una aflicción en su rostro; entonces me abrazaba y me repetía: toda exageración es mala, hija mía, toda exageración es mala, Dios te va a castigar.

Para no decepcionarla, para que ambas, mi madre y mi hija no pusieran esa mirada de desolación, de fin del mundo, yo comía, pero luego en el baño, en completo silencio, devolvía todo y me obligaba a tomar laxantes y diuréticos que me limpiaran de toda esa basura hasta que mi estómago ardiera solitario y plantara triunfante la bandera de su voluntad y me empeñaba en colocarme cremas adelgazantes, veneno de escorpión y hasta sesos de garza que eliminaran los rollos que alrededor de mi cintura se bamboleaban cínicos. ¿Pero de qué rollos hablas? —reclamaba mi madre mientras vigilaba atenta el paso de la cuchara a mi boca— si eres hueso y pellejo.

Mamá, gemía mi hija, las niñas en la escuela dicen que estás enferma y mi mejor amiga me contó que su mamá cree que tienes cáncer. Yo reía, aunque me pesaba reír y le decía: pura envidia, hijita, pura envidia.

El espejo no podía mentir, aunque había bajado de peso y tenía buena figura aún estaba gorda. Lo decía el azogue cada vez que me desnudaba y descubría diabólicas redondeces alrededor de mis caderas.

—¡Qué redondeces ni qué diablos, se desesperaba mi madre, si esa es la configuración de la cadera! ¡Estás loca, hija mía, estás loca!, clamaba alzando los brazos, los ojos llorosos, al cielo.

Yo observaba en mi rostro de grandes ojeras que mis mofletes, aquellos que suscitaron alguna vez las burlas en la escuela, aún temblaban cada vez que reía y me propuse eliminarlos. Mi madre contradecía cada palabra mía con bríos desatados y yo me propuse hacer como que le hacía caso, que la obedecía, aunque después arrodillada frente a la tasa de baño como frente a un altar lloraba largamente sin saber cómo eliminar el ardor, el fuego que sentía escocer después de cada vómito en mi estómago, rogando porque desapareciera. Lloraba porque la mentira era un alacrán que se mordía la cola con la culpabilidad y la vergüenza. Mamá andaba como loca porque no encontraba el motivo de que yo perdiera peso cuando ella más se afanaba en la cocina. Hasta que una vez siguiendo la huella de mis cabellos que se caían como las hojas secas de los árboles y de mis uñas rotas, mirando cómo poco a poco iba dejando rastros de mis desmayos, me pescó justo en el baño vomitando y era de ver que en lugar de yo sentirme avergonzada, ella comenzó a llorar como una niña, con ese lloriqueo histérico de la frustración y el desánimo que ella se aprestó a corregirme diciendo que era de decepción y tristeza porque tenía miedo de mí, de que me hiciera daño, porque me amaba. Y yo le respondí furiosa que si me amaba tanto por qué no me dejaba hacer lo que yo quería, por qué no se iba de una vez por todas de mi casa y me dejaba sola, por qué se había convertido en mi celadora, en mi policía, en mi cárcel y ella siguió llorando y llorando con esa mirada profunda de desesperación con la que me castigaba cuando era pequeña. Mamá, tengo miedo, mamá, es muy de noche, la oscuridad me aterroriza, veo sombras tras la ventana, mamá, por favor, prende la luz, mamá, no me dejes, tengo frío, mucho frío, mamá hay alguien debajo de mi cama, mamá tengo miedo, estoy muy débil, mamá, abrázame por favor, mamá, duerme conmigo. Y esa mujer de barriga apuntada y brazos flacos me abrazaba y me arropaba y ponía una toalla sobre mi frente y me besaba y yo seguía teniendo miedo, miedo de las comidas que me acechaban, de los helados de sabores diferentes, de las hamburguesas dobles, de los platillos finos de aromas subyugantes que presionaban uno tras otro buscando pasar por mi laringe, afirmarse en mi estómago para posesionarse de mi cuerpo como larvas, como gusanos, como parásitos infernales.

Tenía terror, me tenía miedo, no era dueña de mí, alguien dentro de mi cuerpo me perseguía, dictaba normas, me obsesionaba, apretaba los colmillos, quería matarme y yo quería vivir, pero vivir sin comer, vivir para la belleza, vivir para que me admiraran y la gente siguiera sorprendiéndose, asegurándome, confirmándome que estaba bella y delgada.

¡Ay de mí! ¡Ay de mí!, porque la flaca que había en mi interior, la flaca que escondía mi cuerpo abundoso no salía nunca, no era visible, estaba en un punto remoto del tiempo y del espacio, inexistente, invisible como mi alma, y aunque los demás aseguraban que yo era un esqueleto, que mi cuerpo estaba tan delgado y transparente como un cristal yo me veía gorda, el espejo me mostraba gorda, aunque los ojos mentirosos de los demás dijeran lo contrario.

Fue lunes, fue un día lunes en que cayó derrotado, exangüe mi enemigo, no tenía fuerzas ni para levantar un vaso, no era capaz de alzar una ceja, de doblar una pierna y entonces mamá, como un asaltante, como ladrón en la noche, aprovechó para robarlo y llevarme de nuevo a la clínica, a la misma clínica que me alojó cuando todos me acusaban de obesa y viraban la cara y sonreían y miraban temerosos la silla en que me iba a sentar. Y fue allí cuando volví a ver la ventana abierta en donde se asomaban los pájaros y el cielo blanco y azul que invadía mi lecho, y fue allí cuando me abandoné y me entregué porque no sabía ya lidiar con el otro, porque el enemigo había sido derrotado y yo encontraba que estaba unida a él por un cordón umbilical, que era el hermano siamés al que odiaba con todas mis fuerzas, y entonces las palabras empezaron a entrar en mí, las palabras primero duras, primero fuertes, luego comprensivas, luego sedantes, iban entrando como si fuera una lluvia fina y tenaz que mojara mi cuerpo, un rocío de perlas húmedas que llenara mi pecho. Palabras dulces, palabras buenas, palabras cálidas que descubrían que ese yo, que era yo, no tenía nada que ver con pesos, calorías ni grasas, con enemigos ni amigos, sino con un ser que estaba más allá del tiempo y del espacio, con un ser que no estaba domesticado como un gato mimoso, ni ladraba y movía la cola porque llegaba el dueño, ni era percha de armario ni modelo de pasarela, sino que era íntimo, primordial y humano y entonces me di cuenta de que mi cuerpo era yo, que yo era mi cuerpo, que mi cuerpo era intemporal y eterno, que portaba el fuego sagrado, me portaba a mí, y que merecía vivir y que merecía amar y que merecía ser amado y respetado como se ama a un ser leal que te ha servido sin tiempo ni condiciones. Entonces vi mis caderas, observé mis pechos, miré mi piel flácida y marchita y descubrí anonadada la mujer que pretendía ser, esa mujer que no era yo sino otra, la otra de los otros, y volví los ojos a Susana, mi fiel Susana, y le pedí ayuda y sus palabras siguieron sonando en mi oído por mucho tiempo, el tiempo suficiente para aspirar el aroma de los limoneros que asomaban por mi ventana, para conocer nuevos amigos y desechar aquellos que no lo eran; para ver diluirse las tardes cristalinas y doradas sobre mi almohada y llorar por las noches las tristezas que llevaba dentro y que poco a poco iban fluyendo, encontrando su cauce, con el río de las palabras. Entonces empecé a despertar y descubrí que las mañanas tienen una luz especial muy temprano y que las noches de luna son mágicas, que mi alma y mi cuerpo con sus lenguas y espíritus podían encontrarse y dialogar, que ya no quería ser ni gorda ni flaca, ni bonita ni fea, aceptada o rechazada. Quería ser yo misma con mis sombras y mis luces y que no me importaba estar sola si me tenía a mí misma.

Empecé a encontrar nuevos amigos y no dejaba de expresarme a torrentes sin ocultar lo que yo era y descubría asombrada que no se iban, que se quedaban junto a mi fuego, que mi invariable soltura y mi aprobación de roca era el elemento suficiente, la ambarina piedra para seguirme confiados, para aceptar mi yo profundo, cristalino y eterno.

La tarde aquella, después de tantos meses en la clínica, en que empecé a arrancar de las paredes de mi habitación que estaban empapeladas con artículos cuyos títulos había aprendido de memoria y eran mi Biblia cotidiana: Cómo ser flaca y no morir en el intento; Dieta exitosa: Cómo 8 mujeres bajaron de peso sin renunciar a los helados; Solución a los 5 errores más serios de la dieta, Baje de peso en solo 24 horas; Piense, después coma.

Después de que quemé una por una las tablas de calorías, después de que eché por la ventana mi báscula y los cientos de pastillas adelgazantes, después de que arrojé por el baño los laxantes y las tretas ocultas, después de que me fui despojando uno a uno de los cientos de rencores que ocultaba cada pliegue de grasa, después de que fui deshojando mi alma con cada conversación con Susana, con la palabra nutritiva de mi amiga enfermera, con la aprobación y entusiasmo de mis nuevos amigos y me encontré con mi verdadero cuerpo, como una gema preciosa, algo gordito, pero espléndido y sano que aunque no lucía la esbeltez del ciervo, era capaz de sentir, temblar y maravillarse, de reír cada vez que era acariciado, de emocionarse y sonrojarse, de verter sus líquidos sabios cada vez que amaba y arrobarse frente al éxtasis y al fuego, después de que apareció en mi vida aquel a quien no había visto nunca, aunque según él me observaba desde siempre, aquel médico joven de la clínica que miraba y suspiraba, después de que él me aseguró que aun obesa yo tenía unos labios de ensueño y una mirada nostálgica que le recordaban las tardes lluviosas de su adolescencia, que él había estado tan cerca de mí que hasta había visto mis sueños y vivido mis dolores, después de que tendí los puentes y encontré a mi cuerpo cansado y sabio que me esperaba más allá del camino arrojándome flores, habitando una catedral llena de palomas, esperando tiernamente a que yo lo rociara y lo cuidara, después de todo esto, allí donde yo soy yo, me encontré a mí misma y sin condiciones me acepté.

 


Aminta Buenaño (1958). Escritora, académica, periodista, se ha desempeñado en funciones diplomáticas representando a Ecuador. Varios de sus cuentos han sido premiados a nivel nacional e internacional: Segundo Premio en el XXI Concurso de Cuento “Ciudad de San Sebastián”; Premio Internacional de Cuentos Jauja de Valladolid (1979); Premio Nacional de Cuentos Diario El Tiempo; Segundo Premio en el III Concurso Nacional de Relatos Juan León Mera de la Municipalidad de Ambato; Segundo Premio Concurso Nacional de Cuento “Ismael Pérez Pazmiño, 70 Años de diario El Universo”, 1991. Sus publicaciones son: Cuentos: La mansión de los sueños (1985); La otra piel (1992); Mujeres divinas (2006); Novela: Si tú mueres primero (2018). Aparece en las siguientes antologías: Mujeres ecuatorianas en el relato (1988); Primera Bienal del Cuento Ecuatoriano “Pablo Palacio” (1991); Veintiún cuentistas ecuatorianos (1996); Antología de narradoras ecuatorianas (1997); 40 cuentos ecuatorianos (1997); Antología básica del cuento ecuatoriano (1998).

 


Foto portada tomada de: https://www.pexels.com/es-es/foto/persona-manos-mujer-modelo-3094224/

Un comentario en “Gorda soy y no me compadezcan | Aminta Buenaño-Rugel

  1. Buscaba una lectura fresca para animarme en noche de Sábado, acompañado de mi inseparable Jazz para escribir. Me engancho con el relato franco, frontal y firme de Aminta Buenaño, que mas que relato es una atractiva combinación de psicoanálisis y realismo mágico; motivado y renovado quedo con ganas de leer más.
    Felicitaciones a la escritora.

    Pedro Pablo Jijón
    Ecuador

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