El Resucitado | Mariana Falconí Samaniego

Por Mariana Falconí Samaniego

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria)

 

¡Me llaman el Resucitado!… ¡El Muerto-vivo!

Mi tragedia comenzó hace un año, una mañana del mes de mayo cuando sufrí de un aneurisma cerebral, a los sesenta y cinco años de edad, y mis hijos me llevaron sin tardanza al hospital donde los médicos determinaron que debían operarme de urgencia. Así lo hicieron solo que al terminar la intervención estando todavía en la mesa de operaciones caí en coma profundo, es decir que no mostraba ningún signo vital lo que confundió a los galenos quienes no tuvieron más remedio que firmar el certificado de defunción.

Mis familiares apesadumbrados contrataron los servicios de una funeraria y mi mujer con mis hijos procedieron a vestirme y arreglarme, de manera que al llegar el ataúd estaba listo e inmediatamente me introdujeron en la caja. En el trayecto a mi casa comencé a despertar sintiendo el movimiento del vehículo cuando frenaba o aceleraba, no en vano fui chofer por mucho tiempo ganándome el sustento diario con mi taxi Nissan Sentra. De muy lejos llegaba el llanto desesperado de mis familiares mezclado con frases de lamento que identificaba en las voces de mis hijos, pero una inmovilidad extraña se había posesionado de mi cuerpo y no podía mover ni un dedo; seguía rígido y frío.

Una vez en la casa, escuchaba las pisadas de quienes caminaban alrededor. Después supe que me instalaron en la mitad de la sala, rodeando el féretro con cirios y veladoras. Luego de unas horas llegó el embalsamador de la funeraria y pidió a todos que desalojen la sala pues el fuerte olor del formol podía afectarles. En ese momento, sin abrir los ojos, podía mirar una figura envuelta en un manto negro en cuya parte superior se destacaba la blancura de una calavera, ¡era la muerte que venía por mí!

En el preciso instante en que el hombre tomaba su bisturí para abrirme la pierna y buscar la arteria para inyectarme el formol que sin duda alguna me hubiera matado al instante, entró uno de mis hijos y lo detuvo aduciendo que en el hospital seguramente ya me formolizaron. Escuché que el hombre dijo: “parece que así es pues sus facciones ya no están rígidas, tiene un aspecto más natural”. Acto seguido se marchó y la figura del manto negro, es decir la muerte, desapareció.

Luchaba por abrir los ojos, pero no lo conseguía; quería gritar, pero la voz se negaba a salir de la garganta. Empecé a llenarme de terror y angustia sobre todo cuando escuché con mayor claridad los rezos, las conversaciones y hasta las risas de quienes contaban chistes. No cabía duda, ¡me habían dado por muerto y me estaban velando!… ¡Iban a enterrarme vivo!

Un sudor frío invadió mi cuerpo y paralizó mis ideas, me sentía suspendido en alguna dimensión desconocida. Después de largos y angustiosos minutos caí en cuenta que alguna gente oraba por mí, sobre todo voces femeninas musitaban avemarías, pero igual distinguía frases que expresaban contento por mi partida:

“Pobre compadre que Dios lo tenga en su gloria”

“Bien hecho que haya estirado la pata, el difunto era un borracho y mujeriego de lo peor”

“Padre nuestro que estás…dicen que tenía hijos por todo lado…”

“Dios te salve María…pobrecita la viuda, el difuntito siempre estaba pendiente de ella, eran una pareja muy bien llevada, claro que por ahí comentan que lo veían con una mujer joven y…”

Así transcurrió la noche, a ratos me adormecía arrullado por el murmullo de voces luego volvía a recobrar el conocimiento, quería gritar, pero no podía, una tenaza invisible sujetaba mi garganta.

Supuse que había amanecido por el olor a café recién hecho que llegó hasta mis fosas nasales y el ruido de tazas y platos. Con espanto me di cuenta que las horas pasaban acercándose el momento en que me llevarían al cementerio. Inesperadamente reinó un extraño silencio y sentí una mano suave acariciando mi rostro, el aroma de un perfume familiar me invadió. Al mismo tiempo una voz de mujer joven se dejó oír entre sollozos entrecortados:

—¿Por qué me dejas amorcito mío? ¿Qué voy a hacer sin ti?

—¡Desvergonzada, cómo te atreves a presentarte aquí! —era la voz de mi esposa que gritaba.

—¡Es la “otra” y todavía ha traído a la hija, ¡qué descaro! —chillaba una voz de mujer.

—¡Fuera de aquí!… ¡largo de aquí! —seguía gritando mi mujer.

Ruidos de cosas al caer, gritos y un barullo terrible llegó hasta mis oídos que estaban paralizados de terror al igual que el resto de mi cuerpo al imaginarme lo que estaba pasando.

—Pobre Clarita —pensé— se ve que de verdad me quiere para arriesgarse a llegar hasta aquí, exponiéndose a que mi esposa e hijos la ataquen.

Ante lo ocurrido sentí que la sangre empezaba a fluir con más fuerza por todo mi cuerpo haciéndome reaccionar y permitiendo que pudiera mover los músculos de la cara y de las manos.

Por fin pude abrir los ojos y miré fijamente dos rostros, un hombre y una mujer, que estaban inclinados contemplándome. Era mi hermano con su esposa; ella al darse cuenta que yo tenía los ojos abiertos gritó como si hubiera visto al diablo y se retiró llena de espanto. Mi hermano estaba paralizado mirándome con ojos desorbitados. Un montón de gente se acercó a verme, algunas señoras se desmayaron, la mayoría salió corriendo empujándose unos a otros.

Lleno de sudor me aferré a los lados del ataúd y traté de sentarme, un hombre me empujó y volví a caer de espaldas.

—¡Está poseído por el demonio!… ¡No lo dejen salir de la caja, pónganle la tapa! —gritaba el hombre que me agredió.

Mis hijos se abrieron paso y me sacaron del féretro.

Por ahí una mujer gritaba: ¡Milagro… milagro de Dios, resucitó Lázaro!

Un familiar llegó con un médico del dispensario cercano quien procedió a auscultarme y comprobó que había recobrado mis funciones vitales. Dijo que posiblemente había padecido del “síndrome de Lázaro” una rara enfermedad que se presenta después que la persona sufre un coma que lo deja como muerto dos o tres días al cabo de los cuales prácticamente vuelve a la vida.

Con ayuda de mis hijos logré sentarme en una silla mientras mi cuerpo se sacudía presa de un temblor involuntario. Clamé a todos los santos por haberme salvado de ser enterrado vivo y con lágrimas en los ojos juré a mis familiares ser en adelante una mejor persona pues una experiencia como la presente es para hacer cambiar a cualquiera.

Me quedaron secuelas de la enfermedad, tenía el medio cuerpo paralizado y me convertí en una carga para mis hijos quienes de uno en uno se alejaron dejándome solo, también mi esposa, cansada de atenderme, se fue de la casa, hasta Clarita desapareció al ver que había quedado un despojo humano.

Pero en el camino también se encuentra gente buena dispuesta a ayudar, es así que el doctor del dispensario cercano que constató mi resurrección me tomó bajo su cuidado interesándose en mi caso y me internó en el hospital para que reciba rehabilitación y las medicinas necesarias para superar la enfermedad. Al cabo de algunos meses salí del centro de salud, caminando ayudado por un bastón. Mi anciana madre me esperaba en la puerta y me llevó a vivir en su casa.

El bendito doctor consiguió además que una fundación me ayude mensualmente con medicina y alimentos de tal manera que logro llevar una vida aceptable al lado de mi querida madre, la única persona que me mira con cariño y no se espanta cuando salimos a pasear por el parque y escucha que la gente me señala con el dedo y dice:

¡Miren…allí va el Resucitado, el Muerto-vivo!

Ante estos comentarios solo sonrío porque sé que estoy viviendo tiempo extra, que tarde o temprano la muerte llegará en mi búsqueda para llevarme con ella al lugar de donde ya no podré escapar.

 

 

Mariana Falconí Samaniego, Poeta y Narradora Ecuatoriana, escribe desde los 20 años en que descubrió la magia de la palabra. Tiene publicados 9 libros en poesía y 41 libros en cuento y novela infantil y juvenil. Su poesía ha sido traducida al portugués y francés y uno de sus cuentos infantiles fue traducido al chino mandarín. Pertenece a la Sociedad Ecuatoriana de Escritores y otros grupos culturales. Obtuvo el premio Nacional de Poesía Gabriela Mistral 2001.

 


Foto portada tomada de: https://www.pexels.com/es-es/foto/clima-resfriado-naturaleza-playa-4394072/

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