Súper…. Mercado | Silvia Pérez Loose

Por Silvia Pérez Loose

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria)

 

 “La candidez de algunos, no tiene nada de Súper y menos de mercado”

 S.P.L.

 

He desarrollado una especie de manía y/o curiosidad poco convencional, por lo menos en el medio en el que me desenvuelvo. Tal vez esto lo diría retóricamente Woody Allen.

Cuando voy al supermercado, lugar que trato de asistir lo menos posible. Me causa fastidio, a pesar de que es inevitable hacerlo. Mal o bien es un espacio que nos provee la supervivencia alimenticia.

Me dirijo a la sección de legumbres y me pregunto cuántos de los agricultores y campesinos logran alimentarse de sus propias cosechas. Hoy las cadenas de supermercados llegan hasta los más furtivos rincones. Seguramente estos tienen que comprar su propio producto a precio de comisariato.

Otros lugares que me causan desgano frecuentar son los centros comerciales, los mercados o cualquier recinto en el que te ofrecen cosas y te presionan para adquirirlas. Ni se diga durante las navidades donde todo está atiborrado y en la confusión ni siquiera sabes que conseguir. Temes que al destinario del regalo no le guste y optas por entregarle el recibo para que tenga la alternativa de cambiar el obsequio.

Me gusta quedarme en casa y escuchar por YouTube noticias peruanas. ¿Por qué peruanas? Esa es otra historia que pronto contare.

Si me es posible le pago a alguien. Le doy la lista y compra lo que necesito. Así evito ir a esa jungla de alimentos donde los olores se mezclan, les es imposible mantener el tufillo dentro de su propio empaque. Una maraña odorífica.

Dado lo engorroso y aburrido que es hacer la fila para pagar, que generalmente están saturadas, ya sea la caja de diez artículos o la de minusválidos, he llegado a la conclusión que la Ley Murphy es totalmente comprobable. Aquella cola que abandonas pensando que otra será más rápida, por algún motivo se paraliza y aquella que abandonaste, de un momento a otro empieza a fluir.

En cuanto te cambias a otra línea que parece avanzar de prisa, surge algún inconveniente y se detiene. Incidentes tales como que la caja registradora se queda sin rollo de papel, y si el cajero o cajera son novatos, las cosas se entorpecen aún más.

A todos nos ha pasado que cuando estamos a punto de pagar, la persona que está atendiendo necesita la presencia del supervisor o supervisora, quien demora una eternidad en aparecer. Esta oprime lentamente cada botón de la caja registradora para darle un mini entrenamiento al empleado, ahí mismo, delante del cliente en turno. Todo ocurre muuuuyyyy leeeentaaaaameeeente. Esa es la ley de Murphy. Escoger por azar un aprendiz e ignorar a otro rápido y experimentado. Creyendo que el primero será más eficiente.

Ni se diga el trámite de las tarjetas. Tanto las de descuento como las de crédito o débito, de repente no suelen ser aceptadas y el cliente debe buscar en su billetera una y otra y con parsimonia firma el voucher. Si se paga en efectivo hay que esperar el conteo del dinero, esperar el cambio, etc. etc. Qué agotamiento. Nunca sabes que imprevisto sucederá.

Suelo llevar conmigo un libro para no exasperarme demasiado en la fila, lo llevo también a los bancos o a algún lugar que de antemano sé que debo esperar. Pero muchas veces el entorno es muy distractor y no logro concentrarme, como por ejemplo los pésimos modales de un cliente o la pataleta de un niño acústicamente inaguantable.

Luego de intentar algunas estrategias fallidas. Opté por observar, como una suerte de entretenimiento. Fijarme detenidamente en los productos que los clientes escogen, fisgoneo el contenido de una que otra carretilla, las que por cierto me parecen pequeñas jaulas donde los artículos van encarcelados hasta que la fianza que pagamos por ellos los libere.

Me divierte (aunque es una diversión sui generis) sacar conclusiones sobre las personalidades de los clientes a partir de los productos que cada uno escoge y confina en su carreta. He descubierto que cada comprador lleva algún artículo vergonzoso que trata de esconder entre los demás y otro que le causa orgullo y lo muestra aparatosamente a la hora de pagar su cuenta. Todo está expuesto en la cárcel de la comida.

Este “pasatiempo” se convirtió en un peculiar estudio sociocomestible.

¿Quiénes son esas personas? ¿Qué anhelan? ¿Qué rechazan? ¿Cuál es su estatus económico? Sus gustos y necesidades, sus pequeños lujos y tacañerías. Es un voyerismo inofensivo.

Aquello que elijes en el supermercado te define de alguna manera. Podría revelar situaciones íntimas. Ahí van metiendo una miscelánea que refleja necesidades, aunque muchas veces ni ellos mismo las conocen.

Entre las prácticas del fisgoneo, recuerdo una carreta que portaba ítems tales como una escoba, medio kilo de jamón Virginia, un vino de cartón, un pan baguete, unos chocolates muy baratos, aceitunas al granel y otras cuantas cosas irrelevantes. No es difícil adivinar los planes del fin de semana del comprador, su canasta delata que está entusiasmado con alguna cita.

En otro carrito he visto grotescas cantidades de fundas de tostitos, cachitos, nachos, tortolines, papitas con sabor a pizza, con sabor a queso, al natural y otras chatarras similares. También gaseosas pero las más económicas. No tenían marcas comerciales, pero seguramente el sabor sería muy similar al de Coca Cola. Probablemente la señora tiene una tienda en la que ganara un poco más de lo que invierte.

Descubro situaciones extravagantes, una vez que tienes estimulados los sentidos supermercadescos. Por ejemplo, una vez vi una carreta llena únicamente de vegetales, hortalizas y frutas verdes. Espinacas, espárragos, brócoli, apio, nabo, verduras, arvejas, lechugas, alcachofas, pepinos, pepinillos, pimientos verdes, nabo, uvas y manzanas verdes kiwis, aguacates. Casi casi era un cuadro de Guiseppe Archimboldo.

Tuve ganas de preguntarle por qué solo compra comestibles monocromáticos. Tal vez padece una carencia de hierro o algo así. De esa manera es como invento las situaciones, pero también invento las explicaciones. Todo es posible en el micromundo de “Alicia en el país del supermercado.”

Uno de aquellos días aburridos de compras me topé con un señor detrás de mí. Tuve la sensación de que era soltero o viudo. Llevaba algunos libros. Uno de Brian Weiss, otro sobre la biografía de Pablo Escobar, otro un Moby Dick y uno de cocina exótica. Que desafío descifrarlo. A parte llevaba algunos enlatados, unos dips que parecían muy buenos y una canasta navideña recién expuestas en las perchas.

Qué habrá en esa vida, qué habrá en ese departamento (si es que vive en uno), qué habrá en esa cocina y qué habrá en esa solead evidente.

Y qué dirán de mí y de mi carreta, en el supuesto de que alguien la examine. Generalmente llevo huevos, para prepararme sanduches de huevo duro, pate de atún para untarlo en el pan, mortadela sin grasa, moldes de pan blanco porque odio todo lo light y lo integral, mayonesa y muchas Coca Colas de tamaño pequeño. También insumos elementales de limpieza.

Será que nuestros productos comestibles nos definen, o nosotros los definimos a ellos a partir de nuestra elección. Los artículos están ahí muy ordenados en las repisas, los dueños del supermercado esperan que los compren y aquellos que no son escogidos por nadie y se pasan la fecha de expiración deben ser desechados (supuestamente).

Ahora entiendo la frase de mi abuela y puedo hacer un símil: “Procura no quedarte en la percha…” (en otras palabras, no permitas llegar a la fecha de caducidad). ¡Había que salir de la percha, atrapar un comprador, ser colocada en la carreta del súper, que alguien pague por ti y si estas en descuento mucho mejor!

Es paradójico como cada semana llenan carretas que les abastecerán unos pocos días y luego tendrán que venir por más, y luego tendrán nuevamente que venir por más. Hasta que la muerte nos separe de los Súper… Mercados.

¿Somos lo que comemos, comemos para ser lo que aspiramos? El escusado podría explicar mejor todo este mecanismo. Si fuese posible claro. En este momento no es mi intención adentrarme en esas reflexiones.

Una ocasión Sócrates entro en un bazar de misceláneas, se quedó ahí un buen rato observando con atención y asombro cada artículo. Al salir le comento a un discípulo que lo acompañaba: “Que alivio no necesitar nada de eso”

Cuántas cosas se han inventado que a lo mejor nunca las hubiéramos necesitado. Sin embargo, si no existiera el satélite que controla internet, a lo mejor no estaría escribiendo esto y no podría escuchar las noticias peruanas por YouTube.

 


Silvia Pérez Loose (1965) Guayaquil. Estudió Literatura y Filosofía en la Universidad Católica de Santiago de Guayaquil. Participé en varios talleres Literarios organizados por la Casa de la Cultura Núcleo del Guayas. Ha publicado dos libros de cuentos Una cortísima situación (1998) y Aguajes y sequías (2016). Profesora de Literatura, Filosofía e Historia del arte.

 


Foto portada tomada de: https://www.pexels.com/es-es/foto/tranvia-monitor-viaje-compras-5498024/

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