Los geranios del domingo | Oswaldo Castro Aldaro

Por Oswaldo Castro Aldaro

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria desde Perú)

El domingo me encuentra boca abajo, desparramado sobre la cama desordenada. El sueño intranquilo de la noche anterior estruja mi cabeza. Me volteo, clavo la mirada en el techo y pienso en las largas horas que tengo por delante. El intestino se retuerce solicitando ser evacuado y tras la ducha reparadora, voy a la cocina para preparar café cargado y revolver dos huevos con jamonada. Desayuno sin prisa y me dirijo al jardín a respirar aire fresco para despejarme. Frente a los geranios paladeo el sinsabor de la soledad y, con la garganta atravesada por alfileres de cólera, pienso en el trepidar de los caballos. Imagino la entrada veloz de uno por los vericuetos de mis dedos y luego otro escapando por las comisuras de las falanges. Cuando presiento al tercero, entro en la fatiga mañanera de las plantas. Mirándolas, vago por las ramas huidizas de los troncos y, previendo que el laberinto es infinito, afronto desesperanzado la angustia de mis pensamientos. Con el vaivén de la mente desbocado, pretendo evitar la caída de las hojas de mi otoño solitario. Es muy ardua la tarea que decido darme una tregua salvadora, breve y piadosa.

Me había sentido solo como un hongo y pretendí cambiar el derrotero de la noche sabatina. Salí de casa para aventurarme en el hipódromo. Recordé las competencias adelgazándome la billetera, así como la angurria por recuperar lo perdido. A mi memoria vinieron la vergüenza de los fracasos, la revisión del programa de la última carrera y la decisión por el número 5. Reviví la voz disimulada del desconocido cuando hacía cola en la boletería.

—El 5 va a ganar —me había susurrado discretamente.

—¿Está seguro? —pregunté soportando la profundidad de sus pupilas.

—Es un ganador —respondió el sujeto, guiñando el ojo izquierdo.

—Según la cátedra, no tiene chance —repliqué poco convencido.

—Precisamente, no lo toman en cuenta y esta noche es suya —había ladeado la cabeza hacia el tablero de apuestas—, paga treinta a uno y nadie le juega.

Daba igual el 5 o el 10. Terminaría la noche derrotado y sin plata. Aspiré profundamente, resoplé y arriesgué aceptando la sugerencia.

Para sorpresa general de los aficionados, el número 5 resultó una saeta desconcertante. No bien se dio la largada, pareció volar sobre la pista. Poco a poco estableció distancia con los rivales y cruzó la meta al lado del 10. Estuvo a punto de tocar la gloria. Rememoré la frustración sentida y haber renegado sin aspavientos. A mi memoria volvió su voz bajando las graderías.

—Mala suerte, perdió por una nariz —el desconocido señaló el piso con los pulgares y esbozó una sonrisa avergonzada.

—No esperaba este desenlace, casi lo logra —hice una pausa y añadí—: supongo que está de salida.

—No, le aposté al 10 y voy a cobrar.

— ¿Por qué no fue al 5, tal como dijo? —pregunté confundido.

—No me gustaba, así de simple y sencillo.

—Sigo sin entender —protesté desconcertado.

—No lo intente, solo tenga presente que la oportunidad no requiere muchas explicaciones. A veces es mejor dejar todo al azar.

— ¿Eso ha sucedido esta noche?

—Saque sus conclusiones —el desconocido sonrió amablemente.

—Espere, por favor. Quisiera invitarle una cerveza.

—No bebo, mi religión lo prohíbe —dijo y se alejó, dejándome boquiabierto.

Junto a los geranios mastico la tristeza y, degustándola bocado a bocado, dejo que se pierda en los pliegues del estómago. Maldigo el canto triste de un gorrión y sobre la piel descolorida de mis mejillas resbalan dos lágrimas. Es el huracán disimulado del llanto contenido. Quiero frenar la impotencia que amenaza con descontrolarme y me convenzo de que estoy perdiendo la batalla. Siento sobre los hombros el peso del día y resignado sigo en la absoluta frustración que rodea mi vida. Me sumerjo en el insondable abismo al que empiezo a pertenecer. Al menos por ahora, mi condición de perdedor es más real que la mañana.

Nuevamente los caballos invisibles cabalgan por las ramas de los geranios y evaden presurosos el acecho intangible de sus manos, perdiéndose en la curva final. Es imposible verlos y tras ellos se van también las ilusiones. Hay ocasiones en que las maletas del alma están tan limpias y laxas como tenues y gastadas las fibras del corazón. La vida saborea la savia de las plantas y corre por las venas de los animales. El murmullo de cascos semeja tambores estridentes que repican, intentando romper los tímpanos. Parece el gruñido mortal atisbando entre los geranios macilentos y acorrala, tiembla, asusta, espanta, oprime, y alcanza en la tragedia griega de una epidemia equina. Es posible entrar en pánico y sentirlo caminando sobre los vellos erizados. Se intenta ponerle una zancadilla y es siempre espía del acecho. El llanto no soluciona nada y es real al derrumbar, caer, rodar, mutilar. El cuerpo negro se cierne asfixiando.

Levanto la vista y veo el cielo pálido amenazado por nubarrones grises. Es el mediodía dominguero temido, aquel que duele cuando almuerzo solo. Exhalo un suspiro, imperceptible, incluso para las confidencias de los geranios, y resignado me jalo el cabello. En los recovecos de mi mente se forman mil ideas tratando de fundirse en una que conduzca a la determinación fatal. En mi drama dominical simulo ser el actor de rostros cambiantes y en el epílogo ofrezco, a riesgo de ser condenado, la faz del desaliento. Aun modificando el ritual, no logro convencer a nadie y menos a mí mismo, dueño del escenario de mis desdichas. El suspenso de la incertidumbre desploma el telón.

Los caballos intangibles se burlan de los geranios. El paso altivo de las bestias los obliga a inclinar las flores. De sus belfos babeantes salen soplidos de cansancio, doblan entrando a la recta de los sueños y recorriendo segundos eternos crean felicidades transitorias y maquinan rabias más duraderas. Ya están en el podio de vencedores y los resultados llegaron a la complicidad de las plantas. Todo se esfuma y la oscuridad reina en el horizonte. No pretendo analizar lo acaecido y despidiéndome del jardín, suspiro y me encamino hacia el interior de la casa. En la mesa del comedor reposan el programa hípico y las pocas monedas que se salvaron. Pienso que otra vez veré en la oficina el panorama desolador del lunes y que necesito encontrar a alguien con quien pasar los fines de semana.

Recuerdo a Mirian y sus aromas brujos, aquellos que me crucificaron sin corona de espinas. La misma que me sentenció en la inquisición del amor y por cuya ausencia ardo en la hoguera. Quiero una mujer como ella y asunto arreglado. Es una petición terrenal para ser feliz y no sé dónde buscarla.


Oswaldo Castro Aldaro. Piura, Perú, Médico-Cirujano (UNMSM). Administrador de Escribideces-Oswaldo Castro (Facebook), colaborador con Fantasmas extemporáneos (relatos cortos), Fantasmas trashumantes (mini relatos) y Fantasmas desubicados (micro relatos). Publicaciones de cuentos y relatos en más de 40 portales, páginas web, columnas y revistas digitales peruanas y extranjeras. Menciones honrosas y premios literarios.


Foto portada tomada de: https://www.pexels.com/es-es/foto/accion-agua-atletas-blanco-y-negro-802861/

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