Guía para encontrar los tesoros perdidos del Tahuantin-suyu | Máximo Ortega Vintimilla

Por Máximo Ortega Vintimilla

 

El doctor Almagro era un tipo solitario, medio raro. Vivía en el campo, en un pueblito perdido de los Andes. Su única actividad era la atender a los pacientes en su consultorio privado. La gente prefería ir donde él, a pesar de que había un centro de salud del Estado. Decían los lugareños que le gustaba coleccionar objetos arqueológicos, antigüedades. Comentaban también, que décadas atrás, cuando trabajaba en la ciudad, en una universidad, había llegado a ser famoso debido a sus investigaciones acerca de las enfermedades de las vías respiratorias.

Una tarde, el indígena Macario, conocido del doctor, llegó hasta su consultorio médico, y después de esperar a que saliera de la consulta una señora embarazada, entró para contarle que no tenía ni para comer, que le diera trabajo en su casa, que sabía hacer de todo, albañilería, jardinería, incluso contabilidad porque era bachiller. El doctor, en silencio, lo miró un buen rato, con una especie de odio; encendió su pipa, echó unas cuantas bocanadas y le indicó que un paciente de la tercera edad estaba por llegar, que lo esperase en el pasillo, que luego hablarían del tema. Macario asintió.

Mientras salía del consultorio, observó en el piso de madera, delante de un librero, una trampilla cerrada con un candado, cubierta a medias con una alfombra. Macario se imaginó que debajo del consultorio había un sótano con objetos valiosos.

Una vez que salió de la consulta el paciente anciano, Macario, que estaba de pie en el pasillo, vio al fondo del consultorio al doctor, quien se estaba colocando su abrigo, su boina y bufanda; pero también le llamó la atención que la trampilla esta vez se encontrara totalmente cubierta con la alfombra. Macario se imaginó, otra vez, que en el sótano había objetos de mucho valor.

Una vez que el doctor echó llave en la puerta de calle, tomó del brazo a Macario y le invitó a tomar un café en el único restaurante que había en el pueblo. En el trayecto le indicó que, en su casa, donde funcionaba el consultorio médico, todo estaba en orden, que no había nada que arreglar. Le recomendó migrar a la costa o al extranjero antes de que pasara el tiempo buscando trabajo en un pueblucho sin futuro.

Tres días después, Macario decidió ingresar al sótano, quería saber si había o no alguna cosa valiosa, estaba necesitado de dinero. Volvería a visitar al doctor. Se aseguraría de llegar en el horario que no atendía a sus pacientes. Y cuando se encontrara adentro comenzaría a idear algún plan.

Pero la mañana que ingresó a la casa del doctor Almagro, so pretexto de regalarle un canasto con frutas, la puerta del consultorio estaba cerrada con un candado grande. Macario consideró que lo del candado no era una coincidencia. De todas maneras, seguiría visitándolo.

En el transcurso de las siguientes semanas, la idea de introducirse en el sótano se fue quedando en el olvidó. Seguiría dedicándose a sus labores agrícolas para poder subsistir con su familia.

Meses después, Macario se enteró que el doctor se había quedado ciego. Decía la gente que en una de sus cortas estancias por algún pueblo de la Costa había perdido la vista debido a la explosión de unas sustancias químicas en el laboratorio donde estaba haciendo unos experimentos, o algo así. Entonces, volvió a fastidiarle el asunto de entrar al sótano.

Así que una tarde fue a visitarlo. Llovía endemoniadamente. Macario se había enterado de que ya no atendía a ningún paciente, ni siquiera en casos de emergencia; también, que se rehusaba a que lo ayudaran en cuestiones relacionadas con el mantenimiento de la casa, o en la administración de sus bienes.

Cuando ingresó al dormitorio, Macario se sorprendió de ver al doctor avejentado y enfermo. El galeno estaba sentado en el borde de su cama, bebiendo té. Junto a sus pies, en el suelo, había un bastón. A pesar de las gafas oscuras que llevaba puestas, el indígena Macario notó que se puso alegre con su presencia.

Se dedicaron a conversar de la crisis económica del país, que los gobiernos nunca atendían al sector agrícola, en fin. Mientras el doctor opinaba acerca del alto costo de los productos de primera necesidad, la mente de Macario se desesperaba por encontrar alguna forma de llegar hasta el sótano. De pronto, vio encima del velador unas cuantas llaves sueltas, entre ellas, una grande y algo oxidada, que podría entrar en el candado del consultorio. Se valió del ruido de los truenos para acercarse y sustraerse la llave.

A mediodía, con un cielo algo despejado, después de cerciorarse de que el doctor había salido a almorzar en el restaurante, acompañado de un muchacho que hacía de lazarillo, Macario entró por la parte trasera a la casa del doctor. Abrió con facilidad el candado y se introdujo en el consultorio. Respiró hondo un par de veces, hizo a un lado la alfombra del piso, alzó la trampilla y, con la ayuda de unas escaleras plegables, se introdujo en el sótano.

Con una linterna procedió a escudriñar el lugar. En un rincón reposaban unos objetos arqueológicos, llamaban la atención una especie de Venus con rasgos incásicos, y a su lado, algo así como un rondador, pero metálico. En una pared se veían unas fotos en sepia de unos hombres con bigotes, seguramente, antepasados del doctor. Del lugar emanaba un olor a humedad, a amoniaco. Minutos después, tropezó con unos libros antiquísimos, cubiertos de una espesa capa de polvo. Y serían esos libros los que, con un extraño poder magnético, le obligaron a quedarse más tiempo en el sótano.

Con cuidado revisó los títulos de los libros e incluso dio una hojeada a uno que otro. La mayoría eran de medicina. Había un manual para curar el asma, otro sobre prácticas de cirugías, y así por el estilo. Así estaba, cuando, de repente, de entre ese montón de antigüedades, dio con un libro grande, empastado con cuero de venado, un códice, al parecer escrito en el siglo diecisiete, en la época de la colonia. En la portada solo se leía: Rumiñahui Quishpe. Cuando lo colocó en una mesa (la linterna ahora la sujetaba con su boca) para hojearlo, se sorprendió que estuviera escrito en quechua, con letra manuscrita y con tinta roja. Gracias a que Macario sabía leer y escribir el quechua, comprendió que se refería a una guía para encontrar los tesoros perdidos del Tahuantin-suyu. En las dos primeras páginas, a manera de prólogo, un tal Curuchima o Gurucachima, en primera persona, alababa a Atahualpa; decía, entre otras cosas, que era el primero y último rey ecologista; que gracias a él los Incas llegaron a interpretar los misterios de la naturaleza. A continuación, había un capítulo: “De las virtudes que se deben poseer para encontrar el tesoro…”

Pasaron tres horas desde que entró en el sótano y ya había leído una buena parte del libro. Pero quería llegar hasta el último, quería comprender unas claves que le llevarían a encontrar el oro escondido de los Incas. Pero en el camino había unas digresiones. El autor relataba, entre otras cosas, unos cuantos logros científicos alcanzados en el imperio incásico, así, el caso de las pirámides, monumentos y más edificaciones construidos con piedra fundida, gracias a una tecnología transferida por los mayas; también, mencionaba unas instrucciones sobre la forma de mezclar el oro con el platino; además, unos contactos que los incas habían tenido en el desierto de Nazca y en el castillo de Ingapirca, al parecer, con unos seres extraterrestres.

Macario, quien ya había llegado a las últimas páginas del libro, estaría pensando que si lograba encontrar el tesoro no necesitaría trabajar en toda su vida. De pronto, una silueta borrosa apareció delante de él. Por poco se muere del susto. Era el doctor Almagro, quien, valiéndose de una puerta secreta, había llegado hasta el sótano. Macario no sabía qué hacer. Se sentía como un chivicabra indefenso. Al poco rato, en su rostro se iluminó un haz de esperanza, estaría pensando que, si el doctor era ciego, no lo podría reconocer. No obstante, eso no ocurrió:

—Comprendo por qué has venido… —dijo el doctor con serenidad, se apoyaba en su bastón.

Macario se quedó pasmado al escucharle. Y prosiguió el doctor, con tono enérgico:

­—Por favor, Macario, lee la última página del libro.

Le hizo caso. Se acercó con la linterna y se puso a leer con cierta dificultad: “…si alguna vez un ciego se interpone en tu camino, cuídate de su aparente bondad: ellos también son codiciosos y no querrán ceder el oro…”

También leyó un párrafo que parecía una profecía: “… y entonces, siglos después, los híbridos emigrarán a otros lares, pero volverán y serán poder…”, Macario no entendía su significado. En los últimos párrafos había otra profecía: “…quien posea este libro padecerá desgracias…”. Macario reflexionó sobre el hecho de que el doctor Almagro se había quedado ciego.

Pasaron algunas semanas. El doctor falleció. Macario se enteró que lo habían encontrado muerto en su mecedora, con el foco de su habitación encendido, mientras los rayos de un sol intenso se filtraban por las aberturas de las cortinas. El muerto tenía en su regazo un sobre cerrado dirigido a Macario, escrito en quechua. Se lo dieron después del entierro. El sobre tenía en su interior un pequeño papel amarillento que decía lo siguiente: “Dispuse que te dejaran algunas cosas… El quechua es una lengua sagrada. Ese libro que te regalé, cuídalo. ¿Sabes?, Rumiñahui Quishpe soy yo. Tienes que leer el libro desde el final hasta el principio, es decir, a la inversa, y al llegar al tercer párrafo, hay unas indicaciones para encontrar unos baúles donde reuní toda mi vida unas piezas de oro que pertenecía a los incas.

Y bueno, aquel libro hablaba de cómo encontrar el oro incásico, o el baúl con joyas y dinero del doctor Almagro; pero, lamentablemente, un hermano de Macario se lo había robado, los lugareños dicen que quizá esta en Europa, en manos de algún coleccionista de libros antiguos.

Ya nadie podría descifrar el misterio, ese libro solo le servía a Macario, solo él sabía cómo descifrarlo. Y en cuanto al foco, desde que encontraron el cadáver del doctor hasta el día de hoy, se enciende a media noche. Su misterio aún no ha sido resuelto. La gente cree que el alma o el fantasma del doctor recorre todas las noches la casa abandonada. Unos vecinos aseguraban que días antes de la muerte del doctor le habían oído hablar a este con el foco encendido, decían que hacía eso porque estaba bien loco; pero, otros vecinos, decían que estaba bien cuerdo, y que esa luz no era un foco, que esa luz era otra cosa…

 


Máximo Ortega Vintimilla. Especialista en Criminología, Universidad Complutense de Madrid; Master en Derecho Penal, Universidad Andina Simón Bolívar; doctor y abogado U. Católica Cuenca. Actualmente es Juez Penal en la Unidad Judicial de Iñaquito de Quito y Conferencista. Obras publicadas: Derecho: La criminalidad económica” (Edit. Fondo de Cultura Ecuatoriana, Cuenca, 2000); La calumnia y las expresiones en descrédito y deshonra perpetrados por medios digitales: Facebook, Watts App y más (Edit. ONI y Editorial Jurídica del Ecuador, 2018 (2 ediciones)). Literatura: La Poesía es algo más que un sueño (Edit. América, Azogues, 1990); Novela El arco iris del tiempo” (Edit. Huerga y Fierro, Madrid-España, 1996, 1ra. edición; Edit. El Conejo, Quito, 2da. edición, 2010); Poemas Vibraciones en Verde”; Cuentos El hombre que pintaba mariposas muertas; novela Gigantescos elefantes dormidos” (Edit. El Conejo, Quito, 2007).

 


Foto portada tomada de: https://www.pxfuel.com/es/free-photo-xvtza

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