“El corazón de las tinieblas” de Joseph Conrad | Fabricio Guerra Salgado

Por Fabricio Guerra Salgado

 

A bordo de desvencijadas embarcaciones, Marlow navega por las turbulentas aguas de un río tropical para localizar a Kurtz, exitoso agente comercial que ha enfermado de gravedad al servicio de una compañía belga dedicada a explotar marfil en las vastas regiones africanas.

Durante la travesía, se van manifestando inquietantes hechos que evidencian la opresión sistemática a la que son sometidos los negros por parte de los colonizadores blancos, a la vez que se va incrementando la condición casi mítica del tal Kurtz, a quien muchos temen y veneran, aunque la mayoría no conozca más que de oídas.

Kurtz no se conforma con ser un mero operador del aparato colonizador europeo ya que, imponiendo su visión personal, busca obtener todo el marfil imaginable pactando con los nativos, logrando ganarse pronto su adhesión y hasta su devoción. No obstante, y corroborando aquello de que el contexto es determinante, deberá aplicar métodos pavorosos, como el de las calaveras empaladas que adornan su casa.

Encarna Kurtz la imposibilidad de las convicciones. Si bien al inicio creyó en la nobleza de la empresa civilizatoria y sus promesas de piedad, ciencia y desarrollo para los primitivos desvalidos, estos no tardarán en ser subyugados por nuestro personaje. Pero el precio a pagar será el de su propia lucidez, por lo que, enloquecido y delirante, antes de morir y en presencia de Marlow, alcanzará a exclamar: “¡El horror, el horror!”, abreviando así, con la clarividencia del moribundo, el argumento nuclear del relato.

La ambientación deslumbra y perturba por igual. La selva no es solo telón de fondo ni teatro de acción, constituyéndose en protagonista principal que acecha y conspira, que juzga y condena. Aquí, el lado más vil del carácter humano prevalece y rebrota a cada instante. El mal, latente y tenaz, campea a sus anchas.

En el África rural y profunda, los valores que occidente consagró como absolutos, pierden significado y vigencia. Civilización y barbarie quedan reducidas a vocablos vacíos, a trastos abollados. En medio de la gigantesca jungla, late el corazón de las tinieblas, irrigado por la mezquindad del hombre conquistador que se empeña torpemente en imponer a toda costa sus ideas de progreso y orden, mismas que nunca serán viables en un cosmos regido por leyes naturales siempre opuestas a las exigencias bursátiles de Londres, París o Bruselas. Y ante tanta rotundidad vital, cualquier intento de normatividad, no es más que vano y patético oropel.

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