Congo. La misión | Fernando Mora Mora

Por Fernando Mora Mora

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria)

 

“Un arma se utiliza para matar. Cogemos un fusil para disparar y poner fin a la vida de alguien. En la guerra de Congo, cuando planificaron las estrategias a llevar adelante, se dieron cuenta de que atacar a las mujeres ayudaría a ganar la guerra. La mujer en el Congo está en el centro de la vida comunitaria porque tiene en sus manos la economía informal. En África detrás de cada mujer puede haber 20 personas ya que dan a luz muchos hijos e hijas y con 55 años pueden ser abuelas. Así que los recursos de familias extensas dependen de una sola mujer. Por esa razón utilizan a las mujeres como arma de guerra, ya que si es torturada no podrá ir al campo, no podrá trabajar y toda su familia estará en peligro. Esta es la lógica de la guerra: en lugar de utilizar 40 balas, con un solo disparó se destruyen muchas vidas. El hombre también depende de la mujer. Cuando se viola a la mujer, el hombre se queda hundido. La mujer es considerada sagrada en nuestra cultura y el hombre se identifica a través de su mujer. Cuando una mujer es objeto de violencia sexual, y es humillada, el hombre se viene abajo y es fácilmente manipulable”

Caddy Adzuba[1]

 

El líder rebelde Laurent-Desiré Kabila, tomaba el Congo en 1997, después de derrotar al dictador Mobutu. Anteriormente en Ruanda fueron masacrados unos 800.000 tutsis y cuando estos tomaron el poder, Mobutu acogió en el Congo a los autores del genocidio que huían. Con el cambio de poder conseguido por Kabila se buscaba la aniquilación de esos exterminadores.

Mobutu había controlado el Zaire como antiguamente se llamaba al Congo desde 1965, mientras Kabila conformaba la Alianza de Fuerzas Democráticas para la Liberación del Zaire (AFDL). El AFDL tuvo el apoyo de los Jefes de los Estados de la región de los Grandes Lagos, Ruanda y Uganda. Las tropas de Laurent-Désiré Kabila avanzaron desde las fronteras orientales del país hacia Kinshasa, ciudad en la que entraron el 17 de mayo. La resistencia se desmoronó y Mobutu huyó a Marruecos, país en el que murió poco tiempo después. Kabila tomó oficialmente el poder el 20 de mayo de 1997 y cambió el nombre de Zaire por el de República Democrática del Congo.

En enero de 2001, tuvo lugar un acontecimiento determinante en la evolución de la situación: el presidente Laurent-Desiré Kabila fue asesinado, sucediéndole en el poder en octubre de ese mismo año su hijo Joseph Kabila

Las causas profundas de las guerras en el Congo desde el año 1996 son:

Los problemas étnicos, cuyo punto álgido fue el genocidio en Ruanda de unas 800.000 personas, miembros de la etnia minoritaria tutsi y políticos moderados de la etnia hutu en el año 1994, provocado por el Gobierno ruandés extremista hutu.

La riqueza en recursos naturales: minerales, especialmente coltán, oro, uranio y diamantes y grandes reservas de madera y de agua. El coltán con propiedades superconductoras de la electricidad, capaz de soportar temperaturas muy elevadas y resistentes a la corrosión. Unas características que han hecho de estas piedras color azul metálico un material idóneo para fabricar móviles, ordenadores y videojuegos. El coltán también se esconde en el interior de armas de última generación como las que se usan en Siria y Yemen, conflictos donde se cierra el círculo vicioso de la muerte que ha manchado a este mineral, trofeo de una guerra olvidada que desde hace veinte años se libra en el este de la República Democrática del Congo.

Según datos de la ONU, entre 1998 y 2002 se extrajeron de esta República cerca de 3,9 millones de kilos de coltán, que alcanzaron en el mundo desarrollado un valor de 793 millones de dólares. Casi el doble de lo que se obtuvo con los famosos diamantes que también se extraen en el Congo. A pesar de ello ni uno de esos dólares fue a parar al país africano. Su Gobierno, actualmente liderado por Joseph Kabila, está constantemente amenazado por golpes de Estado y revueltas. Poco puede hacer por controlar la zona noroeste del país, donde se encuentran los yacimientos de coltán, a 1.500 kilómetros de la capital, Kinshasa.

“En una población donde cerca de la mitad son menores de edad y donde la extracción del mineral es a menudo complicada para un cuerpo adulto, muchos menores son víctimas de trabajo forzado y explotación infantil. Son utilizados en las minas, obligados a dejar la escuela y esclavizados, y entre las niñas, además, existe la prostitución forzada”.

Documentos y fotografías de las misiones se encuentran este momento dentro de un revoltijo de cajones de cartón y sobres. Fotografías están en las paredes, imágenes de amigos de aquellos tiempos de guerras, epidemias y catástrofes. Cuando el sol entra por la ventana, ilumina parte de ellas y una melancolía lentamente se une con los recuerdos.

Tantos pueblos, tantas gentes buenas.

¿Dónde se encontrarán ahora?

Posiblemente algunas tardes en países diferentes recordemos aquellos tiempos…

Quizás nada.

Yo los recuerdo, es lo que cuenta.

Escribo, para no dejarlos en las sombras, intentando se comprenda que un día existieron seres humanos, que en un determinado momento más allá del peligro, más allá de la guerra y de la muerte compartieron la amistad, la solidaridad, la lealtad y el afecto. Sé que no podré demostrar lo que realmente valen con sus existencias sencillas, humildes. Lo que he escrito es solo una forma de agradecer por el tiempo vivido, las situaciones compartidas, tantas conversaciones y sueños, porque soñamos mucho con los amigos y camaradas de cada país donde estuve: un Congo tranquilo con sus mujeres viviendo y cantando seguras , una Nicaragua sin hambre, un Salvador en paz, un Perú de niños con futuro, un Brasil sin violencia, una Uganda con el vientre seguro, una selva amazónica con sus nativos libres, un Afganistán con su Corán en un cielo increíblemente azul, una Ruanda con sus bellas mujeres portando agua en un atardecer africano, un Sahara con sus tuaregs libres en sus caravanas, una digna nación Sahaurí reconocida, una Tanzania esperando vivir, un Ecuador sin corrupción ni envidias…

El escribir estos recuerdos, lo hago lo más pronto de mi regreso del Congo. Así podré conservar los difíciles momentos que vivió el equipo de la Misión Médica Humanitaria en Goma en el Nord-Kivu, una región de los grandes lagos del África, desolada por la guerra.

Ecuador. 04:00 horas. Tomo el vuelo de “Air France” con destino a París.

París. Reunión en la sede. Información de la misión. Indicaciones del plan de seguridad. Evacuación en caso de emergencia.

París.00:16 horas. Aeropuerto Charles de Gaulle. París. Bélgica. Uganda.

Uganda. Kampala 07:00 horas

En el aeropuerto de Entebbe a unos 35 kilómetros de Kampala, aguardo abordar el avión al Congo, la encargada de registrar mis boletos y mi equipaje me mira y me dice:

—¿Por qué va allá? Están en guerra, lo van a matar.

Revisa mi pasaporte y constata que no tengo visa para el Congo.

—No tiene visa para el Congo —me indica.

—La arreglarán allá —le contesto—. Voy en una misión de urgencia humanitaria.

—¡Debe estar loco!

En la sala de espera recuerdo que en el año 1976 en el aeropuerto donde ahora me encuentro, secuestrarían el aerobús de la línea Tel Aviv-París; impresionado por encontrarme allí, recordaba que el cerebro de esa operación había sido el terrorista “Carlos”.

Ya en el avión, observo que estamos muy pocas personas, el avión parte casi vacío.

La emoción aumenta, dentro de una hora llegaré al Congo, por la ventanilla del avión observo el inmenso lago Victoria o Nyanza en idioma suajili, el lago más grande del mundo, rodeado por Uganda, Tanzania y Kenia.

Llevo ya más de 26 horas de avión, desde que partí de Ecuador.

El tiempo transcurre, anuncian el aterrizaje en una pista descuidada, estamos en Goma. Congo. Al salir del avión, el calor del África me llega; es mediodía, el sol brilla en un ambiente de tensión; militares fuertemente armados vigilan, en sitios estratégicos del aeropuerto. Observo ametralladoras pesadas, en los extremos baterías antiaéreas. La pequeña tripulación desciende yo me dirijo a la ventanilla de chequeo de pasaportes.

Me piden el pasaporte, el militar constata que no tengo visa.

—¡No tiene visa! —exclama con fuerza; ante el grito, un guardia armado inmediatamente se me acerca.

—La visa la van a arreglar aquí —le indico.

—¿Qué historia es esta? —me increpa, mientras tanto el militar ya me ha encañonado con su arma.

Un suizo de cabellos rojizos que me esperaba al otro lado de la barra de la aduana me grita:

—¡Lánzanos el pasaporte, nosotros nos encargamos!

En un descuido, retiro el pasaporte de las manos del guardia y lo lanzo; describe una amplia curva volando por el aire sobre los militares y cae en las manos del suizo. Mientras tanto, el militar ya me ha puesto el arma en la espalda, acuden dos más y en un momento me encuentro rodeado y encañonado por sus armas. Me quedo sin moverme, pero sin perder la tranquilidad. En tanto, el equipo que me aguarda desaparece en las oficinas, poco después llegan con mi pasaporte que ya tiene la visa correspondiente y paso por las aduanas.

Afuera me espera un poderoso 4×4, subo y nos dirigimos a la base. Las calles se encuentran en un estado lamentable, se observan carcasas de camiones que han sido ametrallados o recibieron impactos de proyectiles de artillería, casas destruidas, quemadas, jeeps y camionetas con militares fuertemente armados nos observan fijamente mientras pasamos. Las mujeres del Congo deambulan con sus vistosas y bellas telas. Tomamos la avenida del Mont Goma nº 142 donde queda la villa de la misión, cerca del PNUD y el consulado de Uganda.

Llegaba en misión cuatro meses después que el líder rebelde Laurent-Désiré Kabila había tomaba el Congo con la Alianza de Fuerzas Democráticas para la Liberación del Zaire (AFDL), después de derrotar al dictador Mobutu. Kabila tomó oficialmente el poder el 20 de mayo de 1997 y cambió el nombre de Zaire por el de República Democrática del Congo.

Me encuentro en goma la ciudad mártir

Situada al este del Congo, Goma, capital de la provincia de Kivu del norte, ubicada cerca del lago más profundo del mundo, el lago Kivu, es una ciudad mártir. Las guerras han sido más largas que los cortos tiempos de efímera paz, en su lago han flotado cadáveres tanto como han aparecido en sus calles. Goma ha visto pasar largas e interminables filas de refugiados, madres en estado de cruel desnutrición portando en brazos a sus hijos que intentan aferrarse a los senos secos. Niños que muestran sus infantiles muñones de brazos y piernas mutilados por machetes, cojean apoyándose en ramas de árboles que han improvisado como muletas.

En la larga ruta de la muerte del Kisangani, muchos de los refugiados han caído sin vida, otros ya no caminan, no tienen fuerzas; se sientan al borde del camino en inmensas hileras y esperan la muerte, sin lamentaciones, mueren en el más injusto y criminal silencio.

Después de regresar del Congo, la soledad no me impresiona, pero no puedo quedarme en el silencio. Por eso escribo: el grito del silencio de esos niños muertos, la angustia de esas madres famélicas, el sufrimiento de hombres y mujeres mutilados, las lágrimas inconsolables de niñas, muchachas y mujeres violadas.

Este no es un relato en búsqueda de comprensión, es un llamado, es ¡un grito descarnado como el Congo! ¡A la necesidad imperiosa de la tolerancia, de dar humanidad a los humanos!

El equipo de la Misión Congo

Albert

El encargado de la logística era Albert, un congolés con un temperamento serio y reservado, pero siempre amplio a la comunicación cuando se lo necesitaba. Trabajador constante y exigente, comprendía la responsabilidad que dependía de él para mantener el constante y preocupante stock de medicamentos y de equipos. Con inteligencia, suplía aquellos obstáculos que su falta de estudios pudiera presentarle, comprendía con facilidad y gustaba de demostrar velocidad en ejecutar sus tareas. Fumaba mucho, y conjuntamente con Beltrán, el enfermero, que era otro gran fumador, conformábamos ese “club de humo”, que nos permitía hacer bromas al resto del equipo.

Gustaba de conducir los vehículos con rapidez, siendo un gran conductor en aquellos difíciles caminos africanos; más de una vez regresamos a extrema velocidad, puedo recordar las nubes de rojizo polvo africano que dejábamos por la alta velocidad y los espectaculares saltos por la carretera que disfrutábamos intensamente.

Quizás por la falta de tiempo, no tuve la oportunidad de manifestarle el gran aprecio que le tenía y que perdura. Es esa, además, una de las razones por la cual he querido escribir, con la idea de que algún día pueda leer estas líneas y comprender esa amistad que el tiempo de guerra no nos dejó espacio.

Lucien

El administrador, universitario a su orgullo, su gran estatura iba acorde con su amabilidad. De una intensa actividad de trabajo, instruido y alegre y gentil, combinaba sus conocimientos para realizar un buen trabajo en la misión. Constantemente preocupado con la exigencia que la administración local debía demandar a todos los del equipo, quería todos a bien, aun cuando por ser firme en ocasiones le atrajo más de una discusión. Pero estas eran solo discusiones que por la camaradería en medio de las circunstancias de guerra se olvidaban prontamente.

Con su alta figura, espero que siempre continúe por aquellas calles de Goma, soñando con ser profesor como me contaba; era orgulloso de su numerosa familia, a pesar de que como la mayoría de los niños africanos sus pequeñas hijas se enfermaban constantemente.

“Ha pasado mucho tiempo desde que estuve en Goma, espero que sigas vivo. Yo en cambio, ahora solo veo a colegas encerrados en consultorios, a la gente sumergida en una ciudad que más que dormida está anestesiada, que apenas reclama ante la injusticia, no sé cómo aquí pueden quedarse tanto tiempo sin extender la mano. Sabes aquí no hay un lago tan profundo como el que está cerca de tu casa, la idea de irme al mar la haré muy pronto, allá los recuerdos serán más nítidos, más reconfortantes. Quiero contarles que cuando regresé a París, tuve un sueño, era invierno, paseábamos luciendo gruesos abrigos por los Champs Elisés, conversábamos, nadie nos perseguía, ni nos disparaban. Al escribir esto creo, que, si se hiciera realidad, no sé si estaríamos todos, la guerra continúa”.

El suizo

Thomás un suizo con un cabello rojizo, y una de las más amplias sonrisas europeas que he conocido.

“El día de hoy, me regresó una carta que te había enviado, ‘Cambio de dirección’ indicaba. Este fue uno de los motivos para que me propusiera a escribir referente a ti, como si fuera fácil encasillar en letras a una persona como tú, pues sé que al hacerlo apenas podré describir tu persona y tu amistad”.

Thomás era el administrador que establecía la logística con la sede en París, mantenía la contabilidad de la misión, y se intranquilizaba cuando por el incremento de la guerra nos era imposible la llegada del dinero indispensable, “¿recuerdas la nota que en una noche de mucho peligro escribimos para la sede? Nunca la enviamos y la tengo archivada en mis papeles. Cuando la leo y veo tu letra grandota, no dejo de reírme recordando la inmensa tensión en la que la hicimos. Recuerdas cuando estábamos amenazados por incursiones armadas y de pronto te distes cuenta que en nuestro “plan de evacuación” faltaba una radio a transistores, saliste a comprarla apresuradamente, volviste con una radio Philips, con la que al parecer podíamos captar muchas bandas de radio internacionales, que a los dos días dejó de funcionar y escuchábamos a duras penas e ininteligiblemente solo una radio congolesa, sí que te engañaron, nunca te pregunté cuánto pagaste ¿ Dime en verdad cuánto pagaste por la super—radio?”

En este momento se agolpan cantidades de recuerdos que se vienen en tropel, vaya época que vivimos.

“¿Y las conversaciones por la noche, mientras estallaban rokets y ráfagas de Kalash? Cómo nos moríamos de gusto hablando de las bellas piernas de Florence, cuando las ponía sobre la mesa sin importarle lo corto de su falda en ese verano en la sede en París. ¿Crees que debo poner las bromas que la hicimos en estas anotaciones? Y las malditas noches que a pesar del toque de queda que comunicaban por los radiotransmisores: “Aquí mensaje del CHCR, queda prohibido salir después de las 6 de la tarde a las ONG”, para cuando era cerca de las 10 de la noche, aparecías con tu sonrisa, diciendo:

Vamos, es hora de dar una vuelta.

Te contestaba que era peligroso, que como coordinador ordenaba respetar el comunicado del CHCR, lo que sin embargo no tardábamos en desobedecer. Íbamos en jeep, a correr peligro con las bandas armadas que asaltaban a quien salía por la noche. Disfrutábamos mientras el carro saltaba y a veces perdía el control. Íbamos directamente al bar a donde se encontraba la bellísima africana que nos servía con una cautivadora sonrisa tanta cerveza “Primus”, mientras le ponías ojos de “Hush Puppy dog” y te quedabas mirándola largamente.

Te quedaste atrapado al fin de la misión, tuve que permanecer en Uganda comunicándome por radio para saber si estabas bien, me diste un buen susto, pero me tranquilizaba cuando te llamaba con la coordinadora de “Médicos sin Fronteras”, y respondías:

Todo va bien, pero no puedo salir, están bombardeando el aeropuerto —y empezabas a atormentar a la rubia coordinadora M.S.F. de Kampala con tu—. Háblame, necesito escuchar la voz de una mujer…”

Fuiste un formidable amigo para mí.

La Bijou

Es una de las inolvidables mujeres de Goma. La “Bijou” una bella africana, que tenía un restaurante donde se servía la mejor tilapia con salsa. Su nombre era tan difícil de pronunciar que, siendo tan hermosa y dulce, decidí llamarla “la Bijou” (la joya).

En la guerra asesinaron a su familia, saquearon su restaurante, pero ella volvió nuevamente a adecuarlo y hacerlo funcionar. Cuántas veces fuimos a su cabaña, sentados en los bancos de madera esperábamos la favorecida tilapia. Todo se borraba, cuando se acercaba a nuestra mesa, se sentaba muy junto a mí, lo que a Thomás le molestaba, porque opinaba que era suficiente de mimarme, ella sin prestarle atención con sus manos tomaba el cubierto y con una destreza femeninamente africana y maravillosa, retiraba todas las espinas de la tilapia para que luego pudiera comer sin dificultad.

Cuando le decía que al día siguiente saldría hacia el norte, conocida como una ruta arriesgada, cambiaba su expresión, acariciaba mi largo cabello, reclinaba su cabeza en mi hombro mientras decía:

—Mon pauvre enfant.

Esperaba mi regreso, para pedirme le contara qué sucedía en las zonas de combate, mientras me miraba con sus grandes y profundos ojos de chica africana.

“Creo que supiste bien Bijou cuanto te queríamos, que los dioses del África te sigan cuidando y protegiendo, espero que después de muchos años pueda regresar para ir a buscarte en tu restaurante, y desde la puerta vuelva a llamarte como antes, aun cuando para ese momento habré envejecido y seguramente habrá mucha nostalgia en mi voz, cuando pregunte:

¿Dónde estás Bijou?”

Olivier

Era un urgentista francés que se encontraba en Tanzania; lo conocí cuando viajamos a Kampala, para establecer un enlace de red electrónica para Goma. Anteriormente fue urgentista en Chechenia, y ese rasgo común de ser urgentistas de guerra y el “humor negro” en nuestras conversaciones, pronto nos hizo llevarnos bien. Sin embargo, Olivier tenía fiebre y andaba delicado de salud. Después de unos días en Kampala regresé a Goma.

“Fue para después, en mi regreso a París, enterarme de que te habían expatriado porque tu salud se había quebrantado. Estabas internado en el hospital de la Salpêtrière. Cuando fui a visitarte, me enteré de que tu caso era muy grave, pero como urgentistas terminamos en ese hospital por reírnos a carcajadas de la muerte. No sé qué ha sido de ti. Espero que en algún día en algún país en conflicto nos encontremos de nuevo”.

La misión

Después de regresar de un recorrido por la región del Kisangani con uno de los corresponsales internacionales de guerra, ya en Goma me expresaba: “Congo, es un horror inmenso, un desamparo, como yo jamás había encontrado después de años que acompaño los éxodos de os desraizados de la tierra, esta vez todos los límites de lo inhumano se han sobrepasado…”

Realizamos con el corresponsal un balance de la situación de la misión, que luego lo publicaría para dar a conocer al mundo:

“Estaban 400.000 al inicio, después que dejaron el campo de Goma, han caminado 850 Km. en la selva, dejando muertos al borde de la pista. Entre Lula y Kisesa, a lo largo de la línea de tren que lleva a Kisangani 40.000 hutus siguen el camino, otros 40.000 no tienen ya la energía para pasar Kisesa. En este interminable corredor de sufrimiento 35.000 al límite ya de sus fuerzas quedan en Biaro en un campamento improvisado muriendo en el lodo.

Perseguidos y asesinados por los pobladores de la región, atacados por los ejércitos del antiguo régimen que matan y roban y de militares de su propio país del que se encuentran rechazados, intentan desesperadamente escapar del genocidio.

En el camino a Kisangani, debemos enterrar cantidades de cadáveres para evitar una epidemia de tifus. Los refugiados tiemblan por las crisis de paludismo, con gangrena en sus heridas, muchos han caído porque no pueden dar un paso más; las epidemias de meningitis, de polio, sarampión les acaban; la desnutrición es extrema, cubiertos por un pedazo de plástico comen raíces. Los medicamentos se presentan irrisorios frente a la cantidad de refugiados. Las Ongs trabajan día y noche sin descanso, mientras los logísticos se desesperan por aprovisionar cada día las descomunales necesidades. Se reparten bidones con agua, alimentos, cobijas, la preocupación aumenta porque, a más de los problemas sanitarios, una terrible inseguridad de violencia máxima se extiende en toda la región.

La carpa de apoyo médico instalada, se llena de refugiados, las necesidades de atención médica son incontables. Con el valor y dedicación de los equipos locales se establece un apoyo pero en cada momento se siente la angustia de encontrase sobrepasado por la situación, son miles los que llegan y en medio de ellos centenares de niños huérfanos”.

Mientras me desplazo en jeep a los diferentes campos de refugiados, observo que en el borde de la carretera manteniéndolos arrodillados a ex—soldados que aterrorizaban, robaban y mataban a la población, militares los ejecutan con una bala en la nuca.

La armada de Kabila decide enviar los refugiados a Ruanda, pero los refugiados no tienen fuerza para caminar, no quieren volver a pasar por las regiones donde han sido masacrados. Debe organizarse un repatriamiento aéreo para los más débiles a partir de Kisangani. Las Ongs se dividen el trabajo, unas realizan el puente aéreo mientras otras en las que estamos incluidos nos encargamos de la marcha hacia Goma para luego atravesar las llamadas “pequeña y gran barrera” hacia Ruanda.

La actividad humanitaria se vuelve intensa, sobrecogedora, los equipos conformados por voluntarios extranjeros y locales, dormimos escasas horas en muchos días. En este ambiente ya difícil, se incrementa el peligro y la tensión por los constantes tiroteos y ataques que se suceden uno tras otro así como las emboscadas por bandas armadas, que a más de asaltar, asesinan a los que van en los convoyes incluyendo al personal médico humanitario. Convoyes en los que transportamos medicinas, alimentos, por lo que los radio—transmisores que llevamos funcionan indicando en clave nuestra posición. Francotiradores impiden la ayuda para los refugiados, es muy difícil prevenir y por no decir es muy probable recibir un disparo certero, por lo que nunca cerramos completamente los vidrios, para evitar que en caso de un disparo la explosión dentro del camión sea intensa. En tanto noticias inquietantes llegan:

“Un miembro local de “Save the Children” ha sido asesinado cerca de Masisi, cuando estaba acompañando a niños refugiados, los detalles son brutales de la forma en que fue victimado, este hecho hace parte de una violencia generalizada que continúa contra los grupos de refugiados y voluntarios cerca de Goma”.

“Ayer por la noche la casa de World Vision ha sido atacada por bandas armadas. Todas las fuentes opinan que Goma es de más en más inestable. La ruta Goma—Rutsuru será una travesía insegura si se va en convoy”.

“Asesinaron a dos voluntarios del PAM. Las transmisiones principales de la BBC informan de las masacres que se cometen en los alrededores de Goma, y se preguntan cuál es la seguridad de los humanitarios en la zona. La ONU ha sido más explícita en las acusaciones”.

“Siete expatriados de una importante Organización Humanitaria comprendido el coordinador médico han dimisionado y acaban de abandonar Goma protestando por las condiciones de inseguridad. Es necesario evaluar la situación, pero la seguridad está lejos de ser real”.

“Continúan agresiones, en esta semana hubo ataques contra los carros de OXFAM, es claro que la tensión es alta…”

“La ONG World Vision anuncia que evacuará su personal internacional de Goma, después de un ataque por un grupo de hombres armados en vestimenta de civiles y militares…”

En medio de este ambiente de tensión, se me ha delegado por parte del Alto Comisionado para los Refugiados de la ONU para que apoye en una investigación sobre los genocidios. Mientras revisaba los lugares a donde debía dirigirme, me enteraba de las últimas comunicaciones:

“Estamos preocupados por la seguridad de los desplazados y médicos humanitarios en los campos del este de la República Democrática del Congo, hay ataques muy violentos en las afueras de Goma”, decía el portavoz de la ACNUR.

Viajo por la región, acudiendo a donde pueda encontrar testimonios de los genocidios, crímenes, violaciones.

“Nos ataron los brazos detrás de la espalda —me contaba un sobreviviente— y de un empujón nos arrodillaron, cogieron martillos, machetes y mazos de madera, y empezaron a matarnos golpeándonos en la cabeza, cuando me golpearon perdí el conocimiento, no sé cómo sobreviví, me desperté rodeado de cadáveres.

“Tuve que huir porque asesinaron a todos, mis cuatro hijas, mi tío, mi abuelo fueron muertos” —relataba una mujer congoleña.

Muchas mujeres denuncian haber sido violadas brutalmente. Utilizan la violación como un arma de guerra para imponer humillación y sufrimiento extremo que no solo afecte a la mujer sino a todos los de su alrededor. A lo que se incrementa el contagio por el VIH, de esta forma lo transforman en un arma de guerra biológica para proseguir el exterminio con la descendencia. La violación de las mujeres congoleñas es utilizada como arma de guerra, como una afrenta, una degradación por haber sido “manchadas” por el enemigo.

El campo de refugiados

La situación es apocalíptica, caminan con languidez como zombis, sus piernas ulceradas, sus brazos mutilados, las madres escuálidas cargan a los niños, en un ambiente espectral, los senos flácidos no tienen leche para amamantar a sus hijos. Los niños mueren de S.I.D.A. Cólera, malaria, meningitis, desnutrición.

Se me viene a la mente en esos días, un niño negro, sentado con los ojos desmesuradamente abiertos, las moscas se posan en su cara, intentamos deslizar una colada nutritiva en su boca, no responde, la colada se riega por las comisuras, no tiene fuerza ni para intentar comer. El niño no se mueve, comienza a convulsionar hasta que se queda quieto, intento darle masaje cardíaco ¡un, dos, tres! ¡Vamos reacciona! Luego de un estremecimiento ha muerto. Sus ojos siguen abiertos, nos mira a todos sin mirarnos, una sola y grande lágrima se desliza de uno de sus ojos, una lágrima de protesta a la humanidad.

Se me cierra la garganta, se me detiene el corazón, ni siquiera hay una mariposa, solo moscas en su cara, luego la fosa común y cal sobre su cuerpo. Los cadáveres de los niños se amontonan todo el día; en la fosa miro a los cadáveres infantiles caer dentro de ella, dando la impresión de que se extienden los brazos unos a otros, como si intentaran abrazarse para esconder su miedo aún después de la muerte.

Los niños de la guerra

Sentados en un extremo del camino, apenas deben llegar a los diez años, uniformados a la maldita sea con un armamento sofisticado que sostienen en sus manos, ¿alguna vez jugaron estos niños? Encienden un cigarrillo de mariguana y se lo pasan del uno al otro. Sus conversaciones son casi gritos, sus gestos agresivos.

El 4×4 se acerca al puesto de vigilancia, se levantan enseguida obligándonos a detenernos. Revisan nuestros salvoconductos, observan detenidamente el carro, el logo impreso. Inesperadamente nos apuntan amenazándonos con las armas y nos obligan a descender del vehículo mientras llaman a su comandante. Nos ponemos al borde del camino. Llega su superior, nos revisa los papeles, nos pregunta:

—¿¡Qué hacen aquí!?

¿¡Qué hacemos aquí!? ¡Cómo si no supiera que hay heridos! ¡Que hay niños muriendo de hambre! Luego mira dentro del jeep que está lleno de medicamentos

—¿A dónde van?

—A Rwanguba.

—Estás loco, en este momento están dando bala, los van a matar.

—Tenemos que llevarles medicamentos.

—Entonces que los acompañen.

—No pueden subirse con armas, es prohibido transportar gente armada con nosotros —le indico.

—De todas maneras, que los acompañen —me dice.

Se sube un niño, se pone a mi lado, partimos, no dice nada. En el largo camino que recorremos saco mi cajetilla de cigarrillos “Gitanes”, tomo uno y lo enciendo, el niño me observa, más aún cuando ve la cajetilla me hace un gesto de que también quiere fumar, le extiendo un cigarrillo, él lo toma con una sonrisa y me dice:

—¡Cigarrillo francés, bueno! ¡Gitanes!

Lo veo exhalar el humo con satisfacción, su rostro ha cambiado, es absurdamente un niño feliz fumando, le abrazo y le digo:

—Eres apenas un niño —y seguimos el viaje mientras le abrazo con la añoranza de mis hijos que están lejos. Él se siente bien, no está acostumbrado a ser querido. Me dice:

—¿Sabes cómo te dicen por aquí?

—¿Cómo me dicen?

—Papa Mzungo. (Papa blanco en swahili).

Al acercarnos, vemos cómo el humo se alza a lo lejos, han atacado al poblado, cuando llegamos al puesto de salud, acude la enfermera en una crisis de pánico.

—¡Nos atacaron, hay muchos heridos y muertos!

Se ven los impactos de bala y proyectiles en las paredes, descendemos y empezamos a aprovisionar los medicamentos, mientras vamos a la enfermería, veo al pequeño a mi lado y le digo estúpidamente, olvidando que es un soldado “profesional”.

—No te separes de mi lado, cuidado con alejarte que te puede pasar algo.

Entramos en la enfermería, el olor a sangre nos llena los pulmones, los lamentos y alaridos llegan a nuestros oídos…

La situación en el Congo

En las salidas a Kabonero, Bunagana, Jomba, Karambi, Mutabo, encontramos que la situación del Congo se encuentra bajo el signo de las catástrofes. Desde las epidemias del virus Ébola, cólera, meningitis, poliomielitis, hasta los de los refugiados de Ruanda, Burundi y el despertar de los conflictos étnicos del Masisi.

La región se caracteriza por una extrema miseria debido a las consecuencias de la guerra, en que el pillaje, el vandalismo y la muerte se ensañan incesantemente. Las estructuras de salud han quedado destruidas y saqueadas. La inseguridad convierte a Goma en una de las regiones más peligrosas del Congo. La presencia de bandas armadas, las milicias FAZ del régimen del depuesto Mobuto, las Interahamwe, los conflictos étnicos entre hutus y tutsis, milicias ruandesas y los tradicionales y temidos guerreros Maï—Maï, crean una atmósfera de conflictos bélicos incesantes.

Congo se encuentra en la lista de la ONU como uno de los lugares más amenazados. Fue el epicentro de la mayor inhumanidad de la historia moderna: el genocidio de 1994 en la cercana Ruanda (la masacre de más de ochocientos mil miembros de la etnia tutsi), con dos guerras y un saldo de cinco millones de muertos.

Constantemente realizamos salidas, hay ocasiones en que, cuando subimos al vehículo, nos invade la sensación de que vamos a morir en el trayecto, hay que concentrarse y sacarla de la cabeza, no pensar en nada. Realizamos los trayectos a los diversos puestos de salud alertados de que debemos regresar a Goma antes de las 6 de la tarde. A partir de esa hora, comienza el toque de queda en las carreteras. En la noche pese al apoyo militar contratado de mercenarios llamados PapaMike, en el canal de radio de emergencia se escuchan los asaltos a diferentes ONG, UNICEF, CARITAS, World Vision.

En la región de Rwanguba, los Centros de Salud se encuentra en la miseria absoluta, la imagen es alucinante: sin luz, en pisos de tierra, en lo que no podríamos llamar camas, se amontonan los enfermos, con sus ojos afiebrados, temblando por el paludismo, encorvados dolorosamente por la meningitis, las infecciones respiratorias, digestivas, la diarrea, el sarampión. Lo más espeluznante es ver morir a un niño esquelético mientras cientos de moscas se posan sobre el pequeño cadáver.

Nuestro equipo humanitario es de los contados que trabajan en esta peligrosa región, pues para llegar hay que atravesar la temida zona del bosque de Virunga, con un recorrido de cerca de 30 minutos, sitio donde se dan emboscadas y no existe protección alguna.

Las enfermeras locales sufren crisis nerviosas que las superan con valentía extraordinaria, todas estas enfermeras congolesas son mujeres admirables, se mantienen firmes en sus pequeños, miserables y destruidos puestos de salud, con el peligro constante de ser torturadas, violadas, asesinadas. Reciben con alegría el apoyo médico que les aportamos. Al despedirnos las abrazo por largo tiempo, mientras mantienen su cabeza sobre mi pecho acaricio suavemente su rizado cabello; su valentía, su dignidad, despiertan en mí mucha ternura. Son de aquellas desconocidas heroínas que jamás recibirán ningún reconocimiento a los que estamos acostumbrados en nuestra morbosa pasividad local.

Los días se suceden, atendemos toda clase de enfermedades, las filas son interminables, los camiones para repartir alimentos se abastecen constantemente en los Centros de Apoyo Alimenticio y parten a aprovisionar a puestos médicos y campos de refugiados. A la noche mantenemos reuniones de planificación con la ONU, el HCR, UNICEFF, Save the Children, MSF.

A inicios de septiembre, la situación bélica se sale de control. Por la inmensa inseguridad se ordena la evacuación de todas las organizaciones humanitarias; sin embargo, nosotros nos negamos a evacuar, decidimos quedarnos, fue mi decisión de coordinador sobre el terreno pese a las fuertes advertencias. Después de soportar una semana de intensos bombardeos, intercambios de tiros de armas pesadas, ráfagas de armas automáticas, Goma recobra el control y podemos continua las actividades de intervención de urgencia con el PATS y ECHO, para la reconstrucción de los Centros de Salud, mientras aparecen epidemias de poliomielitis consecuencia de la ineficacia de realizar el PEV por la catástrofe de transporte del Congo (aérea, ferroviarias, rutas), y por las difíciles condiciones de inseguridad.

Secuestrados

Después de aprovisionar a centros de salud, al regresar en un tramo alejado por el bosque de Virunga nos detuvo un grupo armado, no quisieron escuchar que estábamos en una misión humanitaria, ni respetar salvoconductos, ni la identificación de médicos humanitaristas. Nos obligaron a bajar del vehículo, mientras saqueaban lo que llevábamos, parecía que de esta no íbamos a salir vivos. Vociferando nos empujaron, mientras gritaban nos apuntaban como si fueran a asesinarnos y luego disparaban al aire, no sabíamos en qué momento iban a disparar sobre nosotros. Fue cuando llegó el comandante. Por casualidad habíamos curado a su sobrino de una grave herida de guerra, me reconoció e increpó muy duro a los soldados, se disculpó y nos dejaron libres. Regresamos al amanecer, mientras tanto los marines ya nos estaban buscando para rescatarnos. Ya en la base nos recuperamos de la amenaza de muerte que pasamos, reconfortándonos con el café que nos preparó Papa Angui, el cocinero de la misión.

Septiembre. 4.000 refugiados

Septiembre, último período de la misión de urgencia, 4.000 desplazados llegan a los campos de Ndosho, a los que se han quedado en el norte hay que alimentarlos para que tengan las fuerzas para regresar, hemos tenido que proteger los convoyes para su transporte instalando ametralladoras antiaéreas para la seguridad de los refugiados. Una de las tragedias humanitarias más abominables comienza, conociendo que a partir del Km.82 es una marcha monstruosa donde cada minuto si no se tiene el apoyo se puede convertir en un crimen contra la humanidad.

—Sí te propones salvarlos te van a matar —me advierten— es a ti en las emboscadas a quien van a apuntar primero, para que sirva de escarmiento de que no se debe ayudar a los refugiados, estás es una guerra genocida.

Por tres días se los alimenta, se desinfectan lo mejor posible las grandes úlceras de sus extremidades. Desesperados porque los medios de transporte se nos habían agotado y para el colmo una ofensiva de guerra había obligado a que los militares que daban seguridad a la región la abandonaran para dirigirse a la zona de conflicto, lo que permitía que las bandas de asesinos genocidas se acercaran para masacrarlos. El pánico, el miedo, un terror extremo, inimaginable invadían a los refugiados. Cuando fui a encontrarlos, hombres, mujeres y niños temblaban de miedo como si tuvieran un pavoroso escalofrío, se pusieron a mí alrededor pendientes de cada gesto, de cada palabra. Los niños se acercaban, en sus ojos había terror, una niña me empezó a halar de la camiseta, quería que la tomara en mis brazos, lo hice y poniéndome sus oscuros bracitos en mi cuello me abrazó muy fuerte, mientras me pedía:

¡Sálvame! No quiero que me corten mis bracitos.

Le respondí:

—Tranquila, no te abandonaré, te protegeré.

Nos hallábamos dentro de una labor humanitaria impresionante, pavorosa. Preparamos los recursos logísticos de alimentación, combustible, medicamentos, agua; estableciendo los grupos de prioridad para ser evacuados: mujeres, niños, luego los ancianos, al final los hombres. Los alimentos se agotan, tenemos que priorizar para niños, mujeres con hijos y encinta. Los camiones llegan, hay que mantener la calma, evitar el pánico por escapar, se llenan y parte la columna del convoy. Voy en el primer camión, se siente la tensión, sabemos que el peligro comienza, transpiro intensamente, voy observando la carretera, intentando ver a todo lado, cualquier movimiento, cualquier situación que nos indique una emboscada o una mina enterrada en el camino. Mientras el camión sigue en marcha, abro la puerta y salgo para ver el resto del convoy, observo que los mercenarios dirigen las ametralladoras a sitios que creen de cuidado. Mientras el gran camión sigue en marcha voy deslizándome a la parte posterior, para ver cómo se encuentran los niños, están sentados, se abrazan entre ellos, se toman de las manitos, son un grupo de niños llenos de miedo, de terror. Me miran, les sonrío, les hago un gesto de saludo con la mano, algunos de ellos también sonríen. A momentos todo me parece irreal, que no puede darse, la humanidad no puede llegar a estos niveles de asesinatos, de violaciones, de genocidio, pero todo es horripilantemente real.

Vuelvo a la cabina, momentos después se escuchan disparos a lo lejos, que no tardan en responder los mercenarios disparando las ametralladoras, para indicar la clase de armamento que tienen y de esta forma hacerles pensar dos veces en cualquier ataque a los refugiados.

En el segundo viaje con los niños, mientras los suben al camión, veo a la niña que estuvo en mis brazos, ella me reconoce, vuelve a extenderme sus brazos, la cargo y la llevo conmigo en la cabina, al poco tiempo se duerme. Llegamos a la frontera de Ruanda, la despierto y en mis brazos la llevo para entregarle a la Cruz Roja Internacional, una enfermera se acerca y toma a la niña, antes de irse me ha dado un beso esa niña africana, su beso y su abrazo me han conmovido muchísimo.

Los convoyes se sucederían una y otra vez, bajo una intensa inseguridad.

Últimas imágenes…

Los niños en los grandes camiones, bajo una intensa nube del rojizo polvo congolés, agitan sus manos despidiéndose de nosotros…”

Ébola

Hemos acudido a lo que queda de un hospital al oeste. Nos han llamado por una extraña enfermedad. Cuando llegamos, en la miserable sala de enfermos, un doctor congolés me dice: “Doctor, presentan una fiebre altísima, dolores musculares muy fuertes, dolor intenso de cabeza, vómitos, diarrea”. Voy oyendo lo que me relata, siempre me he impresionado la formidable capacidad médica de estos colegas africanos. El cuadro resulta complejo.

—Bueno —digo— veamos a los enfermos.

Uno de ellos, está acostado, el dolor le contrae los músculos de su cara, a cada momento emite un alarido de dolor intenso, toda su piel está llena de máculas, pápulas y entre ellas algunas vesículas, un tinte amarillo se impregna en sus ojos afiebrados, brillosos. Vemos a otro, que ya no se mueve, está en coma. La enfermera retira la sábana intempestivamente, al hacerlo observo que la sábana está llena de sangre, ni siquiera me ha dado el tiempo de advertirle que no debía hacerlo sin tomar las precauciones para ella y para todos. Inmediatamente la sala se llena de un olor a manzanas podridas, el hígado se está destruyendo, “hepatitis citolítica”, el cuerpo está lleno de sangre, la sangre le brota por la nariz, la boca, los ojos, las narices, la piel presenta manchas extensas de sangre oscura y otras rojas son recientes.

Hay un silencio entre nosotros. Se agolpan en mí los datos, la región Congo, África, fiebre, sangre, vesículas, destrucción hepática, insuficiencia renal, dolores atroces, muerte en una semana a lo máximo, pese a que no tengo los datos ni acceso a un laboratorio de alta especialidad, la palabra viene como una maligna profecía:

—¡Ébola, es el Ébola!

En el Nord Kivu

Llegamos a un pueblo del Nord Kivu que ha sido atacado, muchas casas se encuentran en llamas, hay cadáveres por todas partes, en las calles, en las habitaciones. Los heridos son numerosos, los vamos tratando de juntar en una iglesia, mientras el equipo de médicos los atiende, un grupo de mujeres africanas me llaman y me indican con gestos despavoridos que vaya a una casa; voy con ellas, están aterrorizadas, vamos corriendo pues algo muy grave debió haber sucedido. Al entrar todo está destrozado y revuelto, un olor de sangre espesa, coagulada, me llena las narices, olor al que durante todo este tiempo en el Congo y otras guerras me he ido habituando. Sobre una sucia manta, en el suelo se encuentra una mujer, a su lado está el cadáver de su hijo de cuatro o cinco años, la criatura ha sido degollada. Me acerco a ella, está empapada en sangre, me mira con los ojos llenos de pánico y dolor, me extiende suplicante las manos, las tomo y me salpico de su sangre, la tranquilizo y procedo a revisarla, su vestido está empapado en sangre que proviene de su pecho, con tijeras abro la tela y encuentro: ¡que le han amputado los senos!

Esta es una de las atroces formas con las que advierten que la etnia debe desaparecer, con esta brutal mutilación amenazan a que las mujeres no deben tener hijos de su etnia.

Le inyecto un fuerte calmante con 15 miligramos de morfina, espolvoreo los muñones de sus senos con sulfanilamida en polvo y cubro su pecho con capas y capas de gasa; se va adormeciendo por el medicamento, paso mi mano acariciando su cabello y su mejilla para que se vaya tranquilizando, todo este tiempo me tiene tomado de la mano, cuando se ha dormido, muy suavemente retiro mi mano de la suya.

Luego, salgo para continuar atendiendo a la población; empezamos la búsqueda de heridos, de sobrevivientes que pueden estar confundidos entre los cadáveres o en los alrededores cuando intentaban escapar.

Me encuentro con algo que será espantoso. Hay una construcción humilde, en lo que queda del letrero incendiado. Dice: “Escuela”; la puerta está arrancada hacia afuera y los bordes quemados por la explosión. Entro. En la oscuridad el olor es nauseabundo, millares de moscas llenan el lugar, el zumbido que producen es infernal, irritante. Con la linterna voy iluminando y la mortecina luz va revelando muchos cadáveres de niños. Han encerrado a los niños en la escuela, luego han arrojado granadas adentro. No hay nadie vivo, las lágrimas llenan mis ojos y un llanto desesperado llega, me siento en el suelo, no puedo más y lloro. Mi llanto es inconsolable, allí estoy rodeado de niños asesinados y me siento no solo en el mundo, sino solo en el universo.

No sé cuánto tiempo estuve allí, encendí un cigarrillo, pues llevaba en mi mochila algunos paquetes. Miré a todos esos niños africanos y pensé: los ángeles no son inmortales, han sido asesinados en esta escuela.

Realizando un gigantesco esfuerzo por sobreponerme, no podía decaer, me dirigí al lugar donde habíamos concentrado a los heridos. Cuando entré, los gritos de dolor eran ensordecedores. Todos los del equipo médico y paramédico nos dedicamos a atender: heridas de bala y sobre todo de machetes, de los profundos cortes salía una sangre espesa en medio de grandes coágulos; en las heridas, gruesas moscas entraban y salían. Había niños con los brazos cortados. La anestesia se terminó pesé a las cantidades que llevábamos y trabajábamos sin ella en medio de los alaridos de dolor, desbridando los tejidos desvitalizados que tenían un color parduzco, ligando vasos, suturando. Las moscas zumbaban y se ponían sobre los guantes de cirugía, no había cómo espantarlas. Había mujeres agonizando con el vientre abierto, hombres que habían sido rociados con gasolina y luego quemados. Jóvenes muchachas y niñas se acurrucaban en un rincón aterrorizadas con sangre entre sus piernas por haber sido salvajemente violadas. Fue así como viví lo inimaginable del miedo, del terror, del dolor, del sufrimiento, de la desesperación, de la angustia.

Francotiradores

Hemos viajado a donde han atacado a otra población del Nord-Kibu. Cuando llegamos al último control, nos detienen, pese a que la población está a menos de 500 metros, ya que puede haber francotiradores. Dejamos el jeep, es mejor ir a pie, nos han dado impermeables de camuflaje, cargamos las pesadas mochilas y cubiertos con este camuflaje bordeamos la carretera. Cuando llegamos al campo empezamos a arrastrarnos, las ramas dificultan, algunas son espinosas y molestan mucho, pero continuamos deslizándonos en fila, el que va adelante avanza algunos metros y se tira a tierra, luego el siguiente y así seguimos. Con el calor y el camuflaje sudamos cuantiosamente. En la boca voy sintiendo nuevamente el sabor de adrenalina que me gusta y estimula. Se escuchan detonaciones a lo lejos, seguramente están disparando sobre un grupo de refugiados que intentan huir por el otro lado. Aprovechamos y corremos a toda velocidad la distancia restante, la mochila golpea con dureza y se siente la fuerza del corazón en toda su potencia, no paramos hasta que llegamos a la población. Apenas estoy a cubierto, me dejo caer, siento que me ahogo, trato de controlar la respiración, parece que mi cabeza va a explotar, el corazón late sin control. Todo el equipo de humanitaristas estamos sentados, arrimados contra la pared de una casa; nos miramos pero no hablamos, solo tratamos de recuperar el aliento. Apenas nos recobramos, empezamos la labor médica humanitaria. A la tarde llegan los carros blindados de los militares de apoyo, nos subimos en ellos y volvemos; al regreso no ha habido disparos, pues ya han “limpiado” la región. Sin embargo en la carretera se ven los cuerpos de los francotiradores ahora muertos, los carros no se desvían, pasan sobre ellos”.

Kabila

El MIRENAPU envía un jeep armado a la sede con guardias, el militar baja y me dice:

—Vamos al aeropuerto, hay una persona muy importante que quiere conocerte.

Subo al jeep intrigado, nos dirigimos al aeropuerto de Goma que está repleto de soldados. Poco tiempo después aterriza un avión, la puerta se abre y los militares formados en filas haces honores: Laurent-Désiré Kabila, llega en una visita a Goma.

Estoy invitado a desayunar con él y sus oficiales. Conversamos y Kabila termina diciéndome:

—Sé de tu trabajo en la región, me han comentado mucho, me gustaría que vinieras a Kinshasa y me ayudarás a reconstruir el Congo.

Apoyo a la región

Durante el período de la misión, a más del apoyo a los refugiados se realizaron, en el eje correspondiente a Rwanguba, Nord-Kibu.

  • Campañas de apoyo en vacunación. BCG. Antisarampionosa. Antipolio. DTCoq.
  • Control de epidemia de Meningitis.
  • Control de epidemia de Polio.
  • Apoyo nutricional a las poblaciones.
  • Reconstrucción y equipamiento en medicamentos y materiales a:

14 Centros de Salud: Shinda, Nyayukwangara, Karambi, Mutabo, Matebe Rwanguba, Jomba, Bunaga, Kabonero, Shangi, Rutsiro, Ntamugenga, Tanda, Kabaya

2 Hospitales: Rwanguba y Jomba

1 escuela de enfermeras.

La misión termina

Guardo una carta y una estatuilla africana que me ofrecieron antes de dejar el Congo.

“REPUBLICA DEMOCRATICA DEL CONGO

BOAL.BENI—ALUA.

C/o MIRENAPU/GOMA.

Coordinación de agencias onusianas. ONG.

Dr.

Es con un corazón sincero, que mi familia os ofrece este pequeño presente.

En signo de reconocimiento por lo que usted ha hecho. Esta estatua representa al Jefe Tradicional del Imperio Luba—Kasaï.

Verdaderamente, ni el Congo, ni nosotros no olvidamos ni vamos a olvidar jamás la ayuda que usted nos ha dado. Al irse usted el Congo siente una gran pérdida.

Sentimos vuestra partida, y pedimos a los dioses de nuestros ancestros que os acorde larga vida y buena suerte en vuestras peligrosas misiones.

Muchas gracias.

Boni. A.

La estación seca ha terminado, llegan las lluvias al África y todo se va grabando en la memoria. Una fotografía está frente a mi escritorio, la de un camión lleno de niños levantando sus manos para despedirse, y recuerdo entonces las palabras de uno de los viejos refugiados:

—Un día esos niños y niñas serán padres y madres, y contarán a sus hijos que ellos están vivos porque una vez un médico los salvó, la imagen sin nombre del médico de cabellos largos se repetirá de generación en generación.

Ahora cuando llueve en ciertas noches, me despierto sobresaltado, sudoroso, hablando una mezcla ininteligible de español y de swahili y creo estar en el Congo, luego la realidad va llegando, con nostalgia exclamo: —¡Jambo África!—. Llega el insomnio por el resto de la noche, me levanto, abro los documentos del Congo, repaso cartas, fotografías, los ojos se vuelven distantes, la melancolía se instala y espero el amanecer. Qué necesidad de conversar con ellos, qué necesidad de abrazar a esos niños negros, qué necesidad… qué necesidad”.

Al terminar estos escritos, un pájaro cantó junto a mi ventana, y comprendí:

Ese pájaro era uno de esos niños del Congo que asesinaron a machetazos, y lo enterraron con tantos otros niños masacrados en una fosa olvidada en el África.

En su canto pude comprender que me decía: esos niños que se fueron habían pedido a Dios:

Ser pájaros en otra nueva vida, pero nunca más niños del Congo”.

Testimonios

La historia de Zabulonda Mwin Elysée la cuenta ella misma: “Tengo 28 años y cinco hijos. Nací en Shabunda, a 350 kilómetros de Bukavu. Había conflictos en nuestra aldea y nos trasladamos a las pequeñas casas que construimos como refugio en el bosque. Al huir llegaron las Fuerzas Democráticas para la Liberación de Ruanda (FDLR) para atacarnos. Estaban mis padres, mis hermanos y hermanas… Los FDLR preguntaron por el jefe de la familia y se presentó mi padre y le obligaron a violar a su primera hija, que era yo. Mi madre estaba allí. Mi padre se negó. Lo decapitaron y lo descuartizaron. Nos dieron los trozos para que nos los comiéramos. Nos negamos, y mataron a mis hermanos. Quedamos mi madre y yo. Me violaron, no sé cuántos, introdujeron objetos en mi vagina, perdí el conocimiento y seguían violándome. Recobré el conocimiento y había cadáveres junto a mí: mis hermanos, también mi madre. Solo quedaba mi abuela. En el hospital al que me trasladaron me dijeron que habían destruido todos mis órganos sexuales. No sabía cómo podía hacer mis necesidades, no sentía nada… Acabé en Bukavo, en Panzi, el hospital que se ocupa de las mujeres violadas. Estuve ingresada tres años, tuve múltiples operaciones. Me negué a regresar a mi aldea, no tuve fuerzas para hacerlo. Recuperé a mis hijos, a mi marido lo había perdido también. Me dijeron que no alzara peso, pero soy una portadora de objetos, tengo que hacerlo para sobrevivir, me siento muy mal, pero no tengo elección”.

Eugenie Bitondo: “Nací en Mwenda en 1967, estoy casada y tengo cinco hijos. En 2004 Mutebsi era el comandante en jefe militar y la guerra había comenzado en esa zona. Huimos de la guerra hacia Ngandu. En este conflicto murió mi marido, lo mataron en mi presencia. Entraron 14 militares y se le echaron encima porque él quería defendernos. Y los militares me cogieron y me violaron, uno tras otro, hasta siete. Desde entonces tengo dolores en las caderas, me destrozaron totalmente. Esto es el infierno y quiero anunciarlo a todo el mundo, a todo el planeta. En medio del campo, junto al río, cogen a las madres y las violan. No puedes salir de casa, porque ahí tampoco estás segura, derriban la puerta, se llevan lo que quieren y nos violan igualmente. No podemos salir a trabajar al campo, no tenemos nada de lo que podamos vivir, necesitamos ayuda para que puedan cambiar las cosas”.

Henriettre Kika: “Me violaron cinco rebeldes en el bosque. Iba al campo, cuando llegué me tiraron al suelo y me violaron, estaba agotada, no podía hacer nada. Mi marido intentó defenderme y los rebeldes lo mataron y lo descuartizaron. Después de atacarme me dejaron bajo un árbol. El ano y la vagina quedaron unidos, fue horrible ver los trozos del cadáver de mi marido junto a mí. Yo era como un animal, sangraba por todas partes, no podía tenerme en pie. Me llevaron a Kingulube y de ahí al hospital, por eso estoy viva. Soy madre de 10 hijos. El doctor encontró incluso trozos de madera adentro de mi vagina, no puedo volver a trabajar ni hacer nada. Si me ves por detrás tengo un bulto grande en el cuello, nunca tuve eso antes. No podía hablar ni comer, por eso me llevaron al doctor Denis Mukwege (leer: “El Doctor Mukwege y su Hospital”) y estuve cuatro meses en el hospital. Después de muchos esfuerzos conseguí ponerme en pie. Ya no vivo con mis hijos y me siento inútil en la sociedad, olvidada y abandonada.

Mayuma Byantabo: “Tengo 46 años. Es realmente grave la situación que sufrimos. Un día salimos al campo, los niños se quedaron en casa, yo volví sobre las tres. Vi que la casa comenzó a arder. Los pequeños estaban encerrados dentro. Yo no podía entrar en la aldea, la tenían rodeada e intenté huir al campo. Pero me atraparon y me violaron. Yo ya sufría al pensar que mis hijos se habían quemado vivos en la casa y perdí el conocimiento. Dos días después, unas personas me recogieron y estuve una semana sin saber dónde me encontraba ni lo que había pasado ni lo que había sido de mis hijos. Me trasladaron a Bukavu para que me curasen. Mi marido, que no estaba con nosotros cuando sucedió todo esto, al enterarse me abandonó, me echó la culpa de lo que había sucedido. A mis padres los mataron en la aldea, a mis hijos los quemaron vivos, me encontraba sola en el mundo. Pienso que, de no haber sido por la guerra seríamos felices, estaríamos todos en la aldea con nuestros padres y nuestros hijos.

Cheusi Kwasila Anne (profesora): “Estaba con mi marido, éramos comerciantes, llevábamos mercancías para vender en Baliga, para ello teníamos que atravesar una zona de bosque; llegamos vendimos nuestra mercancía y de regreso a casa, empezó a llover y nos refugiamos bajo un árbol, los dos con nuestro hijo. Aparecieron unos hombres con antorchas, llevaban armas, nos intimidaron y mi marido les ofreció el dinero de las mercancías que habíamos vendido. No quería el dinero, solo querían violarme y que mi marido y mi hijo lo presenciaran. Lo hicieron seis hombres y perdí el conocimiento. Introdujeron un cuchillo en mi vagina, me destrozaron por completo. Nos abandonaron a los tres, pero yo seguía inconsciente. Luego supe que violaron a otras 12 mujeres. Mi marido me trasladó a una población cercana, me atendieron y empecé a curarme. Pero él me abandonó porque había dejado que me violaran, decía que tenía que haberme resistido, aunque me hubiesen matado por ello. Fui a Bukavu, al hospital de Panzi para que me curasen y no pude volver a mi aldea. Hoy vivo sola y me hago cargo de nueve niños. Hoy pido protección al Gobierno, que nos dé la paz. Sé que mi marido me dejó, pero sé que él también estará traumatizado por la atrocidad que tuvo que presenciar”.

Notas

[1] Caddy Adzuba es abogada, periodista y activista por los Derechos de las Mujeres, la infancia y la libertad de prensa. En 2014 recibió el Premio Príncipe de Asturias a la Concordia. Esta mujer congoleña ha sido testigo del conflicto armado que asola la República Democrática de Congo desde 1996 con frágiles periodos intermitentes de alto al fuego.

 

 


Fernando Mora Mora. Médico ecuatoriano. Publicó Congo, La Misión (2020). Ha realizado estudios en el I. Pasteur. C.H.U. Saint-Louis. Pitié Salpêtriere. París. Francia.  Estudios en Filosofía y Letras. Médico urgentista y humanitarista en misiones de guerra, grandes catástrofes y epidemias en África, Asia, América Central y del Sur. Fotógrafo de guerra y pintor artístico.

 

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