¿Qué debo hacer para que me crean? | Máximo Ortega Vintimilla

Por Máximo Ortega Vintimilla

 

Esa pandemia del ébola, del nuevo VIH, o del COVID 25 no eran nada comparadas con las que vinieron después.

Han pasado muchos años y logramos sobrevivir. Tuvimos que hacer muchos sacrificios para soportar esa maldición. Hubo suerte, a pesar de que estuvimos aquí en la ciudad… Pero bueno, lo que quiero recalcar es que los muchachos de ahora aún creen que nosotros les estamos mintiendo sobre algunas cosas; por ejemplo, eso de que antes solíamos ir a bailar en las discotecas hasta horas de la madrugada, de que íbamos a ver películas en unos locales cerrados y oscuros, y sin nada de protecciones, sin nada de esos trajes de alta bioseguridad con el que nos dejan salir sólo en casos extremadamente urgentes y con autorización de Comité de Vigilancia, y previo el cumplimiento de requisitos intrafamiliares, políticos y sociales… Ah, y luego de la revisión exhaustiva de los videos dentro del edificio, del barrio y la calle…

En mi caso, creen que estoy medio loca o que desvarío al contarles que cuando era niña yo vivía en el campo, que respiraba aire puro de las montañas, que había vertientes de auténtica agua, H2O, que disfrutaba de la naturaleza, que mis padres tenían aves de corral, que íbamos a una escuela de verdad, de cemento y cristal, y que una profesora guapa, que se ponía labial y rímel en las pestañas, nos daba clases, que escribía en una pizarra de madera. Creen que estoy delirando cuando les cuento que donde yo vivía hasta caía nieve, y en verano, los cóndores planeaban por entre las colinas, que había venados correteando por los páramos, que casi todo el mundo tenía mascotas, gatos y perros de verdad, no como esos juguetes…

A mis nietos les cuesta creer que antes éramos libres, bueno, no tan libres porque aún persistían una que otra dictadura de derecha o de izquierda… Cuando les enseño unos videos en que mi finado esposo, mis dos hijos y yo disfrutábamos en la playa, o íbamos de compras en esos sitios que denominaban centros comerciales, se ríen; creen que esos videos son un montaje, que quizá le pagué a una de esas personas que se dedican a la tecnología relacionada con la alteración virtual cuántica del pasado para que lo hiciera… Se ríen cuando les narro que en mi adolescencia salía con chicos y chicas de verdad a divertirnos, que a mi novio le besaba en sus labios, pero de verdad. Y lo peor, se ríen a carcajadas cuando les enseño unos periódicos viejos en los que constan unas fotografías donde se muestra a unos tipos detrás de unos barrotes, enjaulados como aves, que se llamaban cárceles, y que algunos incluso permanecían varios años debido a que habían desobedecido unas leyes penales medio extrañas y que, por cierto, mi marido que era jurista las detestaba; también, cuando les muestro a unas personas depositando unos papeles, quiero decir, dinero físico, en unos sitios que denominaban bancos, ¡ja, yo también me río…! La verdad, no pueden o no quieren creer que antes las relaciones comerciales, financieras, jurídicas se garantizaba con esos papeles, o que al que violaba la ley, se lo encerraba, y no como ahora, que todo es vía digital, es decir, gracias a ese microchip que controla todo lo que nosotros hacemos, incluido los presos, producto de esa súper nano tecnología, que nos incrustaron dentro de nuestro organismo, so pretexto de unas vacunas que nos las pusieron allá por las primeras décadas del siglo XXI, si mal no recuerdo, me parece que en la época de la primera mujer presidenta y además, negra, de los Estados Unidos, que reemplazó a uno muy viejo, que murió poco después de asumir el poder; vacunas que, prácticamente,  no sirvieron de nada, pues, después, vinieron otros virus, otras plagas más devastadoras

¿Qué debo hacer para que me crean? Me decepciona no poder convencerles. No tengo más pruebas, esos videos y periódicos son las únicas cosas que logré conservar… Vivo sola en este mini departamento, la asignación digital que me dan por mi jubilación trato de repartirla bien, hago lo posible para que me sobre algo para mi única distracción (de paso me mantiene con esperanza): entrar en esas salas en las que imitan el aire puro de una montaña…

A veces, pienso en las noches, que nada de esto habría sucedido si no hubiesen hecho esos experimentos, que nada de esto habría sucedido si la gente de los países de lejano Oriente hubiera respetado a las ballenas y delfines, si los líderes políticos y religiosos hubieran sido honestos. Pero lo que más me hace sentir mal, es que uno de mis nietos, que forma parte de ese Comité de Vigilancia, había insinuado que me deberían internar en un Centro Psiquiátrico de Reprogramación Mental, seguramente cree que yo, su abuela, no me encuentro bien de la cabeza, porque le cuento cosas raras a la gente, cosas que podrían afectar la estabilidad del sistema…

 

 


Máximo Ortega Vintimilla. Especialista en Criminología, Universidad Complutense de Madrid; Master en Derecho Penal, Universidad Andina Simón Bolívar; doctor y abogado U. Católica Cuenca. Actualmente es Juez Penal en la Unidad Judicial de Iñaquito de Quito y Conferencista. Obras publicadas: Derecho: La criminalidad económica” (Edit. Fondo de Cultura Ecuatoriana, Cuenca, 2000); La calumnia y las expresiones en descrédito y deshonra perpetrados por medios digitales: Facebook, Watts App y más (Edit. ONI y Editorial Jurídica del Ecuador, 2018 (2 ediciones)). Literatura: La Poesía es algo más que un sueño (Edit. América, Azogues, 1990); Novela El arco iris del tiempo” (Edit. Huerga y Fierro, Madrid-España, 1996, 1ra. edición; Edit. El Conejo, Quito, 2da. edición, 2010); Poemas Vibraciones en Verde”; Cuentos El hombre que pintaba mariposas muertas; novela Gigantescos elefantes dormidos” (Edit. El Conejo, Quito, 2007).

 


Foto portada tomada de: https://pxhere.com/es/photo/1333115

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