¿Por qué no se matan de una vez? | Carlos Enrique Saldívar

Por Carlos Enrique Saldívar

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria desde Perú)

 

Estaban sentados a la mesa para cenar, como cada noche, Julia (de quince años), su padre, su madre, y sus dos hermanos menores: Gonzalo y Francisco, gemelos (de once años). Y, como cada noche, los dos niños se molestaban el uno al otro, discutían, hacían travesuras con los cubiertos, se tiraban la comida, se insultaban, durante la reunión familiar.

Los papás, hartos ante tal situación los amenazaron con pegarles; nunca antes lo habían hecho, creían en una educación pacífica y alturada, eso les había funcionado con su hija mayor, que era una señorita, ni siquiera tenía novio, e incluso, dicha forma de educar a sus retoños les había servido con Gonzalo y Francisco, quienes en el colegio se portaban bien y eran excelentes alumnos. También se comportaban de manera apropiada en casa, durante el desayuno, almuerzo y lonche. Era solo en la cena cuando los problemas iniciaban.

Quizá era porque tenían su última comida a las nueve de la noche (relativamente tarde), eran muy chicos para alimentarse a esa hora y dormir pasadas las diez de la noche. Además, para ese rato se hallaban aburridos, puesto que no hacían gran esfuerzo físico en el hogar. De algún modo tienen que descargar sus fuerzas, le decía la mamá al papá, no obstante, él creía que era tiempo de llevarlos al psicólogo, porque nunca estaba de más una opinión profesional. Entre diálogo y diálogo, los adultos no llegaban a ningún acuerdo.

No siempre fue así, este conflicto se daba recién desde hacía un mes y los progenitores lo atribuían a una mezcla de tedio y aprehensión que afectaba a los pequeños, quizá no funcionaba bien con ellos la educación a distancia, por a la pandemia que estaba asolando al mundo. Los dos chicos tenían una sola computadora para ambos, pero Julia le prestaba a uno de ellos su laptop para que pudieran conectarse sin problema con sus profesores. Al parecer, el confinamiento los volvía locos, ya que los papás, temerosos, no los dejaban salir para nada a la calle. Era una situación curiosa, ellos tampoco solicitaban ir más allá de la puerta de su casa, les gustaba mucho leer, los videojuegos, ver series y películas en un servicio de televisión de pago. Sus papás les controlaban el internet y creían que ese exceso de vigilancia contribuía a que se desataran cada noche. No eran del tipo de chicos que disfrutaban practicar algún deporte o tener amigos del barrio, con los cuales reunirse en el parque cercano a su domicilio. Otra cosa rara era que cada quien se desenvolvía por su lado, no eran muy unidos y eran diferentes en algunos aspectos: Gonzalo gustaba mucho de las historias de terror y acción; Francisco disfrutaba más de la comedia y la ciencia ficción.

Julia tampoco estaba desesperada por ir a la calle, por un lado, tenía miedo del contagio, aunque sus progenitores solían mandarla a comprar víveres y medicamentos tres veces por semana. Por otra parte, no tenía amistades sólidas y se había acostumbrado a la educación remota con gran facilidad. Sabía que debía ser obediente de las leyes y no asistir a la casa de conocidos o familiares, esto le convenía, pues prefería la soledad. Le gustaba leer y aprender, acababa de descubrir a Stephen King, mediante su novela Carrie, se dijo, que debía ser maravilloso tener los poderes de esa chica, mas nunca los usaría para lastimar, ella no era así, se sentía orgullosa de ser buena. Para su cumpleaños, le pidió a su padre que una librería le enviara por delivery un libro de cuentos del mismo autor: Todo es eventual.

Su padre no usaba computadora, trabajaba en una panadería con su esposa en un local ubicado en su misma residencia y vendían muy bien, ellos mismos horneaban los panes y postres, laboraban con todas las normas de salubridad y eso les ponía alimento a la mesa. Julia les ayudaba de dos a tres horas cada día, incluso trabajan domingos, pero el presidente peruano ordenó recientemente volver a cortar el tránsito e imponer el cierre de negocios ese día, lo cual les fastidiaba a los adultos. A Julia no. A ella le encantaba tener un día libre.

Lo que enervaba a la adolescente era la pelea diaria que se desarrollaba en plena cena y no la dejaba comer a gusto. Lío, como el de este jueves, «juego de manos es juego de villanos», dijo alguna vez le dijo su abuela materna a quien el virus se llevó hace tres meses. Julia pensaba a menudo en ella. Tenían una agradable relación, se visitaban seguido, pues ambas vivían en el mismo distrito: San Juan de Miraflores; su abuela le contaba anécdotas del pasado, de su tierra natal: Cusco. Esa meditación fugó con velocidad de la mente de la jovencita, sus ojos se fijaron en ese par de diablillos. Francisco y Gonzalo nunca estuvieron tan violentos, se pegaban, se dieron manotadas en el rostro. Los padres no sabían qué hacer, qué decir, y Julia gritó sin pensarlo: «¿Por qué no se matan de una vez?»

Los dos niños se levantaron de sus asientos con rapidez, corrieron a la cocina, agarraron los cuchillos más puntiagudos y se atacaron como dos pandilleros, se cortaron la cara, el pecho, los brazos. Todo sucedió muy de prisa. Los padres chillaban de horror y cuando iban a separarlos, ambos pequeños se clavaron mutuamente en el abdomen las armas filosas.

No hubo velorio, los volvieron cenizas a los dos. Hubo una investigación policial, desde luego, que no llegó a nada. La noticia no salió en los medios de comunicación. Los vecinos chismearon sobre el tema, algunos mencionaron que los muchachitos habían fallecido de coronavirus, pero su familia trataba de ocultarlo mediante una historia absurda. Pese a todo, los residentes de aquel barrio siguieron comprando su pan en la tienda de esos pobres señores y de esa jovencita tan amable. Les dieron su pésame y siguieron la misma rutina.

Eran hermanos, se querían, era inimaginable creer que podían matarse el uno al otro.

Eso lo pensó la familia; no obstante, los papás tuvieron largas conversaciones en los días que siguieron y le quitaron el habla a Julia durante el resto del año. No solo eso, le temían, la evitaban, ya no la mandaban a hacer compras ni acercarse a la panadería. Ella se sintió tristísima, no entendía qué pasaba. Ni siquiera se sentía culpable, hasta que recordó que el año pasado le dijo a un chico simpático en una fiesta: «¿Por qué no me besas?», y este lo hizo. Luego ella, fascinada por esta nueva sensación, lo dejó de lado y no volvió a hablarle. Solo quería que alguien le diera su primer beso y eso fue lo que consiguió. No se dijo que fue una egoísta por no caer en cuenta de los sentimientos de aquel adolescente, además él parecía no recordar nada de la escena. Julia entendió lo sucedido, fue como en los libros que leía, como en el cuento de ese hombre que redacta para una empresa los nombres de personas que luego mueren, porque tal parecía que el sujeto provocaba los decesos con su escritura. Era como ese anime que vio en la computadora, a escondidas, el cual le aterró y le encantó al mismo tiempo. Lo cierto era que ella tenía un don (maldición) parecido, ¿Qué otra explicación había? La habilidad debió aparecer en su pubertad, tal vez después, los trece años son una edad sensible a los cambios. No se había percatado antes, se enteró de su capacidad mediante una tragedia. Ella adoraba a sus hermanos, pero ya todo había ocurrido y no podía cambiar el pasado, al menos tenía aún a otras dos personas que quería mucho. No las perdería a ellas también. La muchachita, tras reflexionar, supo qué tenía que hacer.

Todos guardaban el luto. El color negro de sus prendas invadió por completo su casa.

Julia les dijo a sus padres en la cena navideña: «Papis, ¿por qué no me perdonan?».

Ellos le otorgaron su perdón de inmediato. Luego ella añadió: «Papis, ¿por qué no olvidamos nuestro dolor y dejamos de vestir de negro». Los progenitores hicieron caso al pedido y abrazaron a su hija. Por último, la chiquilla les dijo: «Papis, ¿por qué no me dicen que me quieren y conversamos de cosas agradables durante la cena». Ellos la besaron.

Lloraron a su lado, mientras la adolescente permanecía tranquila. Había funcionado.

No era tiempo todavía de decirles: «Papis, ¿por qué no me dan todo lo que les pido?».

Ahora Julia ya sabía cómo actuar en adelante. Estaba confinada, pero eso no impediría que hiciera la pregunta correcta, iniciada con «por qué», a la persona o personas correctas. De momento, estaba de vacaciones, ya habría tiempo para las buenas notas sin esfuerzo, para los bienes materiales, para sus platillos favoritos. Por ahora solo le interesaba unas cosas nimias: más libros de las corrientes literarias que adoraba: terror y ciencia ficción. Y si se mezclaban ambos géneros, mejor. Pensó en que algún día sería alguien importante, grande. Un nuevo mundo se abría ante ella. No le temía ya al COVID-19, a nada ni a nadie.

 


Carlos Enrique Saldívar (Lima, 1982). Estudió Literatura en la UNFV. Es director de la revista impresa Argonautas y del fanzine físico El Horla; es miembro del comité editorial del fanzine virtual Agujero Negro, publicaciones dedicadas a la literatura fantástica. Es director de la revista Minúsculo al Cubo, dedicada a la ficción brevísima. Finalista de los Premios Andrómeda de Ficción Especulativa 2011, en la categoría: relato. Finalista del I Concurso de Microficciones, organizado por el grupo Abducidores de Textos. Finalista del Primer concurso de cuento de terror de la Sociedad Histórica Peruana Lovecraft. Finalista del XIV Certamen Internacional de Microcuento Fantástico miNatura 2016. Finalista del Concurso Guka 2017. Publicó el relato El otro engendro (2012). Publicó los libros de cuentos Historias de ciencia ficción (2008, 2018), Horizontes de fantasía (2010) y El otro engendro y algunos cuentos oscuros (2019). Compiló las selecciones: Nido de cuervos: cuentos peruanos de terror y suspenso (2011), Ciencia Ficción Peruana 2 (2016), Tenebra: muestra de cuentos peruanos de terror (2017, 2018) y Muestra de literatura peruana (2018).

 


Foto portada tomada de: https://pixabay.com/es/photos/ocultar-ni%C3%B1o-ni%C3%B1a-joven-cuadro-1209131/

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