La máquina se pronuncia: una pandemia de ciencia ficción | Iván Rodrigo Mendizábal

Por Iván Rodrigo Mendizábal

 

La pandemia del covid-19 no cesa y, dada su peligrosidad silenciosa, su invisibilidad aterradora, es probable que no se la destierre. Se trata de una pandemia de ciencia ficción. Esta afirmación no es nada nueva. A lo largo de este año expresiones de este tipo, señalaciones al carácter anticipatorio de la ciencia ficción, perspectivas que entroncan la realidad que se vive como algo de la ciencia ficción, como si el tiempo presente fuera un tiempo otro, acaso extraño, acaso pesadillesco, se han ido dando en distintos círculos, desde los mediáticos, los intelectuales, los de la vida cotidiana.

Una amiga librera, cuando estaba de paso por su tienda, y en tanto estaba revisando título por título, y a sabiendas que me gusta la ciencia ficción, también me recordó que lo que vivíamos hoy era de ciencia ficción. Nuestra conversación versó, entre el asombro, la fascinación y el miedo, sobre los acontecimientos: un virus que no se sabe dónde puede estar, pero sigue amenazando; la vestimenta que hemos debido de cambiar y ponernos mascarillas, y otras personas –incluso como ella, con una especie de mameluco blanco y otros artilugios para cubrirse–, conseguir los recursos más anodinos para protegerse; la sensación de que la vida se ha detenido; mirar con nostalgia la calle o el paisaje y pensar que ese aire que antes era benigno, posiblemente esté contaminado; incluso las mismas calles medio vacías, pese a la vuelta a la “nueva normalidad”… Hay muchas más cosas de la realidad y que pueden considerarse de ciencia ficción, en sentido que esta realidad pareciera que estuviera suspendida, que la vida ahora está sobredeterminada por la enfermedad, lo que obliga a que volquemos la mirada a la ciencia médica, a la bioquímica, etc.; es decir, que la vida social se presentase ahora como una ficción donde nosotros mismos somos los personajes atrapados en un argumento no fantasioso, sino realista que nos hace comprender la debilidad de nuestro organismo, la fragilidad de la vida misma, la idea de que no se ha alcanzado –falsa promesa– a dominar la muerte por vía de la medicina y una farmacéutica posmoderna. No, ahora vivimos una especie de novela de ciencia ficción en la que somos posiblemente una especie de seres en peligro por la propia culpa nuestra, por haber descuidado nuestra relación con la naturaleza.

Esta misma amiga librera también me vendió un libro que casi se me escapa de mis preferencias de ese día: Lo viral (Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2020) de Jorge Carrión. Él ya había escrito ciencia ficción. Cabe recordar su saga compuesta por: Los muertos (2010), Los huérfanos (2014) y Los turistas (2015) y una especie de precuela de esta con Los difuntos (2015). En estas Carrión crea mundos o un mundo parecido al nuestro, aunque los valores están invertidos, donde tal mundo tiene seres humanos que emergen de por sí y son empleados como si fueran cosas, o ha habido una guerra nuclear y la vida tiene otra connotación, o hay un comportamiento extraño en la gente por más que parezca normal. Una ciencia ficción que hace pensar.

Ahora en Lo viral retoma la ciencia ficción, pero lo hace como si no estuviera escribiendo ciencia ficción. El libro es una especie de diario, pero, en tanto vamos leyéndolo, nos damos cuenta de que es un texto híbrido, entre la ficción, entre el ensayo, entre la reflexión filosófica, entre el texto testimonial y el texto que crea personajes que parecen reales o, por su misma irrealidad, se tornan reales. Carrión declara en una parte de Lo viral que su obra es un antidiario o un falso diario, un fake diary; con todo, se podría decir que es un libro que no es la descripción de alguna aventura, pero sí la descripción de momentos, de imágenes mentales, de situaciones, todas que siembran ideas, que ponen en cuestionamiento nuestro sentido común, hasta hacernos saltar del sillón para mirar la ventana de la casa –donde estamos ahora confinados– hacia el exterior y ver que lo que circulan, o pueden ser víctimas de una pandemia, o seres distintos transformados por lo viral.

Y nos prueba, en efecto, que el mundo actual es de ciencia ficción. Anota en su falso diario de Lo viral:

“9 de diciembre de 2019

“Llevo años diciendo que la ciencia ficción es el nuevo realismo y parece que en Wuhan se están empeñando en darme la razón”

Sabemos que la literatura de ciencia ficción está dentro del campo del realismo, por más que muchos quieran ver allá cosas fantasiosas y por ello se desencanten. Carrión, sin embargo, da un paso más: la antigua ciencia ficción era realista, pero la nueva, de la que él estaba y sigue hablando –y seguro se refiere a su saga–, tiene relaciones directas entre realidad real y realidad ficcional. Noten que el problema de la pandemia comienza en noviembre, según Lo viral, y en diciembre Carrión ya está pensando que no podemos ver las cosas separadas de lo que la ciencia ficción algún momento estaba ya mostrando. El problema está en que, si el virus salió de Wuhan, el mundo entero comenzó a sufrir su carga y saber de este desde marzo del 2020. La pesadilla real que hace efectiva la ciencia ficción más apocalíptica empieza este año, pero sus síntomas estaban ya dándose desde el pasado año. Pero a Carrión no le importa en su trabajo la cuestión histórica, sino lo más profundo.

Es así como nos plantea el escenario y los problemas que se ven. Vivimos el mundo determinado por el virus de la comunicación, de las empresas, de internet. Sí, el mundo ya ha sido contaminado por el virus desde que tomó carta de ciudadanía la comunicación digital. Esta ha impuesto, glosando las palabras de Carrión, el “aceleracionismo”; pues lo digital ha acortado el tiempo y el espacio, al punto de borrarlos, permitiendo que lo viral, fruto –en el campo computacional– de una recodificación maliciosa o, en otro caso, intencionada, orientada a la modificación de las estructuras digitales y a la propia inteligencia artificial. Todo se ha vuelto viral. Ya no se puede mirar el mundo actual con los ojos de la inocencia, sino que, puesto que todo es viral, seguramente estamos determinados por algún segmento del código viral que se ha introducido en el ADN de nuestra vida y de los comportamientos sociales. ¿No son los influencers los viralizadores, como zombis que creyendo que hacen cosas conscientemente, han banalizado la vida y ellos mismos se muestran orgullosos de sus logros? La viralización ha hecho que las plácidas conversaciones de café ahora sean fragmentarias porque de pronto irrumpe algún mensaje, algún post, alguna llamada o lo que sea que se muestre en el celular.

El panorama que exhibe Carrión en la primera parte de Lo viral evidencia y cierra lo que impensadamente la ciencia ficción creó como corriente: el cyberpunk. La novela Neuromante (1984) de William Gibson habla de la vida adosada, determinada, traspasada por la computadora, por la informática. El ser humano puede despersonalizarse y repersonalizarse con el código informático. Pero ahora el virus lo ha hecho quizá esclavo, un parásito. Carrión postula que “la relación entre lo vital y lo virtual” probablemente sea lo que debe pensarse y conocerse en futuro más cercano. De hecho, puesto que estamos determinados por la tecnología –Carrión lleva a mayor grado la definición, en su tiempo optimista, de ciencia ficción de Isaac Asimov–, y la cuestión de pensar lo vital y lo virtual implicaría comenzar a repensar nuevamente a ser humanos.

Y ese repensar para Carrión es también considerar la relación, nuestra relación, con lo clásico y lo viral.

El virus está extendido. Sus viralizadores son los medios, son la gente como los influencers, como los exitólogos –para Carrión son los gurús–. Internet y las redes digitales sirven de dispositivos para que el virus se propague. Pensemos esto en términos de la vida humana: los viralizadores son ciertos grupos de personas, son individuos que, en beneficio del capital, se enriquecen a costa de la enfermedad de los otros; son los falsos profetas… Dispositivos son los mismos que empleamos cada día, pensando que son aparatos, cuando en realidad estos tienen un código “malicioso”. El covid-19 es solo uno más de los virus, pero como sucede con la informática, o modifica por completo un sistema o lo liquida… computadora muerta, cuerpo de ser viviente muerto…

Si pensamos solo esto, sabemos que estamos ya contaminados. Carrión dice que habría que volver a pensar lo clásico. Y lo clásico es una vuelta a la tradición, a la vida misma, a las cosas del quehacer material, desvinculado del código informático: es la librería real y no el pdf en el que ya no se lee nada, sino que se busca por conveniencia lo que se desea; es la conversación con un café o con un vino en la mano y no el chat fragmentario y telegráfico que impide los sentimientos, el rostro, el tocar o el acariciar; es el saber cotidiano y no el big data que sobre todo los adolescentes o jóvenes hurgan para hacer tareas y lecturas descontextualizadas; es lo sensible, es lo que hacemos con los cinco sentidos, es lo que implica la memoria vital de toda experiencia… Lo clásico: saber contar, saber narrar lo que se vive y ha vivido, es hacer vivir al otro, al semejante en la red de una aventura memorable. En otras palabras, volver a la naturaleza, o, mejor dicho, a las naturalezas: la humana, la real, la de la sociedad, etc.

La pandemia, por lo tanto, la estamos viviendo ya por muchos años, pero este año ha tomado un rostro nuevo: el virus ha emergido con el rostro de la muerte. ¿Se puede revertir esto? El libro de Carrión no habla de ciencia, pero sí de cómo, con nuestro comportamiento crítico –no acrítico, pensemos solo en los influencers– podemos contribuir a salir de la matrix letal.

 


Iván Fernando Rodrigo Mendizábal. Doctor en Literatura Latinoamericana por la Universidad Andina Simón Bolívar – Ecuador. Magíster en Estudios de la Cultura por la Universidad Andina Simón Bolívar – Ecuador. Licenciado en Ciencias de la Comunicación Social por la Universidad Católica Boliviana San Pablo. Profesor invitado de la Universidad Andina Simón Bolívar – Ecuador. Autor (entre otros) de: Análisis del discurso social y político (junto con Teun van Dijk), Cartografías de la comunicación (2002) y Máquinas de pensar: videojuegos, representaciones y simulaciones del poder (2004), Imaginando a Verne (2018), Imágenes de nómadas transnacionales: análisis crítico del discurso del cine ecuatoriano (2018) e Imaginaciones científico-tecnológico letradas (2019).

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