Irreversible | Rubén Darío Buitrón

Por Rubén Darío Buitrón

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria)

 

La cirugía fue exitosa, escuché decir a Pablo, mi amigo urólogo, cuando se percató de que empezaba a despertar. Parecía hablar con otra persona, ambos dentro de una caverna.

Sonreía detrás de su mascarilla blanca, impecable, como si se hubiera cambiado por una nueva para hablar conmigo.

La primera pregunta que me hice, solo para mí, fue: «¿exitosa para quién o para qué?» En las conversaciones previas a la intervención quirúrgica tenía la duda de que el adjetivo “exitoso” mucho tendría que ver no en la calidad del médico para realizar la operación, sino en lo que podría suceder conmigo en el futuro, en el cambio radical que significaría para mi vida, en una indescriptible y desconocida castidad forzada que no sabría si la pudiese aguantar.

Despertaba de a poco y observé al médico, con un gesto sonriente detrás de su barbijo, y a Diana, que apretaba mi mano derecha, enternecida. Cada uno estaba a un lado de la cama.

En teoría, yo debía sentirme feliz por lo que el urólogo calificó como “un éxito”, pero no lograba asumir esa sensación. El peso de las afirmaciones que más suelen tener rasgos de lugar común que de realidad puede hundir al más fuerte. Y este peso me estaba hundiendo.

Regresaba poco a poco de un lugar incierto, de alguna parte mucho más distante del último punto que recuerdo: el momento que me suministraron la anestesia. Pero ahora volvía sin tener la certeza de que había ido a dar un paseo y sin saber si retornaba al mismo punto del que me fui.

Y tampoco era regresar a mí porque sabía lo que pasaría en adelante. Había hablado tanto con el médico y había leído tanto sobre el tema que lo tenía claro: nada volvería a ser como antes.

Miré a Diana e imaginé que, a partir de entonces, mi existencia y la de ella serían de otro color, de un color desconocido y opaco donde todo parecería absurdo, surreal. ¿Cómo lo tomaría ella, aunque no me lo dijera o prefiriera no decírmelo? ¿Había alguna manera de que el golpe de realidad que estábamos recibiendo no la afectara, no la hundiese conmigo?

Las víctimas seríamos los dos, pero yo no estaba seguro a quién le afectaría más o quién estaría dispuesto a soportar más que el otro.

Quizás a mí, por mi manera de ser. Siempre pesimista. Siempre negativo. Siempre oscuro. Siempre enredándome en mis propios tentáculos psicológicos.

Estaba consciente de que venía una etapa de sufrimiento, dolor, hundimiento, arrastre, humillación. Una especie de muerte sin morir. Una suerte de derrota imposible de revertir.

Me di cuenta de que padecer por algo irreversible es como que quisieras detener un veloz y pesado tren de carga, una mezcla de sentimientos que se fusionan para siempre con el día a día, esta vez sin retorno.

El urólogo tomó una silla, una pata chirrió y se sentó a mi lado. Se acercó con un pequeño simulador en una pantalla, fue señalando con su dedo meñique lo que se veía en el aparato y dijo que, al extirparme la próstata por completo, el cáncer había sido derrotado: el tumor ya no estaba en mi cuerpo, ya no existía, lo habían arrojado a uno de los tachos de desechos orgánicos.

Terminada la explicación y despojándose de su mascarilla mostró una blanca sonrisa que yo no pude corresponder. Estaba resentido con la vida. Y cuando te sientes así, es difícil compartir una sonrisa, unas palabras de aliento, una esperanza mutua.

Nos explicó que habría que esperar unos diez días para retirarme la sonda y la bolsa que hacían de conductos hasta que la herida interior fuera cicatrizando.

Estaba más despierto ahora y me sentí un cadáver cuando me destapó las sábanas y me mostró los dos tubos plásticos que tendría que llevar conmigo hasta la próxima cita.

Me di cuenta de que la ironía tiene un doble rostro: se burla de ti y, al mismo tiempo, te recuerda con perversidad lo que pudiste haber ganado o retenido.

Eso era lo que estaba ocurriendo: estaba sano porque ya no existía el tumor cancerígeno que asaltó mi cotidianidad y que al extirparlo me permitía seguir con vida, pero había sido una cirugía radical y en el corte se afectaban las vesículas seminales y los cuerpos cavernosos.

Eso quería decir que nunca más tendría una erección, nunca más produciría semen, nunca más sentiría una eyaculación. Nunca más. ¿Tenía sentido vivir en esas condiciones?

Cualquier hombre que no ha pasado por algo así diría que es una exageración, pero basta imaginar la vida sin sexo, sin orgasmos, sin deseo y sin placer, sin libido.

Solo pensarlo hace que uno pueda comprender que después de una prostatectomía radical se pierden las facultades masculinas. Al menos, una parte de ellas.

No se trata de que dejas de ser un macho reproductor o uno complaciente. Entiendo que hay otras formas de hacer el amor sin penetración. Y que hay penetraciones con juguetes sexuales. Entiendo todo eso.

Pero, al menos en mi caso, se trata de que el sexo está ligado, de manera insoluble, al amor. Se trata de que los afectos que sientes por una mujer no pueden mantenerse sin sexo porque es el alimento de la relación de pareja, porque es la manera, la única, de nutrir todo lo que queda alrededor de la convivencia de una pareja.

El urólogo volvió a felicitarme y yo, harto de escucharlo, convencido de que ese discurso debe decir a todos sus pacientes, pensé que él no era culpable de la decisión que yo había tomado para seguir con vida y que quería mandarlo a la mierda para que no me acaramele estas horas crepusculares que empezaba a vivir.

Me harté de su inútil e impostado optimismo, de sus alabanzas a mi valentía para someterme a la cirugía y de que, aunque dijera que ese era su trabajo, le debiera a él lo que quedase de mi existencia.

Ateo, pero con educación familiar y escolar católicas, me pareció absurdo pero pertinente rogar a Dios (el Dios de los favores, el Dios que se ríe de nosotros cuando acudimos a tocar la única puerta que está abierta, el Dios que sabe que más temprano que tarde acudirás a él en los momentos más difíciles) para solicitarle cosas tan absurdas como que regresara el tiempo y la cirugía no fuera necesaria o que me ayudara a vivir sin sexo, que yo consideraba uno de los elementos básicos de mi existencia.

“Con los años, aunque no siempre es probable, podrías recuperar la capacidad de erección, pero no habrá ni eyaculación ni espermatozoides. Aún si lo quisieras, sería imposible que puedas dejar embarazada a una mujer”.

Embarazada a una mujer. ¿Y eso? Hacían muchos años que decidí no tener hijos, que no me dejaría caer en la red de la monotonía, que mi libertad y mi soledad serían solo mías y que nadie ni nada lo decidiría por mí.

Lo recuerdo ahora que, años después, mi pene y yo empezamos a ser un par de conocidos funcionales. Él necesitaría de mí para conducir la orina desde adentro hacia afuera del cuerpo y yo requeriría de él para vaciar la vejiga. Nada más.

Llevo en mi memoria, como si hubiera sucedido hace pocas horas, el shock que significó la noticia de que tenía cáncer a la próstata.

Así, con esa sencillez y esa crudeza. Cáncer. Cáncer a la próstata. Cáncer suena a muerte o a peligro de muerte. Y esta tragedia personal había llegado hasta mí. “No tienes opción —me dijo el médico—. O te haces la cirugía o mueres en pocos meses o, con suerte, años, pero la muerte por deficiencias de la próstata es demasiado tormentosa”.

Intenté hacerlo por mi cuenta, pero los dolores en la parta baja del vientre eran muy fuertes todavía. Le pedí a Diana que me ayudara con el vaso de agua. Tenía los labios resecos y quería empezar a hablar.

Si existe el infierno debe ser así: un pantano en el que caminas con dificultad, por obligación, donde no existe la posibilidad de detenerte, volver y poner fin al peligro de hundirte más y más.

—¿Y qué puedo hacer, doctor? ¿Existe alguna alternativa?

Nada. Ninguna. Porque había entrado al infierno. Y cada segundo que pasaba era un tiempo menos de vida, una menor capacidad de respirar mientras me zambullía.

Deseaba que volviera la época en que la principal función de mi pene y de mi cerebro era dar placer, enloquecer a las mujeres y tener la certeza de que ese placer lo daba yo. Siempre fui un machista militante, un convencido de que el hombre es quien lleva la iniciativa de principio a fin. Quizás no era así, pero qué podía hacer. Eso era lo que creía.

Hasta entonces, incluida Diana, había hecho el amor o me había acostado con unas veinte mujeres a lo largo de la vida.

Lo había disfrutado mucho, algunas veces muchísimo, tanto que varias veces confundía la idea de estar enamorado con la de amar a una mujer.

Era esa delgada línea que existe entre el placer y el amor que muchos somos incapaces de frenar y no cruzarla porque el placer y el amor de pareja pueden llegar a parecerse tanto que en un momento se confunden y luego se vuelven un nudo complejo, tan difícil de desatar como un mal matrimonio o como una amistad tóxica.

Entonces, en esa confusión entre el placer y el amor, lo más probable es que las dos personas resulten heridas por una contradictoria fusión de vacío y pertenencia. Podía haber placer, pasión, pero, no necesariamente, amor. Y viceversa.

Habrán pasado unos segundos de reflexión sin mirar ni al médico ni a Diana. Era mi vida la que estaba en juego. Y lo trágico era lo irreversible.

—Es extraño que a alguien de tu edad le dé cáncer a la próstata. Por lo general, se trata de un mal congénito, en muchos casos inevitable por hereditario o por descuido, pero te ataca a partir de los 55 o 60 años. Son muy extraños los casos de gente como tú, que está en los 40. Pero mucho tiene que ver la herencia genérica.

Tenía 44 años y medio y de pronto me encontraba en un soliloquio relativo a la tercera edad. Era patético. Yo sabía que papá había muerto por ese cáncer, pero pasados los 80 años, luego de haber disfrutado tanto tiempo del sexo como una aventura insaciable.

Mi asunto con la próstata fue un descuido. ¿Por qué dejé que esto pasara? ¿Por qué no advertí —a pesar de que me habían avisado del peligro de heredar la enfermedad en la familia—? ¿Cómo fue posible que hubiera olvidado algo tan importante?

Por esa época estaba dedicado a fondo a concretar un proyecto de la empresa donde trabajaba. El éxito del plan estaba garantizado si yo le ponía cuerpo y alma. Y en ese cuerpo y alma que le puse al emprendimiento olvidé que cada doce meses debía realizarme un ABC de todo el cuerpo.

Y ahora escuchaba al urólogo como si me hablara desde una cueva, con tonos muy cercanos y otros, muy lejanos. Con una voz que parecía que se multiplicaba y cambiaba y se volvía inaudible porque no quería que me dijera la verdad. Porque todo en mí se rebelaba contra una realidad irreparable.

“La prostatitis es una enfermedad que un día, si no has ido al urólogo, empieza a atacar con fuerza, callada, sin descanso. Son síntomas que te advierten que si no te cuidas y vas al médico lo más pronto, empieza una vida distinta a todo lo que habías vivido hasta entonces. Y tú no viniste a consulta hace un año y medio. ¿Por qué no se me ocurrió llamarte?”.

Era como una voz castigadora, superior, implacable. Era la ratificación de todo lo que me estaba pasando: deseos frecuentes de orinar, no poder dormir de largo porque debía levantarme e ir al baño cinco, diez, quince veces, molestias en el abdomen inferior y en el área genital, goteo posterior, retención urinaria, escalofríos, fiebre, ardor interno en las eyaculaciones.

A pesar de la tristeza y el vacío que sentía ahora, me gustaba recordar la primera vez que fuimos con Diana a visitar al médico: aún no teníamos idea de lo que me estaba ocurriendo: “Puedes haber contraído una cistitis, que no es nada preocupante o, quizás, se te haya inflamado la próstata, que sí requiere ponerle mucha atención”, me dijo el médico.

Los colores de mi vida empezaban a entrar en una zona de peligro. Era como si una parte de mi alma comenzara a despintarse, de pronto, sin motivo alguno. Yo no era capaz de pensar en un destino sereno y plácido. Si había que elegir, aún sin que me lo dijera el médico, lo más probable era que me asustara porque se venía la mala noticia.

Mi intuición me lo decía: “Cistitis es la inflamación de la vejiga. La mayoría de las veces, la inflamación es causada por una infección bacteriana, una infección urinaria”.

Me había enfermado de cistitis el último año de colegio y pensé que, si era solo eso, si se trataba de algo similar, bastaría con un tratamiento a base de píldoras y de líquidos que debía tomar. No recordaba cuántos días duró aquel episodio, pero, al final, me curé.

Sin embargo, entré en duda. ¿Más de treinta años después volvía la infección? ¿Por qué? Resolví, en mis pensamientos, que lo que me estaba ocurriendo era una descomposición de mi próstata. ¿Descomposición? No. Cáncer.

Nada de esto conversé con Diana o con el urólogo. Salimos del consultorio. Pretendí que nada pasara. Me hice los exámenes. Tres días después le entregué al médico los resultados. Los vio. No dijo nada. Me miró. Observó el hermoso rostro de Diana, no supe ese momento si lo hacía por preocupación, tristeza o dificultad para decirme algo escabroso con ella presente. Luego volvió a mirarme. Y hubo un minúsculo silencio que duró un año, un siglo, un tiempo que empezó a pesar en alguna parte de mi alma.

El alma. A veces creo que es la distancia entre nuestra manera de existir y la vida cotidiana. A veces es un sólido puente de hormigón entre lo uno y lo otro. A veces un puente colgante. A veces uno frágil, destrozado por una crecida de río, un viento demasiado fuerte o un peso excesivo y extenuante.

Son simples analogías. Otras veces pienso en el alma como un pequeñísimo demonio que me conecta o me desconecta de la existencia cuando quiere, muchas veces sin ninguna razón, sin ningún sentido. Por pura malicia, por pura vileza.

Y ahí estaba el alma, licuando su dolor y su historia, procesando su manera de ser leyenda y certeza, estremeciéndomelo todo.

“Mira —empezó despacio—. Lo que veo aquí es que el problema está en la próstata. Déjame hacerte un tacto rectal para analizar. No quiero adelantarme”.

El tacto rectal. Me lo hacía cada año porque en la oficina anterior donde trabajaba nos obligaban a que nos sometiéramos a exámenes completos, de dos días de permanencia en el Hospital Metropolitano, quizás el mejor de Quito, para conocer nuestro estado de salud y, si fuera necesario, ponernos bajo tratamiento y recuperarnos.
No creo que lo hacían porque sentían aprecio por sus gerentes y directores, sino porque necesitaban que pusiéramos toda la energía y la vitalidad en la cadena de producción, administración y distribución. Éramos muy necesarios para ellos en la medida en que nos encontrásemos sanos.

Para quienes ya habíamos pasado la barrera de los 40 años era obligatorio el tacto rectal, la ecografía pélvica, la colonoscopia y la endoscopia. Como desnudarse, quedarse con el esqueleto y las vísceras al aire, dejar que unas personas extrañas analicen milímetro a milímetro, con los equipos más sofisticados, lo que podrías o no podrías tener, lo que podría faltar o sobrar, lo que empezaba a presentar desperfectos como un automóvil de medio uso o lo que aún no necesitaba ningún tipo de reparación. Y ese informe iba a las manos de la directora general. Ella conocía a cada uno de nosotros no solo por fuera, sino por dentro.

Me producía terror la endoscopia, ese tubo que te introducen por la boca y laringe mientras te asfixia y te ahoga y una minúscula cámara de televisión va mostrando la exploración que, según explicaban los técnicos, permite visualizar las zonas de esófago irritadas por el ácido gástrico, su extensión y sus posibles complicaciones.

Lo nuevo era pasar del tacto rectal a la ecografía pélvica, como un paso al vacío: recorrer un túnel que te podía llevar hasta la luz o que, en dirección contraria, era el camino hacia lo más oscuro.

Pablo me invitó a su departamento, para conversar con más tranquilidad, me dijo, donde tenía un bar bien surtido, me invitó a tomar un vodka, insistió en puede ser una prostatitis y que no me preocupara, porque tiene cura con un tratamiento de fármacos.

No le creí. Veía en su mirada urgentes ganas de escapar del momento y no me equivoqué: me recomendó que fuera donde otro especialista para la clásica “segunda opinión” y que, en mi caso, debía ser lo más pronto.

La premura y la necesidad con la que me recomendó que me viera otro médico me invadió de incertidumbre.

Suelo dibujar en mi mente escenarios futuros catastróficos y esta vez lo volví a hacer. Entraba en un pozo. Caía. Me quedaba exánime. Me recuperaba.

Tomé con inusitado placer el vaso de vodka. Una de las razones fue que con el tratamiento y la cirugía nunca más podría hacerlo. Era una despedida.

La vida empezaba a negarme la posibilidad de una existencia amable y retozada. A negarme el placer total que compartíamos con Diana.

Venían, sin duda y para siempre, las sombras móviles, intangibles, infinitas.

 


Rubén Darío Buitrón (Quito, 1966) es poeta, periodista y escritor. Es director-fundador de www.loscronistas.net

 


Foto portada tomada de: https://pixabay.com/es/photos/personas-hombre-pies-los-zapatos-2590619/

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s