Ana María de la Concepción Clementina | Susana Moreno Ortiz

Por Susana Moreno Ortiz

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria)

 

“Cerrar podrá mis ojos…”

Quevedo

Manuel esa mañana recibió una notificación de las autoridades de Guayaquil, llegó exultante a comunicarle a su esposa, debía trasladarse a esa ciudad, la población atravesaba una epidemia de fiebre amarilla y su aporte humanitario como en años anteriores sería inestimable; a sus treinta y seis años era considerado uno de los médicos más importantes del país.

Ana María de la Concepción Clementina sintió su corazón agitado y tenía deseos de decirle que no acepte la invitación, era tan visible la emoción de su esposo que no podía dar paso a sus sentimientos egoístas, prefirió bajar su mirada y callar las palabras que subían a su garganta allí, se detuvieron hasta un tiempo después.

La víspera le ayudó a preparar la valija de madera forrada de cuero repujado, colocaron la vestimenta más liviana que podían encontrar, era el mes de marzo de 1882 y el invierno acaecía inclemente en la Costa, el calor, las lluvias y las inundaciones persistían en demasía. Le acompañó la madrugada cuando golpearon los aldabones de hierro contra el portón de nogal, eran los arrieros que llegaban guiados por un candil a recoger al viajero, sujetaron la valija y ensillaron la mula que lo conduciría por la cordillera hacia la Costa. Ella con sus dos hijos Manuel y Clementina se despidieron, le entregó una alforja con frutas confitadas, turrones y agua; los niños se colgaron del cuello de su padre, sus tiernos besos eran cálidos y reconfortantes, les prometió retornar a finales de abril.

Pasó mucho tiempo sin que Ana María de la Concepción Clementina tuviera una noticia de su esposo, angustiada acudía todas las tardes a la plaza central, Manuel le había prometido mandarle cartas con los muleros que llegarían de Guayaquil a Cuenca, le informaría la fecha de su regreso. Mayo se agotaba en el calendario y no sabía nada de su esposo, hasta que una tarde las autoridades de esa ciudad comunicaron la noticia de la muerte de Manuel, infectado de la fiebre que fue a combatir. Mediante un escrito corto con las palabras indispensables, le entregaron con la mayor frialdad, sin preámbulos, sin ceremonias, sin presentir la crisis familiar que ocasionaban, esposa e hijos quedaron desamparados; por ese entonces las mujeres no tenían oportunidades de trabajo. Abrió el sobre lacrado, los restos de su esposo reposaban en una fosa común; el grito represado desde el día de su partida salió como un río de dolor.

Ana María de la Concepción Clementina miraba sin mirar unos papeles amarillentos, con perfecta caligrafía y letra impoluta, su padre también médico acostumbraba a registrar cada dato importante de su hija, sus cuatro nombres precedían a la fecha de su nacimiento, el cinco de diciembre de 1854 a las tres de la mañana en la heredad de Paute, la bautizaron el jueves siete del mismo mes, fue su madrina su hermana María Teresa de la Luz. De preferencia se escogía fechas de festividades religiosas para los acontecimientos que marcaban la vida de las niñas, recibió la confirmación el día de Todos los Santos el primero de noviembre de 1855.

Solía anotar las vacunas que él las realizaba por inoculación de virus, tomados de pústulas de niños que padecían viruela o sarampión. El primero de diciembre de 1860 entró en la escuela de niñas. Se pagaba dos pesos mensuales, aprendía con facilidad el abecedario y los números, demostraba inclinación por el dibujo.

En esos años los padres arreglaban los matrimonios de sus hijas, de preferencia entre parientes, así aseguraban su futuro, se escogió a su primo Manuel, médico reconocido por su dedicación y servicio a la salud; escribía poesía, era amigo de Miguel Moreno y Honorato Vázquez, fueron compañeros en el liceo en donde aprendían la poesía de Quevedo, desde que leyó el soneto “Amor constante más allá de la muerte” le sedujo el primer verso y su encabalgamiento: Cerrar podrá mis ojos la postrera/ sombra…/ Cuando se encontraba a solas con su prima, recitaba en voz baja sus catorce versos, le juraba que siempre la llevaría en su memoria. Se casaron en Cuenca el lunes catorce de mayo de 1877; estos papeles gastados, los cuadernos de poesías, las fotografías y los recuerdos esa tarde se repetían en su mente como un cuento sin final feliz.

Ana María de la Concepción Clementina enlutada a sus veinte y ocho años de edad seguía sintiendo ese grito desbordado que no acababa de salir, con la mirada perdida, sin un sueño a qué aferrarse, encerrada en su casa con las ventanas cubiertas de cortinajes negros y los espejos tapados con velos de seda, miraba pasar los días sin sentido. Sus hijos lloraban; escanciadas las provisiones de granos, conservas y miel de botija, no podía continuar viviendo de la ayuda de su familia.

Se interrogaba a sí misma sobre cuántos médicos cuencanos entregaron su vida al cumplir misiones humanitarias en Guayaquil y sus mujeres viudas cómo lucharon para vencer las adversidades en un medio pequeño, opresor, sometidas a la figura del padre o del esposo, expuestas a críticas malsanas si eran solas y salían a la calle a buscar un trabajo, tenían que encerrarse entre cuatro paredes para demostrar que sus vidas eran intachables. Debía hacer algo para darle sentido a su vida, no hallaba respuesta a sus cavilaciones que le conducían a una crisis depresiva.

Una mañana miraba abstraída los velos de seda que cubrían los espejos con diseños de pájaros y flores; sintió que se abrían los cerrojos de puertas y ventanas, sus sentidos dejaban el encierro obligado y regresaron a su mente recuerdos de su infancia en el campo, cuando perseguía nubes de mariposas o se asombraba por el vuelo de los colibríes en los árboles florecidos de cucardas, sus pétalos cubrían el cielo de tonalidades amarillas, rojas, rosadas, sintió que llegaban perfumes de los naranjos, mandarinas y limoneros de floración blanca que aromatizaban los atardeceres de Paute de fragancias agrias y dulces, retiró los tules y sedas de duelo, tomó un papel y un lápiz de uno de sus hijos y comenzó a dibujar. Así inició su creación de diseños para el bordado de bayetas y blusas con arandelas de mariposas, pájaros y flores, apetecidas en los días de fiestas, bautizos, navidades. Conocía desde la escuela que poseía el don del dibujo y el bordado, y a la muerte de su esposo se dedicó a bordar por encargos, hacía con tal delicadeza que no se diferenciaba cual era el lado derecho del revés, no se veían nudos ni puntadas desiguales, sus trabajos demostraban perfección; pronto adquirieron fama y la buscaban para encargarle obras. Bordaba vestidos de novia, pañuelos, sábanas, manteles, a pedidos de las familias pudientes, de preferencia la familia Morla; sus trabajos pronto serían cotizados y requeridos en la ciudad que la privó de su esposo.

Siempre mientras bordaba, se preguntaba por qué Manuel no le escribió una carta siquiera, no podía curar su duelo, hasta que una mañana recibió un paquete de sobres que Manuel había entregado a un amigo colega para que los enviara a Cuenca. Con la demora de un año llegaron a manos de Ana María de la Concepción Clementina, en la última misiva escribía de su puño y letra el verso final del soneto que acostumbraba a recitarle al oído

 

/ polvo serán, mas polvo enamorado /.

 


Susana Moreno Ortiz. Cuenca, 1952. Escritora de poesía, cuentos y Literatura infantil. Miembro del colectivo cultural Casa Tomada de Cuenca. Publicaciones: Planeta Perdido (1992), Poiesis (2016), El caballo viejo y el músico (1991), Caballito de mar volatinero (1993), Juguemos con las nubes (1995), La casa (2000), Cuentos para niñas y niños, coautora (2004), El círculo amoroso, coautora (2008), Las alas del tiempo, coautora (2016), Llovía y llovía y allá una lucecita (2017), Rosalía, la piedra encantada y las tardes doradas (2018), Luciana y el remolino azul (2020).

 


Foto portada tomada de: https://pixabay.com/es/photos/bridal-matrimonio-vestido-novia-1081869/

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s