Amigo del alma | Alejandro Gallegos Rojas (Godié)

Por Alejandro Gallegos Rojas (Godié)

 

Andrés Agustín sacó debajo del colchón de su cama algo parecido a un cuaderno. De su velador tomó un bolígrafo, rayó en su mano para comprobar si escribía. Luego, empezó así:

Querido amigo:

Qué solo me encuentro esta noche, la nostalgia y el dolor invaden mi alma. Sobre la pared de mi habitación veo un sinnúmero de hormiguitas que viajan tranquilas una tras otra como para no desviarse del camino ni de su grupo. ¡Cómo las envidio! Si al menos hubiera sido como una de ellas, no estaría postrado en este lugar, mi final fuera otro.

¿Qué cómo me contagié? No importa. Lo único cierto es esta dura y cruel realidad que estoy viviendo. Aún tengo presentes las palabras del doctor López cuando me dijo:

—Lo lamento joven, la prueba salió positiva.

—¿Está seguro doctor? ¿No habrá algún error? Ni yo mismo supe cómo me salieron las palabras.

—Cómo me gustaría que fuera así, pero desgraciadamente es verdad, concluyó el médico.

Amigo, no te imaginas cómo me sentí. Un escalofrío de muerte sacudió mi cuerpo, quise gritar desesperado, mas me contuve. Tantas cosas se agolparon en mi cerebro que pensé hasta en suicidarme. Al final, me armé de valor, de decisión y de coraje para contarles a mis padres el mal que estoy padeciendo. Mi madre lloró desconsoladamente y dijo:

—¿Oh Dios mío! ¿Por qué nos castigas así? ¿Qué te hemos hecho? ¿Qué te ha hecho mi hijo? Después dirigiéndose hacia mí, dijo:

—¡Hijito! ¿pero cómo ocurrió?

Con lágrimas en los ojos le contesté:

—Mamá, no me preguntes cómo ni cuándo ocurrió. Es tarde ya para reclamos y lamentaciones. Tal vez fue la ignorancia o qué sé yo. Lo único que les pido es comprensión, necesito de vuestra ayuda en estos difíciles momentos. Por favor, les ruego, no me dejen solo, no me abandonen, de lo contrario, ¿qué será de mí?

Mi papá que hasta ese instante había permanecido callado, intervino:

—No te preocupes, no te abandonaremos, eres nuestro único hijo y no queremos perderte.

—Gracias papá, -le dije-. Yo sé que les estoy haciendo sufrir, que les robo una parte de sus vidas, pero no depende de mí. Desde ahora les pido perdón por todos los sinsabores que sufrirán por mi culpa. Luego los tres lloramos abrazados…

Mi buen amigo, cómo me hubiera gustado tenerte a mi lado, pero…

Desde ese entonces, sabes, no me ha faltado el apoyo moral de mis “viejos”, su comprensión. Mi tragedia los tiene fuertemente unidos. Se necesitan el uno para el otro.

Desgraciadamente, de mis panas no puedo decir lo mismo, me han dado la espalda. Pero antes de que me ocurriera todo esto, el teléfono no dejaba de sonar. Eran ellos que preguntaban por mí. Solo me buscaban para farrear en “Akuariu´s discotheque”, para vacilar a las peladas en mi “trooper” rojo, para chupar bielas en el “Amadeu´s piano-bar”. Y vaya ¡qué farras!, ¡qué borracheras! Al otro día el chuchaqui hacía estragos en mi cuerpo. Y por culpa del licor, del maldito licor me despidieron del “camello”. Y como yo era el hombre de las “guitas”, así me decían, tenía hasta que pagarles. Solo para eso me habían necesitado. Ahora no se acuerdan de mí…

Amigo mío, lamentablemente mi tragedia no termina aquí. Recuerdo que un día, María Begonia, mi novia, me dijo:

—Mi amorcito, soy la mujer más feliz del mundo. Estoy esperando un hijo tuyo, ¡serás papá!

Cerré los ojos. En ese momento sentí desfallecer, mas me repuse para decirle:

—Mi vida, pero ¿qué cosas dices? Mira no se debe jugar con ello.

—¿Por qué debería hacerlo con algo tan sagrado? Ya me imagino llamándote papá. Si es niño llevará tu nombre y, si es niña le pondremos Luz María, el nombre de tu madre. Luego, extrañada me preguntó:

—Pero ¿cómo?, ¿no te alegras?

—Cómo me gustaría estar alegre, pero esta noticia aumenta más mi sufrimiento.

—¡Ah, ya sé, seguramente piensas que te obligaré a casarnos o tal vez piensas rehuir a tu paternidad! De ser así…

—No, mi cielo, te equivocas.

—Entonces, ¿qué ocurre contigo? No te comprendo.

—Sufro de un mal incurable que carcome mi cuerpo y cada vez siento que la vida se me acaba.

—Háblame sin rodeos que sigo sin entenderte.

—Respiré profundamente y a medida que le iba narrando, lágrimas de dolor rodaban por sus mejillas. Al final su llanto se convirtió en un grito histérico.

Cuando se tranquilizó, le dije:

—Ahora comprenderás el por qué de mi angustia. Tengo temor al no saber si la criatura y tú estén también contagiados. Después añadí:

—¡Perdóname mi amor!, ¡yo no lo sabía!, de lo contrario jamás te hubiera expuesto a semejante riesgo.

María Begonia movió la cabeza, intentó decirme algo, mas se calló…

Amigo mío, de mi aspecto físico te cuento que ya no soy ni mi sombra, ni el muchacho musculoso por el que las chicas suspiraban y que hasta yo presumía de ello. Ahora cada vez estoy más débil, sin fuerzas. Solo hueso y pellejo me estoy quedando.

Mi “panela”, “mi panelita”. Te confieso que en estos momentos hago esfuerzos por escribirte. Los ojos me arden, es la fiebre. Tengo sed, me estoy deshidratando. Miro mi cuerpo y aparecen manchas. Es la enfermedad que avanza sin detenerse; y, para colmo la diarrea, me está matando, he perdido la cuenta de los sueros, inyecciones… y hasta las miradas temerosas y compasivas de la gente.

Recuerdo el día que ingresé a este hospital. Te llevaba agarrado de una de mis manos. Al ver esto, el doctor Sánchez –Director del Centro de Infectología– muy tajante, me dijo:

—¡No, no señor!, ¡usted está exponiendo aún más su salud!; ¿qué es lo que pretende? ¡Morirse ya!

—Pero doctor entiéndalo, no ve que es más que su amigo. Déjelo por favor, dijo mi madre.

Mientras te miraba, le dije.

—Doctor, no sea malo, después de mis “viejos”, él es el único que me comprende, con él desahogo mis penas.

El galeno pensó un instante y luego dijo:

—Está bien, pero eso sí, no me responsabilizo de usted.

—Mi “campeón”, te digo que es duro estar aislado del resto del mundo, apartado de los míos. En estos momentos me encuentro en cuidados intensivos, en cuya puerta lacre, se lee: “ATENCIÓN, PROHIBIDO ENTRAR”.

—¡Qué injusto!, ¿no? Tal vez piensan que los puedo contagiar.

Mi pana, mi panita, ¿por qué nunca me escribiste?; nunca me respondiste, nunca…, nunca… Sabes, hay noches que no pienso ver los días y hay días que no pienso ver las noches. Pero ¿qué digo? No me hagas caso. No hay duda, estoy delirando.

Miro mis manos, tiemblan, descanso, te suelto y cae el bolígrafo, dejo de escribirte. Y justo ahora me duele la cabeza, parece que me va a estallar; alzo las manos temblorosas, hago esfuerzos sobrehumanos para agarrar mis sienes; y, las siento que palpitan. Son las constantes jaquecas que otra vez aparecen… Después me percato que el dolor me está pasando. Y en efecto, así es.

Tomo el bolígrafo y te agarro nuevamente. Disculpa que dejé de hacerlo. A propósito, ¿en qué parte íbamos? Bueno…

¿Sabes?, cuando te vi en el stand de “Mi Librería!, estabas todo reluciente, parecía que me mirabas. Entré, pregunté por ti y te llevé. Al caminar te sujetaba con una de mis manos y de vez en cuando me detenía para contemplarte, miré y remiré tu figura menudita por todos tus lados y acaricié tu piel. Mientras la gente con curiosidad nos miraba. ¿Qué pensarían…?

Mira, cuando te compré, jamás imaginé que te convertirías en mi amigo de verdad. Siento que eres el hermano que nunca tuve, a quien le habría contado mis problemas. Tú en hora buena ocupas su lugar.

Todavía recuerdo la primera vez que te escribí, fue un domingo por la noche; y, desde entonces no he dejado de hacerlo. Por cierto, de aquello hace tres años. ¡Cómo pasa el tiempo!

Quiero decirte mi gran amigo el aprecio que siento por ti. Algunas veces me dijeron loco al escribirte, que no tengo nada que hacer, que estoy perdiendo el tiempo, en fin… Les respondí: Si el Che lo hizo, ¿por qué no hacerlo yo?

Estimado amigo, te pido perdón por todos los tachones, borrones, manchones… y alguna que otra falta de ortografía; y, discúlpame por mis garabatos que tengo por letra; pero eso sí, nunca arranqué alguna de tus páginas, el hacerlo, hubiera sido arrancar una parte de mi ser.

Mi buen amigo, al saber que tarde o temprano viajaré al lugar de las sombras, medito sobre: ¿Qué será de ti? ¿Quién te contará sus problemas? ¿Quién ocupará mi lugar? ¿Quién escribirá en tus páginas celestes? ¿Quién te leerá? ¿Quién…? ¿Quién…?

Amigo soy pésimo para las despedidas, sin embargo, pienso en lo que alguna vez dijo mi padre:

“Hijo, sé siempre grato con aquel que te da la mano. La gratitud es la mejor prenda que tenemos los hombres”. Y precisamente, eso estoy haciendo contigo, darte las gracias por haberte convertido en mi confidente, por haberme soportado tanto tiempo, por no haber divulgado mis pequeñas y grandes experiencias; y, sobre todo, por permanecer en esta hora de dolor junto a mí.

Andrés Agustín lo abrazó a su amigo, lloró, suspiró y se quedó dormido…

 


Diego Alejandro Gallegos Rojas (Loja-Ecuador). Ensayista y escritor. Máster en Derechos Fundamentales, Universidad Carlos III Madrid, España. Especialista Superior en Derechos Humanos Instructor de Desarrollo Humano, Mozambique, África. Observador Internacional de Derechos Humanos como Acompañante Ecuménico en Palestina e Israel. Como escritor ha publicado el libro de cuentos La orgía de los gusanos (2017).

 


Foto portada tomada de: https://pixabay.com/es/photos/la-depresi%C3%B3n-hombre-matrimonial-20195/

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