Abandonar la infancia | Adán Echeverría

Por Adán Echeverría

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria desde México)

 

—Pero ¿dónde vives la mayor parte del tiempo?

—Con los niños perdidos.

—¿Quiénes son?

—Son los que se caen del cochecito

cuando la niñera está mirando hacia otro lado.

Si no los reclaman en siete días, los envían lejos,

al País de Nunca Jamás, para sufragar sus gastos.

Yo soy el capitán.

Peter y Wendy de J.M. Barrie

 

En la prensa mexicana David Huerta declara: “No voy a tratar de definir la poesía ante las páginas de este libro titulado Gas lacrimógeno, de Ángel Ortuño; pero sí voy a declarar cuánto un libro como este pone en crisis esos terrenos conceptuales e inquisitivos gobernados por la pregunta sobre, oh, el ‘ser de la poesía’”. Y así comienzan las porras a los amigos que escriben, comparten, se reúnen, alrededor, ya no de la poesía sino de los presupuestos: “Hoy te alabo a ti, mañana me alabas tú”. Y esto viene a colación porque la nota que acabamos de leer fue publicada el 29 de agosto de 2019, y para el 31 de diciembre del mismo 2019 la prensa colecta otra historia que une esos dos nombres: David Huerta y Ángel Ortuño en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara donde ambos comparten mesa de lectura-presentación: “Acompañado por sus amigos y también poetas Ángel Ortuño y el bengalí Subhro Bandopadhyay, y ante jóvenes de preparatoria que se dieron cita para escucharlo y conversar, el Premio Fil 2019 se declaró cervantófilo porque admira el trabajo poético que Miguel de Cervantes”.

Portada del libro: “Aquí no es Neverland. Voces y grafitis del orfanato” (2017) de Marco Ornelas.

Esto es interesante porque David Huerta decidió no hablarnos de la poesía que escribe Ángel Ortuño, sino solamente decir que le gustó su poemario Gas Lacrimógeno, pero nos quedáremos con la pregunta ¿por qué le gustó? ¿qué es aquello que maravilló a David Huerta?, al contrario, se cura en salud para que nadie le pregunte, y para no explicarle a nadie, solamente diciendo: “No voy a tratar de definir la poesía ante las páginas de este libro titulado Gas lacrimógeno, de Ángel Ortuño”. ¡Excelente! ¡Fantástica salida!

En el 2018, como parte de la monografía titulada “Madurez de la joven poesía mexicana”, que coordinaran: Alejandro Higashi e Ignacio Ballester, publicada en el número 23 de la revista “América sin nombre”, en la presentación que titularon: “Ser poeta joven en México” que firman los mismos Higashi y Ballester señalan: “Nuestro propósito no es explicar la poesía mexicana del tercer milenio, sino entender el conjunto de lo que se publica en la mayoría de edad del siglo XXI (2000-2018) como una diversidad encriptada por la dispersión temática y formal”. ¡Vaya pues! ¿Alguna vez se atreverán a explicar la poesía mexicana?

Y así, vemos el poco deseo que tienen de querer “explicar la poesía”, ni los veteranos Huerta (Ciudad de México, 1949), Higashi (Ciudad de México, 1971), ni el joven Ballester (Alicante, 1990) desean hacerlo o, mejor dicho, deciden no hacerlo. El término “madurez”, que los dos últimos autores utilizan en el título de su monografía, apenas fue para dar cuenta de que se han cumplido 18 años del siglo XXI, y nada más. ¿Cuál madurez? Pensaría uno. Tal vez ellos no quieran explicarnos la poesía; sin embargo, Ignacio M. Sánchez Prado arriesga: “La poesía mexicana contemporánea es un objeto de estudio de considerable dificultad debido a las características materiales de su producción”; pero solo se refiere, no a las poéticas, sino a la dificultad de analizarla en su conjunto debido a la vasta producción “favorecida por un alto nivel de institucionalización y subvención estatal”, pero cuyo consumo es relativamente bajo. Es decir, reflexiona sobre el mercado de la poesía en México, y concluye —en el tema de la poesía mexicana— que se han dado cambios desde mediados de la década pasada (2000-2009) que tuvieron como consecuencia una poesía muy diversa en la generación joven, “poesía que liberada de la idea de poesía” como conocimiento trascendente pudieron avanzar en nuevos derroteros: lenguajes iconoclastas cimentados en la observación del detalle cotidiano, o la cultura popular, e incluso el ensayista observa estructuras versísticas que se ponen en escena dentro de la prosa; o trabajos que conviven con el rock (pero no señala en qué corriente o escuela de rock), o en los videojuegos (tampoco menciona modelos).

Hablar de poesía desde la academia se torna difícil si no se plantea un objetivo para su análisis. Ya Terry Eagleton ha señalado: “Las empresas editoras comunitarias o cooperativas se asocian con proyectos a los que no interesa únicamente una literatura unida a cambiantes valores sociales, sino una que desafíe y cambie las relaciones sociales existentes entre escritores, editores, lectores y otros trabajadores literarios”. Y Fernando Alegría nos ha dicho: “El objeto de una obra literaria no se cumple hasta que es leída por un lector provocándole cualquier emoción”. Y en esto radica la lectura de los poemas, el hablar sobre la poesía, el análisis del discurso literario de una obra: en expresar lo que los poemas dicen, sugieren, hacen pensar, logran transmitir, intentan conseguir en su lector, en sus múltiples lectores. Por ello toda obra literaria tendrá al menos tres niveles de lectura: el primer nivel es sobre lo que se observa escrito, lo que cada palabra significa. El segundo nivel es lo que el autor quiso decir al escribirlo (y sobre esto jamás nos pondremos de acuerdo, ni aún entrevistando al autor); y el tercer nivel es lo que cada lector puede asumir, entender de la lectura que ha hecho de una obra.

En la monografía “Madurez de la joven poesía mexicana” conjuntada por Higashi y Ballester se consignan trabajos de Ignacio Ruiz-Pérez, Ignacio M. Sánchez Prado, Jorge Fernández Granados, Malva Flores, Jorge Aguilera López y Eva Castañeda Barrera, Diana del Ángel y Mariana Ortiz Maciel, del mismo Higashi; en diversos ensayos pergeñados se nos habla de José Emilio Pacheco, de la crisis epistémica, de los pioneros en la poesía, de la edición de la poesía en México, de la crisis institucional en la poesía mexicana, de la poesía actual en lenguas originarias, de la poesía mexicana vista desde España, y solamente Sara Uribe, Alejandro Palma Castro y Jocelyn Martínez Elizalde escriben en verdad sobre la poesía joven de México e invitan a su lectura y reflexión, asombrados —de una forma y otra— no ya por su novedad, sino por las lecturas que la tradición de las generaciones anteriores les han dejado en herencia.

No es con esa mirada academicista como quiero acercarme al poemario Aquí no es Neverland del poeta Marco Ornelas (León, Guanajuato, 1978); no es con la intención de echar porras como lo hace David Huerta sobre el poemario de Ángel Ortuño; sino sostenido en la tradición lectora del canon occidental, en el que se haya incluido el Peter Pan y Wendy de J.M Barrie, el cual nos ofreciera una visión de la orfandad, del abandono de los infantes, dentro de un constructo fantástico digno del pensamiento de todo niño, como el mismo Barrie lo dejara claro en la escena donde la señora Darling escudriña la mente de sus hijos: “La veríais de rodillas, supongo yo, deteniéndose divertida al contemplar algunos de los hechos, preguntándose de dónde habéis sacado esto, haciendo descubrimientos maravillosos y otros que no lo son tanto, acercándose algunos a la mejilla como si le recordara a un gatito, y apartando la vista de otras apresuradamente. Al despertaros por la mañana, las travesuras y maldades de la noche anterior están dobladas con cuidado y colocadas en el fondo de vuestro cerebro; y en la parte de arriba, bien aireados y extendidos, están vuestros mejores pensamientos, listos para ser usados.”

Y tal como Barrie lo hiciera en aquel 1904, en este poemario de Marco Ornelas se nos presenta el tema de la orfandad, del orfanato, del abandono de las infancias, de la crueldad en la que nos hemos acostumbrado a mirar, debatir, discutir, acerca de los niños de la calle, y la problemática que representan. Recuerde usted que, en 1729, otro grande de la literatura, Jonathan Swift, había denunciado la frivolidad de la clase alta de su sociedad respecto de la discusión sobre los niños de la calle, y su orfandad en “Una modesta proposición”, el ensayo-cuento, que aún sigue moviendo las consciencias sin resolver el problema real: “si nos preocupan los niños de la calle ¿por qué no nos los comemos?”, se pregunta con ironía Swift.

De esta forma, el poemario Aquí no es Neverland se inscribe dentro de esa tradición: la preocupación de un intelectual, de un escritor, de un poeta, del terrible caso de los niños huérfanos; un retrato de la actualidad que nos hace reflexionar incluso en esas “pañelotadas, pañuelazos verdes” en pro del aborto (Aborto Libre, Seguro y Gratuito), del respeto a la decisión de las mujeres sobre sus cuerpos, sobre aquel producto que crecerá en su interior, como un parásito —y biológicamente eso es lo que es, no finjamos no aceptarlo; sobre todo en la mujer que no lo desea ni siente afecto por él—, puesto que la persecución legal y social sobre las mujeres embarazadas, lo ofensivo que es juzgarlas es una poderosa razón que las forza a traer al mundo criaturas, de las cuales un gran número termina siendo maltratados, abandonados, poco queridos, durante el camino de su vida. Grande ese aquel porcentaje de niños no deseados que terminan en la calle, en los orfanatos, abandonados a su suerte, por madres y padres que no los deseaban. El otro porcentaje se conforman por los niños a los que les han arrebatado a los padres, en esta terrible violencia que impele el Crimen Organizado en nuestro México. Para el 2 de julio de 2019 se reportó un total de 1.6 millones de niños mexicanos huérfanos.

El poemario de Ornelas es un libro pequeño de 57 páginas, que trae 42 páginas de poemas. Podríamos considerarlo incluso un cuadernillo o plaquette. Presenta cinco fragmentos e incluye un prólogo del poeta Héctor Carreto. Cada fragmento representa la voz (como hablante lírico) de alguno de los personajes de la obra de JM Barrie: Voz de Wendy, de John, de los niños perdidos, de La sombra, y de Michael. Por lo cual no es ocioso que la obra de Ornelas presente el subtítulo: “Voces y grafitis del orfanato”; pues las voces de esos hablantes líricos contrastan con los Grafitis que el autor va dejando bajo algunos de los poemas, oraciones sintéticas que uno debería imaginar escritos sobre alguna barda, o un vagón, algún portón, quizá en un techo, en alguna banca, por todas las ciudades, y que nos sorprenden en la reflexión. Dichos grafitis el autor los enumera del 1 al 14, y forman con el corpus del poemario, un entramado que nos hace mirar el mundo que Ornelas ha creado como desde arriba, con la mirada de un dron que sobrevuela la ciudad, o tal vez como una de esas miradas satelitales a las que cada día nos acostumbramos más por nuestro continuo accionar y funcionar en los mapas de geolocalización que en este 2020 nos son tan familiares.

Así vamos planeando, poema a poema, página a página, viendo a estos niños correr por la ciudad, hablar desde su propia visión, mientras los “chicos perdidos” van dejando grafitis para nosotros que nunca seremos tan rápidos para lograr sorprenderlos escribiéndolos. Son estos grafitis (que por supuesto tienen que remitirnos al proyecto Acción Poética de Armando Alanís Pulido) que aparecen por esta ciudad que, ya se nos ha dicho, No es Neverland.

Estamos ante un poemario dulce pero trágico, en el que los múltiples hablantes líricos que Ornelas convoca son incapaces de fingir su extrañeza al ser observados por nosotros, patéticos lectores llenos de morbo, que nada podemos hacer contra su abandono:

“A veces quisiera quedarme sentado,

ser como el hombre

de las ilusiones perdidas.

 

Fingir felicidad.”

Y sin embargo seguimos pasando las páginas. ¡Qué terrible ha sido el autor para escupirnos la injuria desde estas voces infantiles! En cada abrir el libro miraremos, reconoceremos, tenemos que reconocer la pobreza de nuestra vida en este mundo terreno, porque ha sido la capacidad poética de Ornelas la que ha encerrado en esta caja de papel, entre tapa y contratapa, en este objeto manchado en tintura negra, a esos infantes que deambulan por las calles de nuestra propia historia. Marco lo sabe, pudo reconocerlo en el libro de Barrie, pudo entender quienes son los pequeños de la familia Darling, en cada región, en cada país, en cada ciudad, en nuestra propia mente lectora; donde el poeta nos arranca de la fantasía en que hemos crecido por tantos años para gritarnos: “Peter Pan no existe. / ¡Bienvenidos al orfanato!”

Y es que los niños perdidos, abandonados, echados de la casa, lanzados a la calle, huérfanos, jamás tendrán la culpa de abrir los ojos dentro de la soledad, y en su constructo mental siempre querrán sentirse amados por alguien, vivirán el sueño y el deseo de recuperar esa pérdida, esa parte de su alma que necesita reponerse. Ya nos lo han dicho los psicoanalistas: el niño al nacer cree que su madre es apenas una extensión de su propio ser, y puede tardar hasta dos años y medio en comprender que son seres independientes él y su madre. Ornelas lo describe así desde la voz de Michael (el más joven de los Darling):

Campanita,

concédeme

que al despertar,

entre la pesadez del nuevo día

esté otra vez la sonrisa de mi madre”.

Con la lectura de los poemas incluidos en “Aquí no es Neverland” uno puede reflexionar fehacientemente en las abandonadas infancias, en la infancia propia, en cómo la vivimos y la disfrutamos. Pero también es un libro para padres lectores que pueden sentir la ternura-doliente de los versos que van cayendo ante sus ojos. La fantasía alegre, casi cómica en la que Barrie describe su magistral obra, tiene ese tono de dolor para un lector sensible, y lo mismo ocurre con el poemario de Marco Ornelas. Es un poemario que es varios poemarios al mismo tiempo, gracias al uso de los diferentes hablantes líricos, que son además reflejadas en esa intervención que los grafitis representan para la agilidad del texto leído como un todo.

La mirada infantil va mostrándonos una forma distinta de ver la realidad: una Wendy que se pregunta qué hay detrás de la barda (la del orfanato, la de la prisión, la de la casa donde se le mantiene encerrada, la del cautiverio en aquellas chicas que son secuestradas):

“Dicen que detrás del muro está la playa,

la esperanza en la hoja del lirio,

el amanecer.

 

Desde aquí,

solo contemplo la noche”

¿Quién defiende a esos niños del orfanato? Hace pocos días (agosto de 2020) tuvimos la desgracia de mirar por la televisión el caso de un niño-adolescente que era maltratado y golpeado por dos trabajadores en un albergue del municipio de Zapopan, Jalisco. ¿Quién defiende a los niños abandonados, a los niños huérfanos?

“Memoria de sombras

donde el niño

frente a su ventana

espera.”

Pero Peter Pan ha muerto, ya no está ese Capitán de los niños perdidos que sabe volar con la magia de las hadas. No. ¿Quién se hace ahora cargo de las infancias que al mundo de los adultos ha dejado de importar?

Ya lo decíamos, y puede parecernos trágico, pero el aborto como parte de la educación sexual es una de esas opciones en las que tenemos que reflexionar, ajenos a morales impuestas por las distintas religiones. Y no podemos negarlo.

El libro

Ornelas, Marco. 2017. Aquí no es Neverland. Voces y grafitis del orfanato. Ediciones Sin Nombre. Ediciones La Rana. Instituto Estatal de la Cultura de Guanajuato. 59 páginas.

 


Adán Echeverría. Soy de nacionalidad mexicana. Realicé estudios de licenciatura en Biología (2001) y maestría en Producción Animal Tropical (2001-2003) en la Universidad Autónoma de Yucatán. El grado de doctor en Ciencias del Mar (2009-2013) lo obtuve en el Centro de Investigación y Estudios Avanzados del Instituto Politécnico Nacional, Unidad Mérida (CINVESTAV). He publicado 3 artículos en revistas internacionales y 1 capítulo de libro. Mis dos novelas: Seremos tumba en http://www.youblisher.com/p/422135-Seremos-tumba-de-Adan-Echeverria/ y Arena en http://www.youblisher.com/p/173628-Arena-Adan-Echeverria/

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