Rezagos de un payaso | María Dolores Cabrera

Por María Dolores Cabrera

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria)

 

Diego se sintió decaído. Le dolió la cabeza. No tuvo apetito y aquel día no almorzó. Silvia, su madre, se preocupó cuando se dio cuenta de que tenía fiebre y pensó que debía meterse en la cama, tomar un analgésico y un té caliente de canela con limón.

El chico tenía escalofrío, pero en medio de sus estertores, se quedó dormido. Atravesó la línea que separa la vigilia del sueño y dejó su cuerpo caliente recostado en la cama. Sudoroso. Húmedo. Sintió que, de pronto, su esencia era etérea. Flotaba. Se reconoció a sí mismo como una estela que zigzagueaba liviana. Sin frío, sin calor, sin miedo y sin dolor. Se desplazó ondulante hasta llegar a un espacio oscuro. Cerrado. Le pareció que, de repente, se encontraba en un teatro vacío que no tenía público. Las butacas tapizadas con gamuza de color vino, estaban desocupadas. Se trasladó hasta un escenario con un telón morado semi abierto por el cual se escabulló. Del fondo de este lugar tétrico, algo sucio y mal oliente, salía una música mustia, pausada y triste. Apenas la percibía, casi no podía escucharla. Continuó deslizándose. Las notas subían un poco el tono mientras él avanzaba hacia una esquina iluminada tan solo con una luz mortecina, vaga. Al acercarse, se percató de la presencia de un bulto grande. Estaba agachado, encorvado y emitía un gemido ahogado que se confundía con la agónica música.

Diego se acercó hasta sentir que lo rozó. El bulto reaccionó al contacto y se movió. El muchacho esperó. En ese momento no sintió temor, apenas curiosidad. En unos segundos reconoció una cabeza humana que se levantaba de forma muy lenta. Le pareció ver un pelo rizado de nylon color naranja fosforescente. Al rato constató que se trataba de una frondosa peluca. Lo que estaba frente a él, era un cuerpo humano que tenía vida. Un ser que al mostrar su cara asustó al chico que seguía siendo una sombra sin materia. Reconoció a un payaso que, al mirarlo, le mostró un rostro triste, tristísimo. Una tétrica expresión de horror. Un sollozo angustiado. La árida mirada que brotaba de los ojos verdes de un anciano y una mueca lastimera que contrastaba de manera espantosa con la enorme sonrisa dibujada alrededor de su boca que era roja, al igual que el círculo irregular de su nariz. La piel de la cara pintada de blanco. Se notaba algo de barba canosa debajo de la pintura. Los ojos manchados con tinte negro diluido por el llanto. Lágrimas oscuras que chorreaban sobre el claro maquillaje.

Diego sintió pena y consternación. Incertidumbre. ¿Dónde estaba? ¿Quién era aquel fantoche desolado? ¿Quién era él mismo en aquel momento? No tenía cuerpo y el miedo que había aparecido, inundó su conciencia. El payaso no dejaba de mirarlo y la música melancólica no cesaba de sonar. Al principio, este extraño ser no pronunció ni una sola palabra. Parecía sorprendido y se incorporó un poco más, dejando ver el tórax y las extremidades. Vestía un traje a rayas con gamas de colores vivos. A pesar de la oscuridad, Diego consiguió distinguir el azul, el verde y el amarillo en su ropa porque eran refulgentes, también los tonos fucsias y lilas.

—¿Quién eres? —se atrevió a preguntar Diego aterrorizado—. ¿Dónde estamos?

—¿Quién eres tú? —respondió el veterano pintarrajeado mientras limpiaba, algo enfadado, su cara con las palmas de las manos—. ¿Un fantasma? ¿Cómo entraste a este teatro? Las puertas y ventanas están cerradas, aunque parece que tú no las necesitas. Te ves como un espectro o un espíritu. Como humo denso y transparente a la vez, pero percibo que puedes ser un ser humano.

—Sí, soy Diego. Tengo dieciséis años y vivo con mi madre, pero ahora mismo no sé dónde estoy.

—Estás en el teatro de mi vida, amigo. No sé quién te invitó ni por qué viniste, pero como verás, ya no tengo público. Hace mucho tiempo, solía alegrar a la gente con mis chistes y payasadas, pero ya no. Solo quedan los rezagos de lo que algún día fui. Mis comedias provocaban aplausos, carcajadas y algarabías en la muchedumbre. Pero envejecí y mis gracias ya no agradaron más. Las personas se cansaron de reírse de mis bufonadas y sainetes. Un payaso viejo pasa de moda y aburre. Me quedé en la oscuridad del escenario. Solo. Pobre y devastado. Me asombra que ahora un fantasma me visite.

—No soy un fantasma.

—Sí lo eres. Al menos por ahora.

Un momento de silencio y el joven, un poco más calmado, preguntó:

—¿Cómo te llamas?

—Sadim, pero todos me decían Sadi. Los niños empezaron a temerme cuando descubrieron las comisuras de la vejez de mi rostro. Las arrugas. Se percataron fácilmente de que mi piel estaba seca y marchita. La pintura se acartonaba sobre mi piel A menudo transformaban su terror en una actitud perversa y se burlaban con crueldad para camuflar el temor. Sentían asco. Pero no me has respondido. ¿Para qué has venido?

—No lo sé. Recuerdo que estaba en casa y me sentí un poco mal. Un malestar viral, creo. Tenía fiebre y me dormí. ¿Estaré dentro de un sueño? Mencionaste que no ves mi cuerpo y yo tampoco puedo verlo, pero yo sí puedo mirar el tuyo.

—Eres solo una aparición, jovencito, pero ni un espectro viene a un sitio como éste, sin un propósito, Diego. Así me dijiste que te llamabas ¿verdad?

—Sí, así es y me atrae tu historia, tu apariencia. ¿Puedes contarme algo más sobre ti?

—No tengo nada más que contar. Ya no soy lo que fui. Estoy íngrimo, abandonado y tal vez ya ni siquiera existo.

—Existes porque te veo y te escucho, hasta pude rozarte cuando me acerqué a ti, pero ¿por qué elegiste ser un payaso? Lo pregunto porque yo también he tenido esa inquietud metida en la cabeza desde que era muy pequeño. Me gustaría hacer reír a la gente. Conseguir que las personas olviden sus penas, sus aflicciones.

—¿Crees que podrías hacerme reír a mí, justo en este momento?

—No. No lo creo. Te veo demasiado afligido y perturbado. La tristeza te consume y no dejas de llorar mientras hablas.

—Entonces, no puedes ser un buen payaso. Uno de verdad.

—Aprenderé, entonces.

—Te falta mucho, muchacho. No es nada fácil. La gente que sufre se resiste a reír porque le teme a la felicidad más que a la tristeza y hay que luchar contra esa obstinación.

(Otro silencio)

—¿Sabes qué recuerdo ahora mismo? Que cuando yo era un niño, mi madre, Silvia, me regaló un pequeño payaso de caucho, tenía el rostro de un viejo. Era una figura con sombrero café y abrigo largo de color marrón. Se veían sus zapatos grandes y anchos como los de un bufón. Ahora me doy cuenta de que su cara era muy parecida a la tuya. Cuando mamá me lo entregó, me cautivó. Ella me dijo que había sido de su padre, de mi abuelo y que se llamaba Tristón. Desde ese momento me han inquietado esos pantomimos graciosos y jamás he creído que sean felices de verdad. Pienso que quien elige serlo, solo intenta esconder su desdicha.

—Tristón. Lo recuerdo muy bien— dijo entre dientes y en un tono de voz muy bajo que se confundió con la música que seguía imparable.

—¿Qué has dicho?

—Nada, nada. No me hagas caso. ¿Qué te hace pensar que los cómicos somos seres infelices que tratamos de esconder nuestra desdicha?

—Lo he pensado desde que mi madre me leyó un poema escrito por el poeta mexicano Juan de Dios Peza. La historia de Garrick. Se llama “Reír llorando”. No sé si lo conoces, es muy antiguo. Desde que me apasioné por esa poesía, creo con seguridad que los cómicos, los payasos y los comediantes intentan disimular o esconder el dolor que inunda el mundo. Taparlo o negarlo para ellos mismos y para los demás. Nada puede salvarlos de su desdicha.

—Claro que conozco ese poema. Empieza así:

“Viendo a Garrick —actor de la Inglaterra— el pueblo al aplaudirlo le decía:” [1]

Diego repitió con el viejo, a dúo y en el mismo tono, la siguiente frase:

“Eres el más gracioso de la tierra y el más feliz…” [2]

Sadim calló porque la voz se le ahogó en la garganta y el chico continuó solo:

—No voy a recitarlo completo, pero quiero que sepas que cuando mi madre me lo leyó por primera vez, lloré al escuchar esta parte:

“¡Cuántos hay que, cansados de la vida, enfermos de pesar, muertos de tedio, hacen reír como el actor suicida, sin encontrar para su mal remedio!” [3]

El anciano sonrió con ironía y dijo:

—Para poder ser de nuevo el mejor humorista del mundo, tendría que volver a nacer.

—¿Volver a nacer? ¡Sería fascinante! Podrías reencarnar.

—¿Reencarnar?

—Sí. Imagina que pudieras hacerlo. Es más, quizás en realidad ya no existes como tú mismo lo has dicho hace un momento. Hasta es posible que ya hayas nacido otra vez.

—¿Qué tonterías has venido a decirme? —respondió alterado.

—Cálmate y escúchame. He leído que, generalmente, se reencarna dentro la misma familia. Leo mucho e indago sobre estas ideas porque me parecen grandiosas. Me seduce el pensar sobre cómo volver al pasado para cambiar el futuro. Encontrar la manera de poder abrir los portales del tiempo y de otros espacios mediante sueños, estados febriles, delirios y alucinaciones naturales o provocadas. Cruzar las fronteras de las épocas. Nacer, morir, volver a nacer. Ser como una libélula que transmuta. Ser el abuelo, dar vueltas en el tiempo y luego, ser el hijo. Una locura. Sadim, tendrías otra oportunidad para no morir desdichado.

En ese instante y antes de que el hombre le conteste, Diego se sintió inquieto, nervioso, algo lo había alertado.

—Debo volver. Siento que la fiebre ha bajado y tengo que regresar. Mi madre está preocupada, pero me gustaría volver a verte.

—Descuida. Me volverás a ver.

—Adiós, Sadi.

Las notas musicales se diluyeron. De manera repentina, abrió los ojos y vio el rostro de su madre. Le sonrió. Ella se alegró de verlo bien y de constatar que la temperatura había bajado. Diego se miró a sí mismo y reconoció su cuerpo, eso lo tranquilizó.

Después de un momento, se dirigió a Silvia, su madre y le preguntó:

—Mamá, ¿qué nombre habías dicho que pensabas ponerme cuando yo nací?

—¿A qué viene esa pregunta, hijo? Primero dime cómo te sientes.

—Mejor mamá. Me siento bien. Aún tengo algo de malestar, quizás fue una indigestión, no sé. Ahora contesta mi pregunta, por favor.

—Pensaba ponerte el nombre de tu bisabuelo, Sadim. Pero luego opté por ponerte Diego, un nombre más actual y menos “extranjero” —sonrió—.

El hijo quedó embelesado y atónito con la respuesta, pero continuó:

—Madre, y ese bisabuelo del que me hablas, ¿A qué se dedicaba?

—Creo que cuando fue muy joven, comerciaba con telas y tapices para sobrevivir, pero he escuchado que también fue comediante. Montaba escenografías con payasos para entretener a la gente de su pueblo. Él también era uno y dicen que muy bueno. No lo conocí. Me han contado que murió viejo y deprimido. Algunos dicen que se suicidó, pero la familia siempre lo ha negado.

Diego se sintió aturdido con lo que acababa de escuchar. Había mucha confusión en su cabeza. Casi no podía creer lo que estaba sucediendo, pero en verdad deseaba hacerlo y comentó con calma:

—Me encantaría ser como él, ¿sabes? Y mi nombre artístico sería Sadi.

Él sonrió y su madre lo abrazó.

—Esa figura de caucho que te regalé cuando eras niño, le pertenecía a él. Luego se la dio a mi padre y yo te la di a ti. Tu tía Eugenia decía que nuestro abuelo tuvo ojos verdes como los tuyos.

Ahora, el chico ya no tenía dudas de lo que estaba ocurriendo y aunque la idea aún lo asustaba un poco, era una realidad.

—Si llego a cumplir mi sueño, podré cambiar su historia, mamá. Seré como él, pero no permitiré que sea la amargura lo que me motive porque el resultado no es bueno. Mamá, voy a hacerte una pregunta: ¿Qué opinas de la reencarnación?

La mujer quedó pasmada. Petrificó la mirada y las ideas de su mente se enredaron. Experimentó miedo y ansiedad y volvió a abrazar al hijo sin contestar.

—No te asustes madre. Esta vez él será dichoso, reirá y hará reír hasta el final. Morirá rodeado del cariño de la gente y de interminables aplausos. Tal vez para conseguirlo, no llegue a ser anciano, morirá pronto pero no infeliz. De eso me encargo yo.

Diego, creyó haberlo comprendido todo. Retiró bruscamente las cobijas de su cama y saltó fuera de ésta. Corrió al espejo, tomó el labial rojo de su madre y pintó entusiasmado un círculo amorfo en la punta de su nariz.

 

Notas

[1], [2] y [3] Fragmentos del poema: “Reír llorando” del autor mexicano, Juan de Dios Peza (1852-1910).

 

 


María Dolores Cabrera (Quito, 1962). Estudia en su ciudad natal y en 1984, egresa de la carrera de Psicología Clínica. Posteriormente, ingresa como miembro del Taller Literario conducido por Abdón Ubidia, destacado escritor ecuatoriano. Luego, años más tarde en 1998, publica su primer libro de 12 cuentos titulado: Mas allá de la piel. En el año 2010, un segundo libro, también de 12 cuentos: De nuevo tus ojos. En 2012, presenta su primera novela: Te regalo mi cordura. En el año 2016, una nueva novela con el título: Cuando duermen los Jilgueros, y su más reciente libro, en el año 2018, la novela: Pinceladas (Bosquejo de un trastorno).

 


Foto portada tomada de: https://unsplash.com/photos/5UnLTVKQVlc

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