“Las uvas de la ira” de John Steinbeck | Fabricio Guerra Salgado

Por Fabricio Guerra Salgado

 

Años treinta, Oklahoma, la Gran Depresión ha pulverizado la economía en la Unión Americana. Entre las cosechas menguantes y la creciente tecnificación aplicada a las labores agrícolas, los campesinos no logran cubrir las deudas y las hipotecas contraídas con los bancos, por lo que son desalojados de sus tierras.

Arranca entonces el éxodo al oeste, hacia California, en donde se dice, sobra el trabajo, ya que ahí abundan los sembríos de uvas, naranjas y algodón que deben ser recogidos por ágiles y voluntariosos brazos. A bordo de desvencijados camiones que van atiborrados de viejos colchones y oxidados trastos, miles de familias empobrecidas hasta lo indecible toman la mítica Ruta 66, dispuestas a recorrer los tres mil kilómetros que las separan del destino anhelado.

Como tantos otros, los Joad, abuelos, padres e hijos, emprenden también el largo viaje, del que se irán desencantando de a poco, comprobando dolorosamente luego, la falacia de la tierra prometida en medio del hambre agobiante. Al llegar, hallarán tan solo abusos, persecución y todas las privaciones posibles.

En el agotador periplo, los ancianos perecerán, los menos decididos desertarán y hasta Tom, el hijo con mayor fuerza y determinación, se verá obligado a alejarse de los suyos para evitar perjudicarlos tras haber participado en un episodio violento durante una escaramuza de huelga.

La madre Joad, verdadera heroína de la historia, cataliza la unión familiar simbolizando la esperanza, a veces ciega, que se convierte en motor de supervivencia. Su entrega incondicional y sentido sacrificial constituyen el principal soporte para el resto de la prole, quienes al final y pese a todo, no claudican, mientras empapados hasta el tuétano hallan abrigo en un granero abandonado junto a otros forasteros tan o más desventurados que ellos mismos.

El relato huye de los matices y los tonos grises, planteando la tensión narrativa desde un conflicto de clases muy demarcado: pobres buenos frente a ricos malos, negándoles la voz a estos últimos y despersonalizándolos, ya que según dice el autor “el propietario de veinte mil hectáreas no es un hombre sino un monstruo”. Esta fórmula dicotómica, que puede lucir ramplona y demagógica, resulta sin embargo efectiva, al imponer una lectura emocional en la que es improbable no tomar partido por los oprimidos.

Los personajes trascienden su propia individualidad para adquirir representatividad colectiva, encarnando así el drama del campesinado americano pauperizado por las crisis bursátiles y el capitalismo financiero deshumanizante. En estas circunstancias, la ética maniquea steinbeckiana de mártires y villanos emerge de modo inexorable.

Por tal razón, el lector avezado evitará abordajes panfletarios plagados de delirios socialistas, pero sin perder de vista la necesidad y la legitimidad de la denuncia y de la resistencia de los marginados ante la codicia de los poderosos, porque “en las almas de los hambrientos las uvas de la ira siguen madurando y algún día deberá llegar la vendimia”.

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