La riña | Henry Bäx

Por Henry Bäx

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria)

 

Liborio, era hombre temido en el barrio a fuerza de mañas, trampas y de su buen desempeño con la navaja corta de doble filo; todos conocían que le debía a la justicia más de una vida, y que la policía no dejaba de buscarlo. El barrio de calles sucias, de rincones pestilentes, de música chillona, de burdeles incestuosos y de cantinas de mala muerte, era su mejor escondite y, quizás, su único bastión. Esa noche, el destino le tenía preparado para él, algo tan extraordinario, que jamás imaginó.

De una vieja rockola salía una música trágica que invitaba a sumirse en las playas de la aflicción, aún más, si sobre su corazón no cejaba el tormento de un amor no correspondido. Pidió al cantinero una botella de licor anisado para ahogar sus penas. Conforme aquella letra de la canción se instalaba en lado más vulnerable de su corazón, bebía con rabia y despecho. Mientras libaba, trataba de olvidar la causa de su desdicha. Vio llegar a una mujer. Era Lupe, la meretriz más bella de la calle Ferroviaria. Entró a la cantina, garbosa, provocativa; vestida de orgullo y de indiferencia. Sus rasgos faciales parecían aún de una niña, pero era mayor de edad. Su delicado cuerpo no experimentaba todavía los rigores del exceso carnal, ni tampoco las abyecciones de ser sometida por ningún chulo de mal vivir.

Los ojos de Liborio la acechaban desde un rincón escondido detrás de una tenue cortina de humo de cigarrillo. Él la había pretendido desde que llegó de una provincia de la costa semanas atrás, pero sin ningún resultado. Sabía que podía comprar su cariño por unos pocos billetes, pero él no deseaba caricias negociadas, ni falsos besos de pasión; tampoco jadeos fingidos. Quería conquistarla a fuerza de amor. De ese amor, único sentimiento digno que tenía aquel pendenciero. Anhelaba que eso, de alguna manera, le eximiera con su deplorable manera de existir.

Lupe no quería involucrase con nadie, y menos con Liborio, mal viviente y con fama de maleante y abusador.

En ese mismo instante entró otro hombre, de igual reputación o de peor calaña que Liborio. Todos le conocían con el mote de: “Piña”. Por su rostro le recorría, rencorosas, unas cicatrices que se semejaban a los estigmas que esa fruta. Tahúr, avezado ladrón; no se dejaba meter miedo con nada. Había asesinado a más de uno por asunto de mal reparto, y a varios, por una mujer. Se sentó delante de una destartalada mesa de la cantina. Uno de sus compinches en aquellos trabajos estaba también allí. Efusivos se saludaron y pidieron una botella de un aguardiente azulado. La juerga se instaló en la mesa; gritos y risas toscas colmaron el pesado ambiente. La taberna de mala muerte estaba llena de gente camorrista, y la música desgarradora apenas se confundía con una algarabía desordenada.

Lupe indiferente, desde la esquina más alejada de la barra, expulsaba hilos de humo por su boca; ya había consumido dos cigarrillos a la espera de un cliente. El “Piña” le había echado el ojo desde hace un buen rato. Su compañero hizo un ademán, como para que la mirara.

—Piña, ya viste a la mujer que vino desde la costa.

—¿Es nueva?

—En el oficio, no creo mi ñaño, pero por acá llegó hace unos dos meses atrás.

—Lo que uno se pierde por estar enjaulado —añadió el malandrín.

—Si quiere varón, yo se la presento, es súper buena nota la chica.

—Pues de una, ya te imaginarás que uno en la cárcel está restringido de todo.

—¡Vamos entonces!

Liborio adivinó el propósito del sujeto. Anónimamente, él se había enamorado de Lupe y, esa misma noche, bajo el fuego del licor que le recorría y arremetía sus sentidos, quiso conquistarla.

El “Piña” hablaba con la mujer, tratando de llegar a un acuerdo en el precio; ella reía, mientras no dejaba de fumar su cigarrillo. La música sonaba con desprecio y un aire de tormento le daba un sabor agridulce al ambiente. Intercambiando unas ocultas sonrisas establecieron un concierto en el valor de sus servicios. Caminaron con dirección a un zaguán oscuro, que al final estaba iluminado por una débil luz blanca y que, a su vez, conducía a un pequeño cuarto. Una voz gruesa y amenazadora dijo:

—¡Cuidado, que esa mujer es mía!

El “Piña” regresó a mirar expectante. Respondió molesto:

—Varón, que yo sepa, esta hembra no tiene dueño.

Lupe con desidia y molesta, añadió:

—Este pérfido me anda molestando desde hace mucho, pero yo no le pongo atención, vamos.

—Ya oíste, la hembrita no tiene dueño, mejor desaparece.

Liborio, amenazante espetó:

—¡Qué la sueltes, majadero!

El sujeto que estaba con la chica se detuvo. Esta vez su tono de voz era más brusco.

—¡Si quieres, esto lo arreglamos como los hombres, afuera!

Liborio hizo un ademán y con rapidez sacó su pequeña daga. El inmenso y largo grito de Lupe turbó el caótico ambiente de la cantina. Todos se levantaron de sus mesas; pronto se formó un círculo de curiosos que aupaban a la riña.

El “Piña” desarmando, atinó a acercarse a una de las mesas, tomó una botella de cristal y con furia la rompió. Enérgico, tenía un arma con varias aristas apuntando a Liborio.

—Listo varón, ahora estamos de igual a igual. Veremos quien se saca chispas primero —añadió el del rostro deforme.

El cantinero, expectante y asustado, propuso:

—Sus líos en la calle, que acá adentro es un lugar decente para que derramen sangre.

Lupe angustiada, completó:

—No salgas, que ese tal Liborio, dicen, es muy peligroso. No salgas.

—Tranquilita mujercita, que yo no me como el cuento, ya verás que una vez que lo despache, vamos a pasarla muy bien los dos.

La despreciable turba ya había salido a la vía, y no dejaba de gritar para que la pelea empezara.

Liborio, por un instante meditó que, si regresaba vivo, Lupe le tendría más respeto, y que ello podría servirle para ganarse su amor. El “Piña”, ofuscado, no hacía más que gritarle denuestos a su rival. Poco le importaba matar a otra de sus víctimas por una mujer.

Afuera, un denso cielo negro trataba de iluminarse con una luna naciente. La calle inmunda, tenía la apariencia de un patio enorme y deforme. El contaminado ruido de las demás cantinas no dejaba de instigar a la violencia. Había un charco de aguas cafés que reproducía, inexactamente, las siluetas de los dos sujetos. Un olor ácido de orines salpicaba todo el ambiente desde un sucio rincón. Vilmente y bajo el influjo del licor, más de uno empezó a gritar:

—Yo le apuesto al Liborio.

—Yo voy dos a uno al “Piña”.

—Doblo la apuesta, le voy al Liborio.

—Pago a tres por el Piña.

El rencor y la violencia del miserable callejón estaban en su estado más puro. Risas abominables no dejaban de carnavalearse de los contrincantes. Frente a frente dos hombres, uno, con el corazón partido por un amor no correspondido; el otro, defendiendo su honra por una cualquiera.

Un falso honor justificaba cada uno. Amenazantes empezaron a mirarse. Alguien, que nunca falta, gritó:

—¡Ya niñas, déjense de cosas y peleen como los hombres!

Un círculo propicio de gente no dejaba que ninguno se arrepintiera y saliera huyendo. Era tarde para echarse atrás; había que limpiar la afrenta con sangre. Liborio, tomaba con decisión su pequeña compañera de otras lides; en su pulcra hoja, se podía vislumbrar los ojos ávidos de cada curioso, semejantes a alargados y maliciosos triángulos, o las sonrisas que, con sorna, expulsaban sed de inquina y muerte.

Al “Piña” le sudaba su mano siniestra, pero no era de miedo o de nerviosismo, sino, de premura por ajusticiar a otro hombre.

Los primeros zarpazos que se lanzaron eran como chispazos que se confundían con los gritos y con el rumor del barrio. Estos eran para intimidarse mutuamente, para medir su coraje; para saber quién iba a retroceder primero y atacarlo fatalmente. Cada golpe lanzado, rasgaba y partía la noche, como un manto viejo. Los golpazos cortaban la respiración de los curiosos, y también, iluminaba como fulgores las almas que se negaban a ver aquel espectáculo. Una danza horrenda empezaron a practicar los individuos. Ahora, ya no eran meras alegorías de susto o de movimientos. Un brusco hilo de sangre emanó de uno de los brazos de Liborio; otra línea carmesí se pegó en la cara del “Piña”. Dos hombres luchaban en medio de una alocada orgía de gritos por sus vidas. Sus rostros estaban como pálidos, y no dejaban de expresar las muecas más extrañas de horror. Pero en eso, insólitamente, el alma de Liborio advirtió una paz jamás experimentada. Aquel fuego que le consumía dejó de arderle en su corazón. Renunció a sentir odio, celos, y esa sed de venganza por su contrincante. Por un momento, bajó sus brazos, quedándose indefenso. Sencillamente decidió dejar de pelear. El tiempo empezó a correr despacio, lento; era cómo si se hubiese querido detener por unos segundos. Miró a su contrincante, que tenía su rostro transfigurado. Entonces sucedió algo que le impactó, que le conmovió y que le hizo seguir con más furia y rencor que antes. El tiempo volvió a correr, pero con una inexplicable premura. La cara del “Piña” ya no era más su rostro; ahora, él tenía su misma cara. Era como si estuviera mirándose a un espejo. Un símil de él mismo. Liborio estaba frente a otro Liborio, salvo que uno tenía un puñal, y el otro, el pico de una botella rota.

Arremetió con fiereza contra él mismo, su pequeña daga la empujó con fuerza hacia la otra humanidad; la ropa de su oponente pronto se transformó en jirones de tela y sangre. Liborio se sentía poseído por un instinto tan bajo que, por un momento, se desconoció. Arreciado por un misterioso odio, clavó su ira contra sí, que a su vez era su rival. Al hacerlo, sintió tal grado de satisfacción, que no la bastaría mil vidas para poder explicar ese júbilo tan extático. Sintió como un rayo de luz le penetraba el pecho, expulsó un desesperante alarido de dolor. Un remezón le hizo reaccionar, acaso, esa misma sensación de daño le hizo gritar. Reaccionó. Se fijó que el “Piña” estaba tendido sobre la calleja sucia. Su mirada estaba como clavada en el firmamento o desorientada. Un brillo emergía de sus ojos; le fulguraba ansioso y, parecía que, a su vez, ese fuego se iba extinguiendo. Una perlada lágrima se apresuró en salir, pero esta no era de aflicción; sino de impotencia de no poder seguir la riña, de haber sido derrotado. Liborio jadeaba excitado y expectante, mientras observaba como su contrincante agonizaba. El individuo yacía sobre un charco de sangre que se mezclaba con una tenue agua sucia. De su boca escaparon unas breves frases. Liborio, soltó su daga, que cayó al piso como una moneda vieja. Se agachó a escuchar, mientras le sostenía la mano.

—Me llegó el día varón, no todos los días se gana.

Liborio dijo enormemente abrumado:

—También fue mi día, maté una parte de mí.

—Tengo mucho sueño, quiero dormir varón. Dile a mi madre que salí a un largo viaje —el “Piña” cerró sus ojos, y dejó de respirar.

La policía llegó al lugar de los hechos. Liborio no puso resistencia, lo esposaron y se lo llevaron.

En el trayecto, mientras era conducido en el auto policial, meditaba sobre lo sucedido, preguntándose si aquella confrontación había valido la pena. Cabizbajo trataba de darse alguna respuesta sobre lo que había vivido. ¿Cómo pudo ser, qué en un momento determinado, durante la refriega, él se haya enfrentado contra sí mismo? Se detuvieron en un semáforo, una pequeña niña de carita sucia se les acercó a venderles unas rosas rojas. La chica pasó frente al reo. Liborio se fijó en un pequeño ramo granate. No imaginó, que en esos pequeños capullos se pudiera agrupar una infinita belleza. Solo entonces logró descifrar o desenmarañar la misteriosa experiencia vivida. Su atormentada alma se proyectó en su rival. Supo al fin, íntimamente, que Liborio odiaba a Liborio, que él, un hombre de bajo mundo se guardaba para sí, un odio tan vasto, que acumulándose con el paso del tiempo, hizo que deseara matarse y acabar con su vertiginosa existencia. Al acabar con su enemigo, se sintió libre de culpas y de remordimientos, era como si luego de la lucha, él, definitivamente hubiera acabado con una tortuosa vida pasada. Que al fin asesinó al Liborio maligno que convivía con él.

Llegaron a la cárcel, una celda con aspecto de pozo le aguardaba; el recinto estaba abarrotado de sombras, y sus únicos lujos eran un catre destartalado sin cobertores, y una pared que no estaba llena de moho en una escondida esquina. Pero al reo, ese calabozo le pareció su verdadera casa. A final de cuentas, ese lugar era su nuevo paraíso, en comparación de la cruel zona de donde había delinquido y asesinado por años. Un breve pensamiento le atravesó su atribulada cabeza: Lupe. Supo o creyó intuir, que el amor que sentía hacia ella no era verdadero. Era una escapatoria; tenía que amar y perdonarse con sinceridad él, para luego, poder amar a otra persona. Una leve sonrisa le pasó por su boca de manera fugaz. Se sentó con tranquilidad y alivio a esperar el día siguiente. Sabía de sobra que una larga condena le esperaba, y ese tiempo, le bastaría, para tratar de redimirse con su consciencia.

 

 


Henry Bäx (seudónimo de Galo Silva Barreno), escritor ecuatoriano (n. 1966), publicista. De vasta producción literaria, cultiva los géneros de la ciencia ficción, literatura policial, de terror, la poesía, etc. Sus obras, entre otras: El pergamino perdidoEl psíquicoEl libro circularEl último siloítaHungarian Rhapsody, etc.

 


Foto portada tomada de: https://pixabay.com/es/photos/guantes-de-boxeo-muro-cuadro-2005912/

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