El universo simbólico de la palabra y la lectura desde la educación cognitiva y neurolingüística | Galo Guerrero-Jiménez

Por Galo Guerrero-Jiménez

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria)

 

La educación cognitiva y neurolingüística

La creación de campos armónicos en todos los espacios de la vida cotidiana es una de las acciones más saludables, la más creativa, inherente, fecunda, e incluso radical para que la existencia humana se fragüe sobre la base de una educación cognitiva y neurolingüística que permita enfrentar los nuevos retos que, por el desarrollo de la ciencia, de la tecnología, de la economía y de la salud orgánica y mental, nos exigen nuevas maneras de reflexión axiológico-antropológico-filosóficas frente a la infinidad de problemas éticos que se derivan de estas disciplinas y que, por ende, nos exigen respuestas adecuadas para marcar un nuevo orden de realidades que apacigüen la ansiedad, la angustia y otro tipo de problemas mentales que se evidencian fenomenológicamente dentro del marco comunicativo que ejercemos a diario con la naturaleza, con en orden divino y con el prójimo al cual nos debemos.

En efecto, todo accionar humano tiene una razón de ser. “Nada es mudo; nada es aislado. Todo está envuelto por todas partes por un flujo sin fronteras de mensajes” (Colombero, 1994, p. 49) que son emitidos segundo tras segundo a través de los gestos corporales, de la oralidad, de la escritura y de la lectura de cuanto se puede ver e interpretar. Pues, aquí nace un modo peculiar de relacionarse con uno y con los demás. El problema es, ¿cómo es esa relación, cómo la asumo, de qué manera, con qué intenciones y con qué talante de mi idiosincrasia humana me proyecto? Y si no, fíjese en la cantidad de información que se emite, que se procesa, que se crea y se interpreta en las redes sociales y en la personalidad de cada ciudadano, frente al problema que hoy afecta al mundo entero: la pandemia del coronavirus.

Toda esta enorme cantidad de información y de actuación es producto de nuestra educación cognitiva y neurolingüística, dado que

“es el cerebro el que da forma a nuestros pensamientos, recuerdos, sentimientos, creencias, percepciones, sueños e imaginación; es la sede de nuestras esperanzas, deseos, odios y amores y es el responsable de lo que vemos, oímos, tocamos, olemos, degustamos y de todo movimiento que realizamos. Es decir, cada aspecto del comportamiento se lleva a cabo por este órgano fascinante y de una complejidad única”. (Manes y Niro, 2018, p. 53)

para actuar en cada ser humano de conformidad con una serie de factores ambientales y contextuales que paulatinamente van moldeando nuestra conducta para actuar no solo cerebral, sino desde un marco corpóreo-espiritualizado, cuya imagen está representada simbólicamente con el corazón de una moralidad avanzada o cínicamente construida a imagen de la debilidad o disfunción cerebral que represente ese individuo.

Desde esta óptica, y tal como señala Vicent Gonzálvez,

“el corazón de la moralidad avanzada y propiamente dicha lo forman, pues, el conjunto de derechos y deberes individuales atribuidos a cualquier persona, los cuales permiten aproximarnos a la resolución de conflictos de acción surgidos en el seno de las relaciones y códigos de conducta humanos”. (2000, p. 80)

que, en realidad, se efectivizan cuando se actúa desde una adecuada proyección neuro-fenomenológico-lingüística “para encontrar las mejores opciones de sobrevivencia y calidad de vida” (Trigo, 2013, p. 29) desde la enunciación de un lenguaje personalizado extático-espiritualizado y socio-cultural debidamente asumido en cada individuo que tiene el deseo de actuar sanamente en todo momento y en las diversas circunstancias de la vida.

Conocimiento y educación neurolingüística

Desde esta circunstancias, los componentes lógico-cognitivos y la pluralidad de emociones que a lo largo de su vida asume toda persona, impregnan una manera específica de conocer, y de conformidad con esa concepción personal, asume una posición psicológico-fenomenológica para relacionarse con la naturaleza y, en especial, con el prójimo, de manera que sea posible una capacidad empática de operaciones mentales que a través del pensamiento y del lenguaje pueda canalizar su mundo interior, su riqueza espiritual, para proyectar lo que él es en su idiosincrasia de ente humano para comunicarse con la más sana racionalidad de su conducta moral o desde las más bajas pasiones que lamentablemente atropellan la dignidad personal y del mundo social humano.

Desde esta perspectiva, se marca un camino de vida o de muerte; esto significa que “del encuentro con el otro se puede salir alegres, serenos, exaltados, gratificados, contentos de haber encontrado la bondad o la sabiduría; pero también se puede salir amargados, tristes, humillados” (Colombero, 1994, p. 97) dado que, una mala conducta produce estragos de muerte, de desolación, de destrucción psicológica que derivan cerebralmente en alteraciones de la conducta, sobre todo en la parte motora o sensorial y en la forma en que procesa la información proveniente del mundo que lo rodea (Manes y Miro, 2018, p. 55).

En consecuencia, si un individuo está atropellado en su condición espiritual, no puede reconocer lo que hay de bueno en los demás y, por lo tanto, no puede sembrar semillas de bendición sino de destrucción, es decir, de malas acciones que desembocan en terribles sufrimientos; pues, desde ese estado no le es posible comprender que en la vida cotidiana hay un espacio de salvación cuando se asume una actitud positiva ante la vida, la cual está hecha de esperanza, de lucha constante en las más nobles acciones y de entrega desinteresada a todo semejante. Sin embargo, cuando es posible asumir esta triada de elementos antropológico-simbólicos, el ciudadano se da cuenta que “no tiene más mérito quien más sufre, quien más se aísla o se evade, sino quien más ama” (Parrilla, 2014, p. 214), es decir, quien más respeta y valora a los demás aceptándolos como son, puesto que “amar es algo más que dar rienda suelta a nuestros sentimientos o a nuestras pulsiones. Es comprometer la vida entera” (Parrilla, p. 215) a favor de los demás cuando se asume honradamente el trabajo como servicio y cuando se deja de lado los rencores y las rencillas personales que ningún favor le hacen a quien las padece.

Por supuesto, para que nuestra formación lógico-cognitiva y emocional sea coherente hace falta un espacio de educación bien concebido, armónica y espiritualmente sentido a través de la palabra sabia, ponderada, ética y neuro-educativamente bien asumida. Pues, “en la acción educativa existe plena conciencia del papel central de la educación lingüística para lograr una formación adecuada de la persona e insertarla convenientemente en la comunidad” (Colombero, 1994, pp. 58-59) a través de la orientación axiológica que se recibe en la familia, en la selección de las amistades honestas y de la vida social cívica y políticamente selecta y, ante todo, en la mediación que pueden brindarnos los buenos docentes que estén preparados intelectual y axiológicamente, y en la lectura voluntariamente asumida de los libros que en actitud dialogante nos permitan “crear y recrear ideas, porque la letra se dibuja en nuestros pensamientos con formas y colores propios. Leer literatura [sobre todo porque] nos acerca a mundos posibles (…) a través de esquemas representativos propios. Vivimos otras vidas, otros mundos, tenemos más opciones” (Bialet, 2018, pp. 66 y 73) para madurar intelectualmente y comprometernos más activa y cognitivamente con nuestra realidad socio-educativo-cultural.

Hastío, lectura y potencialidad mental

Sin embargo, en tiempos de crisis como el de la pandemia del coronavirus y de la corrupción moral que asalta, sobre todo, los bienes materiales del Estado, la nación y los ciudadanos más desprotegidos son los que peor pagan las consecuencias de este proceso ético y axiológico-antropológico deteriorado, bien porque las fuentes de trabajo se agotan y en consecuencia los niveles de educación, de cultura y de humanismo en general se deterioran, con lo cual resulta difícil desarrollar la potencialidad que la mente humana tiene para enfrentar el desarrollo de la vida en sus múltiples manifestaciones.

En efecto, como dice García (2002) “la inteligencia emocional, la programación neurolingüística, el instrumento de dominación cerebral, el mapeo mental, el mapeo de información, las inteligencias múltiples y los pensamientos: lateral, convergente y divergente” (citado por Ortiz, 2015, p. 11), son los que permiten desarrollar el potencial de la mente para consolidar un desarrollo íntegro de la persona tanto en su condición material y espiritual. Sobre este base, y según el potencial de la formación y educación que vamos recibiendo a lo largo de nuestra vida, será el recurrir de nuestro comportamiento humano.

Por eso, frente a las diversas crisis que padece la humanidad y, en especial, la de las enfermedades mentales, el ciudadano que posee una mínima educación y que por ende tiene pocas oportunidades para vivir dignamente, es el que más sufre las consecuencias de un deterioro que puede ser letal en muchos casos, como el del aburrimiento, solo por tomar un ejemplo, de entre tantos que procrea la mente humana cuando no puede controlar adecuadamente su condición antropológica. Fernando Savater sostiene que

“¿cuál es el peor tormento que conoce el ser humano? Sin duda, el aburrimiento. Es el único que de veras humilla, el que no se puede soportar de ningún modo racional o digno porque frente a él no caben ni la rebelión ni el heroísmo. Nadie obtiene gloria de luchar contra el hastío”. (2014, p. 39)

Bajo estas circunstancias, un ente aburrido, hastiado de la vida, lo que hace es aprovechar lo que la tecnología hoy nos brinda, el empleo de las redes sociales para supuestamente entretenerse con la montaña de información que desde diversos formatos hoy se ofrece sin son ni ton. En este caso, se trata de un entretenimiento superfluo porque la información que en estas redes circula no siempre es la más apremiante para enfrentar la vida de manera que sea posible un discernimiento adecuado y, sobre todo, un crecimiento cognitivo intelectual, emocional y espiritualmente asumido para aprender a pensar axiológicamente.

Pues, este ser anonadado por el aburrimiento y cobijado por el entretenimiento poco enaltecedor de las redes sociales, lo que ha hecho es ir en búsqueda de un “amor pequeño” que lo que hará es mantenerlo inerme, solo para quemar el tiempo, antes que para vivirlo en orden a buscar una dignificación pertinente en su condición de ser racional que siempre está dotado de una riqueza interior, y que, con una buena porción de esfuerzo, de voluntad, pudiera abandonar el aburrimiento, acudiendo, a un “amor mayor”, como el de saltar de las redes sociales, a la lectura de buenos y magníficos textos humanísticos y/o científicos que la misma tecnología hoy nos brinda a través de Internet.

Y aunque al inicio cueste adaptarse y disciplinarse a este “amor mayor” de una buena lectura, sí es posible, porque por más deterioro que haya frente al hastío, “uno percibe la presencia o la nostalgia del amor mayor, del único que puede saciar el hambre del corazón humano. Desde ahí, se comprende el valor del impulso ético, el riesgo de amar más allá de las propias seguridades, la pasión de crear y de dar lo mejor de uno mismo a favor de lo que ama, las certezas del corazón y la fuerza redentora [sobre todo en el caso de una persona creyente en Dios] de la fe, siempre unida a la belleza” (Parrilla, 2014, p. 221), porque no hay mejor condimento humano que el del pensamiento bien nutrido, analítico y lingüísticamente expuesto en manos de un buen escritor, para que el lector que pretende salirse del aburrimiento, se enaltezca detectando la belleza de la vida, porque “al igual que el amor, leer no es sencillo ni fácil, implica justificados sacrificios e inconmensurables momentos de gozo y pasión” (Bialet, 2018, p. 73) que, por ser tales, fortalecen siempre la potencialidad de la mente humana.

Fruición y experiencia lectoras

Desde este perspectiva, quiero concluir esta modesta reflexión sosteniendo que la educación cognitiva y neurolingüística se robustece desde la diversidad de condimentos axiológicos, estéticos, ideológicos y socio-culturales que procesa nuestro cerebro desde la manifestación más viva que tiene la lectura y la escritura para expresarse subjetiva y simbólicamente desde una porción de contenidos lingüísticamente distribuidos desde el ámbito de la autorreflexión y del enorme potencial experiencial que tiene cada individuo para actuar creativamente frente a las diversas realidades que el lector y el escritor son capaces de poner en ejecución.

Así, un lector asiduo va creando paulatinamente sus propias experiencias antropológico-simbólicas, encaminadas más a la fruición, es decir al deleite y a ese placer muy personal que siente en cada bocado de lectura, antes que a la manifestación ímproba de unas simples competencias que lo que hacen es abordar actitudes mentales de carácter utilitaristas y de adoctrinamiento que van en detrimento de los universos simbólicos que sí produce una lectura saboreada desde el mundo de la autorreflexión.

En este orden, la autorreflexión, la fruición y la creatividad siempre irán en contra de la competencia y del adoctrinamiento lectores. Por supuesto, leer desde el ámbito de las competencias, nos conmina a “saber hacer y tener habilidades, experticias, quizás (…) [como] prácticas para la producción y el empleo; pero si esas energías no están puestas para la causa humanista no nos sirven” (Bialet, 2018, p. 95); por eso el fracaso de la educación escolarizada es evidente cuando el sistema imperante de una programación burocrática y de un maestro mal formado cree que la mejor manera de enseñar a leer y a escribir es desde las competencias y el adoctrinamiento, en el que no entra para nada el sentido de la fruición ni de la autorreflexión, sino el de la mera mecanización de ciertas habilidades.

Al respecto, Graciela Bialet se pregunta si “¿es lo mismo medir competencias que ocuparnos de educar a un lector en la sensibilidad, la cooperación, la solidaridad, la esperanza, entendiendo la lectura como un acto de entrega y de creación?” (2018, pp. 94-95). Por supuesto, esa entrega desinteresada, alejada del mero formalismo de leer para cumplir una tarea impuesta, y realizable más bien desde una experiencia gratificante asumida en asocio entre el mediador y el alumno hace factible

“una situación creativa, donde cuenta la vida y no el ejercicio, podrá surgir ese gusto por la lectura con el cual no se nace, porque no es un instinto. Si se produce en una situación burocrática, si al libro se lo maltrata como instrumento de ejercitaciones (copias, resúmenes, análisis gramatical, etc.), sofocado por el mecanismo tradicional: “examen-juicio, podrá nacer la técnica de la lectura, pero no el gusto. Los chicos sabrán leer, pero leerán solo si se los obliga”. (Rodari, 2011, p. 208)

tal como hoy en día sucede casi en toda la educación formal.

Entonces, no es desde el tecnicismo o desde el desarrollo de habilidades y destrezas, sino desde momentos de experiencias vitales cognitiva y emocionalmente asumidos, porque quien así lee

“accede a herramientas de conocimiento para conocer más, para pensar más, para elegir más, para exigir más [porque] leer es perturbadoramente transformador, pues con cada lectura se modifica, una idea nueva transgrede la anterior. Leer pone en funcionamiento la libre interpretación, la autonomía, el poder implacable de cada individuo al interactuar con el pensamiento de otros, y precisamente esta cualidad convierte el acto de leer en un hecho político”. (Bialet, 2018, p. 91),

educativo, democrático, cultural, axiológico y de construcción de nuevos universos simbólicos por su alto poder de autorreflexión y de compromiso creativo-transformador en virtud de los procesos de pensamiento cognitivo-neurolingüísticos altamente saludables que se generan en cada persona lectora.

Referencias bibliográficas

Bialet, G. (2018). Prohibido leer. Reflexiones en torno a la lectura, literatura y educación. Buenos Aires: Aique Educación.

Colombero, G. (1994). De las palabras al diálogo. Aspectos psicológicos de la comunicación interpersonal. Bogotá: San Pablo.

Gonzálvez, V. (2000). Inteligencia moral. Bilbao: Desclèe.

Manes, F. & Niro, M. (2018). El cerebro del futuro. ¿Cambiará la vida moderna nuestra esencia? Buenos Aires: Planeta.

Manes, F. & Niro, M. (2018). Usar el cerebro. Conocer nuestra mente para vivir mejor. Bogotá: Planeta.

Ortiz Ocaña, A. (2015). Neuroeducación. ¿Cómo aprende el cerebro humano y cómo deberían enseñar los docentes? Bogotá: Ediciones de la U.

Parrilla, J. (2014). Reflexiones junto al pozo de Sicar. Bogotá: Intermedio Editores.

Rodari, G. (2011). Gramática para la fantasía. México, D.F.: Planeta.

Savater, F. (2014). Figuraciones mías. Sobre el gozo de leer y el riesgo de pensar. Bogotá: Planeta. Ariel.

Trigo Aza, E. (2013). Investigación cualitativa y cuantitativa. Loja, Ecuador: Universidad Técnica Particular de Loja.

 


Galo Guerrero Jiménez, Ph.D. Profesor Emérito de la Universidad Técnica Particular de Loja y docente invitado de posgrado en la Universidad Técnica de Ambato y en la Universidad de Cuenca, Ecuador. Ha obtenido los siguientes títulos universitarios: Profesor de Educación Media en Lengua y Literatura y Licenciado en Ciencias de la Educación mención en Lengua y Literatura, por la Universidad Nacional de Loja, Ecuador; Magíster en Administración y Gestión Universitarias y Doctor en Lengua Española y Literatura, por la Universidad Técnica Particular de Loja; Diplomado Superior como Profesor de Lengua Española y Literatura y Diplomado Superior como Investigador en Lengua Española y Literatura, en el Instituto de Cooperación Iberoamericano de Madrid, España; Máster en Filosofía y Doctor (Ph.D.) en Filosofía en un Mundo Global, en la Universidad del País Vasco, San Sebastián, España. Autor de 50 libros sobre temas educativos, literarios, lingüísticos y filosóficos, y de varios artículos publicados en revistas indizadas y de especialización en formato virtual y en físico. Periodista de temas culturales, educativos y humanísticos en general. Investigador en temas de lectura y escritura desde el punto de vista hermenéutico, antropológico, axiológico, fenomenológico, literario, lingüístico y desde la filosofía del lenguaje. Ponente en congresos locales, nacionales e internacionales en diversas ciudades de España, México, Panamá, Cuba, Costa Rica, Colombia, Perú, Argentina, Uruguay, Brasil, Chile. Asesor lingüístico y corrector de estilo en diferentes instituciones editoriales, escolares y académicas locales, nacionales e internacionales. Miembro de la Casa de la Cultura Ecuatoriana Benjamín Carrión Núcleo de Loja, de la Asociación de Ecuatorianistas, de la Red de Carreras de Lengua y Literatura del Ecuador, de la Red Iberoamericana de Pedagogía (REDIPE), de la Asociación Iberoamericana de Comprensión Lector Jaime Cerrón Palomino (Perú) y de la Red Internacional de Lectura y Escritura en las Disciplinas de la Educación Secundaria y Superior del Ecuador. Su correo electrónico: grguerrero0812@gmail.com

 


Foto portada tomada de: https://pixabay.com/es/photos/l%C3%A1piz-l%C3%A1piz-de-madera-la-educaci%C3%B3n-1486278/

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