El maestro de las artes mágicas | Reynaldo Alfredo Díaz

Por Reynaldo Alfredo Díaz

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria desde Argentina)

 

Allá por los albores de la década del cincuenta, yo era uno más de los tantos que iban a las carreras en el hipódromo. Ahora, cuando redacto esto para que conozcas mi extraña historia; hay un gran silencio a mí alrededor, pero si esfuerzo mi mente puedo viajar a esos recuerdos y sentir el trote de los caballos preparándose para el gran esfuerzo físico… el movimiento y el olor de la tierra cuando desenfrenados buscaban cruzar el disco. Recuerdo mis idas al hipódromo con gran nostalgia.

En un año me recibiría de odontólogo, una profesión que elegí basándome en mi suposición de que me depararía un futuro por demás lucrativo. En las primeras dos décadas de mi vida de lo único que sufría era de estreñimiento, nada preocupante, eso únicamente me convertía en la mofa de mis amigos, quienes se referían a mí como «el Semanal», apodo que me impuso un querido amigo, porque guardaba referencia proporcional a la cantidad de veces que iba a la toilette a hacer el “numero dos”. Creía que todo lo podía hacer, que mis sueños estaban al alcance de mi mano.

Sí, no fue un error de tipeo, escribí «mi mano» y no «mis manos». Sufría la enfermedad de Dupuytren, que es una afección que provoca su cierre progresivo. Lo explicaré mejor, en una extremidad normal existe un tejido que se encuentra ubicado entre la piel y los tendones flexores, denominado aponeurosis palmar superficial, la retracción de la aponeurosis palmar y sus prolongaciones digitales cierran lenta pero progresivamente la mano. Todo esto lo sabía de memoria, porque desde hace dos años que concurría a varios especialistas, incluso uno de la lejana ciudad de Buenos Aires. Es importante que sepan esto, porque la lesión en mi extremidad fue la causa de que conociera al maestro.

Hacía unos años que se me daba por apostar a las carreras cuadreras, por lo general, con esquiva suerte en los resultados. No obstante, este patrón, un domingo de marzo tuve una muy buena racha y me encontré triunfante: gané poco más de nueve mil pesos. Toda una fortuna para mí, que ganaba casi mil pesos en un mes trabajando cinco horas diarias en la inmobiliaria. Para festejar fui a El Ombú, allí siempre había algunos conocidos con los que tomar un asequible whisky nacional, una caña o incluso hacer una partida de dominó o ajedrez mientras escuchábamos algún tango en la fonola especial. Charlábamos de fútbol, de burros, de esas cosas que hablamos los hombres y, solo si no hay nada importante de qué hablar, de mujeres. Ya hacía dos semanas que no iba por allí.

Entré al bar y contemplé que había muy poca gente. Alcé la vista, rendido a la soledad y lo vi. Estaba con la ropa sin planchar y algo sucia, mostraba al menos dos días sin afeitar y ya no llevaba sombrero que cubriera su poblada y ceniza cabellera. Don Leopoldo Cardozo. Estaba apoyando el codo en el alto mostrador plateado, chupando unos Chesterfield, viendo sin empeño cómo mal golpeaban unos novicios el billar.

—Hoy…gané —exclamé sin saludar, con una sonrisa cómplice.

Por un momento estuvo inmovilizado, asustado; hasta que me reconoció. Hacía mucho que no nos veíamos, casi un año. Yo tenía de él una imagen muy diferente a la que mostraba ahora con unos diez kilos menos y desaliñado. Era un hombre de unos sesenta y algo de años, que vestía ropa de los años veinte, de compadrito y pasada de moda hace mucho, pero que siempre hasta ahora, vi pulcra. Era muy respetado a pesar de tener fama de pasar unos años en la cárcel porque le cabían unos cuantos artículos del Código Penal, aunque nadie nunca preguntó su delito; mucha gente estuvo presa por motivos políticos y dimos por sentado que Cardozo era uno de ellos.

Todos sabíamos que una de sus sobrinas vino desde Rosario para cuidarlo y evitar que siguiera saliendo de noche; conocíamos que tenía algo muy penoso en los pulmones. Huelga decir que era dueño de una vasta cultura general y un humor negro que junto a una vivencia de la calle no encontré en nadie más y despertaba mi admiración.

—Gané en tres al hilo, en la cuarta, quinta y sexta carrera —remate entusiasmado.

Reaccionó a la sorpresa de verme y se sentó a mi lado en una mesa alejada del ruido que provocaba el chocar de las bolas de billar. En El Ombú se servía vino en jarra de los que uno diría barato-barato; y una novedad para la época, que era ese mismo vino mezclado con una gaseosa muy popular: la Crush Naranja, que yo elegía para beber cuando podía pagar.

El lugar era ya viejo y mantenía esa magia particular de los bares de tercera categoría donde se sirven los mejores pucheros tucumanos y enguisados recalentados quién sabe con qué higiene. Luego de intercambiar breves preguntas obligadas y sin importancia, empezó nuestra charla.

—Luisito, ahora está feliz porque embocó unas carreras, veo que el placer de apostar está dentro suyo ya. Pero viéndolo bien… por dentro lo noto como preocupado. ¿Qué le sucede, Luisito?

Pedí una jarra de sangría, que el mozo gritó al encargado que está en el mostrador, a treinta metros en el fondo. A nadie había contado del mal que aquejaba mi mano. A él no se le podía ocultar nada. Siempre sabía de antemano todo. Se lo confesé.

—Hay días en que casi no puedo tenerla abierta. El diagnóstico es fatídico, antes de cinco años se me cerrará por completo —resumí.

—¿Qué alternativa le dan los médicos? Ahora hay mucha ciencia, ya nada es como era antes, seguro que se puede operar.

—Sí, se puede. Pero en una operación quirúrgica es muy probable que pierda sensibilidad, fuerza, precisión y necesito todo eso para ser un buen dentista. Estoy condenado… condenado a un salario mediocre de por vida —exploté, llorando de frustración acumulada. No sé cuantos minutos duro mi desahogo.

Mientras encendía el sexto cigarrillo, luego de regresar del baño, pensativo como quien se decide a revelar un gran secreto, dijo:

—Una buena amiga mía, tenía una de esas afecciones que tienen las mujeres en los pechos y los médicos no le daban más que unos meses de vida; tan feo era lo suyo. Desesperada y luego de probar mil bálsamos inservibles, fue a visitar a un brujo, un manosanta que vino de Suiza después de la Segunda Gran Guerra. Sé que no es barato, pero ella me aseguró que es milagroso. Solo atiende tres o cuatro pacientes por año. Como sea, mi amiga ayer se me acercó para preguntarme si yo necesitaba alguna cosa, que lo visite. El tipo está de vuelta por Tucumán. Ella me dio esto.

Metió la mano en su gastado saco y extrajo un perfumado papel escrito a mano con una caligrafía excelente y doblado en dos. «Maestro de las artes mágicas» tenía por título y declaraba que curaba desde el Mal de amores hasta cualquier tipo de enfermedad o afección «conocida o por conocerse». Debajo tenía un teléfono y el nombre Jean-Luc Piccard.

—Eso no es lo mío, don, no me creo eso de la brujería —pronuncié, lleno de la soberbia propia de quien vivió apenas cinco lustros.

Yo sabía o, mejor dicho, presentía, que era la última vez que lo vería a Cardozo. Se esforzaba por no toser y preocuparme. Nos quedamos conversando como nunca, hasta que cerraron el bar a eso de las tres de la madrugada. Y de pronto caminábamos por la vereda de adoquines, en dirección opuesta a donde sabía que vivía con su sobrina; como si a él le diera lo mismo cualquier calle que llevara a ningún lado.

—Don Leopoldo, usted es quien debería de visitar al brujo… —aquello me intrigaba.

―Luisito, yo ya estoy más del otro lado que de este. Lo perdí todo por las carreras y no digo solo lo que se compra con plata, sino afectos, mis amigos de juventud, casi toda mi familia, perdí las ganas de hacer otra cosa que no sea apostar. Lo único que no perdí es ser profundamente antiperonista —esto último me lo dijo bajito, porque las paredes tienen oídos, y en 1952 ¡mucho más!

—Quiero morir en mi ley, como viví… Pero usted es apenas un muchacho. Usted no posee excusas que lo eximan de experimentar y servir al prójimo. Prométame que usted irá al brujo, tiene todo un porvenir por delante; no lo tire a la basura como yo.

—Oiga, don Leopoldo, si el manosanta es suizo, ¿qué idioma habla? Doy por sentado que usted sabe —pregunté, por último, al despedirnos y estrecharnos la mano.

—Suiza es un país plurilingüe; francés, italiano, alemán son los idiomas oficiales. Por el nombre del brujo, asumiría que es de un cantón donde hablan francés —me contestó como si eso fuera algo simplón, que cada homo sapiens del planeta conoce, excepto yo. ¡Francamente, no sé cómo me arrancó la promesa de ir a visitarlo al manosanta!

Unos días más tarde, desde mi trabajo, llame al número telefónico de la tarjeta, al momentito me atendió una voz ronca, con fuerte acento extranjero. Me dio el turno para el día siguiente y me confirmó lo que contó la amiga de don Leopoldo. La consulta y curación incluida costaba la friolera de seis mil pesos… casi todos mis ahorros.

Esa misma noche, después de regresar de estudiar, estando con los muchachos en el bar, llegaron unos hombres con saco azul y chaleco beige que se identificaron como la Sección Especial de la Policía Federal Argentina. Buscaban con urgencia a Leopoldo Cardozo. Tenían un dato de que lo vieron en El Ombú hace solo unos días. En pocos minutos, un contingente de la ley pobló el lugar, incluyendo dos agentes que estaban de civil y se quedaron en la puerta para que nadie entrara (ni saliera). Esta “Sección Especial” era la conocida división gubernamental que utilizaba el General Perón para situaciones afines a la conveniencia partidaria y personal, inspirada en la epónima italiana, y se decía tenia todos los recursos estatales a su disposición. Entre ellos estaban los agentes Cipriano Lombilla y José Faustino Amoresano, tristemente célebres, años después, por ser los acusados principales en una comisión del Congreso Nacional que investigaba a los llamados «comandos de hierro» en casos de privaciones de libertad a varios sindicalistas opositores. Uno de ellos, Lombilla, me llevó cerca de una de las ventanas y me averiguó nombre, edad, ocupación, domicilio, de dónde conocía a Cardozo y cuándo fue la última vez que estuve con él.

Mientras respondía a sus preguntas, observé cómo interrogaban al mozo que nos atendió hace unos días —cuando estaba junto al que buscaban—, por lo que dije la verdad: que hacía unos días estuve con él, pero que no conocía dónde residía ahora; que asumía que con la hija de su hermana. Y nada más hablé, porque temía que si encontraban algo sospechoso en mis respuestas me retendrían y seguirían preguntando. Tenía mucho miedo por mí y por lo que le podrían hacer a Cardozo si lo encontraban.

Se pasaron apuntes entre sí y parecieron sacar fotos a cada persona y trasto del bar. Se mostraban enojados y también exasperados si una respuesta demoraba apenas. Me señalaron y tuve la sensación de que buscarían hacerme confesar algo que no sabía. La impotencia era palpable en todos los que estaban allí. Ya hacía más de una hora que estábamos siendo investigados y recién llegaba la máquina de escribir Remington, por lo que uno a uno fuimos pasando por el mostrador y dejando nuevamente nuestra declaración. Me acerqué a firmarla y allí noté que posiblemente a causa del recelo que sentía, me costaba mantener el dominio sobre mi mano. El mal parecía avanzar más rápido de lo que determinaron los estudiosos galenos. Se me cerraba y apenas pude sostener el birome.

Cuando comprendieron que no teníamos nada importante qué decir, al parecer quedaron satisfechos. A mí, por ser el último que lo vio, me dieron trato especial de amabilidad, me subieron a uno de los autos negros y me llevaron a mi modesta pensión de estudiante. Durante el viaje usaron el equipo de radiotransmisión que estaba integrada con el Ford oficial en el que me transportaban, y entre ellos comentaban lo que solo más adelante comprendí: «Esto es todo culpa de Rodríguez. ¡Cómo puede ser que un profesional se duerma en plena vigilancia!», bramaba desde la radio una voz con tonada santiagueña. Tomando el transmisor, el oficial Lombilla retrucó:

—Más vale que el viejo aprovechó y escapó. Ya vas a ver cuando se enteren arriba de la novedad… ¡Van a rodar cabezas aquí!

Supongo que sospechaban que habría una posibilidad de que hubiera estado donde yo vivía, ya que lo buscaron en todas partes. Finalmente se cansaron y se retiraron, no sin antes advertirme que, si llegaba a saber algo de Cardozo, les avisara inmediatamente, so pena de tener problemas mayores si lo encubría. Cuando se retiraron los investigadores, como en cada ocasión en que me ponía nervioso, se me aflojó el vientre; contaba ya nueve días que no iba al “trono “del baño, eso fue lo único positivo de ese día. Esa noche dormí poco y mal, porque me duraba el estremecimiento por el rato pasado. «¡Por lo menos cagué, por lo menos cagué!», me repetía, para darme ánimos y dejar de temblar.

Al día siguiente, en la hora nocturna acordada, fui al Hotel Colonial, donde se hospedaba el suizo. Golpeé la puerta correspondiente, con el corazón aún acelerado por los eventos del día anterior. Me abrió un hombre alto, muy tostado, calvo, con una tupida barba, que poco dominaba el lenguaje de Cervantes, y con anteojos de color negro; los populares Ray Ban que usaban los pilotos en la Segunda Guerra Mundial. Recuerdo claramente que, dado su cutis oscuro y su acento francés, me pareció más bien un zambo haitiano que un representante nórdico. Imagínense esa composición y agreguen una túnica blanca que llegaba hasta el piso, idéntica a la sotana de los párrocos cuando dan misa.

El interior del cuarto del hotel estaba con las luces eléctricas apagadas y la ventana cerrada, y solo se contaba con la luz que surgía de una gran vela roja que estaba en un plato sobre el piso, al lado de una silla, la cual estaba en medio de la habitación. El tal Jean-Luc me resultó bastante amanerado en sus movimientos, impresión que se vio consolidada cuando me dio un innecesario pellizco en la mejilla. Me senté en la única silla disponible y pidió que mantuviera «cerraditos» los ojos durante toda la sesión curativa. Esto lo solicitaba porque cabía la posibilidad de distraerlo y los espíritus que convocaba para el conjuro de sanación podían ser peligrosos si no estaba enfocado en su control. El ritual se llevó a cabo con imposición de manos, plegarias en un idioma desconocido y no sé qué más, porque no vi. En un momento dado, cuando ya me relajaba por completo, sentí quemárseme la mano. Me pareció que alguien más estaba en la habitación ya qué se me erizaron los pelos de la nuca, pero de ninguna manera abrí los ojos. El sueño me dominó y solo desperté cuando fui sacudido de los hombros por el suizo.

Hablamos poco entre nosotros, pero el miedo al procedimiento quirúrgico y su ya impuesta reputación, sumada a la promesa que le realicé a don Leopoldo, hizo que le extendiera el grueso fajo de billetes. Al acompañarme a la puerta me despidió con un nuevo pellizco y me retiré en forma intempestiva, dado que no quería que malinterpretase alguna pregunta o gesto como si yo tuviese un interés íntimo en él.

Cuando estuve ya en la calle pude constatar que tenía la extremidad enferma llena de cebo del cirio rojo. Decidí no caminar y me fui en taxi a la pensión, para dormir como hace tiempo no lo hacía. A los pocos días me llegó la noticia de que a mi fugitivo amigo lo estaban velando en una pompa fúnebre del centro. Me dirigí allí después de bañarme, vestir mi único traje pardo y lustrar mis replicas de zapatos Oxford de dos colores, que eran los mejores que tenia, aunque no del todo solemnes.

En el preciso momento en que llegué, se retiraban cabizbajos los hombres de la Policía Especial que tanto miedo me causaron. Mi pensamiento a priori fue que los agentes lo habían abatido; pero no fue así. Entré al velorio y me encontré con la sobrina de Cardozo llorando y vestida de negro, como corresponde a todo doliente sincero. Entre moco y lamentaciones me narró que su tío fue encontrado muerto en una cama, con una jovencita a su lado, quien no pudo alejarse del lúgubre lecho por tenerla el finado agarrada de la muñeca con tanta fuerza que fue necesario que vinieran los bomberos y romperle los dedos para lograr desplegarle la mano y así liberar a la histérica; incluso el médico forense que le entregó el cuerpo para que lo velasen decía que nunca vio un rigor mortis tan extremo y tan rápido en actuar.

Según las rápidas investigaciones del agente Lombilla, todo hacía suponer que después de ganar una gran cantidad en el turf, sus dos últimos días de vida lo pasó en el burdel más caro de Tucumán, bebiendo champagne y con al menos dos de las prostitutas más caras. Asumían los agentes que su radical cambio de apariencia se lo realizó para despistarlos en la pesquisa de su búsqueda.

Para ese momento ya una sospecha pugnaba por abrirse paso en mis pensamientos. ¡Una conjetura que segundos después se vería confirmada! En medio del salón mortuorio, en el modesto ataúd de pino, rodeado de velones blancos cual, si fuera un santo alumbrado en el día de su onomástico, estaba Leopoldo Cardozo con una sonrisa de oreja a oreja que la muerte no quiso borrar, con la mano derecha vendada y por completo privado de sus cenizos cabellos. ¡Calvo! En ese momento me sentí tan estúpido como nunca en mi vida. ¡Eran la misma persona! ¡Mi culto y sexagenario amigo me había timado seis mil pesos!

A posterior de estos fatídicos eventos, me entregaron una carta que llegó a mi nombre, enviada al bar El Ombú, fechada dos días antes de la muerte de don Leopoldo. Transcribo textualmente la misiva, que aún conservo guardada en un celofán rojo, y que leí infinitas veces:

«Luisito, querido. Posiblemente esté usted pensando que lo engañé como si fuese un purrete, deje que le explique mejor y luego podrá usted discernir lo que es recto: Para mayor comprensión le diré que sí, sí tengo un don especial, pero que no era inmune a su uso. Los demonios que aprendí a invocar vienen y cumplen lo que solicito, pero se llevan un pedazo de mí alma como pago. Nunca curé a un pobre. Usted fue el primero y el último. Fíjese que tanto lo aprecio, que le acepté solo seis mil pesos cuando por un tratamiento hubiera cobrado no menos de quinientos mil. En fin, amistad.

»Viajando por el país, y el extranjero también, curé a una serie de personalidades y gente que podía pagar mucho dinero. Motivaba esta decisión de atender solo a ricos, porque necesitaba el dinero para apostar fuerte. Cuando tenía treinta años ya cambiaba destinos fatales, me enfermaba, pero a los cuatro días estaba de nuevo repuesto. A medida que fueron pasando los años, esto se fue haciendo cada vez más dramático. Antes intenté varias veces dejar el juego y las brujerías, pero la timba me hacía quedar pobre y debía volver a curar con hechizos de magia roja para conseguir dinero, poder apostar y mantenerme. Y así, el círculo vicioso.

»Con lo que me pagaban por una sesión tenía para comprar un Mercedes Benz y a la siesta del domingo, después de la sexta carrera, ni siquiera me alcanzaba para comprar un atado de cigarrillos; así de grande era mi vicio. Ya en los últimos tiempos que me desempeñé de curandero, revertir una ceguera me significaba estar mal de los ojos unas tres semanas y no me recuperaba por completo. Como ya era entrado en años, una de las personalidades políticas a quien ayudé con un temita de gangrena, logró hacer que me jubilara. Fue por eso que dejé de curar y me vine para Tucumán, donde me conocía muy poca gente.

»Con la jubilación solo ganaba para comer, fumar y alquilar una casita modesta, pero al menos no perdería la vida conjurando espíritus. Entre las personas que ayudé a comienzos de los años treinta se encontraba Ayrinhac; estoy seguro de que fue ese (gracias a mí) talentoso pintor quien le contó al círculo peronista más poderoso de la efectividad que poseo y de que soy uno de los auténticos brujos que aún existen. En fin, peronistas…

»Como enfermé crónicamente, “en casa de herrero, cuchillo de palo”, me cuidaba mi sobrina, a quien siempre la familia le dijo que años atrás me desempeñaba como extra de cine en Europa, ya que les daba cierta vergüenza decir mi verdadera labor humanística. Pero como siempre sucede, ese pudor no lo tenían cuando recibían mis generosas ayudas financieras. En fin, familia…

»Hace unas semanas me sacaron unos agentes de mi casa, bajo excusa de llevarme a una institución para tratar mi adicción al juego y mejorar mi calidad de vida. ¡Falsos como siempre! Cuando llegué a la supuesta clínica me alcanzaron el teléfono y del otro lado de la línea estaba el mismísimo Filomeno Velazco. Me “solicitó” que curase a una sola persona y que se me daría muchísimo dinero, me harían ministro de alguna cartera y mil promesas más. Dije que no y le corté. Usted sabe de mi ideología antiperonista, Luisito. Sería traicionarme si accediera. Se cumple aquí la frase de un escritor español: “el que no se atreve a ser inteligente, se hace político”.

»Por supuesto, mis carceleros dijeron que si no lo hacía me olvidara de volver a conocer la libertad. Unas bestias. Me encerraron muchos días y apenas si me alimentaban para así obligarme a cambiar de opinión. Les expliqué una y otra vez, que, si hacía eso, si usaba mi última porción de espíritu en curar a quien ellos querían, entonces me secaría y moriría en un par de días, así que de poco me servirían los millones que me ofrecían. No les importó mi negativa.

»Por fin, en una ocasión los escuché decir que les daban la orden de concurrir a un acto protocolar, quedando solo un carcelero, Rodríguez, en el ficticio hospital, así que usando unas invocaciones espirituales pude embrutecerlo lo suficiente para escapar. Vagué unos días sin rumbo porque estaba seguro de que estarían buscándome con todos sus recursos, mi hogar estaba vigilado; logré comunicarme con mi hermana en mi provincia natal y creí escuchar en la línea unos ruidos raros, señal de que estaba intervenido su teléfono; no tenía a dónde huir o buscar refugio y solo contaba con la plata que le robé a mi carcelero.

»Por fin, ya cansado de esconderme, me resigné a ser capturado y a realizar lo que me pedían, aunque sabía que era mi sentencia de muerte. Pero es que ya soy viejo, y era tal mi sufrimiento al estar sin comer, sin dormir y temiendo a cada sombra que veía, pensando que serían los que me estaban dando caza… así que comencé a acariciar la idea de que, si me entregaba, al menos dispondría de unos días para disfrutar la millonaria suma que lograría con mi trabajo.

»Fui al bar a tomarme un último trago y despedirme de la barra de amigos, allí fue donde usted me encontró. Me emocioné con su desgracia. Cuando fui al baño troqué mi decisión anterior de entregarme y escribí el papel con los datos de Jean Luc Piccard, el nome de plume que usaba cuando me dedicaba a ser macumbero. Lo que más me costó fue afeitarme la cabeza para que no me reconociera, parecía como una prepizza, diga la verdad, sin nada arriba de la masa. Comparado con eso, el ponerme barba, maquillarme y agregar altura a mis zapatos para parecer más alto fue muy fácil. Para no correr riesgos innecesarios oscurecí la habitación y le pedí que cerrara los ojos.

»Usted ya sabe el resto. Lo que falte de explicar, usted imagíneselo. Una cosa más hice mientras le realizaba la cura de la mano; y fue para evitarle futuros males en los que sin duda habría caído: ya no sentirá placer al apostar; al contrario, ja, ja, ja. Ya descubrirá a que me refiero.

»Ahora me voy al hipódromo a fumarme una caja de Montecristo, a jugarme todo lo que me queda en una última carrera. Y si llego a ganar, de allí me voy de putas. ¡Hace años que no apuesto ni estoy con alguna rubia! ¡Estoy tan emocionado! Siento que en muy poco tiempo los entes con quienes pacté vendrán a reclamar y esta vez deberé pagarles con mi vida, pero aún así me despediré a lo grande, Luisito. ¡Caballos y muchas putas! Prefiero que sea para mi amigo, el Semanal, el último talento de que dispongo y no para esa mujer.

Leopoldo Cardozo. El Maestro de las artes mágicas.»

Al momento de redactar esto tengo más edad de que la que tenía don Leopoldo al morir, y a pesar de que le di mil vueltas al asunto, sigo desconociendo qué fue exactamente lo que ocurrió, si todo fue una mentira muy elaborada para quedarse con mi dinero y fue ayudado por demasiadas casualidades imposibles de planear, o si realmente tenía poderes ultraterrenos. Me inclino a creer esto último, aunque sea impropio de mi fama con pedes in terra.

Tal vez haya sido el último de una cadena de personas a las que cambió su destino. Hay muchas cosas que ignoro. Lo que sí sé es que soy uno de los más afamados odontólogos de Tucumán y que luego de la cura jamás volví a tener problemas en la mano.

Como todo empírico, mi obligación es suponer que mi curación puede ser una casualidad. Vamos a ver, tal vez tres médicos distintos hayan dado un diagnostico errado; y quizás lo que aseveraron era la enfermedad de Dupuytren era una profunda irritación del revestimiento de los tendones flexores, lo que a veces causa que el tendón se flexione en forma de gatillo o incluso una rara parálisis temporal, originadas por falta de calcio, potasio o hierro, producto de mi deficiente alimentación de estudiante…todo eso es improbable, pero estadísticamente posible por la precariedad de los análisis de esa época.

Lo que no me explico, lo que me saca de quicio, lo que me pone loco, y que cada semestre pongo a prueba para demostrarme a mí mismo que lo de Cardozo fue solo una ilusión; es que, en cuanto pongo el pie en cualquier lugar donde se apueste, se me revuelve el estómago y unos impulsos colosales de defecar me invaden y tengo que correr como el dios Hermes para no desgraciarme en público. Las veces que tuve que cambiar de calzones parecen indicar que los conjuros siguen allí, tan fuertes como el primer día. Así de grande es su poder…y su oscuro sentido del humor.

Sin embargo, incluso con todo su portento, hay algo que don Leopoldo no sabía. No se lo dije nunca para no contrariarlo y poner en riesgo la estima que sentía por mí; y era que al ser yo hijo de un obrero metalúrgico y de una costurera, era de sentimientos peronistas muy arraigados. Y ese es el motivo por el que, durante décadas me sentí y siento, en cierta forma culpable.

Mea culpa de que usara ese último resquicio de poder regenerativo y mágico que le quedaba en mi persona. Era como si le estuviera robando a alguien que mereciera infinitamente más que yo el estar saludable, y también culpable de que, de no haberlo encontrado ese domingo a Cardozo en el bar El Ombú, otra muy distinta habría sido la historia argentina. ¡Cuántas cosas bondadosas podrían haber sido hechas! Cuantas ignominias podrían haberse evitado… si tan solo ese domingo nefasto no hubiera ganado esas carreras cuadreras, o si quizás hubiera ido a celebrar a otro lugar en vez del Ombú, o si yo…esto y aquello de más allá.

La lista de lo que puso pasar y no pasó es infinita. No sé si se entiende, amigo lector, yo soy el causante de que el 26 de julio de 1952, a las 20:25, muriera de cáncer mi idolatrada María Eva Duarte de Perón.

 


Reynaldo Alfredo Díaz. Nació en 1976, en Tucumán, Argentina, actualmente se encuentra en la Patagonia. Es recibido de Técnico Mecánico, Martillero Público Nacional y Profesor de Historia. Como escritor participó en numerosas antologías y compilaciones. Publicó un libro de cuentos, Mete Púas (2017) ahora en su 4º edición. Profesa el Copyleft, por lo que sus cuentos pueden ser publicados libremente, solo citando su autoría. Sus influencias literarias son Robin Wood, Verne, Lovecraft, King, Sara Gallardo, Quino y Horacio Quiroga.

 


Foto portada tomada de: https://pixabay.com/es/photos/estetoscopio-doctor-m%C3%A9dica-1584223/

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