Cosmos en el horizonte | Daniel Verón

Por Daniel Verón

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria desde Argentina)

 

En los siguientes “días” puede decirse que Garyker instaló su cuartel general en la nave Sol 2 igual que cuando antes comandaba la Flota del Tiempo. Los procedimientos para entrever imágenes del lejanísimo futuro aún eran precarios, por varias razones. La más importante de todas es que, literalmente, había que observar de un Cosmos a otro. Esto era como querer observar con larga vistas desde el interior de una casa a otra casa que aún no había sido edificada. La tecnología salteaba el tiempo, pero los métodos aún debían ser mejorados.

En principio, Garyker tuvo varias charlas con sus propios compañeros, tanto sus fieles oficiales Sollrak y Magesthier como el almirante Somalensis. A medida que iban desgranando datos fue quedando más claro que el UT actual había desaparecido a partir de cierta fecha, pero aquello que Thorklind y otros llamaban La Casa, es decir, el recipiente que contenía el UT, sí subsistía y que ese mismo espacio fue ocupado por otras estructuras. Las mismas eran semejantes al actual UT en algunos aspectos, pero también eran diferentes en otros. Una sospecha que instaló Somalensis es que en las Nuevas Estructuras (NE) el tiempo transcurría de otra manera, más acelerada, que en la actualidad. De todos modos, este era un fenómeno que otros grandes exploradores ya habían notado en Viajes Periféricos.

También interesaba saber si nuestro UT había desaparecido realmente, si se había transformado en otra cosa o, como sugirió el Supremo Mistor, si había sido “guardado” como si se tratara de un archivo. Sin embargo, la mayoría opinaba que el UT actual se había transformado, pero… ¿era eso lo que se entreveía ahora o no?

Más adelante, el Supremo Garyker dirigió la nave más al futuro aún con mano maestra, hasta donde parecía posible llegar sin correr riesgos. En esos momentos los equipos de a bordo señalaban que a su alrededor existían fuerzas disgregadoras muy fuertes y que esto podía destruir la nave.

El otro aspecto de enorme interés que había por resolver era precisamente el origen de aquella silueta a la que Garyker espontáneamente había llamado El Sembrador. Cualquier teólogo no habría vacilado en afirmar que se trataba de una teofanía o visión de Dios. En tal caso significaría que, más allá de esa fecha ya no existía absolutamente nada porque ese era el momento en que Dios estaba dando lugar a una nueva creación. Sin embargo, nuevos experimentos parecieron demostrar que, más allá de los 20 M.A., igual seguía existiendo extrañas estructuras imposibles de precisar.

Nuevamente reunidos Garyker con sus colaboradores, por momentos el diálogo se hace apasionante:

—Es evidente que esa fecha del futuro no representa el límite ni mucho menos —dijo Somalensis—. Dios, como lo llamaban los antiguos, no puede estar situado en un punto concreto de la escalera del tiempo. Se supone que Él es eterno y, por lo tanto, ajeno a ese ciclo.

—Pero usted lo vio, almirante —replicó Garyker—. Convengamos en que así sea. Entonces, ¿qué es lo que vimos?

—Supremo, usted mismo lo ha definido como El Sembrador. Desde los primeros tiempos del MH el concepto de siembra siempre ha estado íntimamente asociado a la idea de ciclos estacionales aptos para la siembra que alternan con otros períodos de cosecha de lo sembrado.

Garyker levantó una mano como interrumpiéndolo. De a poco se le estaba haciendo la luz sobre aquel misterio.

—Un momento —exclamó—. ¿Usted está insinuando que solo hemos visto una siembra, tal vez, de miles que pueden haber sucedido?

—¿Por qué no? Para conocer el principio o el fin del Cosmos no deberíamos haber visto el momento de la siembra sino un punto en donde la tierra estuviera apta para ello.

—Y, según usted, ¿qué es esa tierra? —interrogó Solrak.

—Esa tierra sería La Casa, el recipiente que contiene al UT y otros similares. No hemos visto la creación de eso ni el por qué.

—De acuerdo —dijo Garyker—. Y desde entonces, los ciclos de siembra y cosecha se repiten en una serie sin fin. ¿Y qué es la cosecha?

—Supremo —dijo Somalensis como bajando la voz—, la cosecha o el fruto de todo eso somos nosotros, por lo menos aquí en el UL, el cual, evidentemente, es exclusivo del MH.

—Entonces —habló Magesthier—, hace como 5.000 M.A. nació el MH; esa es la fecha de la última cosecha. Y la siembra que la originó se remonta a unos 40.000 M.A., cuando el UT fue creado. Dentro de 20 M.A. habrá una nueva siembra en nuestro tiempo lineal y de ahí un día saldrá otro fruto, ya que se trata de una nueva creación.

—Una nueva creación —murmuró Garyker—, pero no la primera ni la última. Sino… una más, quizá entre miles o millones. ¿Cuál sería la forma de demostrar que esto es así?

Somalensis señaló hacia afuera, del otro lado del ventanal, y dijo:

—Allí tiene las estrellas. Si nuestra teoría es correcta ellas generarán más estructuras semejantes a nuestro UT con sus propias leyes físicas. Es un nuevo Cosmos el que hemos visto nacer, algo que muy pocos hombres han podido ver.

En el tiempo que siguió, Garyker y los demás logran crear los campos de fuerza necesarios para transportarse directamente a ese lejano futuro que apenas han divisado a través de pantallas. El Supremo, uno de los tres que preside la Federación, sabe que el riesgo es muy grande. Nada asegura que puedan volver ni que sobrevivan a semejante viaje, pero está decidido a hacerlo. Los preparativos son largos y algunos de ellos sienten ansiedad por que llegue el momento.

Por fin, la nave Sol 2, atraviesa una especie de túnel energético y emerge a otro espacio. Al igual que el lugar de donde vienen, no hay estrellas ni galaxias y todo parece bastante oscuro. Pero la oscuridad no es total. Claramente se puede ver algo parecido a un vapor, de color celeste, que parece impregnarlo todo. Según Solrak tiene el mismo origen que la silueta que han distinguido anteriormente. Al parecer se trata de una forma etérea, difusa pero que a veces adopta formas definidas. Impresionante es cuando, en medio de un gran silencio, Magesthier, que no se separa de sus instrumentos, dice:

—Se va. Se está yendo. Almirante, lo que sea se está alejando.

—¿Cómo sabe que se aleja? —interroga Garyker— ¿De qué?

—De las estructuras, las semillas. Cada vez es mayor la distancia entre esa presencia y lo que ha sembrado.

Efectivamente así era. Luego de un tiempo, ni siquiera los instrumentos señalaban la presencia de ese vapor. No obstante, la oscuridad no era completa. Lo que resplandecían ahora, como pequeños puntos de luz, eran las semillas como las llamara Garyker.

Costó esfuerzo, pero Magesthier pudo determinar las dimensiones de aquellas estructuras. Se trataba de puntos muy pequeños, pero intensamente brillantes. No eran más grandes que una mano, pero daba toda la impresión de que iban agrandándose cada vez más. Nuevas mediciones lograron determinarlo con más precisión. Cada “hora” que pasaba, las semillas triplicaban su tamaño dando una impresión que se acercaban a ellas.

—Supremo —habla Somalensis—, este fenómeno no es equiparable al Big Bang de los cosmólogos del pasado para explicar la creación del UT.

—Pues no sé que le parecerá a usted, pero más bien da la impresión de ver el surgimiento de varios cosmos, no de uno solo. ¿Y cómo sabemos si con el nuestro no pasó lo mismo? ¿Si no era uno entre muchos?

Los exploradores observaron por largo rato aquellos minicosmos en la inmensidad. Después, Solrak quiso demostrar que, efectivamente, se trataba de minicosmos y no de estructuras pertenecientes a un único Cosmos.

—La prueba —dijo—, está en que no son iguales. Incluso diría que son muy distintos. Solo se parecen en lo superficial. Pero dentro de ellos rigen fuerzas diferentes. En uno de ellos me parece detectar… Es increíble. Señores, veo que uno está compuesto por más de 20 dimensiones, incluyendo cuatro distintas formas de tiempo. En cambio, el más cercano al A, digamos el B, está restringido a siete dimensiones, con la gran diferencia de que allí no existe el tiempo. Esto es, por lo menos, lo que se ve con los equipos que disponemos.

Reinó el silencio a bordo durante largo tiempo. Luego, Garyker murmuró:

—Somos unos privilegiados. Creo que antes de nosotros nadie ha visto esto.

A lo lejos, los minicosmos parecían acercarse como las luces de una estación de ferrocarril cuando un tren se acerca a ella.

—Supremos —dijo Somalensis—, ¿qué es lo que significa esto para el MH? ¿Es algo que debamos usar a nuestro favor o que nos está vedado hacerlo?

Con un suspiro, Garyker se volvió parcialmente hacia él y dijo:

—Todos los teóricos afirman que el MH ha sido creado pura y exclusivamente para nuestro universo, pero la verdad es que no lo sabemos. Nunca hemos estado en otro.

—¿Qué piensa hacer, entonces?

—Lo consultaré. Si bien presido la Federación, hay otros Supremos con más experiencia que yo para resolver sobre esto que, después de todo, nos interesa a todos. Ahora falta resolver otros puntos.

—¿Cuáles?

—Por ejemplo, cuántos cosmos hay en total en esta creación.

—Almirante —intervino Solrak—, su número parece ser muy alto: de varios miles o millones, tal vez, aunque se trata de un número cerrado ya que el acto creativo, el de las semillas, también duró un tiempo determinado y no ha sido algo continuo.

—Eso confirma la hipótesis. —dijo Garyker— Cada tantos eones se crean nuevos cosmos, pero aún así seguimos ignorando por qué se mantiene el recipiente.

—Además —continuó Somalensis—, si nos guiamos por la parábola de un sembrador, no hay motivo alguno para suponer que alguna vez haya plantado una sola semilla. La simple lógica dice que nadie haría eso. Entonces, en cada siembra no serían una sino varias.

—Entonces —murmuró Magesthier—, ¿adónde han ido a parar los demás cosmos que fueron creados junto con el nuestro?

—Ese punto, señores, es de suma importancia —exclamó Garyker—. Esa sería la prueba de que La Casa o el recipiente es inmensamente grande y no solo lo que creemos nosotros. Imaginen el diámetro fantástico que tiene nuestro UT. Si a eso le agregamos cientos o miles más de parecidas dimensiones, nos encontraremos con una superestructura tan grande, que será difícil explicar cómo es que se mantiene. Para eso necesitaremos de teorías muy distintas a las que hemos barajado hasta ahora.

—No me gustan las parábolas —dice Solrak—, pero todo sembrador debe vivir de algún modo, ¿no es así? Ahí tenemos entonces la famosa Casa donde vive el Sembrador. Esa casa está dividida en miles de habitaciones que es donde van a parar, tal vez, los demás cosmos.

—Interesante —responde Garyker—, pero eso no nos explica cómo ha sido creada la Casa. Al final, resultaría que los cosmos son algo así como muebles en una inmensa propiedad que, vaya a saber adónde está ubicada. En tal caso, señor Solrak, tendríamos que los cosmos no son nada en comparación con la Casa.

—Bien, es solo una posibilidad, almirante.

—Desde luego. Pero también me queda claro que, por encima de todo lo que vemos, subsiste una superestructura de la que nada sabemos.

—¿Y no podemos averiguarlo, Supremo? —dice Somalensis.

—¿Cómo?

—El procedimiento sería fácil, señor. Tenemos que seguir enviando la nave más al futuro, pero no adonde hay materia, o sea, donde están los cosmos, sino adonde no hay nada, para estudiar mejor el recipiente. Solo así podremos conocerlo algo mejor.

—Voy a rectificarlo, almirante —responde Garyker—. No hace falta trasladarnos más en el tiempo, sino dirigirnos, como dice usted, a las zonas vacías de cosmos. Eso lo podemos hacer aquí mismo.

Ambos estuvieron de acuerdo, pero no era tan fácil. Como si siguiera la corriente de un río, la nave seguía una dirección que parecía llevarla derecho al encuentro con los minicosmos que remolineaban en el vacío.

En diferentes ocasiones, durante los días siguientes se procedió a rectificar el rumbo, alejándose de las masas de materia, pero, extrañamente, cada vez que lo hacían, aquellas estructuras parecían seguirlos.

Tras la tensión de los primeros días, los hombres fueron acostumbrándose a aquel extraño orbe, tan diferente de todo lo que conocían. Por fin, los técnicos de a bordo, con la ayuda de sus oficiales, parecieron acertar con el método para distanciarse de las estructuras. Hasta aquí solo habían buscado en sus viajes una época determinada o bien un lugar concreto desde donde poder estudiar el UT. Esto que iban a intentar ahora era algo completamente distinto. Significaba, más bien, alejarse de todo rumbo hacia no se sabía dónde. El recipiente que albergaba los cosmos jamás había sido observado ni medido y, en cierto modo, su existencia era solo teórica. Si lo encontraban, tendrían algo importante para investigar y, si no, lo más probable era que jamás pudiesen volver, ya que perderían por completo todo punto de referencia.

Poco antes de encender el sistema de propulsión de Sol 2, Garyker miró otra vez aquellos cosmos brillantes en la inmensidad que, sin embargo, daban la impresión de estar cada vez más cerca. Por un momento pensó muchas cosas, incluso, que quizá eso fuera lo último que vería. Era el privilegiado testigo de una creación divina y, sin embargo, ellos iban por más, por aquello que jamás le había sido revelado al hombre.

Con cierta tristeza se volvió hacia el puente de mando para dar las órdenes correspondientes. Unos pocos instantes después dejaron de ver absolutamente todo lo que habían visto hasta entonces. La exploración del Universo continuaba.

 


Daniel Verón (Buenos Aires, 1957). Escritor argentino, autor de obras de fantasía y ciencia ficción entre cuentos y novelas. Sus obras recientes representativas son: La exploración del universo (Tahiel, 2018) y Nuestros días en el sistema solar: más allá de Júpiter (2018).

 


Foto portada tomada de: https://pixabay.com/es/photos/fantas%C3%ADa-luz-estado-de-%C3%A1nimo-cielo-2861107/

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