Niebla en la Ciudad | Gabriel Ortiz Armas

Por Gabriel Ortiz Armas

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria)

 

—Prestame la focha que ya hace falta un tabaco —exclama, mientras se sienta en la banca del parque.

Habían estado caminando tranquilamente. Era un miércoles con sabor a domingo. Pero algo taladraba el aire, algo perturbaba la mente de todos en la plaza, en los cafés, en la iglesia que llamaba a misa. Había un caos latente en cada uno, pero lo acallaron hablando de fútbol, del santo del día, de cómo iba la escuela o lo que te compraste ayer.

—¡PRESTAME LA FOCHA, NECESITAMOS LA FOCHA! —grita, mientras una nube los alcanzaba y encendían otra para atacar.

Habían caminado con todo el grupo por esas calles angostas. Antes de su llegada, todo en silencio, un silencio inquietante. Las casas temblaban conforme avanzaban y el ruido brindaba la calma que el vacío no daba. Gritos en cada esquina, en cada cabeza, de esos que erizan la piel, de esos que no dan placer. Y luego, dos estallidos, algo voló, tres, cuatro, cinco. Se perdió la cuenta de las explosiones.

—Oye, vamos a comer algo y de ahí regresamos

Pidieron algo para picar como entrada y de tomar una michelada. Todo iba bien, la pileta de fuera funcionaba tan bella a pesar de que el agua que caía tenía gritos escondidos. La música de ambiente era una ópera que chocaba en los oídos como platos rotos.

—¡VÁMONOS, VÁMONOS!

Pedían unión de todos los que se encontraban ahí, mientras llovían las explosiones. Las ramas y palos reventando en el fuego brindaban un alivio indescriptible como un río que corre. A lo lejos, los gritos de otro grupo atravesaban las construcciones. Ese eco les decía a dónde ir.

—Qué feo está este trago, sabe mal, está mal preparado ¡qué asco!

Tal vez el limón estaba pasado y le dio un mal sabor a todo. O era esa sensación extraña que tenía todo el ambiente, esa niebla de amargura que reinaba en todo el lugar y otorgaba un mal sabor de boca a cada sorbo. Era la niebla que empezaba a arruinar la comida, una niebla vomitiva, que comenzó a asfixiar la calma del lugar.

—HAY QUE ESTAR PREPARADOS… PREPARADOS PARA LO QUE HAGAN

—¡QUÉ ASCO!

Instalados cerca de la fogata, en un lugar algo seguro. No se iban a mover, no se iban a arriesgar. Alguien había traído bicarbonato y limón para poder respirar. El ambiente tomaba el color negro del humo de las llantas y hojas quemadas, ese humo tan dulce en ese lugar. Humo que despejaba las fosas nasales a cada inhalada.

—A mí dame el sánduche con carne de cerdo y otra michelada.

El cerdo estaba en su punto, se mataría por un sabor como ese. Sin embargo, no se tragaba tan fácil, pasaba raspando la garganta como si quemara. El cerdo estaba bien, era el pan, o la lechuga que perturbaban todo. O era la niebla en el ambiente, clavándose en los ojos y en la nariz, en la boca de todos, en la comida. Niebla que les hacía llorar, que no les dejaba respirar.

—¡CEEEEEERDO! AQUÍ ESTOY, DAME A MI PUES ¡CEEEERDOOO!

Lo bueno era que los cerdos no estaban bien preparados, mal adiestrados y algo ineptos. No tenían puntería, pero matarían si pudieran. El aire denso y las detonaciones sonando, pasaban arañando los ojos y oídos. Había que buscar agua, vinagre o leche para calmar el ardor.

—¡Mierda! Me cayó michelada en la camisa

Para aumentar la tensión que la niebla ponía en el lugar o para distraer al resto de ella se armó ese escándalo. La camisa tan impecable, tan limpia, se había arruinado.

—Camarero pásame más servilletas —mientras intentaba remover la mancha en la camisa de marca.

—¡MIERDA, LE DIERON EN EL PECHO!

Cayó como un vaso que se derrama, cayó contra el suelo sucio y el humo no pudo agarrarlo. Su camiseta toda sucia y raspada se manchó de rojo, no podía hablar. ¡PARAMÉDICO, LLAMEN UN PARAMÉDICO! – gritaban todos, mientras lo jalaban hasta la esquina.

—Ya se cagó esta camisa, ya no sirve, maldita sea.

Salieron del restaurante con la camisa dañada. Con una ira extraña que le dolía al pensar que era por un pedazo de tela. Una ira que le quemaba y el líquido en su ropa le ardía, le picaba, le carcomía el abdomen. Regresó a su casa. Mañana me compro otra – se dijo.

—¡SÁCALE LA CAMISA, HAZ PRESIÓN! NO PUEDE HABLAR

Salió cargado en una camilla improvisada, con la camisa toda roja y el silencio en su cara. Un silencio que no calma, que desespera. Silencio de una munición en el abdomen. De ese metal que le quemaba, le rasgaba y le iba abriendo las entrañas. El ruido se iba y perdía la vista en medio de la neblina, la sangre manchó la camilla. Él, no regresó a casa.

“ÚNETE PUEBLO, ÚNETE A LUCHAR”

“EL PUEBLO UNIDO, JAMÁS SERÁ VENCIDO”

“POLICÍA, TÚ TAMBIÉN ERES PUEBLO”

Aquel que no volvió a su casa, también gritó estas consignas.

Aquel que arruinó su camisa nunca gritó.

Compró una camisa nueva al otro día y nunca gritó.

“Cargue, cargue”

“Disparen al cuerpo, que no avancen”

“No importa que no ataquen, hay que dispersarles, disparen”

Aquel que lo mató, escuchó o dijo esto antes de tirar del gatillo.

 

 


Gabriel Ortiz (Ecuador) es un joven de 20 años, estudiante de Artes Liberales, con gran gusto por la narrativa corta y la poesía. Es parte del Grupo de Teatro Durión en Ibarra, como técnico en iluminación y actor. Con interés en la fenomenología, la historia del arte y la literatura infantil. En su tiempo libre suele escribir un poco.

 


Foto portada tomada de: https://pixabay.com/es/photos/partido-palillos-la-llamarada-llama-3267506/

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