Morir frente al mar | Oswaldo Castro Alfaro

Por Oswaldo Castro Alfaro

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria desde Perú)

 

Estoy yendo a mirar el mar. Falta poco para finalizar la cuarentena imperfecta extendida varias veces por el gobierno. Es la primera vez en cien días que me desvío de mi ruta habitual para ir a la playa y sentir el deseo final de Rulos Guimaraes.

Estuve muy ocupado y escuché que el mar se había pintado de azul turquesa, las aves marinas reaparecido por millares y desde lo alto la transparencia del océano permitió ver cardúmenes de peces. Alguien mencionó que grupos de ballenas desfilaron frente a los acantilados. En otra zona de la capital, el río Rimac lució cristalino con truchas venidas desde las alturas andinas y sus riberas libres de basura. La naturaleza se recicla cuando la dejan tranquila y recupera su belleza. Otras veces es despiadada…

En mi centro laboral, como parte de la política de despistaje del coronavirus, me hicieron la prueba molecular. No tengo síntomas de la COVID-19 y la incertidumbre de la espera me ha convertido en un rebelde con causas perdidas.

El camino hacia la Costa Verde es largo desde La Molina. El tráfico en la avenida Javier Prado se parece al de los días previos a la pandemia y dificulta el desplazamiento del automóvil que alquila Sánchez Raygada. Llama la atención el poco control policial y el escaso patrullaje militar. Pareciera existir un repliegue hipócrita de las disposiciones draconianas iniciales o porque el virus infectó a miles y mató a cientos de efectivos. Me acomodo para recordar cómo esta enfermedad está matando gente.

Lo primero que recuerdo es la noticia que anunció el primer caso. Supongo que sorprendió mucho. Tengo un par de amigos que sobrevivieron a neumonía atípica cuando visitaron El Cairo en 2012 y el año pasado mi mujer casi murió por insuficiencia respiratoria aguda. Hubo necesidad de hospitalizarla y el diagnóstico final fue influenza tipo B. A mi memoria viene su rostro desesperado por la falta de aire. Si una virosis de bajo riesgo pudo sacarla de mi vida, imagino de lo que sería capaz este microorganismo.

Bajo la luna de la ventanilla y respiro aire fresco. Parece mentira, pero el viento se ha limpiado con las restricciones.

Sánchez Raygada desacelera para enfrentar el ingreso a la Vía Expresa. Esta importante vía rápida ya ha sido reabierta. Mientras discurríamos por Javier Prado me comentó que no ha sido beneficiado con los bonos económicos y que en la falda del cerro donde vive, los vecinos claman por las canastas de víveres prometidas y que muchos han colocado banderas blancas para visibilizar la hambruna que padecen. A lo que me cuenta podría añadir el robo cibernético del dinero depositado que más de un peruano sufrió y que los padrones del ministerio de Inclusión Social están desactualizados habiendo familias que no figuran en ellos. También le podría decir que sé de médicos en provincias que han lucrado con las medicinas, tal como lo han hecho las grandes clínicas con el dolor y muerte de seres humanos. Prefiero escuchar en silencio sus quejas y no echar más leña al fuego. No tengo ganas de polemizar y menos de seguir amargándome con lo que sé de boca directa de pacientes afectados por la COVID.

La Bajada de Armendáriz se perfila a lo lejos y da la impresión de partir en dos a la ciudad. Atrás no queda un escenario bélico. Es una ciudad con escombros invisibles, a la que no le han derribado monumentos históricos o grandes edificios, descuajeringado puentes ni con miles de muertos por metralla. Es la capital de un país sangrante, gravemente enfermo; en el que los gobernantes de turno no han comprendido que estamos en una economía de guerra que debe gastar el último centavo en salud, educación y deuda social. Las arcas del erario deben vaciarse para devolver la razón del primer artículo de nuestra constitución: la persona es el fin supremo de la sociedad.

Delante del carro de Sánchez Raygada emerge el paraíso de las playas olvidadas y de la arena mezclada con piedras. Vislumbro el estadio natural de los surfistas y el campo glorioso del cebiche y chelas heladas.

La imagen de Rulos Guimaraes me impactó. Ver por televisión la cabellera canosa rebelde de mi antiguo amigo terminó de agarrotarme el corazón. Mi fiel bomba cardiaca había resistido tantas decepciones, pero esta última lo partió. El reportaje dominical se viralizó en las redes sociales y pareció escucharse el suspiro final de su existencia. Amigos desde jóvenes, compartimos las olas huidizas de las playas y los fines de semana que podíamos los aprovechábamos para cervezas, tronchos de marihuana y abrazos de chicas en bikini. Fueron tiempos felices en los que la meta era llegar al sábado para perdernos en los balnearios del sur. Los años cayeron sutilmente y las obligaciones personales fueron alejándonos. La vida dibujó caminos diferentes y al coincidir disfrutábamos risotadas, platos marinos y sonrisas hermosas. El mar era la frontera final para nuestras aventuras.

Hoy, Rulos Guimaraes está muerto. Los excesos juveniles le pasaron la cuenta y nunca pudo domar a la diabetes. En plena pandemia desoyó las advertencias y subrepticiamente incursionó al mar en las madrugadas. Sin embargo, el amanecer de su desgracia lo esperó en Makaha y fue arrestado por la policía. Se deshizo en explicaciones estériles. Lo introdujeron en el patrullero y en la comisaría alguien lo contagió. Paseó sus rulos por diferentes sitios buscando ayuda. La desesperación y falta de aire progresiva le confirmaron que su suerte estaba echada. No consiguió asistencia médica y menos hospitalización en una unidad de cuidados intensivos. La vergüenza y culpabilidad sentida por un hombre mayor, vulnerable e irresponsable, marcó distancia conmigo. Jamás me hubiera enterado de su situación de no haber sido por la noticia. Al no tener la imposible suma de dinero para internarse en una clínica particular, decidió que la mejor forma de morir era frente al mar. Con ayuda de un amigo, cargó la perezosa y la tabla de surf. Se instaló frente a su playa favorita y esperó la muerte. Rulos Guimaraes maldijo el sistema de salud y a las autoridades que antepusieron su edad al uso de un ventilador mecánico. Al final, se quedó mirando fijamente el horizonte y cómo las gaviotas, sus fieles compañeras, se aproximaron y lo rodearon en círculo. El silencio de las aves fue roto cuando Rulos Guimaraes dejó caer la revista que leía. La parvada levantó vuelo y el graznido inusual fue registrado por la acústica ambiental del camarógrafo. Como si siguieran las ordenes de un jefe, dibujaron imágenes de olas en el cielo y se retiraron. Rulos Guimaraes recibió el homenaje que se merecía y partió a surfear a playas desconocidas en la que el oxígeno que le negaron, era gratis en el aire ambiental.

El reportaje sobre el surfista muerto mirando el mar fue la llamada de atención que remeció los cimientos de una sociedad mezquina, indiferente, mal preparada para la contingencia epidemiológica y, sobre todo, una pedrada en el ojo tuerto de la esperanza de muchos enfermos. Los postulantes a cadáver, desahuciados y olvidados por quienes debieron protegerlos, emergidos como generación espontánea, decidieron congregarse en las veredas, malecones y espacios libres del circuito de playas capitalino. Muy cerca al muelle de pescadores se instalaron para cerrar los párpados entre el aleteo de los pelícanos y el olor a mar que venía de lontananza. La muerte de Rulos Guimaraes hizo que muchos se atrevieran a desafiar los controles. Convergieron como aves migratorias.

El principio de esta epopeya fue titánico. Los familiares debieron convencer a las autoridades de permitirles cumplir el deseo pre mortem del enfermo. Algunos fueron retirados de mala manera y fallecieron en el interior de los patrulleros y otros recogidos a lo largo de la autopista. Finalmente, los expatriados de la salud conquistaron el espacio común.

Sánchez Raygada conduce el vehículo recuperado luego de salvar la vida frente a la COVID. Fue uno de los primeros en salir triunfante del hospital especializado. No estuvo en cuidados intensivos, pero soñó varias veces con la parca. Vio a la dama de blanco pasearse por los pasillos buscando clientes. Le sacaba la lengua al pasar de largo, después de mirarlo con ojos frustrados. Al despertar comprendía que no estaba en lista de espera y reía para sus adentros, aguardando la hora del alta. Así fue. Una tarde de abril salió en silla de ruedas y recibió el aplauso del personal que lo atendió. Se aisló quince días más en su casa y al recuperar fuerzas adquirió la patente de corso. Decían que se había inmunizado y que el virus lo miraría de lejos, sin atreverse a molestarlo nuevamente. Caminó por mercados abarrotados de gente infectada, hizo colas interminables para averiguar si estaba en el sistema de favorecidos con los bonos del gobierno. Respetó a sus semejantes manteniendo la distancia social, el lavado escrupuloso de las manos y el uso de mascarilla. Se le conocía como taxista de desahuciados o cochero de la muerte para trasladar a los fallecidos a cementerios clandestinos. El chaleco anti balas natural otorgado por la vida fue la armadura ante la cual resbalaban los ataques virales invisibles.

Conocí a Sánchez Raygada al perder a un primo hermano. Me dieron sus señas y sin más trámite que el acuerdo monetario, trasladó los restos fuera de Lima, para ser enterrados en la chacra de mi tío. Conduce el auto con la parsimonia adquirida durante la hospitalización. La vehemencia e imprudencia que siempre lo caracterizaron fueron perdidas con el susto a ser intubado. Los rezos y visiones apocalípticas que imaginó le confirieron la tranquilidad para no apurarse con los bocinazos de los carros vecinos. El trayecto es lento y ocasionalmente me mira por el espejo retrovisor. Conoce el oficio recientemente aprendido y no interfiere con los deseos del pasajero. Nos aproximamos al lugar escogido por Rulos Guimaraes.

Las declaraciones del surfista, antes de cerrar los párpados, fueron la proclama irreverente de un hombre olvidado. El camarógrafo captó el instante en que dejó caer el mentón sobre el pecho. No solo registró la muerte sino también el grito mudo de muchos moribundos. Rulos Guimaraes jamás verá lo que causó. En vez de morir ahogado en la habitación de su casa, camino al hospital, quedar tendido en la calle o sentado en la banca de una plaza, prefirió gastar la energía que le quedaba en cumplir el deseo de un condenado a muerte. Desestimó una buena cena y gozó con el aire fresco del mar.

Al inicio los moribundos arribaron a la playa como almas en pena. Simularon el ejército de prisioneros de guerra rumbo al campo de concentración para morir en la cámara de gas. Hoy compruebo que este lugar irreal existe. Tratan de dignificar un hecho que debió ser humanitario.

Sánchez Raygada aparca el coche al final del malecón, cerca del muelle de pescadores. Me ayuda a descender y el golpe de la mañana fría y húmeda me zarandea las ganas del placer. La brisa que cabrea los cerros del costado se mezcla con la fina llovizna y pienso que estoy muerto. Tanta felicidad parece mentira, inventada por la magia de los niños y por un instante quiero desmayarme de goce. El olor nauseabundo de las salas con pacientes moribundos, asfixiados con secreciones exhaladas y alientos infernales queda olvidado por el aroma amable del mar. Renazco de mis cenizas y camino sin prisa. Busco el sitio apropiado para armar mi silleta de playa y en el trayecto me encuentro con Vidalito. El hombre abraza un cilindro pequeño de oxígeno y respira trabajosamente. Sabe que al finalizar el suministro morirá. Le palmeo el hombro para despertarlo y me mira con ojos aturdidos. Demora unos segundos en reconocerme y balbucea:

—No siempre se gana, maestro…

Asiento con la cabeza y lo dejo tranquilo. Observo que es feliz mirando las olas disolviéndose en la orilla. Prosigo la marcha y me cruzo con sobrevivientes que ofrecen diarios y vasitos con infusiones calientes. Acepto uno y entibio las manos con el envase. Avanzo en mi peregrinaje y recibo saludos mustios de gente que me reconoce.

Sánchez Raygada encuentra la ubicación precisa para armar mi lugar de contemplación. Lo hace y tomo asiento. Me coloca los audífonos de mi IPad y cierro los párpados con la música de los Bee Gees. Estoy flotando en el aire, rumbo a nubes inimaginables. A punto de dormirme el carraspeo exagerado de alguien me aterriza en la realidad. A mi lado un hombre que debe tener los años del mundo instala la silla plegable. Luce sereno y resignado. Por momentos se queda quieto como si muriera en ese segundo y luego revive para seguir contemplando el horizonte. Bruscamente voltea y me encara:

—No me recuerda, doctor…

Niego con la cabeza.

—Usted me negó el ventilador para dárselo a mi hijo.

—No recuerdo, he atendido a tantos…

—No le guardo rencor.

—Gracias ¿Estamos en paz?

—Puedo irme en paz…

Sánchez Raygada venció a la COVID-19 y yo no sé si alojo el virus. El resultado de laboratorio establecerá mi futuro. Hoy me declaro rehén de las circunstancias. A lo mejor me toca estar en la otra orilla. El ser médico no me garantiza ventaja ni preferencias. Soy tan humano como cualquier víctima de este villano y será mi responsabilidad enfrentar con las armas que me dio mi organismo. Claro está que una pequeña ayuda de mis semejantes caerá muy bien. Si así no fuera me iré con la conciencia tranquila de haber entregado mi conocimiento conforme a lo establecido por la moral, ética y deontología. Si de mí dependiera, hace rato hubiera sido fiscal, juez y ejecutor de traidores a la patria. La mala acción de ciertos peruanos miserables torció el destino de muchos enfermos. La nueva normalidad o nueva convivencia no da derecho a abusar de los demás.

 

 


Oswaldo Castro Alfaro. Perú, médico. Administrador de Escribideces – Oswaldo Castro (Facebook), colaborador con Fantasmas extemporáneos (relatos cortos), Fantasmas trashumantes (mini relatos) y Fantasmas desubicados (micro relatos). Publicaciones en físico y en más de 40 plataformas digitales. Premios literarios, menciones honrosas.

 


Foto portada tomada de: https://pixabay.com/es/photos/verano-playa-gaviotas-tumbonas-mar-814679/

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