La gringa | Eric Haym-Fielitz

Por Eric Haym-Fielitz

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria desde Uruguay)

 

Aquella madrugada el viento estaba calmo y había limpiado el cielo. La helada había caído desde temprano y ya cerca del amanecer el campo parecía estar cubierto con un blanco mantel. Un banco de niebla como algodones flotando atestiguaba el curso de un riachuelo que discurría entre rocas y de vez en cuando, el ladrido de un perro flaco rompía el silencio.

La puerta de la pequeña casa de adobe y paja se abrió. Una mujer envuelta en un abrigado poncho pardo salió con un atado de ropa en la mano. Miró al cielo, tomó una bocanada de aire helado y suspiró. Sin mirar atrás, se dirigió al viejo sulqui que estaba arrimado a un árbol a pocos pasos de la casa, le ató el caballo manso que pastaba cerca de la puerta como esperando a su amo, se encaramó al pescante y se puso en marcha por la senda que llevaba al viejo camino de tierra. Luego de varias leguas, y cuando el sol amenazaba con romper el horizonte, dobló a la izquierda por una senda casi invisible, en dirección a la todavía lejana frontera con los lusitanos. Pronto se perdió de vista.

En el mostrador y en las mesas del bar “Las ruinas de Atenas”, durante muchos años circularon todo tipo de historias y leyendas sobre cosas que han sucedido en Montepelado desde que era apenas un caserío sin orden ni forma en los tiempos de la colonia. Leyendas, recuerdos que el paso del tiempo va transformado hasta volverlos irreconocibles, historias de personajes y de acontecimientos muchos de ellos extraños, imposibles o extravagantes que todos toman como verdaderos o como mentiras que ayudan a mantener la identidad del pueblo.

Quizás una de las historias más antiguas que ha circulado de boca en boca por generaciones, incluso más antigua que la leyenda de Evaristo y su conversión en el santo del lugar, sea la historia de su tío paterno, Julio José Pereira y Laguna, hijo segundo de don Originario, conocido como El Manco, y doña Clemencia, y de su enfrentamiento y fatal desenlace con una mujer, cuyo nombre la memoria colectiva no ha retenido, pero sí su apodo de La Gringa.

Dicen los memoriosos, y dicen bien, que ella era una mujer alta, de piel muy pálida, ojos transparentes y largo cabello de oro. Nadie acierta, eso sí, a establecer de dónde provenía. Salvaje no era, pues no tenía ninguna característica de los indígenas del lugar, que ya en esos tiempos eran muy pocos. Tampoco parecía ser hija de español o de criollo. Más bien de gringo, por su apariencia. Lo que complica, a la distancia, el saber más de ella, porque han sido bien pocos los europeos del norte o centro de ese continente que han pasado por Montepelado. Pero una vieja hilandera que vivía cerca del molino creía recordar, allá en el fondo de su memoria, la visita de un par de esos gringos en los tiempos en los que nació la república, gente que venía a estudiar las nubes, las aguas, los suelos y que casi no hablaban en cristiano sino en esas lenguas imposibles de entender para una persona de bien.

Si esto es verdad, es muy probable que durante su pasaje por el pueblo pararan en lo de los Pereira, ya que no había otro lugar dónde recibir a visitantes tan ilustres. Y de ahí surgió otra de las habladurías que han sobrevivido al paso del tiempo, la que dice que esa mujer era el fruto de un amor salvaje entre uno de esos gringos científicos y una de las hijas de don Originario, famosa por sus ojos azules. Carmencita era, de hecho, una niña de sublime belleza, siempre distante, callada y recatada. Un día, cerca de sus quince años, desapareció de la vida social de Montepelado, ya no se la vio yendo a misa acompañada por una negra criada ni paseando por la plaza del brazo de su padre. Las malas lenguas supieron que fue enviada a la capital, a un convento de claustro, donde terminó sus días muy anciana y olvidada.

Como sea que haya sido la historia, cuyas verdades se pierden y se confunden en la bruma del tiempo, lo cierto es que esa niña de ojos transparentes y cabello de oro apareció un buen día en la casa de Julio José. Vivía este en un casco de estancia a varias leguas de Montepelado, en una propiedad de su padre, pero que el hijo trabajaba desde muy joven en la crianza de ganado gordo, ovejas y caballos criollos. Si bien esos campos no eran suyos, pasaba como si lo fueran. Eran tantas las cuadras de campo que el Manco había ganado cuando joven al Virrey en una partida de naipes que, a sus hijos, Evaristo, el mayor y padre del santo de su mismo nombre, y a Julio José les dio para administrar una parte muy importante de su propiedad, lo que hicieron con mucha buena fortuna.

Julio José se había casado con una mujer del otro lado de la frontera, doña María Eulalia, hija de un poderoso hacendado con quien solían hacer negocios. Uno de esos intercambios la incluyó en el trato y se vino a vivir con su novel marido a Montepelado. Con los años, le dio cuatro hijos varones y tres niñas. La casa era muy grande y para mantenerla tenían un ejército de criadas, mozos de cuadra y negros libertos, a quienes trataban como si no lo fuesen. En algún momento, se les unió una niña que contrastaba con las caras aindiadas o mulatas por su piel nívea y los ojos transparentes.

Los de la casa no parecieron darle mucha importancia y pocas veces se fijaron en ella. Andaba siempre cerca de la cocina, donde las negras cocineras la trataban como a una más de sus niñas. La señora doña María Eulalia no se ocupaba de su presencia y sus hijos no solían mantener contacto con la servidumbre, por lo que la niña pudo crecer con cierta libertad dentro de los extensos dominios de los Pereira.

Julio José era el que menos paraba en la estancia. Si no estaba al otro lado de la frontera haciendo negocios, comprando o vendiendo ganado, pasaba largas temporadas en San Ignacio y otros pueblos, visitando los burdeles y lupanares y seduciendo tanto a mujeres de buen pasar como a criadas y sirvientas, tratando de convertirse en el verdadero padre de la patria. Muchos años después, cuando todos sus hijos legales eran grandes, comenzaron a aparecer por Montepelado muchos otros ahijados, a quienes él había dado su apellido y algunas monedas para sobrevivir. Era conocido por su generosidad al momento de las propinas, así como por la ferocidad de sus enojos con sus enemigos.

Algo de eso cambió una tarde en la que se levantó de su siesta y vio, a lo lejos, junto al pozo, a una muchacha de no más de quince años, más alta que las otras criadas, con el cabello recogido en un moño y la piel más blanca que la de su esposa.

Se enamoró de ella desde ese momento. O quizás fuera más preciso decir que se obsesionó como un poseído, que es bastante distinto al amor. Al principio trataba de disimular para no tener problemas con su mujer, quien no era ajena a su vida de jarana ni a los muchos hijos que iba diseminando por los caminos. Pero hasta ese momento había tratado de cubrir las apariencias en su propia casa. No es que las criadas no hubieran pasado por su catre y no hubieran fundadas sospechas de que algunos de los niños eran suyos, pero Julio José miraba a todos con la indiferencia que tenía el dueño de vidas y muertes de los que vivían bajo su techo o estaban a lo que él ordenara.

Con la Gringa, la historia fue distinta. El amo perdió todo sentido del respeto y de las formas. Allí donde la niña estaba, él aparecía sin necesidad de pretextos. Sus viajes comenzaron a ser más cortos, sus miradas más obvias, su conducta más desvergonzada. Pronto se dio cuenta que la chica estaba creciendo, que sus senos comenzaban a notarse más bajo la blusa parda y que su cabello de oro, enrulado y salvaje, se soltaba a la primera brisa. No podía dejar de imaginar esa piel tersa de mujer sin historia o el aroma a paraíso que escondía entre sus piernas.

Una tarde la vio de lejos. La chica caminaba en dirección a unos galpones cercanos a la casa. No dudó y la siguió. Le dio alcance, la sujetó con violencia desde atrás y la violó. La niña pataleó e intentó gritar con todas sus fuerzas, pero el patrón le llevaba muchos años de ventaja. Cuando terminó se acomodó la ropa mientras la chica lloraba en el piso. Con voz firme, Julio José le habló.

—Se viene para la casa.

Luego dio la orden de que la chica pasara a trabajar junto a las mucamas y que durmiera en la cocina. Nadie, ni siquiera su esposa, se atrevió a contradecirlo y a partir de ese momento, durante varios meses la chica trabajó en la casa principal lavando ropa, sábanas y manteles, aprendió a coser y remendar camisas, dobleces y cortinas y a estar cerca del patrón cuando este requería de su presencia.

Un día, la chica descubrió que su barriga comenzaba a crecer. La negra cocinera que le conocía desde bebé se dio cuenta que estaba esperando un hijo. Las criadas, que miraban al patrón con temor y odio secreto, no sabían cómo ayudar. Anticipaban que el patrón montaría en cólera y cuando eso sucedía, las consecuencias no eran agradables. Así sucedió. Él mismo se dio cuenta una noche que aquel cuerpo del que tanto gozaba estaba hinchándose. La furia que le invadió fue brutal. Bastó un golpe certero en el vientre, luego de dos bofetadas, para que la chica saliera corriendo con la ropa rasgada a través del campo y se escondiera en un monte de eucaliptos cercano, con un hilo de sangre corriendo entre sus piernas. Dos criadas, que escucharon todo escondidas en la oscuridad, la siguieron y trataron de ayudarla.

Perdió a su hijo esa misma noche. Sin dudarlo, se alejó de la casa y buscó refugio en un pequeño rancho abandonado de adobe y techo de paja, a varias leguas al norte. Algunas de las criadas se acercaban a llevarle algo de comer y ropa. El patrón miró todo con indiferencia y volvió a hacer su vida como si nada hubiera acontecido. Dos semanas después, emprendió un viaje largo que le llevó a la capital y no retornó sino hasta el final del otoño.

La vida en la casa principal no se había alterado. Nadie se dio por enterado de lo que había sucedido y si alguno lo sabía, no dijo nada o no le importó, que viene a ser casi lo mismo. Julio José, ya cercano a sus treinta y cinco años, almorzaba en su estudio, una casa contigua a la principal, unida a esta por un corredor bajo una galería de arcos. En ese lugar, siempre cerrado cuando él no estaba, tenía su escritorio, sus archivos, algunos viejos libros que nunca había leído y un catre cerca de la estufa, donde dormía sus siestas y pasaba más de una noche lejos del lecho conyugal, al que le ataba el orgullo, un acuerdo comercial y poca cosa más.

Una tarde mandó traer a la Gringa. Pero ella se negó a comparecer ante el patrón. Esta vez, Julio José se lo tomó con calma. Le mandó decir que esa noche iría a verla al rancho para conversar.

Ya había caído el sol cuando el patrón bajó de su caballo, lo ató al descuido en un poste y caminó un par de pasos hasta la puerta. La Gringa estaba de pie al otro lado. Dio un paso hacia atrás y el patrón entró en el rancho. Hacía calor ahí dentro, en la estufa ardían un par de troncos y algunas ramas. De una olla de hierro negro surgía un aroma que invitaba a cenar. Julio José se quitó el poncho, lo dejó sobre el catre, se sentó en la única silla frente a una mesa improvisada con un plato viejo, una cuchara y tres velas y comió con apetito mientras observaba a la niña que ya era una mujer completa.

La gringa permaneció de pie al otro lado de la mesa. Le sirvió un vaso con vino y luego otro más. Su rostro permanecía impávido, con alguna sombra bajo sus ojos, las manos a los lados colgando como dos ramas, el pelo recogido en un moño, con varios bucles que escapaban en los costados. El patrón la miró y la encontró más hermosa que todas las veces que la había visto. Se acomodó mejor en la silla y sus ojos oscuros se clavaron en ella.

—Soltáte ese pelo —le ordenó.

Llevó su mano derecha hacia su nuca y su cabello se liberó. Una cascada de oro enmarañado se deslizó sobre sus hombros. Los ojos del patrón brillaron bajo la luz de las velas. Estiró la mano y le indicó que le sirviera más vino. Ella se acercó con la jarra y llenó el vaso por tercera vez.

—Ahora sacáte eso… —volvió a decirle Julio José.

Con un ademán tranquilo, sin prisas, la chica fue desnudándose. Su cuerpo de niña y mujer surgió de debajo de sus ropas. El patrón abrió los ojos, extasiado ante la vista de sus senos firmes, su vientre plano, su pubis coronado con una mata del color del oro oscuro. Sonrió y comenzó a ponerse de pie. Pero no lo logró. Sus piernas comenzaron a temblar y no le sostuvieron. Se apoyó en la mesa, con los ojos desorbitados, sintiendo que se le adormecía todo el cuerpo.

—¿Qué mierda me has hecho, puta? —alcanzó a decir antes de desplomarse desmayado en el piso de tierra.

La chica permaneció un largo minuto de pie, mirándolo. Nadie podría haber leído en sus ojos qué estaba pensando. Con parsimonia se vistió, corrió la mesa a un costado, dio vuelta el cuerpo del patrón para que quedara recostado sobre su espalda y acercó las velas. Se levantó, caminó dos pasos hasta el otro lado de la chimenea y trajo una pequeña canasta que dejó en el piso junto a Julio José. De ella, extrajo hilo y aguja, y una tijera de esquilar.

Varias horas después, cuando el sol ya estaba en lo alto, el patrón comenzó a despertar. Fue un zumbido en los oídos lo primero que sintió. Recordaba como en un sueño vago y lejano haber estado con la gringa, pero un dolor agudo como nunca había sentido terminó de despertarle. Se incorporó y descubrió que estaba en el piso del rancho, desnudo de la cintura para abajo, en medio de un charco de sangre y que el dolor que comenzaba a ser insoportable provenía de entre sus piernas.

Gritó y aulló de desesperación hasta desmayarse de nuevo. Al recobrar el conocimiento, estaba en el catre de su estudio. El médico le estaba revisando mientras desinfectaba la herida. El dolor que sentía Julio José era indescriptible. Tres días pasó así, confinado en su estudio bajo el cuidado del médico de Montepelado, debatiéndose entre la vida y la muerte. Su esposa no se presentó en ningún momento y dio estrictas ordenes a la servidumbre de no asistir bajo ninguna razón al médico.

—El corte fue muy preciso —comenzó a explicarle el Dr. Arteaga unos días después, cuando el peligro de muerte parecía haberse disipado— y la sutura hecha por alguien que sabe coser… Eso le ha salvado la vida.

—Pero… ¿qué me hizo esa maldita?

—Técnicamente hablando… lo castró. Con una tijera de esquilar ovejas que encontraron tirada en ese rancho. Luego le ha cosido con un hilo grueso y la herida comienza ya a cerrar bien. Es un milagro que no se infectara. Ha tenido usted mucha suerte.

—La voy a matar… ¡Cuando la encuentre la voy a matar!

Pero no hubo mucho para hacer. Julio José tardó bastante en recuperarse y poder caminar. Para cuando lo hizo, su esposa le había prohibido el ingreso a la casa principal y hasta sus hijos le miraban con desprecio. Su hermano Evaristo, en deferencia a los lazos de sangre que le unían, había organizado una partida para que encontraran a esa mujer. Pero parecía haberse desvanecido en el aire, como un fantasma. Su padre no soportó la afrenta cuando comenzó a correr la historia y los comentarios sobre su nueva condición se hicieron más agudos y despreciables, por lo que le retiró todo saludo y apoyo, y sus campos pasaron a ser administrados por su hermano mayor. Recibió una pensión de pocas monedas y la fuerte sugerencia de que pusiera muchas leguas entre la familia y su persona, por la vergüenza que estaba ocasionando.

Tres años después, en una habitación de un hospicio junto al puerto de San Felipe, Julio José se sentó en la cama revuelta. Su barba estaba larga y sin forma, el pelo encanecido con premura, su cuerpo hinchado y su voz aflautada, por lo que procuraba no tener que hablar con nadie. Quedó un largo rato mirando un punto fijo, sin moverse, casi sin pestañar. Luego, levantó su mano que empuñaba una Colt, la introdujo en su boca y disparó.

Nunca se supo con certeza qué sucedió con la Gringa luego que capara a su patrón y huyera dejando los testículos sobre la mesa, junto al vaso de vino. Algún viajero aseguró, unas cuantas décadas después, que había un burdel en Santa Catalina, a muchos días a caballo luego de pasar la frontera con los lusitanos, regenteado por una madama que mantenía el porte alto, la mirada de ojos transparentes pero duros como piedras y el cabello color oro viejo. Pero todos saben que los borrachines de “Las ruinas de Atenas” tienen inclinación a contar historias sin fundamentos y, a decir verdad, nadie volvió a verla, por lo que su final ha sido un misterio que ha quedado y permanecerá sin resolver.

 

 


Eric D. Haym Fielitz (Montevideo, 1966), de ascendencia alemana y egipcia, y uruguayo casi por casualidad. Estudió derecho y trabaja en la industria del turismo. Ha publicado cuentos y relatos en diversos libros y revistas de internet: Grupo Búho, Letras y Demonios, Nictofilia, Cruz Diablo, El Narratorio, entre otros. Finalista de “Muestra de Narrativa Uruguaya” (1998), finalista del V Concurso de Relatos de Hislibris, editado por Evohé como El Monje y la Pulga y otros relatos (España, 2014). En 2017 publicó la novela Variaciones Diabólicas. En la actualidad prepara un libro con relatos dentro del género del suspenso y/o terror, además de uno dentro de un costumbrista del interior de mi país. Blog personal, con cuentos y relatos de diversos géneros: https://elescribabeodo.blogspot.com/

 

 


Foto portada tomada de: https://pixabay.com/es/photos/el-oscuro-parque-3461023/

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