La dimensión doble | Daniel Verón

Por Daniel Verón

(Colaboración especial para máquina combinatoria desde Argentina)

 

Y un día la doctora Ishem Varklod volvió a aparecer entre los vivos. Este singular acontecimiento tuvo lugar casi a un año de su muerte física en Laudann, justamente en la época en que se planeaba reanudar las investigaciones sobre los seres pisciformes de aquel planeta. Todo ocurrió del modo más inesperado. Encontrábanse una noche reunidos varios científicos en el laboratorio de Stefanía, cuando alguien más llegó al recinto. Allí estaba la mujer, saludándolos con una sonrisa. Inequívocamente era ella, no cabía duda; su pelo castaño claro, los ojos grises, una cicatriz en la barbilla, el timbre de su voz, todo era idéntico y, sin embargo, en ese momento su antiguo cuerpo yacía en el cementerio de Laudann a varios kilómetros de allí.

Bien, el caso es que, superada la natural sorpresa, Stefanía y el doctor Vaughn la sometieron a un análisis clínico, comprobando que aún así su organismo era idéntico al anterior.

—Pero, ¿cómo es posible? —exclamó Vaughn—. Yo mismo certifiqué su defunción hace un año, doctora. ¿Puede decirnos qué ha sido de usted todo este tiempo?

—Por supuesto que sí —aseguró Ishem Varklod tomando la mano de mi mujer—. Amigos, lo que he visto allá es asombroso, mucho más importante aún que todo lo aprendido anteriormente. ¿Recuerdan ustedes que estábamos intrigados en saber cómo los laudanos lograban duplicarse al sufrir la muerte física? Pues bien; al cabo de varios días de concentración lo logré yo también, y descubrí algo especial: que la muerte no es más que el paso a otra clase de vida. Desde luego, esta vida es incompatible con nuestras leyes biológicas y por eso los muertos resultan invisibles para nosotros. Sin embargo, yo les aseguro que el lugar adonde estuve es perfectamente real y en él viven miríadas de seres que antes habitaron este otro lado del Universo. No se trata de un mundo en particular sino de un medio ambiente único. Allí he visto luces y formas desconocidas para nosotros, he visto espíritus atareados en labores incomprensibles, he visto construcciones, torres y pasillos que llevan a regiones más remotas aún y allí también me he encontrado con un ser que fue mi guía. El fue quien me hizo notar lo de mi muerte física pues yo aún creía estar simplemente en contacto con los laudanos. El me explicó muchas cosas, por ejemplo, que allí existen numerosos guías para los que recién llegan, que están haciendo un intento para unir nuestro mundo y el de ellos, y me reveló algo más: que los seres pisciformes de Laudann constituyen el primer intento de la Naturaleza para unificar los dos reinos de la vida y la muerte, por la misma razón de que no es una verdadera muerte, sino otra clase de vida.

Y diciendo esto se tomó un respiro, lo cual aprovechó Stefanía para interrogarle:

—¿Y fue ese ser el que te ayudó a volver?

—Así es. Ellos conocen nuestro exacto código genético y, además, tiene poder sobre la materia en reposo, así que bastó un simple esfuerzo de voluntad para reconstruir átomo por átomo esto que soy.

—Es asombroso —murmuró el doctor Vaughn—. Naturalmente sabíamos que el alma es una propiedad diferente a la de nuestro cuerpo y sabíamos de su posible sobrevivencia, pero esto es inédito. Doctora, ha descubierto usted nada menos que el lugar adonde un día iremos todos.

—Sí, efectivamente así es. Disculpen ustedes mi excitación, pero aún no encuentro palabras para describirles todo lo que he visto. Falta más todavía. Antes les dije que hay un proyecto para mantener un canal de comunicación entre ellos y nosotros. En principio, los laudanos son los únicos que lo han logrado, pero el hombre también puede hacerlo. Solo le falta valerse de ellos o desarrollar por sí mismo la capacidad de duplicarse aquí y allá. El medio no importa, pero lo concreto es que estamos invitados a conocer el submundo y, personalmente, creo que una experiencia así puede ser de vital importancia para nosotros.

—¿Usted lo cree así, doctora?

—Por supuesto. ¿Acaso puede haber algo más importante que vencer a la muerte?

No cabe duda que la doctora Varklod tenía razón, y aquellos que estaban presentes esa noche fueron los primeros en comprenderlo así. El caso es que la reunión se prolongó por varias horas, en tanto la mujer era bombardeada a preguntas. El resultado es fácil de adivinar. Tras una reunión general entre diversos especialistas se convino en iniciar un estudio sobre la posible duplicación del ser humano. Hasta hacía poco, los científicos prácticamente no habían tenido posibilidad de hacer algo al respecto, pues se ignoraba cuál era el mecanismo bioquímico de la duplicación, paro ahora tenían a los propios laudanos como un punto de partida.

El punto vital era el siguiente. Desde una fecha hoy tan remota como el año 1978, los expertos conocían la técnica del “cloning” que consistía en reproducir una persona cualquiera con base en una sola de sus células. Sin embargo, los “clones” así obtenidos tenían un alma distinta al que sirviera de modelo, por la sencilla razón de que el alma obedece a otra clase de leyes físicas, donde no interviene el D.N.A. precisamente. Ahora bien; resulta que los habitantes de Laudann, al duplicarse, lograban realmente mantener una unidad de conciencia y eso era lo que había que investigar cómo lo lograban. La posibilidad era muy interesantes e incontables fueron los recursos de la Flota puestos al servicio de esta nueva labor.

Durante aquel tiempo Ishem Varklod volvió a mantener contacto con las entidades que la guiasen en el más allá, mientras que el doctor Vaughn sostenía reuniones de carácter técnico con Lorena y los científicos eridanos. Claro que este problema era absolutamente nuevo para todos ellos y, por lo tanto, no podían aportar demasiado, pero al menos se estableció un cuerpo multiplanetario de investigación y rápidamente se obtuvieron grandes resultados.

Pese a que mi experiencia en el espacio no era tanta como la de Landor, estoy seguro de que Crespo debe ser lo más fantástico que haya dado la Galaxia hasta ahora. Como verdadero centro de un gran Imperio, el planeta Crespo se destacaba especialmente por ser luminoso. Así es. Aún a 300.000 km. de la superficie, adonde apareció la Flota, el planeta presentaba un singular juego de luces de diversos tonos restallando en el espacio, igual que una gigantesca aurora polar. Inútil sería querer explicar este portento pues, según Landor, para ello se empleaba la misma energía geodinámica de Crespo. Así, pues, controlado el clima, la fuerza interna del planeta se manifestaba de esta forma inofensiva y atrayente a la vez.

Pero aún más impresionante fue descender a esa tierra del futuro. Todo allí era estallido de luces y colores verdaderamente aturdidor, ya que incluso el cielo era como una alfombra en permanente cambio. Así pues, mientras un remolino de bandas amarillas se perdía en el horizonte del este, otro nuevo de color azul aparecía por el oeste, confundiéndose con un par de lunas del mismo tono.

Claro que tal vez esto no era lo más sorprendente. Otra cosa era ver a los propios habitantes de Crespo, ya que estos también eran luminosos. Pese a que su conformación era enteramente humana, irradiaban por sí mismos un brillo tan fuerte como si los enfocasen con una luz muy potente, realzando de este modo con notable gracia, hasta el más mínimo de sus gestos. En realidad, hasta sus vestimentas eran luminosas. Con creciente asombro comprobé entonces la gran belleza de sus mujeres y el indudable atractivo de los hombres. Los había de todo tipo: verdes, blancos, cobrizos, celestes, etc., todos hermanados en una sola y única gran raza.

Imposible hubiera sido decir si en ese momento era de día o de noche. Sin embargo, en cierta ocasión alcancé a distinguir entre las bandas de color un pedazo de cielo por donde, inequívocamente, se veían las estrellas. No un puñado de estrellas como se ve desde la Tierra, sino un verdadero enjambre de estrellas de primera magnitud. Aquello me recordó de que, efectivamente, Crespo estaba situado no solo a 1.200 años-luz del Sol, sino también seis o siete millones de años en el futuro y que en esta época la población estelar de la Vía Láctea era al menos diez veces mayor que en la nuestra. Así, pues, a simple vista se distinguían soles, planetas, lunas, cuásares y aún galaxias brillando en el espacio, algunas bastante próximas entre sí.

Aurorreal era la ciudad capital de Crespo. Decir que era algo enorme y rutilante, quizá mil veces superior a las más grandes metrópolis del hombre, aún daría una idea inexacta de lo que realmente era. Allí había una animación, un orden, una plasticidad en sus formas que colmaban los sentidos. Había olores y músicas exquisitas, construcciones cristalinas de llamativo aspecto, puentes, edificios y un enjambre de aeromóviles desplazándose de un lado a otro del cielo. Pero en Aurorreal había algo más que yo nunca antes había sentido. Deteniéndonos por un momento en un paseo de aquella urbe, me sentí vivo, esto es, en situación de vivir, mucho más plenamente que antes. Y era que la ciudad toda transmitía una sensación de realidad que era impactante. Aurorreal era, sin duda, el polo opuesto de cualquiera de esas metrópolis lánguidas y mecanizadas que ha creado el hombre por todas partes. Allí todo estaba ideado y planificado para el confort y el bienestar generales, a los que eran tan afectos los crespenses, y ciertamente lo habían logrado.

Claro que, en aquella primera visita mía al mundo del futuro, muchas otras sorpresas me esperaban aún. Una de las mayores fue verme a mí mismo irradiando luz como los demás, al mismo tiempo que empezaba a entender lo que se decía a mí alrededor. Según me explicó Landor luego, en aquella envoltura luminosa (tomada de la electricidad atmosférica) existían diversas posibilidades como para satisfacer todas las necesidades; y la comprensión del idioma por impulsos eléctricos de alta frecuencia que recogía el cerebro, era una de esas posibilidades.

Pocos minutos después nuestra comitiva se detuvo ante un edificio realmente colosal. Mezcla de fortaleza normanda y de centro de control, estaba totalmente construido en una especie de vidrio plástico que cambiaba de coloración de acuerdo al juego de luces que había en las alturas. Hacia allí nos dirigimos en una banda rodante espiralada que nos llevó hasta unos 50 m. del suelo, donde estaba la boca de acceso. Entonces tuve una visión panorámica de la ciudad extendiéndose hasta un horizonte luminoso casi ilimitado. A continuación, Landor y yo ingresamos a un enorme recinto descubierto sobre el cual parecía estacionada una de las lunas de Crespo. Allí había un grupo de personas luminosas, hombres y mujeres, con la apariencia de estar esperándonos. Sin embargo, rápidamente advertí que estas no tenían el mismo aspecto que las de afuera. Había en estas gentes un “aire”, una majestuosidad realmente llamativa, que yo no había notado antes. Landor, entonces, se adelantó y dijo simplemente:

—Almirante Miqhvaar, se encuentra usted frente a algunos de los excelsos miembros de lo que alguna vez fue la “Sociedad Zarathustra”. Con usted, el insigne Starmack Midas.

Y el crespense me señaló a un personaje de aspecto imponente, engalanado con ropas deslumbrantes. En primera instancia parecía un hombre como de mi edad, pero algunos detalles revelaban en él a un ser extraordinariamente civilizado. Yo aún no lo sabía, pero en ese momento me encontraba frente a un hombre de una época aún más remota en el futuro; de ceño más bien adusto, realzado por su amplia frente, era, sin embargo, uno de los cerebros de aquella sociedad casi eterna.

Junto a él encontrábanse otras personas que me fueron presentadas una por una: Luciano Teseo que, como yo, era un terrestre pero nacido en el siglo XXIV; Zoser Korek, procedente de Altair; Karen Uqmahl, una bellísima mujer verde de Deneb; John Todtmann, un científico de la región de Arturo; Vlamir Ionq de Canopus, y Linda Varonn de Crespo, hermana carnal del insigne Dan-El Varonn. Todos ellos eran humanos, con ligeras diferencias, pero eran humanos; ellos habían creado una sociedad intemporal para preservar los intereses humanos en la Galaxia y solo ellos me podían revelar cuál sería el futuro y qué papel me correspondía a mí. Frente a ellos me sentí muy modesto. Como representante de una débil estrella situada en la periferia galáctica o como enviado de una civilización que apenas ha salido de la barbarie, poco podía compartir con aquellas gentes provenientes de culturas varias veces milenarias. Y, sin embargo, ellos, de algún modo me necesitaban.

—Antes que nada —dijo el insigne Starmack Midas al comenzar la reunión—, debe usted comprender por qué motivo lo necesitamos. Como ha visto, los hombres de Altair no conocían a Dios, ni eran capaces de imaginarlo. Esto significa que la idea de un Dios único y omnipotente ha surgido en una época posterior en la historia de la Galaxia. Pues bien; la primera vez que eso ocurrió fue en el Sol, más exactamente en la Tierra, hace hoy varios millones de años. Esto fue especialmente significativo para nosotros porque entonces comprendimos claramente que el hombre de la Tierra poseía una cualidad única en esas fechas. ¿Qué cualidad es esta?; la de intuir la divinidad. Eso es. Dije “intuir” y no me he equivocado, porque en ese momento aún era imposible demostrar la existencia efectiva de este Ser. Se decía que estaba en todos lados, que El lo había creado todo, pero, ¿cómo saberlo? Ese era el problema. Si ya la sola vida humana parecía un despropósito, ¿cómo podía creerse que el Universo entero no fuera algo superfluo también? Desde luego, en todas las épocas hubo quienes antepusieron argumentos filosóficos a los incrédulos para demostrarles que el Universo tenía un propósito, pero la verdad es que tampoco ellos estaban muy seguros. Todo estaba reducido a una mera cuestión de fe: creer o no creer. Pero eso es natural que haya ocurrido y esta duda no le quita valor alguno a la genialidad del ser humano, más bien al contrario, porque así afianzó su capacidad de razonamiento.

“Inducidos por esta nueva y sorprendente idea de Dios, nosotros, los hombres del futuro, nos lanzamos a explorar el tiempo y el espacio en busca de pistas que nos llevaran a Dios. Y finalmente las descubrimos. El tiempo fue nuestra mejor herramienta. Explorando tanto el pasado como el futuro descubrimos que toda la evolución en la Galaxia obedece a pautas programadas de antemano. Así pues, ustedes tenían razón. Dios existe y es El nuestro programador. Por eso lo llamamos a usted; por eso figura usted como el fundador de la Federación, porque pertenece a la raza que primeramente descubrió a Dios en la Naturaleza. En usted y en todos los de su raza existe en germen una noción de la divinidad que debe ser rectora de nuestras vidas. Así, pues, nadie mejor que usted y sus sucesores para unificar a los pueblos de la Galaxia. En otras palabras, va usted a realizar una tarea semejante a la de los antiguos misioneros terrestres y esa es la misión que tiene por delante”.

—Insigne, será para mí un alto honor cumplir tan importante labor —aseguré— pero, hay algo que no entiendo. Si es gracias a lo descubierto en el pasado que los hombres del futuro reforman la evolución del Hombre, ¿cómo se explica que usted y sus contemporáneos hayan llegado a existir, si es que el tiempo de enlace entre unos y otros es alterado? A mi modo de ver hay ahí una paradoja temporal.

—Almirante —intervino Ionq, de Canopus—, olvide que el futuro está delante o el pasado atrás. El tiempo en sí mismo es como un tablero de ajedrez. Dada una casilla “X” a partir de ahí es posible efectuar infinita diversidad de combinaciones que afecten a las casillas contiguas. Así le será más fácil entenderlo. Nosotros hemos salteado algunas casillas, pero, a cambio, estamos renovando el plan general.

—El plan general —repetí—. Usted, insigne Midas, habló de haber descubierto que en la Galaxia la evolución está programada con anterioridad. ¿Cuál es ese programa entonces?

Básicamente es el mismo que usted ha escuchado de los sabios de Altair. Como usted sabe, en la Naturaleza hay tendencias. Bien, una de ellas es la Federación. ¿Por qué? Es muy sencillo. De todos los seres que conocemos, el Hombre es el más sociable y el más adaptable. Tal pareciera que en el hombre hay una tendencia a unirse, en una u otra forma, a mezclarse, a renovarse, pues bien, nosotros lo estamos ayudando para que así sea y para ello nada mejor que la Federación. Es esta la única forma posible de armonía en común. En ella, terrestres y altairenses, denebianos y crespenses, etc., podrán vivir en paz en procura de un bien común. En realidad, la Federación no es más que un medio para lograr algo muy superior todavía. Escuche bien; si todos los hombres de la Galaxia se fusionan en una sola raza y explotan al máximo sus posibilidades, entonces, y solo entonces, el Hombre estará en condiciones de reprogramar la evolución de la Galaxia. ¿Por qué? Porque el Hombre ya no será tal, sino que será un Nuevo Hombre con capacidad para moldear la Galaxia de acuerdo a sus intereses. Esto en si no es nada raro porque la misma evolución de las cosas nos demuestra que hay una tendencia a ello, a delegar los poderes de la Naturaleza en el Hombre. Tal es la planificación que ha hecho Dios.

—Caramba, ¿crear una Galaxia, u otra cosa tal vez, a nuestra imagen y semejanza? —murmuré—. ¿Y qué puede necesitar el hombre que no exista ya?

—Muchas cosas. Para imaginarlas debe usted primero plantearse qué cosas han retardado hasta ahora el progreso de la humanidad.

—Pues… sí, se me ocurren dos: la muerte y la infelicidad.

—Bien, ahí tiene. ¿Y qué me diría usted si fuese posible crear un cosmos en donde no exista la muerte y en el que todos sean felices? ¿No le parecería algo alentador, para empezar?

—¡Dios mío… ya lo creo que sí! Millones de hombres han soñado con esa posibilidad a lo largo de todas las épocas, aunque, claro, siempre se la creyó una utopía.

—Pero eso no es ninguna utopía, almirante. Nosotros le garantizamos que a partir de ahora existe la posibilidad clara y concreta de lograrlo. ¿Comprende ahora nuestros motivos para actuar así? La Federación es solo el principio, luego viene todo lo demás.

—Insigne, hay algo más que quisiera preguntarle. Hasta ahora solo he escuchado que la Federación actuará a nivel galáctico solamente. ¿Por qué? ¿Qué hay en otras galaxias que nos impida llegar también?

Starmack Midas me miré con benevolencia y entonces tomó la palabra el insigne John Todtmann:

—Almirante Miqhvaar, usted sabe qué función cumplen, por ejemplo, los glóbulos rojos en el organismo humano, ¿verdad? Sabe que transportan el oxígeno a las venas y arterias, que trabajan siempre en conjunto y que solo un virus puede afectarlos. Pues bien; aunque solo sea una analogía le diré que cada galaxia es como un glóbulo rojo. Nosotros vivimos en el interior de uno de ellos y para pasar a otro aún debemos crear un virus necesario.

—¿Cómo? ¿Significa eso que el hombre no puede ir a otras galaxias?

—No es así, pero tampoco es fácil. El espacio intergaláctico no es como el espacio interestelar. De una a otra galaxia rigen fuerzas dispares y en el abismo espacial que hay entre cada una existen leyes físicas repulsivas para los actuales sistemas de navegación. Para nosotros, salir de la Vía Láctea sería lo mismo que, para una partícula, caer en el torrente sanguíneo: seríamos arrastrados quién sabe adónde o destruidos, pero personalmente creo que la solución estará en saltear ese abismo como sea y aparecer directamente en el radio de acción de otra galaxia. De todas formas, sospechamos que cada galaxia posee su propia cadena evolutiva y que, por lo tanto, el hombre entrará allí en competencia con otras formas de vida, tal vez muy superiores a él. Sin embargo, hay que aclarar algo. En todas y cada una de las galaxias rigen los planes de Dios, uno distinto para cada lugar, pero que el hombre en su condición de tal solo puede ser amo y señor aquí, en la Vía Láctea. Lo demás le está prácticamente vedado.

—Bien, de todas formas, es más que suficiente, creo yo. Pero aguarde un momento. Hace un instante usted, insigne, cuando dio el ejemplo de los glóbulos rojos en el organismo humano tenía en mente algo más, ¿qué era?

—Así es. Dígame, si tuviera que trasladar estas analogías a otros campos de la experiencia, ¿qué cosa le sugieren a usted los racimos de galaxias?

—Pues… a cadenas moleculares en formación. Siempre me pareció así.

—¿Y las novas y supernovas?

—A los latidos de un corazón.

—¿Y la expansión de las galaxias?

—A un organismo en desarrollo.

—Bien, bien. Súmele a eso lo que le he dicho sobre el espacio intergaláctico, cambie el flujo sanguíneo por los fenómenos electromagnéticos, trastoque los tejidos orgánicos por la fuerza de gravedad, olvide las células y ponga en su lugar cada galaxia, haga de cuenta que cada sistema solar es un átomo y tendrá usted un ser en plena gestación.

—No.… No es posible —sonreí con temor—. ¿Un ser en gestación? ¿Y qué clase de ser puede ser ese cuyos componentes constituyen el Universo entero?

—Ese, mi amigo, es el último secreto que nos queda por descubrir —respondió John Todtmann.

La reunión prosiguió durante varias horas más en tanto llegaba la verdadera noche de Crespo. Poco a poco el aire comenzó a poblarse de curiosos, pero agradables efluvios y un par de androides artificiales se encargaron de servir una especie de refrigerio. Eran aquellas unas criaturas semiorgánicas muy apreciadas por los crespenses, ya que servían para toda clase de tareas, así que a mi regreso hube de traer algunas para la Flota. Ahora bien; luego de aquella memorable reunión en la que yo me había enterado de cosas tan importantes para todos nosotros, se procedió a elaborar un plan que permitiese cumplir con los puntos básicos. Así pues, hube de visitar, en compañía de Landor, los archivos cronométricos de Crespo e informarme con exactitud cuáles eran las otras razas humanas de la Galaxia, adónde se situaban y cuál era su idiosincrasia como para atraerlas, con éxito, al seno de la Federación. Concluido ese verdadero estudio, las fuerzas de la Cruzada partieron de Crespo y retornaron al siglo XXIII, que era la fecha donde debía tener lugar la ansiada unión.

Tal como lo hiciera anteriormente, el comandante Landor ofició de navegante, solo que esta vez también venían con nosotros el insigne Luciano Teseo, Karen Uqmahl y Linda Varonn en calidad de supervisores de la “Sociedad”, y ciertamente con ellos compartí algunas de las horas más singulares que me haya tocado vivir en las estrellas. De modo que diariamente, en mi cabina, yo repasaba una y otra vez todo lo aprendido, comprendiendo cada vez más y más cosas, incluso algunas que ni siquiera había preguntado. Por ejemplo, ahora sé por qué en mi visita al futuro vi tanta luz en todas partes, por qué estrellas y galaxias parecían resplandecer más que nunca en una dimensión inusual para nuestros ojos. La respuesta es muy simple. El Universo tiende hacia la luz.

 


Daniel Verón (Buenos Aires, 1957). Escritor argentino, autor de obras de fantasía y ciencia ficción entre cuentos y novelas. Sus obras recientes representativas son: La exploración del universo (Tahiel, 2018) y Nuestros días en el sistema solar: más allá de Júpiter (2018).

 


Foto portada tomada de: https://pixabay.com/es/photos/fantas%C3%ADa-planeta-archer-mujer-luna-2770468/

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