La confesión | Henry Bäx

Por Henry Bäx

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria)

 

—Padre, acúseme soy un pecador.

—Tranquilo hijo, te escucho.

—Verá padre, no es fácil, he cometido algo execrable.

—Hijo, no hay nada que Dios no perdone.

—No esté tan seguro, Padre.

—Hijo, el amor y la misericordia del Señor es infinita.

—Lo sé, pero seguramente cambiará de opinión cuando escuche mi confesión.

—Te escucho hijo.

—Pues antes de que oiga lo que le tengo que decir, por favor preste atención a esta historia, a lo mejor le interesará lo que le voy a decir.

El padre Rubén sentado en el confesionario se puso cómodo, procurando que el sueño no le gane, puesto que a esa hora había pocos feligreses confesándose. Ciertamente que no tenía toda la tarde y había muchas obligaciones parroquiales, pero estaba convencido que en dos horas se desocuparía.

—Leonardo es mi nombre. Desde muy pequeño fui muy desdichado, mi padre era un alcohólico empedernido, a menudo llegaba a casa y golpeaba a mi madre; como yo era hijo único él me encerraba en el baño y abusaba de la pobre mujer, podía escuchar tras la puerta sus desesperados gritos de lamento, mi infancia fue un verdadero infierno.

—Lamento escuchar eso hijo…

—Así pasaron esos años desgraciados para mi madre y yo. Ella con mucho esfuerzo me supo dar una buena educación; con amor me formó con sólidos principios morales y religiosos. Nuestro pequeño núcleo familiar se interrumpía con las constantes agresiones de mi padre, pero nos teníamos el uno al otro y eso era lo importante.

—Bendita sea tu madre hijo.

—Sí, ella fue una buena madre.

—¿Fue?

—Cumplidos mis dieciséis, ella murió de un tumor en su cerebro, tenía tan solo cuarenta y siete años. Aquella pérdida fue inconsolable para mí. Los médicos dijeron que se debió a los constantes maltratos que mi padre la había propinado desde hace mucho tiempo atrás.

—Siento mucho escuchar eso. Que el Señor la tenga en su Santo Seno.

—Estoy convencido de aquello Padre, sé que ella es mi ángel guardián.

—¿Y qué fue de tu vida una vez que ella murió?

—Bueno, al suceder eso, mi papá me advirtió que todo cambiaría; que tendría que salir a buscar la vida en alguna fábrica o hallar trabajo en algún sitio, puesto que él estaba siempre desocupado por su maldito vicio.

—Justicia Divina, pero, ¿qué hiciste hijo?

—Al primer descuido me escapé de casa y me refugié en un albergue de los franciscanos, allí, ellos oyendo mi horrenda historia me acogieron y me dieron cobijo y educación; fueron los encargados en enrumbarme en el camino del Señor. Con el tiempo ingresé al Seminario Mayor convirtiéndome en el padre Luis.

—¿Acaso eres sacerdote?

—Sí, y ahora usted es mi confesor.

—La confesión es un santo sacramento que no se le puede negar a nadie.

—Sé eso, por eso estoy aquí…

El padre Rubén ahora se puso más atento ya que estaba confesando a otro sacerdote, y eso no era muy común en aquel pequeño pueblo olvidado por Dios.

—Pero dime padre Luis, ¿qué has hecho que te pesa tanto en la conciencia?

—Como le dije, mi progenitor es un alcohólico y eso no ha cambiado, por esa razón les dije a las autoridades eclesiásticas que me enviaran lo más lejos posible para evitar algún contacto con mi pasado cruel; fue que me asignaron una parroquia muy pobre al norte del país. En realidad, tenía una vida normal, aunque el pueblecillo carecía de todo, al menos, era rica en fe.

—Luis, irse lejos no evita que te enfrentes al destino, ¿no te parece?

—Es una gran verdad, porque a los pocos meses, el señor Obispo me designó para hacerme cargo de un albergue para indigentes y ancianos de la calle; sinceramente, lo hice con cariño y resignación, siempre tuve la vocación para el servicio y la misericordia. Partí nuevamente hacia la ciudad, asignado como el Superior del refugio a cumplir lo que se me había ordenado, ayudar a los ancianitos a vivir sus últimos días con dignidad o, a tratar de ayudarles a bien morir.

—Fue una buena acción de tu parte.

—Eso creí yo, pero me equivoqué.

—¿A qué te refieres?

—Pues que me encontré a mi padre en el albergue.

—Santo Dios, ¿y qué hiciste hijo?

Luis titubeó por unos minutos, como tratando de evitar seguir hablando.

—Te hice una pregunta, ¿qué pasó?

—… Traté de darme modos para evitar todo contacto con él, lógicamente, les decía a las mojas que le dieran algún trato preferencial ya que me inspiraba misericordia, pero muy en el fondo de mi corazón le tenía un rencor muy enconado. El Señor sabe como rogaba para que se lo lleve a su Santa Presencia, o si no que lo enviara al fondo de los infiernos.

—Es una pena escuchar lo que dices, no te olvides que es tu progenitor; además, debías practicar el perdón hacia él como un prójimo más.

—Es fácil decirlo, no se olvide que él fue el causante de la muerte de mi madre, y por su culpa mi juventud fue un verdadero calvario.

—Creo, desde el fondo de mi corazón, que te has equivocado de vocación. No te olvides que el perdón es una gracia de Dios.

El hombre esbozó una sonrisa de ironía mezclada con un odio muy vasto. Resbaló de su boca unas palabras llenas de ira e impotencia.

—Usted no ha vivido lo que yo.

—Puede ser, pero si buscaste a Dios como camino para el perdón y el olvido, es válido; pero si lo hiciste solo como una forma de ocultar ese odio que llevas en el fondo del corazón, te has equivocado rotundamente.

El tono de voz del padre Rubén cambió repentinamente, como tratando de reprochar el accionar del otro sacerdote, pero a Luis muy poco le importó lo que le decía y casi sin importarle lo que el otro pensara, continuó.

—Todos los días rezaba pidiéndole a Dios que se lo lleve, pero para mi mala suerte seguía vivo a pesar de su paupérrimo estado de salud. A ratos pensaba que era una especie de castigo divino que continuara con vida, y que debía sufrir lo suficiente hasta expiar todas sus culpas.

—Has leído alguna vez aquel salmo que dice el Señor: “la venganza es solo mía”, y esto se refiere, a no dudarlo, que Él es el único que hará justicia.

—Lo sé, pero lamentablemente mi alma quedó envenenada y, aunque me cueste admitirlo, vivo con las sombras del pasado.

—Es una lástima, de mi parte no estoy para juzgarte, y mi deber moral y teológico es perdonarte por lo que me has dicho…

—Un momento padre, espere, que todavía no le he dicho la peor parte, espere.

El confesor atónito dijo:

—¿Pero, acaso hay más?

Luis un tanto excitado, y con la voz temblorosa, prosiguió.

—Ayer en la mañana estaba dando la Santa Eucaristía como todos los días. Se celebraba el día de nuestro santo patrono: san Francisco de Asís. La iglesia estaba llena a reventar, incluso el señor Obispo estaba presente. La misa transcurría con anormalidad, después de la tercera lectura procedí a dar mi perorata.

Luis comenzó a sollozar, cada palabra que articulaba, le costaba pronunciarla.

—Valor hijo, te escucho, ten valor.

—Vera padre… créame que no quise hacerlo… no quise.

Por un momento ninguno de los dos dijo nada, hasta que nuevamente Luis tomó la iniciativa, pero esta vez su voz era casi un sollozo.

—El medio de mi sermón alguien entró gritando, su paso era impreciso y vacilante; la gente presente lejos de alarmarse lo dejó avanzar; por el pasillo central de las bancas se acercaba. Me quedé lívido al ver que se trataba de mi padre que, como siempre, estaba ebrio. Le juro que no sabía qué hacer. Me quedé inmóvil esperando que la Santísima Providencia lo hiciera desaparecer, pero caminaba hacia mí. —El curita… el curita—, me empezó a gritar. Comenzó a reírse de mí, como tratando de ridiculizarme. —El curita… —me volvió a gritar.

—Te compadezco hijo, es una lástima.

—Llegó hasta el Altar Mayor. Créame padre, nadie hacía nada, solo sé que se paró frente a mí y dijo con una voz alcohólica y confusa: —Vean al hijo ejemplar que tengo, vean, este pobre hombre es un afeminado que me dejó a mi suerte—. No paraba de insultarme y de humillarme frente a toda la congregación. Fue una verdadera vergüenza… traté de no perder la calma, eso lo sabe Dios. En mi interior rogaba que se marchara, pero seguía allí.

Ahora el padre Rubén le exigía que siguiera con la confesión. Luis, estaba fuera de sí y no paraba de llorar.

—Sí Padre, me seguía gritando; hasta qué, de la manera más vil, se refirió a mi madre, diciéndome que era una ramera y que yo no era su hijo… fue lamentable y doloroso escuchar eso.

Luis sollozaba descontrolado, ya no quería seguir hablando y hasta calmarse, se calló.

—Hijo, en verdad has sido un mártir. Es muy terrible lo que me has dicho, a lo mejor me es muy fácil decirte que perdones, y trato de entender tu dura experiencia; ahora, creo que será mejor que oremos juntos para que el Todopoderoso logre darte la fuerza que necesitas…

—…Lo maté padre, lo asesiné.

El cura salió del confesionario con su rostro totalmente descompuesto. Abrió la cortina del cubículo en donde se hallaba el otro clérigo. Al espiar, vio a un hombre todavía tembloroso, con sus rodillas cubría su rostro; sus manos y brazos tapaban el resto de su cuerpo. Acercó su mano generosa, como tratando de darle tranquilidad y trasmitirle algo de paz.

—Levántate hijo, debemos orar juntos para que Dios te sepa perdonar, y luego tendremos que ir juntos hasta la estación de la policía, seguramente te andarán buscando.

—Padre, no tengo temor por pagar mi crimen. Mi verdadero temor, es que, si tuviera la oportunidad de volverlo hacer, lo haría.

El padre Rubén lo acogió entre sus brazos y, sin más palabras, se dirigieron hasta el Altar Mayor. Se arrodillaron. Con suma humildad empezaron a rezar el Salmo 23. Al fondo de la iglesia estaban dos policías, que pacientes, esperaban que acabasen de rezar. En la calle un patrullero no dejaba de iluminar con sus luces rojas la triste noche.

 


Henry Bäx (seudónimo de Galo Silva Barreno), escritor ecuatoriano (n. 1966), publicista. De vasta producción literaria, cultiva los géneros de la ciencia ficción, literatura policial, de terror, la poesía, etc. Sus obras, entre otras: El pergamino perdidoEl psíquicoEl libro circularEl último siloítaHungarian Rhapsody, etc.

 


Foto portada tomada de: https://pixabay.com/es/photos/huella-digital-daktylogramm-papilar-255904/

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s