El rostro de Alonso | María Dolores Cabrera

Por María Dolores Cabrera

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria)

 

Me despierto alterado, sudoroso. Otra vez he soñado con la desventura de Alonso. Me siento en la cama y bebo un sorbo del agua que cada noche dejo en un vaso sobre mi velador. Estoy agitado y parece que mi ritmo cardiaco se acelera más. Me levanto. Miro por la ventana y veo un día soleado que me tranquiliza, contrasta con la angustia que me trae la oscuridad de la noche y la luz engañosa de la luna. Hay gente que adora y venera a la diosa blanca, pero yo creo que es embustera. Me observa. Me controla. Me espía. Se ensaña con personas insignificantes, indefensas y alienadas como yo. Sé que está al tanto de todos mis movimientos, de todos mis pasos y sabe verdades que hasta yo mismo ignoro. Cuando me descuido, me delata. Lo ha hecho desde que yo era un niño. ¿Quién sino ella pudo haber sido la responsable de que mis padres, maestros y hermanos supieran siempre de mis mañosas fechorías infantiles? Ella ha revelado mis más íntimos secretos. El albor de la mañana choca con el miedo que me inunda en medio del silencio nocturno y con la amenaza tenebrosa de la penumbra, de mis infinitas penumbras, de los fantasmas noctámbulos de mis culpas.

Cambio el pijama blanco con el que me he despertado, por mi jean celeste y la camiseta gris y salgo. Camino por la vereda. Respiro profundo. Inhalo. Exhalo. Avanzo por la bajada que empieza al curvar la esquina. El rostro desesperado de Alonso está grabado en mi memoria. Lo veo como si su cara compungida de dolor estuviera esculpida frente la mía y entonces, mis pasos se vuelven lentos por el miedo. Me pide ayuda con la mirada y gesticula con los labios como si necesitara pedirme algo: Que lo deje vivir, que lo deje morir, que se haga justicia o quizás solo quiere que yo recobre mi paz.

Alonso. Compañero de vida. Desde aquel fatídico día no logro conciliar el sueño en una forma normal y cuando consigo dormir por unos momentos, estás ahí. Me miras. Me exiges. Suplicas. Despierto y cada vez que lo hago, creo que todo ha sido un sueño, mas ocurre lo mismo de siempre: el terror invade mi cuerpo como un maligno que me devora las entrañas y que altera mis sentidos con placer, al percatarme de que todo ha sido real.

Felipe, Carlos, tú y yo. Los cuatro juntos para todo. En las buenas y en las malas. Recuerdo las largas caminatas en la montaña que parecían no terminar jamás. Las fogatas. Nos gustaba el senderismo en los bosques con nuestros típicos retos esforzados y merecidos descansos. Acampamos un sinnúmero de veces y encendimos mucha leña para asados. En algunas ocasiones, cabalgamos por el cerro. Nos bañamos con frecuencia en el río que cruzaba por la hacienda de Felipe. En la playa, preferíamos aguardiente. Nos gustaban los ocasos y meternos en el mar, justo después del amanecer. En cambio, en la ciudad, elegíamos los bares y cafés. Los conciertos, la comida informal. Todos éramos bienvenidos a las reuniones domingueras de nuestras familias.

Ahora, la risa de esas juergas me taladra la cabeza. Nos uníamos para festejarlo todo con carcajadas y picardías de juventud, pero también para compartir la tristeza de los velorios de los abuelos o de cualquier conocido o pariente y para darnos ánimo en los momentos difíciles como cuando faltaba el dinero o perdíamos un trabajo. Recuerdo, con una turbada obsesión, la euforia de las citas clandestinas con las muchachas en la famosa Taberna de Don Fermín o cuando nos reuníamos solos, sin ellas; para escuchar los relatos de las inseguridades, de los problemas, de los miedos de alguno de nosotros o de todos al mismo tiempo. Para aconsejarnos, para mandarnos al carajo si era necesario y brindar por haberlo podido hacer.

¡Ay! Alonso, ahora voy otra vez hacia el parque. Avanzo mientras alimento mi masoquismo porque sé que al llegar enfrentaré al averno de mi mente. Quiero ver de nuevo el sitio donde caíste y ya no te pudiste levantar. Todo fue tan confuso, tan ambiguo. Estabas herido, sangrabas y no pudimos socorrerte. Yo no te ayudé. No pude. Tu rostro pálido, sin aliento. Tu gesto agónico, abatido por el dolor y tu cuerpo empapado, rojo. Te observé por unos minutos, pero yo ya no era Pablo, a pesar de que vestía el pantalón celeste y mi camiseta gris y entonces, llegó la policía. Nos apresaron a los tres. A ti te llevaron en una ambulancia que delataba bulliciosa la emergencia. Avisaba a su paso con un ruido estridente, que te morías, Alonso, que se te escapaba la vida, salía de ti con fuerza, urgente, con tanto ímpetu que, a pesar de ser varios, no avanzaban a sostenerla dentro de tu humanidad.

Voy a llamar a Felipe o a Carlos, pero ¿para qué? si ninguno me contesta desde aquella tarde. Me he cansado de insistir.

Llegamos a la estación de policía y recuerdo que yo temblaba. Seguía sin ser Pablo. Tenía escalofrío, estertores y las manos manchadas de tu sangre ya coagulada. En cuanto vi mis dedos pegajosos por ese líquido viscoso y espeso, vomité y todos sintieron asco. Nos hicieron preguntas y yo lloraba por ese crimen que no terminaba de entender cómo sucedió. Gemía y balbuceaba incoherencias, imploraba que llegara una razón del cielo, del infierno o de la tierra. Invocaba a ángeles, a dioses y a demonios para pedirles una explicación. Carlos me miró con odio y me gritó: ¡MALDITO!

Felipe se acercó lleno de rabia, sus ojos estaban hinchados por el desprecio y quiso golpearme, pero lo detuvieron. Les pidieron que se limitaran a responder. Entonces me acusaron:

Él, el demente de Pablo, apuñaló a nuestro amigo Alonso, dijo: “Carlos”, mientras me señalaba con deseos de escupirme.

—Desgraciado. ¿Cómo pudiste? —agregó Felipe ahogado de dolor.

Y entonces, contaron una historia cuya segunda parte era falsa, inverosímil. Narraron que yo estuve con ellos en ese parque tomando unas cervezas. Que habíamos comentado sobre Sandra, la muchacha que fue mi novia y me dejó para estar con Alonso. (Pobre ilusa, me dejó por él. Por el inteligente, el pilas, el interesante Alonso al que todos admirábamos y amábamos).

Luego dijeron —y esta parte es la que no acepto como verdadera— que cuando recordé que la única mujer que me había aceptado así tal cual soy, loco, arrebatado, insensato; me había cambiado por mi amigo, me enfurecí. Que dejé de ser el sumiso, el que todo lo perdona y olvida para continuar siempre con una vida resignada y conformista, y que me transformé en un perturbado asesino. Que saqué la navaja que siempre he llevado en el bolsillo para pelar mis manzanas y que se la clavé a Alonso en el pecho. Varias, muchas veces. En el tórax. En el vientre. En el cuello.

—Alonso, amigo, —te pregunté a gritos en la comisaría mientras desesperado, te buscaba en el aire turbio que me rodeaba— yo no te hice eso, ¿verdad? Sin embargo, antes de que pudieras responderme me esposaron y esa noche dormí en una celda sucia, grasienta, oscura y maloliente. Culpé a la maldita luna y a su posible y sádica traición.

No recuerdo mucho lo que ocurrió después. La verdad, no recuerdo nada. Solo el silente espacio de un abismo negro, profundo, sin tiempo. Una tiniebla muda y sorda que flota incierta y eterna.

Ahora me despierto cada mañana después de haber soñado con Alonso. Es como un círculo perverso que empieza y termina en el mismo punto. Miro por la ventana y salgo a caminar por la misma calle, por la misma bajada. Llego al parque y me siento absorto sin saber si aún sigo sin ser yo, o quizás ya he vuelto a ser Pablo. Ahí permanezco quieto algunas horas hasta que escucho el lerdo movimiento de una aldaba y el rechinar sofocado de una puerta. Ese sonido lento me transporta a una densa dimensión que puede ser real. Hace que el parque cambie de imagen. De pronto, se convierte en un cuarto blanco de paredes acolchadas. Veo una cama que no es la mía. No hay ventana. No hay velador, ni vaso con agua. No hay calle afuera, ni esquina, ni bajada. No hay parque, ni nada. Estoy de nuevo con mi pijama blanco.

Entra un enfermero de traje azul que trae una bandeja con el desayuno. Me entrega un medicamento que debo tomar. Me ofrece una tasa con avena para que trague la píldora. Después, me da un pan y una fruta y me dice que en media hora debe volver para inyectarme como siempre, como todos los días, para que no alucine con mi casa, con mi cuarto, con mi diaria caminata matutina hasta el parque y además asegura que, si me porto bien y estoy tranquilo, me sacará un momento al patio.

A medio día estoy en el jardín. Hay muchos hombres que caminan en sentidos diferentes. Perdidos. Confundidos. Todos tienen un pijama blanco similar al mío. Algunos sonríen con tristeza, otros lloran tranquilos, en paz. Unos miran hacia el infinito sentados en una banca como si anhelaran dejar ahí su cuerpo sentado y volar. Veo dos jóvenes recostados sobre la yerba y enseguida sé que desean quedarse ahí para siempre. El sol calienta y eso me alivia, me recuerda que la noche tenebrosa aún está lejos. Un chico perturbado solloza con angustia. Me acerco. Levanto su mentón con mi mano y emocionado, reconozco el rostro de Alonso:

—Amigo mío, no te angusties. Soy yo, Pablo. ¿Me recuerdas? Sandra ya no me importa, puedes irte con ella si deseas. Yo te perdono de corazón. ¿Me perdonas tú a mí, Alonso? ¿Me perdonas? Por favor. ¿ME PERDONAS?

El muchacho deja de llorar y sonríe alienado. Se llama Jaime. Me mira con pena. No me conoce ni sabe quién soy.

 


María Dolores Cabrera (Quito, 1962). Estudia en su ciudad natal y en 1984, egresa de la carrera de Psicología Clínica. Posteriormente, ingresa como miembro del Taller Literario conducido por Abdón Ubidia, destacado escritor ecuatoriano. Luego, años más tarde en 1998, publica su primer libro de 12 cuentos titulado: Mas allá de la piel. En el año 2010, un segundo libro, también de 12 cuentos: De nuevo tus ojos. En 2012, presenta su primera novela: Te regalo mi cordura. En el año 2016, una nueva novela con el título: Cuando duermen los Jilgueros, y su más reciente libro, en el año 2018, la novela: Pinceladas (Bosquejo de un trastorno).

 

 


Foto portada tomada de: https://unsplash.com/photos/RYjRmOQtlUA

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