“El beso de la mujer araña” de Manuel Puig | Fabricio Guerra Salgado

Por Fabricio Guerra Salgado 

 

En una celda de la prisión bonaerense de Villa Devoto, Alberto Molina, un homosexual de mediana edad, cuenta de forma detallada la trama de varias películas a Valentín Arregui, revolucionario veinteañero con quien comparte el encierro, generándose entre los dos una relación compleja y ambivalente.

Molina se asume mujer y solo anhela ser amada por un hombre sencillo e íntegro, al tiempo que Arregui se aferra al ideario de la justicia social. Con nociones y aspiraciones divergentes, pronto se produce la anunciada colisión, pero la convivencia forzada y la tan humana necesidad de solidaridad, termina por complementarlos.

A través de diálogos, disquisiciones y hasta monólogos interiores, los protagonistas se vinculan de manera emocional, intelectual y física. El relato se articula a partir del contraste directo y permanente de la visión del homosexual apolítico con la del heterosexual politizado. Entonces, en medio de la mazmorra, va surgiendo una simbiosis singular, casi una comunión, a tal punto que cuando Arregui consuela sexualmente a Molina, el suceso es retratado como una consecuencia natural, lógica y hasta gratificante.

Pero no todo es espontáneo ni neutral, ya que el trasfondo de la historia es el de la dictadura militar fascista que gobernó con puño de hierro a la Argentina en los años setenta, promoviendo la aniquilación de cualquier disidencia. Desde el principio y a cambio de acceder a la libertad condicional, Molina ha cooperado con los funcionarios carcelarios para obtener información de Arregui y su grupo subversivo. No obstante, los afectos terminan superándolo, y lejos de delatar a su compañero, más bien decide colaborar con él, lo que habrá de costarle la vida.

La narración entusiasta que Molina hace de películas con títulos tan sugestivos como La Mujer Pantera o La Mujer Zombi, abarca gran parte de la novela, llenando de vitalidad y luz la celda gris, y condenando de paso al ostracismo los textos de política que Arregui intenta leer. Lo sensitivo pesa más que lo cerebral. La loca cursi se impone con holgura ante el pensador culto.

La feminidad abnegada encarnada por el prisionero sodomita, resulta digna cuando no heroica, mientras la virilidad arquetípica del guerrillero empieza a tambalear. La empatía entre uno y otro que al inicio parecía improbable, ha cristalizado. De algún modo, el haberse encontrado implica para ambos una suerte de liberación, aunque ésta sea efímera, ya que la muerte violenta, absurda, no tarda en llegar, cerrándose así el círculo.

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